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Colaboración FamiliyandMedia.eu – 02.02.2018

 

 
Foto: Campaña publicitaria “Phone Wall” de Ogilvy & Mather China (ver aquí)

 

¿Quién no ha visto alguna vez un grupo de chicos en una fiesta, en la plaza o en un restaurante, todos juntos, pero cada uno por su cuenta, solos con sus celulares? ¿Cuántos niños pasan sus días encerrados en casa, ante la tv, con un ordenador o la Playstation, en lugar de jugar con otros niños? Y ¿quién de nosotros, viendo un hermoso paisaje o un monumento, no ha pensado en fotografiarlo inmediatamente (y publicarlo en las redes sociales), en lugar de contemplarlo y compartir sensaciones y pensamientos con la persona que tenemos al lado?

 

Son sólo ejemplos de cómo unos instrumentos pensados para relacionarnos con los demás pueden, al contrario, alejarnos de ellos.

 

Uno de los instrumentos que en la vida cotidiana puede “crear barreras” entre nosotros y los que están a nuestro lado es el teléfono móvil. No se trata de hacer aquí una diatriba contra el smartphone, pero conviene recordar que el riesgo de la dependencia está siempre en acecho.

 

Baste pensar que, como media, empezamos a utilizar el smartphone a las 7 de la mañana y terminamos a las 11 de la noche, y pasamos casi 3 horas al día pendientes del aparatito. Esta media diaria, multiplicada por los siete días de la semana, supone casi 24 horas. En práctica es como si pasáramos una jornada entera a la semana relacionándonos únicamente con nuestro teléfono.

 

Recientes estudios confirman que la dependencia del celular es ya un fenómeno muy extendido en los países avanzados, independientemente de edad, sexo y condición social: en lugar de ser un instrumento que ayuda a vivir la relación con los otros, se convierte en un instrumento de gestión de nuestras relaciones. De este modo es posible sustituir la “comunicación real” por la comunicación a través de teléfono… el instrumento técnico toma el control y se sustituye a la realidad.

 

Si la sencillez de los niños puede devolvernos a la realidad

 

Mi hijo, más que cualquier estudio sobre el tema, me demostró cómo a veces ciertos instrumentos se convierten en obstáculo a una auténtica comunicación.

 

Con su espontaneidad (tiene pocos meses), me hizo comprender que estaba viviendo mal mi relación con la tecnología.

 

Hace poco tiempo, como cualquier recién nacido, empezó a darme sus primeras sonrisas: un espectáculo maravilloso.

 

Y yo, en lugar de saborear sus deliciosas muecas, lo primero que pensé fue agarrar el celular, para fotografiarlo y así inmortalizar ese momento.

 

Pero cuando mi hijo, en vez de su mamá, se encontró con el smartphone, dejó de sonreír inmediatamente.

 

"¿Ya no ríes, cariño?", le pregunté, mirándolo. Él, entonces, de nuevo se echó a reír.

 

Retomé el celular y volví a intentar fotografiarlo.

 

Y una vez más, delante de mi smartphone, dejó de sonreír.

 

En ese momento comprendí una verdad en absoluto descontada (sobre todo en una era como la nuestra, en la que, a menudo, nos convertimos en víctimas del fanatismo de "compartir información en tiempo real"): él quería sonreírme a mí, a su mamá, en carne y hueso.

 

Sonreía porque me veía, porque yo le daba seguridad. Sonreía para mí, a mí, y dejaba de tener motivo para demostrar alegría y asombro si en mi lugar se encontraba con un instrumento sin vida.

 

El celular (¡utilísimo para muchísimas cosas!), en ese momento se había convertido en un obstáculo entre él y yo, se interponía entre su rostro y mi rostro, hacía menos auténtica nuestra comunicación.

 

Más que nunca en aquella ocasión, entendí que a veces hay que dejar el smartphone en el bolsillo y disfrutar de la sonrisa de quien tenemos al lado.

 

*Por Cecilia Galatolo. Colaboración de www.FamilyandMedia.eu para LaFamilia.info 

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