Sempre Família/Aleteia - 31.01.2019

 

 Ana Beatriz con su bebé, Fuente: Sempre Família

 

Hace algunos meses, la brasileña Ana Beatriz Frecceiro Schmidt, de 32 años, se topó frente a uno de los mayores dilemas que una mujer puede vivir. Su decisión fue la más valiente posible. Fue diagnosticada con un cáncer de mama cuando estaba embarazada de dos meses y el médico le recomendó abortar al bebé. Ella se negó y optó por someterse al tratamiento corriendo riesgos, pero hoy puede abrazar a su hija.

 

Bia, como es conocida, ya tenía un hijo de 11 años, llamado Matheus, otro de 1 año y 10 meses, Daniel, y, ahora, es mamá también de la pequeña Louise, con seis meses de vida. Ella cuenta que siempre quiso ser mamá desde chica y cuando Daniel tenía solo siete meses supo que estaba embarazada por tercera vez. Después del susto inicial, tuvo la certeza de que ahora su pequeñita estaba en camino. “Junto con Louise, Dios me mandó fuerza para lo que vendría”, cuenta en un video en Internet.

 

El cáncer gestacional fue identificado cuando Daniel tenía apenas nueve meses y dejó de mamar repentinamente. “Me quedé preocupada, me palpé el seno para ver si había leche empedrada y sentí una bolita”, dijo. Al día siguiente se hizo una ecografía del seno y más tarde una biopsia que confirmó la enfermedad.

 

El médico de Bia al saber el diagnóstico y el tiempo de gestación, sugirió el aborto para evitar problemas futuros. Eso porque el tipo de tumor era hormonal y se agravaría durante el embarazo, ya que durante la gestación el cuerpo de la mujer produce muchas más hormonas. “Si no estuviera embarazada, no lo habría descubierto a tiempo y para cuando lo hubiera hecho, ya sería metástasis”, dijo Bia.

 

Historial

 

La reacción de Bia frente a la sugerencia de su médico fue rechazar el aborto. “Yo creo en la vida y en el amor. Jamás la sacrificaría para salvarme”, cuenta. “Yo no tenía derecho alguno de hacer eso. O vivíamos juntas o moríamos juntas. Yo luché por las dos y sobrevivimos”, concluye.

 

Bia cuenta que su abuela materna tuvo cáncer a los 36 años y falleció víctima de la enfermedad a los 39. Por su historial, a los 20 años, cuando se embarazó de Matheus, empezó a hacerse mamografías con regularidad. En 2014, aún preocupada, pidió hacerse un mapa genético para ver si tenía posibilidades de un cáncer futuro, pero no fue atendida por su médico. “Si hubiera hecho ese examen entonces habría sabido antes de la posibilidad del cáncer de mama y también de ovario”, dice.

 

Sin embargo, hoy, ella considera que todo puede haber sido por providencia divina. “En esa época yo me habría quitado los pechos, pero también los ovarios. Si hubiera sido así, no habría tenido dos hijos más”, explica.

 

Tratamiento

 

Como estuvo en desacuerdo con su antiguo médico, buscó otro y conoció a alguien que la apoyó en su decisión. El 15 de agosto de 2017 Bia se hizo una mastectomía, pero a causa del embarazo el post operatorio fue un periodo difícil. Ella no podía tomar antibióticos ni antiinflamatorios. “Me quité completamente el pecho, los músculos, nervios y vacié la axila. No tomé medicamentos fuertes, pero estaba consciente de ello”, cuenta.

 

Las sesiones de quimioterapia fueron sorprendentes porque no le dieron náuseas comunes a las personas en esa situación. Ella cuenta que le dieron solo más fuerza. “Yo sabía que luchaba por nosotras dos y que necesitaba estar bien para que la quimioterapia no afectara a mi bebé”, dice. Afirma que el apoyo en ese periodo de tratamiento vino principalmente de la fe. Cristiana, cada vez que se sentía débil, era en la oración que buscaba fuerzas. “Tengo gran fe en Dios y se que mi vida y la de la Louise tienen un propósito”, reflexiona.

 

Hoy Louise tiene seis meses de vida y una salud impecable. Bia tiene 32 años y está curada del cáncer. El mes pasado el pelo, que se había caído durante el tratamiento, volvió a crecer. La última sesión de quimioterapia fue realizada el mes pasado y ahora empezó la hormonoterapia para impedir que su cuerpo produzca hormonas que puedan desencadenar en una nueva enfermedad. “Yo tuve cáncer, pero él nunca me tuvo a mí”, celebra.

 

Publicado originalmente por: Sempre Família

 

ReL - 28.01.2018

 

 Claudia, con sus dos hijas. Foto de su Blog 

Cuando la venezolana Claudia Ramírez se planteó la adopción, no puso condiciones. Por eso no fue un obstáculo saber que su futura hija tendría el síndrome de Down. Las dificultades reales empezaron luego, como cuenta ella misma en el blog Salvar el 1:

 

Mi historia con Manu, una historia de amor extraordinario

 

A comienzos del 2014 iniciamos como familia un sueño: queríamos tener más hijos. Teníamos una hija biológica y vimos la opción de que la familia creciera por medio de la adopción en el país que vivimos pero que no es el nuestro. 

 

Para ser sincera, adoptar no fue un plan en mi vida, pero, desde el momento que decidí aceptar este camino, amé la idea y sabía que Dios había elegido un hijo para mí; confié desde el principio que era parte de su plan para mi vida y me acompañó durante todo este proceso en mi pensamiento que sus planes son más altos que los míos.

 

Lo que sí soñaba era con una niña que fuera menor que mi otra hija, pero no me detuve a pensar en otros "deseos". En medio del proceso nos presentaron un caso de una mujer con conflicto en su embarazo, no podía tenerlo por diferentes razones.  Aceptamos que nos conociera, se realizó exámenes médicos de rigor, ya estaba en su séptimo mes, era un embarazo de alto riesgo y, desde que conocí a Manu en la barriga, me enamoré de ella.

 

Un embarazo de riesgo y una sorpresa

 

El parto tuvo que ser adelantado y nos presentamos en la clínica. Era una cesárea por el riesgo para la bebé; estábamos afuera ansiosos, felices y queriendo ver la cara de Manu.  Ya estaba pasando mucho tiempo y yo empecé a sentirme muy nerviosa así que comencé a hablar con Dios y pedirle que todo estuviera bien.  En ese momento escuché una voz en mi corazón muy nítida que me decía: "Para este tiempo has nacido, para este tiempo te escogí". Para mí es un verso conocido de la Biblia (cf Ester 4, 14), pero no entendía por qué esas palabras se fijaron en mi corazón.   

 

Recibimos una llamada, era la abogada del proceso quien nos informaba que “la bebé no venía bien” y que debido a estas circunstancias podíamos retractarnos. Luego, un silencio eterno. Yo no lograba imaginarme cómo nació Manu, qué era lo "terrible"; al poco tiempo salió la obstetra y nos dijo que había nacido con síndrome de Down. 

 

Para mí fue impactante porque no era lo “planeado” por mí, pero seguía siendo Manu, nada había cambiado respecto a lo que sentía hacia ella. Debido a otras complicaciones médicas, Manu debió ser hospitalizada al nacer durante aproximadamente diez días, tiempo que, como familia, nos otorgaron para pensar qué hacer. La visité cada día, era tan linda y pequeñita, cómo no amarla, era tan fácil, ya estaba instalada en mi corazón.

 

"Dios sabía qué era lo mejor para nuestras vidas"

 

En estos días de ir y venir de la clínica para visitarla pensaba muchas cosas. Recordé cuando tenía más o menos veinte años y cuidaba en la sala cuna de la iglesia a la que asistía a un bebé con síndrome de Down y se quedaba dormido en mis brazos y me daba unos abrazos que nadie nunca me dio. Evoqué también casi como una oración que quería un abrazo así para toda la vida. 

 

Recordé que hacía poco que mi hija mayor, quien tenía una compañera en su clase de música con síndrome de Down, me preguntó camino del parque: "Mami, ¿qué harías si la niña que vamos a adoptar es como Nicole?" Pensé también que Dios nos estaba confiando la hija que Él sabía era lo mejor para nuestras vidas y nosotros seríamos lo mejor para ella porque Dios no juega a los dados con nosotros. Recordé versículos de la Biblia: “Les aseguro que todo lo que hayan hecho en favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo han hecho” (Mt 25, 40).  Recordé el amor incondicional de Dios, su fidelidad, su amor hasta dar su vida por mí.  Pensé en la carita de Manu, cuán indefensa y preciosa.

 

Al salir de la clínica decidimos que Manu se venía con nosotros a casa. Mi hija mayor saltaba de la dicha y yo aún más.

 

Pero, tiempo después las cosas tampoco salieron como yo las había planeado, ya que cuando me casé pensé que sería para toda la vida, y en el momento menos apropiado (si es que hay algún momento apropiado) quien era mi esposo defraudó mi confianza y decidió irse de la casa. Manu tenía tan solo dos meses.

 

La adopción, en peligro

 

Debido a esta decisión el proceso de Manu, que no había culminado, se tambaleó. De repente éramos una familia no idónea o apta para adoptar.  Con un valor que no era mío y una tenacidad que empecé a conocer en mí, hablé con todos los implicados en el proceso y, después de un “receso” en la adopción que era la opción más segura para Manu, quien podía terminar, en contra de mi voluntad, en una institución, empecé de nuevo el proceso de adopción como una mamá sola, en un país que no era el mío, donde no vivía mi familia, donde me sentía realmente sola porque así lo estaba. De nuevo, los miles de pruebas, exámenes, requisitos, pero Manu lo valía, el amor de su hermana mayor por ella lo valía, mi amor de mamá lo valía.

 

Éste ha sido un amor probado, por llamarlo de alguna manera. Amándola como sólo Dios sabe que la amo, la entregué a Él. Estaba visto que mis planes no iban a prevalecer y yo seguía confiando en el amor de Dios y su cuidado para nosotras. Solo Él sabía cómo iba a terminar toda esta historia que parecía una montaña rusa de emociones.

 

Manu es una luchadora, no se rinde, persevera, es alegre, las pocas veces que ha estado mal de salud su ánimo es lleno de valor; fue intervenida de emergencia del corazón cuando tenía 5 meses (lo planeado según el cardiólogo era al llegar a los 2 o 3 años) pero ya nada me sorprendía ni me asustaba, su vida estaba transformando la mía.

 

Una bendición

 

 Manu y su hermana. Foto de su Blog 

 

Mi bella Manu tiene hoy dos años, ya me llama 'mamá', y es mi hija desde que estaba en otra barriga gestándose, es la hermana favorita del mundo mundial de mi hija mayor, es amada por sus abuelos y sus tías.

 

En conclusión, Manu ha sido una bendición, un regalo de Dios para mi vida en la medida que Él sabía yo necesitaba, nos ha hecho transitar un camino lleno de retos con valentía y tenacidad; ha hecho que los días pasen muy rápido porque son tantas las tareas que una mamá con un niño con esta condición debe hacer para que cada día este mejor (así pronto nuestro sueño de vivir en nuestro país y contar con la compañía de mi familia será una realidad). 

 

Hemos aprendido sobre desarrollo cerebral, un tema apasionante ahora para mí; aunque he amado la alimentación y hábitos saludables, ella nos ha enseñado caminos aún mayores y más especializados que nos han llenado de bienestar.  Me animé a estudiar para ser Health Coach y ya estoy certificada; mi hija mayor es ahora más sensible y empática, y sé que la está ayudando a ser un ser humano aún mejor.   

 

Todos ganamos con la vida de Manu, así que, si ves a una mamá que está esperando un niño con esta condición, cuéntale que es bendecida, que es un regalo del cielo con un empaque inesperado, pero no menos maravilloso; si ves a un niño o adulto con síndrome de Down no lo mires con compasión. Míralo con admiración, está transitando en esta vida para transformar corazones y llenarnos de su amor.

 

 

Aceprensa - 10.01.2019

 

Foto: Cathopic 

 

Normalmente se espera que los abuelos reciban ayuda de sus hijos adultos si la necesitan. Pero en algunos países la tendencia se está invirtiendo. Son los abuelos los que prestan ayuda a los hijos adultos, y en no pocos casos hasta los sustituyen en sus responsabilidades paternas. En EE.UU. el 16% de los niños está a cargo de un abuelo, sin que sus padres vivan con ellos, según los últimos datos del censo publicados en The Guardian.

 

La tendencia ha experimentado un rápido aumento, ya que en el censo de 2000 la proporción de niños a cargo de abuelos era un 6%. Según las estadísticas más recientes, 2,9 millones de abuelos tienen a sus nietos viviendo con ellos, y son los responsables últimos de acompañarles al médico, supervisar sus deberes escolares, sus tareas domésticas y sus juegos.

 

En la actual generación, el 28% de los niños afroamericanos viven con un abuelo sin que esté presente ninguno de sus padres, mientras que entre los niños blancos el porcentaje asciende al 24%.

 

Con frecuencia estas familias sufren dificultades económicas, especialmente si solo cuentan con un abuelo. Mientras que el 17% de los niños que viven en un hogar a cargo de dos abuelos viven bajo el umbral de pobreza, esta situación afecta al 48% de los que están a cargo de una abuela sola. No es fácil llegar a fin de mes para una abuela sola, sobre todo si depende de una pensión. Por eso, abuelos que han ahorrado dinero para su jubilación, tienen que echar mano de su plan de pensiones o volver a trabajar para mantener a su nueva joven familia.

 

El aumento desde principios de los años 90 de las familias a cargo de abuelos se debe con frecuencia a la adicción de los padres a las drogas y a problemas de violencia doméstica. Las muertes por sobredosis de opiáceos o de cocaína, o la incapacidad para ocuparse de los hijos por la adicción, llevan a que los niños queden sin un adulto que se ocupe de ellos.

 

En estos casos, la mejor opción para los servicios sociales es poner a los niños a cargo de un familiar, generalmente los abuelos. La solución de los abuelos es mejor que la de una familia de acogida, según explica Donna Butss, de Generations United: “Los niños se sienten queridos, no pierden sus raíces, y es más probable que los hermanos permanezcan juntos. Hay más probabilidades de que los abuelos no abandonen a sus nietos y que superen los momentos difíciles de su educación”.

 

El hacerse cargo de los nietos no va acompañado necesariamente de una ayuda del Estado. En EE.UU. las ayudas son muy variables según los estados, y hay una llamativa escasez de apoyo material y moral a estos abuelos.

 

*Publicado originalmente por Aceprensa

 

 

J. Lozano / ReL - 10.01.2019

 

 Michael O´Brien, novelista canadiense

 

Michael O´Brien es considerado por muchos como el mejor novelista católico vivo. Cientos de miles de lectores han leído El Padre Elías, la obra con la que se consagró mundialmente, y otras más que se convirtieron en una profecía de lo que se está viviendo ahora, y que con su tinte apocalíptico alertan de los nuevos totalitarismos que se dan en la sociedad actual.

 

En Francia acaban de publicar Le journal de la peste, novela que publicó en 1999 y que en español se editó bajo el título de La última escapada, y que anticipaba la realidad actual de la imposición escolar de la ideología de género: un padre que lo deja todo y huye con sus hijos, perseguido como un peligroso criminal por no querer que sean adoctrinados en el colegio.

 

Una revolución que afecta a todas las esferas

 

En una entrevista en Famille Chretienne, Michael O´Brien habla de la decadencia de Occidente y afirma que “los signos de decadencia son legión. Uno puede ver los síntomas en todas las artes, y especialmente en la glorificación del arte degenerado, la industria del entretenimiento y el poder de los nuevos medios para controlar y reformatear la conciencia. Estamos viviendo una revolución cultural y, de hecho, una revolución que afecta a todas las esferas”.

 

El escritor canadiense alerta de que “estamos presenciando una revolución social y política impuesta a todas las naciones”. En primer lugar cita “la redefinición de la moralidad sexual, de la cual la revolución de género es un ejemplo obvio. Así como el surgimiento de una cultura de la muerte llamando bien al mal, y al asesinato de un niño en el vientre de su madre un gesto de compasión”.

 

En general las políticas de los dirigentes de los países occidentales como el caso de Trudeau en Canadá, país del escritor, Macron en Francia o Sánchez en España van contra los ideales cristianos. Ante esto, O´Brien cree que “cada vez que una idea va contra la vida y los Evangelios proviene de un espíritu del Anticristo. Pero hay que tener cuidado. No podemos rechazar esto o a aquel líder diciendo: ‘Este es el Anticristo’. Vivimos en medio de este espíritu que impregna todo el mundo occidental. En su primera epístola, el apóstol San Juan dice que un día vendrá el hombre de pecado, el verdadero Anticristo. Y muchos anticristos primitivos lo prefiguran.

 

Educar a los hijos

 

¿Qué deben hacer los católicos en el mundo de hoy? Ante esta pregunta, el autor de El Padre Elías lo tiene claro: “Hay que formar y proteger, sin duda con prudencia, a nuestros hijos. Pero, al mismo tiempo, nuestros corazones deben estar abiertos para amar a cada persona, incluso a nuestros enemigos. Sin compromiso, pero también sin miedo”.

 

Sin alejarse de lo que ocurre en su país, el gran laboratorio de la ideología de género, O´Brien afirma que en Canadá por ejemplo se produce “un ataque a la familia”, la eutanasia es completamente legal y ahora cualquiera puede ser “sacrificado” sólo por estar deprimido o ser enfermo mental. “Estoy convencido de que uno de los síntomas del totalitarismo es que algunos seres humanos son desechados”, sentencia.

 

*Publicado originalmente en ReL

 

 

ACI/InfoCatólica - 11.12.2018

 

Foto: Rawpixel 

 

En una reciente encuesta a mujeres que habían abortado destacaron que la falta de recursos, apoyo e información fue determinante en su decisión.

 

En respuesta a una encuesta realizada por el sitio web FemCatholic, las mujeres consultadas dijeron que hay una falta de información práctica sobre el apoyo disponible para madres jóvenes. Además expresaron su temor al rechazo por parte de familiares y seres queridos.

 

Una encuestada dijo que lo que necesitaba urgentemente cuando se encontró con un embarazo inesperado, pero que no pudo encontrar, eran «recursos prácticos, consejos e información».

 

«¿Cómo puedo terminar mi carrera y ser madre? ¿Dónde viviré? ¿Podré quedarme en la residencia de estudiantes? ¿Hay otras madres con carreras prósperas que comenzaron con un embarazo no deseado y solteras?», escribió la entrevistada.

 

En muchos casos, la razón por la que las mujeres optaron por un aborto fue porque nadie les dijo que podían continuar con sus vidas y al mismo tiempo ser madre a una edad joven, indicaron.

 

La misma encuestada escribió que después del aborto, descubrió que había una vivienda especial y ayuda financiera en su universidad para estudiantes como ella y que podía haber terminado sus estudios.

 

«Me enferma pensar en ello. Si esa información hubiera estado disponible, hoy tendría un hijo de diez años», dijo.

 

FemCatholic se inspira en las «campañas efectivas e inteligentes para la promoción de la mujer» de san Juan Pablo II. El sitio web dice que la encuesta se realizó de forma anónima, con el objetivo de conseguir un apoyo más eficaz a las mujeres vulnerables que puedan estar pensando en abortar.

 

Falta de confianza, apoyo y miedos

 

Varias mujeres detallaron experiencias similares, asegurando que casi no encontraron recursos de apoyo. «Ni una sola persona a mi alrededor me dijo que estaría bien tener al bebé. Nadie mostró confianza en mí. Creía en las mentiras de que abortar era la decisión más responsable que debía tomar una joven en la universidad», escribió una mujer.

 

Otra dijo: «Todo inclinaba a elegir el aborto: la pobreza, estar soltera, estar en la escuela secundaria, no poder darle una buena vida a un niño. Es demasiado difícil, será rechazado, no tendrá ayuda. Vivirás del gobierno para siempre, nadie más te querrá».

 

Mientras que en todos los casos citados por FemCatholic, las mujeres eligieron el aborto, algunas escribieron sobre cómo sus propias experiencias han ayudado a otras mujeres a preferir la vida.

 

Muchas de las mujeres, y más de un hombre, también hablaron sobre el temor de la madre a que su familia la rechazaría cuando se descubriera que estaba embarazada. Varios describen el «terror» del rechazo por parte de los padres y la comunidad en general. 

 

Una colaboradora relató la experiencia de su hermana y dijo que, si bien su madre le dio una enseñanza firme en contra del sexo prematrimonial, esto solo empeoró su sensación de aislamiento y vergüenza cuando descubrió que estaba embarazada.

 

«Creo que necesitamos un cambio cultural en la forma en que hablamos sobre el sexo y el embarazo para que las mujeres en estos casos no se sientan tan excluidas y avergonzadas como para intentar deshacer la situación sin que nadie lo sepa», escribió.

 

Los resultados del aislamiento y el miedo son que las mujeres sienten que no tienen dónde acudir, escribió el colaborador. Otras personas dijeron que les preocupaba el estigma social o la presión para casarse con el padre, incluso si no querían hacerlo.

 

Al final, las respuestas concluyeron que hay muchas razones diferentes por las cuales una mujer podría sentir que debía elegir un aborto, pero que «todas están basadas en el temor extremo».

 

La encuesta también preguntó a las mujeres sobre el impacto duradero que el aborto había dejado en sus vidas. Muchas se refirieron a los problemas de salud física y mental que habían sufrido, incluido el daño a su matriz, los ataques de pánico y el dolor por sus hijos perdidos.

 

«Todavía pienso en mi hijo cada mes de junio, el día que hubiera nacido. Debería obtener ayuda. Solo rezo por ser sanada», escribió una mujer todavía afligida.

 

Si bien el dolor todavía era intenso para muchos, otras hablaron sobre el apoyo que habían recibido de esposos, familiares, sacerdotes y del ejemplo de figuras católicas.

 

«Me siento espiritualmente y físicamente sanada. La confesión y la unión a la Iglesia ayudaron enormemente. Lo que todavía duele es que extraño a mi hijo. ¡Pero ahora tengo más motivación para luchar por el Cielo para poder conocerlo!», escribió una mujer en respuesta a la encuesta.

 

Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en CNA.

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