ElColombiano.com - 14.02.2018

 

Foto: Freepik 

 

Un juego que incita a jóvenes a cumplir retos para bajar drásticamente de peso en el menor tiempo posible, y que se está fomentando a través WhatsApp, ha puesto en alerta a las autoridades y padres de familia.

 

Este reto, conocido como ‘Ana y Mía’, se trata un juego virtual en el que se incita a los niños entre los 8 y 14 años a que participen de competencias para verse mejor físicamente, perdiendo peso. Entre las prácticas que deben realizar los menores se cuentan dejar de comer, provocar el vómito, comer cubos de hielo durante varios días al punto de obtener pesos inferiores.

 

Este reto tiene una serie de códigos que son implementados para pasar desapercibidos ante los adultos y empiezan desde el mismo nombre del ‘juego’. De hecho, ‘Ana’, es entendida como anorexia y ‘Mía’ como bulimia. En la aplicación se utilizan términos como ‘carreras de kilos’, para denominar las competencias que hacen los menores para ver quién pierde más peso en menos tiempo; o ‘purgar’, que es como se conocen las incitaciones al vómito.

 

Las autoridades lanzaron una voz de alerta a los colegios y a los padres de familia, porque la principal responsabilidad del bienestar de los niños radica en el hogar. El uso de la tecnología en menores debe ser limitada y regulada por los padres de familia.

 

Esta modalidad de retos virtuales empezó siendo popular en países como Argentina, Chile, Cuba, y en Colombia ya empezó a tener impacto en los menores.

 

Casos en Colombia

 

Una niña de doce años de edad hace parte de los cinco casos que se han registrado en el Valle del Cauca, Colombia. Su madre, quien decidió omitir su nombre, contó que los cambios de conducta en la menor se empezaron a registrar en octubre del 2017 y solo un mes más tarde se dio cuenta de la existencia del reto. “Ella no comía porque decía que no se sentía conforme con su cuerpo, empezó a usar ropa oscura y sacos; cuando comía, iba a vomitar”, dijo.

 

Además de presentar estos cambios, la menor se cortaba las muñecas y las piernas (Ver también: “Self Cutting”: la nueva moda adolescente). La madre descubrió en su celular conversaciones de grupos en los que personas con números de países como Argentina, México y Cuba le indicaban que debía vomitar, dejar de comer, no hacerle caso a su padres.

 

“Recurrí a ayuda por parte de la Coordinación de Juventudes, ellos me han ayudado a difundir para que no pasen más casos. Nosotros fuimos a la Fiscalía a denunciar, pero su respuesta fue que no podían detener a nadie porque no saben quién sea el responsable”, añadió la madre de la menor.

 

Por su parte, la entidad Red PaPaz indicó que estos trastornos alimenticios se pueden prevenir en los menores cuando los padres de familia hacen pedagogía en los hogares. Carolina Piñeros, directora ejecutiva de esta organización, indicó que ‘Ana y Mía’ es un reto que no es nuevo y que se debe estar atento a cambios de comportamiento en los niños para atajar el desarrollo de enfermedades.

 

*Publicado originalmente en ElColombiano.com

 

Colaboración FamiliyandMedia.eu – 02.02.2018

 

 
Foto: Campaña publicitaria “Phone Wall” de Ogilvy & Mather China (ver aquí)

 

¿Quién no ha visto alguna vez un grupo de chicos en una fiesta, en la plaza o en un restaurante, todos juntos, pero cada uno por su cuenta, solos con sus celulares? ¿Cuántos niños pasan sus días encerrados en casa, ante la tv, con un ordenador o la Playstation, en lugar de jugar con otros niños? Y ¿quién de nosotros, viendo un hermoso paisaje o un monumento, no ha pensado en fotografiarlo inmediatamente (y publicarlo en las redes sociales), en lugar de contemplarlo y compartir sensaciones y pensamientos con la persona que tenemos al lado?

 

Son sólo ejemplos de cómo unos instrumentos pensados para relacionarnos con los demás pueden, al contrario, alejarnos de ellos.

 

Uno de los instrumentos que en la vida cotidiana puede “crear barreras” entre nosotros y los que están a nuestro lado es el teléfono móvil. No se trata de hacer aquí una diatriba contra el smartphone, pero conviene recordar que el riesgo de la dependencia está siempre en acecho.

 

Baste pensar que, como media, empezamos a utilizar el smartphone a las 7 de la mañana y terminamos a las 11 de la noche, y pasamos casi 3 horas al día pendientes del aparatito. Esta media diaria, multiplicada por los siete días de la semana, supone casi 24 horas. En práctica es como si pasáramos una jornada entera a la semana relacionándonos únicamente con nuestro teléfono.

 

Recientes estudios confirman que la dependencia del celular es ya un fenómeno muy extendido en los países avanzados, independientemente de edad, sexo y condición social: en lugar de ser un instrumento que ayuda a vivir la relación con los otros, se convierte en un instrumento de gestión de nuestras relaciones. De este modo es posible sustituir la “comunicación real” por la comunicación a través de teléfono… el instrumento técnico toma el control y se sustituye a la realidad.

 

Si la sencillez de los niños puede devolvernos a la realidad

 

Mi hijo, más que cualquier estudio sobre el tema, me demostró cómo a veces ciertos instrumentos se convierten en obstáculo a una auténtica comunicación.

 

Con su espontaneidad (tiene pocos meses), me hizo comprender que estaba viviendo mal mi relación con la tecnología.

 

Hace poco tiempo, como cualquier recién nacido, empezó a darme sus primeras sonrisas: un espectáculo maravilloso.

 

Y yo, en lugar de saborear sus deliciosas muecas, lo primero que pensé fue agarrar el celular, para fotografiarlo y así inmortalizar ese momento.

 

Pero cuando mi hijo, en vez de su mamá, se encontró con el smartphone, dejó de sonreír inmediatamente.

 

"¿Ya no ríes, cariño?", le pregunté, mirándolo. Él, entonces, de nuevo se echó a reír.

 

Retomé el celular y volví a intentar fotografiarlo.

 

Y una vez más, delante de mi smartphone, dejó de sonreír.

 

En ese momento comprendí una verdad en absoluto descontada (sobre todo en una era como la nuestra, en la que, a menudo, nos convertimos en víctimas del fanatismo de "compartir información en tiempo real"): él quería sonreírme a mí, a su mamá, en carne y hueso.

 

Sonreía porque me veía, porque yo le daba seguridad. Sonreía para mí, a mí, y dejaba de tener motivo para demostrar alegría y asombro si en mi lugar se encontraba con un instrumento sin vida.

 

El celular (¡utilísimo para muchísimas cosas!), en ese momento se había convertido en un obstáculo entre él y yo, se interponía entre su rostro y mi rostro, hacía menos auténtica nuestra comunicación.

 

Más que nunca en aquella ocasión, entendí que a veces hay que dejar el smartphone en el bolsillo y disfrutar de la sonrisa de quien tenemos al lado.

 

*Por Cecilia Galatolo. Colaboración de www.FamilyandMedia.eu para LaFamilia.info 

 

Infobae.com - 15.01.2018

 


Foto: video de Daddy Yankee

  

El reguetón angustia a los niños y provoca un "impacto negativo en su desarrollo cognitivo", sobre todo canciones "hipersexualizadas" para las que no están preparados para discernir, dijo la psicóloga infantil Daniela Muñoz.

 

Para los niños, “la música debe ser apropiada y cumplir con un objetivo formativo, promoviendo el aprendizaje y la identificación con modelos adecuados de conducta”, sobre todo en las escuelas, afirmó.

 

Los adultos y docentes, indicó, deben "respetar el desarrollo físico y emocional del infante", sobre todo en momentos en que se vive una "crisis de valores sociales" y se prioriza "un modelo de éxito basado en los atributos físicos".

 

La especialista estimó que "la propuesta musical utilizada en las escuelas debe pasar por un análisis", a fin de promover el aprendizaje y la diversión.

 

En cuanto a la educación en casa, consideró "indispensable" generar una interacción emocional sana y equilibrada, así como fomentar la convivencia entre todos los integrantes de la familia, "adecuándose a las formas de aprendizaje infantil".

 

"El mundo es terrorífico cuando no sabemos quiénes somos ni en qué lugar estamos situados", dijo Muñoz, quien resaltó la importancia de la convivencia de los niños "en un medio que fomente la identificación con modelos positivos, sanos, equilibrados y estables a seguir".

 

Cuando menores de 12 años escuchan música hipersexualizada, “se vulnera su capacidad de desarrollo porque no comprenden el significado de las letras y las imágenes complejas, agresivas o sexuales”, explicó.

 

Entre los 2 y 7 años, los niños no tienen la capacidad para concluir si una canción es favorable o desfavorable para ellos, ni “tampoco para discernir si ese es el contexto en el que viven”.  

 

Ello empieza a cambiar entre los 7 y 12 años, cuando los niños utilizan la lógica para llegar a conclusiones válidas en situaciones precisas, específicas, delimitadas y bien definidas, aunque aún requieren de ayuda de un adulto o de un ambiente formativo para entender la información del entorno.

 

Según la psicóloga, es hasta los 12 años cuando "un niño tiene la capacidad para entender que el reguetón corresponde a una expresión artística y personal, dirigida a un público definido".

 

"Este proceso psicológico" está ligado con la creación de la identidad del ser humano y "la música es uno de los factores más importantes para ello", por lo que los niños "requieren estímulos sanos que les proveerán herramientas para entender este mundo tan complejo lleno de simbolismos", señaló.

 

"Las canciones hipersexualizadas son violentas y restringen la perspectiva del planeta, mostrándonos una pequeña parte de él; existen una variedad de géneros musicales que podemos utilizar para cada etapa del desarrollo", aseveró.

 

Sin embargo, matizó, "generalizar el reguetón sería injusto" por ser "una manifestación que, al igual que el rock, el jazz y otros géneros musicales, se expresan a través de palabras, notas y ritmos específicos que deben ser respetados, al igual que los procesos psicológicos infantiles".

 

*Publicado en infobae.com con información de EFE

 

 

Forumlibertas.com - 01.02.2018

 

Foto: Pixabay 

  

El Journal of American Physicians & Surgeons (Revista trimestral de Médicos y Cirujanos Americanos) ha publicado en su último número un estudio (ver aquí) sobre las experiencias posteriores al aborto, que demuestra la mayoría de las mujeres abortan para satisfacer a otros.

 

Según el estudio, el 58,3% de las mujeres dijeron que abortaron para hacer felices a los demás, mientras que el 28,4% lo hicieron por temor a perder a su pareja.

 

El 73,8% asegura que no fueron totalmente libres a la hora de abortar. El 49.2% indica que eran conscientes que el feto era un ser humano y el 66% reconoce que sabían en su corazón que estaban obrando mal al practicarse el aborto.

  

“El aborto no empodera a las mujeres”, afirma la activista provida Obianuju Ekeocha en su cuenta de Twitter:

 

 

 

Colaboración FamilyandMedia.eu 

 

 

 

Thirteen Reasons Why (Por trece razones) es una de las más recientes “bombas” mediáticas de la exitosa compañía cinematográfica Netflix y que en las últimas semanas se ha convertido en un producto de consumo ideal para los amantes del “binge-watching”.

 

En esencia, la serie norteamericana se puede clasificar como una brillante adaptación del best seller escrito por Jay Asher que lleva el mismo título, publicado en 2007. Su impacto social es por demás considerable, pues su excelente narrativa se desenvuelve a lo largo de trece capítulos con su respectivo tono ascendente. En ellos, el director Brian Yorkey nos cuenta la historia de Hanna Baker (Katherine Lagford), una adolescente que ha tomado la decisión de quitarse la vida, dejando como testimonio trece audio-cassettes en los que se explican las razones que la llevaron a tomar la fatal decisión del suicidio. Me parece que desde la tragedia expuesta se entresacan tres reflexiones que pueden servir para “vacunar” a aquellos interesados en profundizar en esta accidentada serie.

 

1. El suicidio como remedio fallido

 

Como ya se ha comentado, el tema principal de la serie alude a las razones por las que una joven mujer decide quitarse la vida. La música y la escenografía se encargan de adentrarnos con gran éxito en este terrible drama. No es menor el revuelo que estas imágenes han causado en el sector educativo y en las asociaciones pro-familia, pues hay que aceptar que vivimos en una sociedad que se sigue escandalizando (cada vez menos) ante la imagen del suicidio juvenil. Sin embargo, es posible que pocos se hayan detenido a considerar las razones por las que un tema tan delicado genera tanta expectativa, pues es evidente que el mensaje de la serie contiene un cierto “tufo” de verdad.

 

Me parece que en la actualidad no somos realmente sensibles al aburrimiento y a la soledad que viven nuestros hijos adolescentes. Basta con verles a los ojos para percibir su hastío, en medio de una sociedad que sufre de espasmos de conciencia y se queda perpleja contemplando su propia ignorancia. Mientras tanto, la serie erige a Hanna como una “mártir” de los ideales liberales, “dando” su vida para que otros entiendan los males que acechan a las mujeres que siguen siendo más vulnerables que los hombres. Pareciere que la modernidad sigue empeñada en crear “héroes de palo”, cuyos actos libres y heroicos tienden a la autodestrucción. A final de cuentas, Hanna concibe con astucia su propia muerte, e idea un plan que absorberá la atención de su círculo social, escenificación suicida que se puede tornar en un gran “caldo de cultivo” para alentar todo tipo de desórdenes sociales disfrazados con un falso “manto heroico”, como ya lo estamos viendo con el fenómeno mediático Blue Whale.

 

2. Ser padres de una hija ya no es fácil

 

Los padres de familia y sus diversos estereotipos hacen acto de presencia en la serie, pasando por la familia pseudo-conservadora a la familia desintegrada (con padrastro violento y madre drogadicta), hasta toparnos con una “familia homoparental”. Se hace un reconocimiento con “bombo y platillo” a la diversidad de orientaciones y preferencias propias de la sociedad liberal en su versión norteamericana. Sin embargo, en ninguno de los casos se denota una verdadera preocupación por parte de los padres hacia sus hijos. El cuidado y el cariño es poco y precario, sobre todo superficial. Los padres de Hanna, Andy y Olivia, son el ejemplo claro de este fenómeno, quienes ignoran totalmente las acciones de su hija, optando por buscar respuestas meramente coyunturales, mediocres, hasta el punto de iniciar una “cacería de brujas” al estilo de The Death Poets Society. Pero su ausencia y superficialidad influyen de manera definitoria en el triste desenlace de Hanna, evidencia que no deja escapatoria para uno de los males más extendidos en Occidente, a saber, las “nauseas del vacío” – que diría Alejandro Llano– ante la banalidad de la propia existencia. En ese tenor, Thirteen Reasons Why puede ser visto como una “jalón de orejas” para los padres de familia contemporáneos, a quienes se les ha de exhortar a tomarse más en serio la vida familiar con sus hijos en el hogar. Ahora bien, es evidente que los personajes femeninos son aparentemente inocentes a lo largo de toda la serie. Pero según avanza la trama, se puede apreciar el leitmotiv (nada nuevo en nuestros días) que asigna a la mujer el duro papel de “víctima” permanente. Por su parte los varones, (salvo alguna confusa excepción) se muestran malévolos, abusadores e inconscientes, quienes sólo viven para satisfacer sus apetencias sexuales, rindiendo homenaje al término toxic masculinity. Sin embargo, la pedagogía de la exageración en torno a la figura masculina puede resultar para muchos insulsa, incluso tendenciosa e infantil. Al final, me parece que una de las razones principales por las que Hanna decide suicidarse es porque ha perdido la esperanza de ser amada por un varón. Esta última enunciación puede anular toda pretensión de exaltar esta serie como un intento apologético de dar razón a los postulados del feminismo radial.

 

3. La amistad y la sexualidad superficial

 

Quizás un tema poderoso que atrae al público como “abejas a la miel”, es el tópico de la amistad y su tergiversación en materia de sexualidad. En Thirteen Reasons Why se refleja la triste realidad: si eres noble y confiado, es imposible tener amigos sinceros. En este aspecto es evidente que Hanna goza una gran capacidad de amar, pero siempre es defraudada y lastimada por sus cercanos. El interés, el cariño, el respeto que la joven suicida profesa a los demás parece ser en vano, pues nadie es capaz de hacerse cargo de todo lo que ella es y siente. Quizás esto se deba a que vivimos en una sociedad individualista y materialista, incapaz de tratar con dignidad definitiva al otro, y esto hace que la mayoría de los jóvenes busquen autoafirmarse atendiendo a comportamientos que se alejan de una “vida lograda”. Es aquí donde la banalización de las relaciones sexuales hace su esperada aparición. No hace falta ser muy observador para concluir que la serie presenta la vida sexual activa entre jóvenes como una actividad más o como un derecho inalienable de toda relación entre el hombre y la mujer. Sin embargo, como la misma palabra promiscuidad sugiere, las relaciones sexuales a destiempo confunden, y esto también se hace patente en la trama, siendo Hanna una clara víctima de este desorden.

 

*Por Rafael Hurtado y Rafael García Yeoman. Colaboración de www.FamilyandMedia.eu para LaFamilia.info

 

 

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