ReL / Concapa – 23.10.2017

 

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La libertad y la autonomía son competencias que el adolescente debe construir progresivamente respetando las normas y los acuerdos alcanzados con sus padres. Para planificar las primeras salidas nocturnas del hijo adolescente, la entidad española CONCAPA (Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y padres de Alumnos) propone el siguiente decálogo, aquí publicamos un resumen de éste:

  

1. Partir de una posición de coherencia entre los padres

 

Independientemente de la situación de la pareja (incluida la circunstancia de que los progenitores se encuentren separados o divorciados), se debe adoptar una posición común y coherente antes de dar el paso de hablar con el hijo(a) de sus primeras salidas nocturnas. En caso de desacuerdo, deben alcanzar algún nivel de compromiso que les permita enviar un mensaje claro y consistente al adolescente.

 

En este asunto no caben las posturas ambiguas ni la inhibición porque son los padres, ambos padres, los que deben dar el permiso para salir de noche. La educación es una responsabilidad que debe ser asumida de forma conjunta y cooperativa por ambos progenitores y, en situaciones que exigen decisiones firmes como las que nos ocupan, es imprescindible que además sean coherentes.

 

2. Crear las condiciones más adecuadas para el diálogo

 

El peor error que se puede cometer consiste en ir posponiendo las decisiones para abordarlas unas horas o unos minutos antes de la salida. Ten la certeza de que esos mensajes de última hora (“¡No bebas!” “¡Vuelve pronto!”) no tienen ninguna utilidad e incluso pueden ser contraproducentes. Si queremos dialogar, es imprescindible plantearlo con suficiente antelación. Para ello, tienes que hacerle saber a tu hijo o hija de forma directa y explícita que es preciso hablar sobre este asunto: “Queremos hablar contigo sobre la salida que quieres hacer el próximo fin de semana”.

 

De igual modo, es muy importante elegir un buen momento para hablar, un momento en el que tanto padres como el adolescente estén tranquilos, poco ocupados y dispongan de tiempo suficiente para dialogar con serenidad.

 

3. Establecer una buena comunicación

 

Si de verdad dejas gestionar de forma razonable y eficaz el reto que representan las primeras salidas de tu hijo, es fundamental debatirlo con calma para captar todo lo que él o ella quiere expresaros con sus palabras y su comportamiento. Ten en cuenta que, para comprender a un adolescente, hay que ir más allá del lenguaje verbal y prestar especial atención a lo que transmite con su lenguaje no verbal: miradas, posturas, gestos, emociones, silencios…

 

Además, cuida tu manera de hablar: haz preguntas abiertas y no preguntas cerradas donde sólo pueda contestar “sí” o “no” (por ejemplo “¿Qué piensas de ese lugar al que vas?” “¿Cuál es tu opinión sobre esa chica?”). Evita los discursos largos que pueden ser percibidos como moralizadores. Expón sinceramente tus preocupaciones utilizando el “yo”, porque así podrás expresar lo que piensas y sientes y tu hijo percibirá la autenticidad de tu exposición. Evita las descalificaciones, los reproches, y las acusaciones (“Ya se sabe lo desastre que eres”, “Tú eres un ingenuo”, “Temo que te metas en algún lío como siempre…”). Ten la seguridad de que un diálogo entre un acusador y un acusado está condenado al fracaso.

 

Exprésale claramente el comportamiento que esperas de él. Tómate el tiempo necesario para explicarle claramente sus peticiones y sus deseos y verifica que el mensaje ha sido comprendido tal y como tú quisiste transmitirlo. Es clave evitar confusiones y malentendidos.

 

4. Permanecer firmes ante un eventual chantaje emocional

 

Es frecuente que, si tu hijo o hija no obtiene de forma inmediata lo que desea -dejarle regresar a una determinada fiesta-, recurra al chantaje emocional: “Eres un mal padre (o madre)”, “Lo que pasa es que no tienes confianza en mí” o la frase definitiva de “A los demás sí les dejan”. De ahí que uno de los principales retos a los que deberás enfrentarte es resistir el chantaje emocional que suponen este tipo de argumentos.

 

En primer lugar, es preciso que permanezcas firme en tus proposiciones y racionalices el tema. Para los adolescentes, la cuestión de la normalidad es importante; lo que ellos consideran “normal” tiene una gran influencia sobre sus opiniones y sus decisiones. Sin embargo, no siempre esa valoración de normalidad que les presentan tiene una base real; si profundizas un poco, comprobarás que “todos los demás” no son en ocasiones más que determinados amigos especialmente relevantes para él o ella.

 

De cualquier forma, aunque fuera cierto que otros padres lo autorizan, no debes sentirte cuestionado ni empujado a aceptar determinadas decisiones que no compartes. Las pautas educativas, las normas y los límites no tienen por qué ser los mismos en cada hogar. Tu hijo debe aprender que las reglas de juego pueden ser distintas en una u otra familia, además, recuerda que son los padres los responsables de tomar la disposición final.

  

5. Desarrollo de las salidas: poner normas y límites

 

Un aspecto fundamental es conocer lo más posible el desarrollo de la salida. Para ello, pídele que te cuente qué va a hacer. Si no tiene nada previsto -algo relativamente frecuente-, pregúntale sobre el lugar o lugares a los que va a ir y las personas con las que va a salir.

 

Puede que las informaciones que te dé no sean claras. En ese caso, pídele que sea preciso. Si, a pesar de todo, tienes dudas sobre el lugar y las condiciones de la salida, no dudes en hablar con los padres de sus amigos tras haber advertido, eso sí, a tu hijo o hija de tu intención de hacer ese contacto.

 

Tan importante como conocer las actividades que piensan realizar durante la salida es conocer el ambiente en el que se va a producir, porque de este modo podremos anticipar posibles situaciones de riesgo a las que nuestro hijo o hija va a estar expuesto. Toda la información recogida facilitará el proceso de negociación con tu hijo o hija acerca de las normas y límites necesarios para la salida. A partir de ahí, trata de que las reglas sean razonables, claras y seguras, y ten la suficiente flexibilidad para ir adaptándolas si fuera necesario.

 

6. Negociar la hora de regreso a casa

 

La hora de regreso a casa es sin duda el más representativo de los conflictos que generan las primeras salidas nocturnas de los adolescentes en el hogar. De hecho, esta decisión centra muchas discusiones entre padres e hijos adolescentes; pero, como todas las cuestiones educativas, no admite soluciones simples. Comenzando porque la visión del mundo y de los hijos que tienen los padres constituye el principal punto de partida. Dicho de otro modo, el establecimiento de un horario más limitado o más amplio y la flexibilidad con que se administra no es más que uno de los indicadores que reflejan las pautas educativas que estás siguiendo con tu hijo o hija adolescente.

 

Cada familia tiene la potestad de establecer éste y otros límites relacionados con la educación de sus hijos en el ejercicio de sus competencias parentales. Pero hay tres premisas que conviene fijar:

 

La primera premisa que debe quedar clara es la necesidad de que los padres, de forma negociada siempre que sea posible, establezcan horarios de regreso a casa. No pienses que inhibirse es más neutro o más democrático; al contrario, las ambivalencias y los silencios son otra forma de enviar mensajes a tu hijo, sólo que en este caso el mensaje será de permisividad y desinterés y perderás una ocasión extraordinaria de apoyarle en su proceso de autonomía.

 

La segunda premisa es que los horarios, como cualquier otro límite, deben ser estables, sin que ello impida que puedan modificarse ante acontecimientos o circunstancias especiales.

 

La tercera es que los horarios deben plantearse de modo progresivo y deben irse modulando en función de dos aspectos fundamentales: la edad y madurez del adolescente y el grado de cumplimiento de los compromisos adquiridos en las salidas anteriores. Estaríamos hablando, pues, de una independencia por etapas.

 

En resumen, los horarios deben ser razonables, negociados con los hijos siempre que sea posible, adaptados a la edad, las características de cada adolescente y otras circunstancias objetivas (nivel de seguridad de la zona por la que va a moverse durante la salida, existencia o no de transporte público, época vacacional o de estudio, etc.). Además, deben ser progresivos en función de su maduración y el cumplimiento de sus compromisos.

  

A medida que los hijos vayan cumpliendo sus compromisos y mostrando un mayor grado de responsabilidad, se podrán ir ampliando progresivamente los horarios hasta alcanzar aquel nivel que se considere irrenunciable, puesto que lo que se pretende en última instancia es que los chicos se responsabilicen de sus propias acciones y decisiones.

 

7. Utilizar un medio de transporte seguro

 

Un tema que debes abordar con tu adolescente antes de una salida nocturna es sin duda el del transporte de regreso a casa. Ante todo, recuérdale que no debe subir bajo ninguna circunstancia al vehículo de un desconocido. Tampoco si el conductor ha bebido alcohol o consumido otras drogas. Hay alternativas como el transporte público, el “conductor designado” o “conductor elegido” o ir por ellos. 

 

8. Negociar normas claras en relación con el alcohol y el dinero

 

El consumo de alcohol, y más aún si se hace de forma compulsiva hasta la embriaguez, es muy perjudicial para los adolescentes; como padre o madre estás obligado a usar tu influencia para incidir sobre el comportamiento de tu hijo adolescente en materia de consumo de alcohol y a prohibir su consumo. Habla con tu hijo sobre las consecuencias de la ingesta de alcohol.

 

Al igual que en los demás puntos de este decálogo, debes negociar con tu hijo o hija las reglas relativas al consumo de alcohol durante sus salidas de fin de semana, partiendo de un hecho incuestionable: en la mayoría de los países la ley prohíbe la venta y el consumo de alcohol a menores de 18 años. De igual modo, todos los expertos de la OMS y demás organismos oficiales consideran que en menores de 18 años cualquier consumo de alcohol, por pequeño que sea, resulta siempre desaconsejable.

 

Otro aspecto que puede ser objeto de negociación de cara a las salidas de fin de semana es el que se refiere a la disponibilidad del dinero de bolsillo. Los niños y los adolescentes aprenden a administrar el dinero sólo si pueden disponer de pequeñas cantidades con carácter regular. Administrar esa cantidad fija semanal o mensual con la cual debe afrontar gastos diversos (salidas, pequeñas compras, transportes…) les facilita también la asunción de responsabilidades. Evidentemente, la cantidad se debe corresponder con el presupuesto familiar y debe adaptarse a la edad y las aptitudes del adolescente para hacer un uso adecuado del dinero.

 

9. Transmitir información sobre los riesgos

 

El noveno punto de este decálogo incide en la necesidad de transmisión de información acerca de los riesgos que entraña el consumo de alcohol y otras drogas así como las circunstancias en que éste se produce. En este sentido, los padres deben ser realistas y modestos. No está en sus manos suprimir totalmente los riesgos, aunque sí trabajar para crear un contexto susceptible de disminuirlos: dándoles informaciones que les ayudarán a hacer elecciones acertadas, favoreciendo la adquisición de competencias que les permitirán mejorar su comportamiento y ayudándoles a tomar conciencia de las consecuencias de sus decisiones personales. Una vez más hay que recordar que se trata de una tarea educativa que requiere un trabajo a medio y largo plazo.

 

10. Finalmente, abordar el problema como una cuestión de confianza

 

La síntesis de todos los puntos anteriores podría ser que tu hijo adolescente necesita tener personas alrededor en quienes confiar, que le quieran incondicionalmente aunque se equivoque o se salte las normas, que le pongan límites para que aprenda a evitar peligros o amenazas, que le sirvan de modelo en su comportamiento, que aprenda a desenvolverse solo para ayudarle a crecer; personas con las que comunicarse para contarles todo aquello que le asusta o le inquieta, para reconocer sus emociones y expresarlas con la seguridad de encontrar apoyo.

 

En cuanto a tu tarea como padre o madre, la hemos resumido en una búsqueda constante de equilibrio entre las legítimas aspiraciones de autonomía de los adolescentes y las no menos legítimas obligaciones de proteger y cuidar a los hijos. Este equilibrio se ha sustentado fundamentalmente en el pilar de la negociación considerando que esta técnica educativa está tan lejos de la imposición como de la claudicación. Por tanto, negociar supone eliminar de nuestro vocabulario ese “¡Aquí no se habla más!”, pero sin que eso suponga renunciar a establecer unas reglas que consideramos ineludibles para su seguridad.

 

Ahora bien, dicho todo lo anterior, la clave para abordar adecuadamente el tema que nos ocupa es tratarlo como lo que es: una cuestión de confianza.

 

El artículo completo lo puedes leer aquí 

 

 

Por Mª José Calvo para LaFamilia.info 

 

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Alguien dijo en una ocasión que tener un hijo adolescente era como convivir con una persona con cierta “locura pasajera”… Pero, ¿por qué se comportan de esa manera? 

 

Es un periodo en que se encuentran tan cambiados física, y psicológicamente, que están desconcertados. Y por otra parte, descubren su “yo”, aunque no se reconocen. Quieren ser ellos mismos, pero no saben cómo; son tremendamente inseguros. Por eso se dice que "lo que le pasa al adolescente es que no sabe qué le pasa…"

 

En esta etapa es cuando nace la intimidad, la vida interior; y por eso es tan importante. Comprende una travesía de la que no conocen la meta. Son inseguros, pero no quieren protección: quieren ser ellos mismos.

 

Por eso es necesario que se sientan queridos. Tenemos que conocerles para poder comprenderles y, de esa forma, que se sientan valorados, acogidos y queridos. Estas son algunas características que todo papá de un adolescente debe saber:

 

1. Nace su intimidad

 

Descubre su “yo”, pero no se reconoce. Descubre su interioridad y la protege. Por eso necesita tranquilidad, islas de silencio, para reflexionar sobre su vida. No le gusta que indaguemos en su intimidad: quiere que le respetemos su autonomía, su forma de ser, sus conversaciones, sus cosas.

 

Piensa por cuenta propia y por eso se cuestiona nuestras ideas y valores. Pero es preciso decirle lo bueno que tiene, para que lo sepa y lo desarrolle… Porque muchas veces no lo saben: solo ven lo negativo que tienen, incluso aumentado.

 

2. Se define su personalidad y necesita autoafirmarse

 

No quiere ayudas porque quiere hacerlo él mismo, aunque a veces no sabe cómo. 

 

Discute por sistema, porque quiere afirmar su independencia, su pensamiento… Por ello se rebela contra todo: sobre todo contra sus padres. 

 

Por eso hay que saber por qué se comportan así; porque quieren ser ellos mismos, actuar por cuenta propia con su pensamiento, sus acciones, etc. Y no debemos impedirles su crecimiento, aunque sí, orientarlo.

 

3. Cambia su imagen

 

A veces crecen muy rápido, y no les gusta el resultado. Pueden tener complejos y lo pasan muy mal. Por eso hay que decirles lo positivo que tienen, porque ellos no son muy objetivos. Para que se valoren, para elevar su autoestima.

 

4. Inestabilidad afectiva

 

No controlan sus sentimientos o estados de ánimo. El sistema límbico, estrato anatómico fundamental de la afectividad, está a tope por su desarrollo hormonal. Tienen gusto por emociones fuertes, por el riesgo; porque valoran mucho la recompensa emocional por esas actividades.

 

Pero parte de su cerebro no ha madurado totalmente: en  concreto la corteza prefrontal, que es lo último en madurar, con el pensamiento, el autocontrol, el control de impulsos, la toma de decisiones, el juicio… (Leer más > maduración cerebral). 

 

Entonces son todo emociones vividas al máximo, sin un control que racionalice sus vivencias. Y como pueden estar efusivos en un instante, en otro se hunden en el más profundo abismo por algo insignificante.

 

Su cerebro está aprendiendo a manejarse, pero el control y el pensamiento no están totalmente operativos. Su afectividad está al máximo, pero sufre desajustes que no saben controlar.

 

Por eso dan prioridad a los estímulos, a los impulsos, al “me apetece”, sobre lo lógico o razonable. Porque no tienen el filtro de la inteligencia, ni el autocontrol operativos.

 

5. Inseguridad por todos estos cambios 

 

Intentan demostrar, sobre todo a ellos mismos, que pueden. Ven todo en negativo, y su autoestima suele ser baja. Por eso se muestran prepotentes o insolentes a veces o con conductas agresivas.

 

6. Incertidumbre

 

No saben lo que quieren. Por eso necesitan nuestro cariño, nuestra confianza y nuestra claridad de miras para ayudarles, para ir encauzando acontecimientos hacia su madurez. Pero desde un segundo plano.

 

7. Esperan una libertad entendida como mayor autonomía

 

No entienden que las acciones tienen sus consecuencias. Que la libertad conlleva responsabilidad: que va “de la mano” de la responsabilidad. Son como las dos caras de la misma moneda. Es preciso explicárselo.

 

Y en familia podemos darles responsabilidades. Son como “cotas” que tienen que ir alcanzando con su comportamiento responsable, para tener más libertad: se la tienen que ir ganando…

 

Por otra parte, como la corteza prefrontal no ha madurado, no podemos dejarles solos ante situaciones que les desborden, que no pueden controlar. Porque son todo “acelerador”, y nada de “freno”, aunque ellos no se den cuenta o crean ser ya “maduros”.

 

8. Descubren el valor de la amistad

 

Y por eso, muchas veces la anteponen a la familia. Pero no significa que no la valoren. Solo que ven en los amigos algo muy importante, con quienes pueden conectar, y a quienes les pasa lo mismo: que son unos incomprendidos.

 

En resumen, necesitan que les ayudemos a aprovechar sus enormes posibilidades para madurar y mejorar como personas. También a ver las grandes energías que hay en su interior y que luchan por salir. Y que les ayudemos a desarrollarse, fijándonos especialmente en sus fortalezas y talentos, en sus cualidades “especiales”, en lo bueno que tienen, en el esfuerzo que ponen, para que lo fomenten y lo pongan al servicio de los demás.

 

Necesitan que confiemos en ellos, que les creamos capaces de grandes retos. Que les ayudemos en el proceso de formación de su personalidad, pero dejándoles ser “ellos mismos”. En definitiva, que les ayudemos a madurar, respetando su intimidad, sus cosas.

 

Y el cariño que les damos es el artífice de su maduración. A mayor rebeldía, necesitan mayor cariño, pero un cariño incondicional, pase lo que pase… Es como si nos dijeran: “si te importo, ¡préstame atención!”

 

* Colaboración de Mª José Calvo para LaFamilia.info. Médico de familia por la Universidad de Navarra y Orientadora familiar y conyugal por IPAO, y a través del ICE de la Universidad de Navarra. Colaboradora habitual en la revista “Hacer Familia” sobre temas de pareja. optimistaseducando.blogspot.com.co  

 

 

LaFamilia.info - 23.06.2017

 

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Muchos la consideran una droga “light”, incluso algunos aseguran que no causa adicción, pero lamentablemente cada vez son más los jóvenes que consumen marihuana y ahí quedan atrapados, como es el caso de Marcelo Alejandro Crespo, un joven que subió a su Facebook esta carta que se ha hecho viral, y que merece que todos los chicos la lean.

 

 

El porro no hace nada (y yo me lo creí)

Por Marcelo Alejandro Crespo

 

Mi padres siempre me dijeron que la droga mata, sin embargo veía tantos chicos fumar marihuana y ninguno se moría. Pero eso sí, veía que mis amigos, cuando fumaban, empezaban a reírse y a divertirse.

 

Ellos te dicen: lo que mata es el cigarrillo de tabaco, por eso yo fumo marihuana. Pero yo me pregunto, ¿el porro no se hace con tabaco? Se desarma un cigarrillo, se saca el tabaco, se mezcla con marihuana y se enrolla en un papelito. O sea que igual pasa todo a los pulmones, y encima no tiene filtro como el cigarrillo de tabaco.

 

Ante la duda voy a preguntar si la marihuana mata, directamente a la fuente, o sea a los que fuman, y me responden que no, que son mentiras. Relaja, te divierte y te sientes genial. Ante esta certeza, los padres también se dejan convencer. “Lo hacen todos, fuman en todos lados, te hace estar bien, es un pasatiempo.”

 

Con este panorama los padres quedan sin armas: ¿cómo le voy a sacar a mi hijo esta golosina, que tanto le gusta, si lo hacen todos?

  

Y encima, si dicen que no, parece que estuvieran en contra de la sociedad y, si muestran su preocupación a otros padres, es probable que estos no les vuelvan a dirigir la palabra, porque el hijo de ellos se puede contagiar.

  

Mis amigos siguen convencidos de que fumar no te causa ningún problema, y me convencieron. Y estaba bien, porque me gustaba hacerlo.

 

Aunque después empezó a haber problemas en mi casa. En mi familia me decían que no se me podía hablar, que reaccionaba mal, estaba más irritado. Es que no quería que se metieran en mis cosas, yo con la marihuana encontré la tranquilidad que necesitaba. Tenía unos problemas en el colegio que no me dejaban dormir, y con el porro estaba bien. Hasta mi novia me dejó, pero ya no me importaba nada.

  

Dejé de ir al la discoteca, y estaba con los muchachos inclusive en los horarios que tenía que ir a la escuela. Mi mamá se enojaba porque a casa iba sólo a comer y a encerrarme en mi habitación.

  

Juan, mi amigo que nunca consumió, dice que yo sentía que estaba genial, porque no me daba cuenta de la realidad. La marihuana altera lo que yo percibo o lo que capto de las cosas y veo una realidad diferente al que no fuma. Según el nivel de marihuana que tenga en mi cerebro, proyecto, vuelo, medito sobre mi vida. Me hacía unos castillos fantásticos, en el aire, pero después no concretaba nada.

  

Y, como es variable, cambiaba mis proyectos semana a semana, año a año, abandoné la escuela, o cada año cambié de carrera universitaria. En realidad, me costaba estudiar, me pasaba horas sobre la misma página del libro, y me costaba memorizar, empezaba a olvidarme algunas cosas.

 

Yo pensaba que controlaba, que estaba más de cinco días sin fumar y no me pasaba nada. A esto, mi amigo me respondía que, como la marihuana queda depositada en el cerebro, se hace una reserva de cannabis. Entonces, siempre tenía una dosis diaria, por lo que la abstinencia o la desesperación con nerviosismo, enojo, ansiedad, sudoración, por no fumar aparecen como a los 10 días más o menos. Es una abstinencia física o psicológica, o sea que me desespero y tengo muchas ganas de estar con mis amigos consumidores. Si uno fuma muy seguido, se tarda como un mes en desintoxicarse totalmente. Es increíble, puedo pasar 3 semanas sin fumar, y en cambio el análisis de orina sigue dando positiva a tetrahidrocannabinoides (cannabis-marihuana).

 

Hoy tengo 24 años y estoy en una comunidad terapéutica. Mis padres, cansados de que yo siga “vegetando” y no concluyendo nada, me internaron. Yo me negué siempre, y decía que era mayor de edad. Ellos me plantearon que si elegía seguir con la misma vida, no me iban a mantener más. Y yo en ese momento, ¿qué trabajo iba a conseguir?, ¡si no terminé nada! Los trabajitos que siempre hago no me alcanzan para alquilarme nada.

 

Entonces, por más que esté pasado de marihuana, no soy un tonto, “como no tengo para alquilar o comer, me quedo en un centro de rehabilitación, así los dejo tranquilos por un tiempo y después volvería a lo mismo”, así lo pensé.

 

Al dejar el porro, empiezo a tomar más conciencia de la realidad, y cuando miro para atrás, me doy cuenta de cómo me engañé por tanto tiempo. A veces me siento como un estúpido, infantil, que llora por su mamá o por una pequeña frustración. Parece que todavía tuviera 14 años, que hubiera dejado de madurar el día que me enganché y me enamoré de la marihuana. No aprendí a resolver problemas, no aprendí de las experiencias, todo lo tapaba con un porrito.

 

Entre el alcohol y la marihuana, que me planchaban tanto, a veces tenía que enchufarme un poco con cocaína. Eso sí, a veces me asustaba, porque terminé en el hospital dado que el corazón parecía que se me salía del pecho.

 

Cuando entré al centro de rehabilitación no me quería quedar porque había varios chicos que estaban locos-locos, y yo era sólo marihuanero. Pero después supe que empezaron como yo, enamorándose del porro. Escuchaban voces (alucinaciones auditivas), hablaban solos y no coordinaban mucho lo que decían, a pesar de estar ahí desde hace varios meses sin consumir drogas. La marihuana en algunas personas desencadena una psicosis (no tener contacto con la realidad, entre otras cosas), en algunos mejora con medicación y si no fuman más marihuana y, en otros, lamentablemente no se recuperan más de su enfermedad mental, y se diagnostica una esquizofrenia.

 

Para entender un poco mejor empecé a leer, y supe que las drogas estimulan la liberación de una sustancia (neurotransmisor) que se llama dopamina. Esta sustancia estimula una zona del cerebro, que se llama Centro de Recompensa, dando como resultado una sensación de placer. La persona quiere repetir esta sensación, aumentando la frecuencia y la cantidad del consumo, siendo muy difícil decir que “no” a “eso” que le da placer, y encima “lo hacen todos”.

 

A medida que se aumenta el consumo, las neuronas se acostumbran, se van adaptando al nuevo invitado químico, produciendo cambios en sus estructuras, con el tiempo, y posteriormente se hace muy difícil o imposible dejarlo. Por eso se dice que la adicción es una enfermedad, ya que intervienen mecanismos biológicos, no sólo psicológicos y no se cura sólo con la voluntad. El Centro de Recompensa es también estimulado por la comida, el agua, sexo, deporte, entre otras cosas. Pero el placer llega más lento que con la droga.

 

Esta es la propiedad mágica de la droga, que hace sentir placer inmediatamente, y cuanto más rápido se logra este efecto, más adictiva es, o sea más riesgos se corren de no querer abandonarla. Uno se enamora, se casa, y lo mas triste es que no te podes divorciar. Creo que ese es el desafío del comercio actual, cada vez la mezclan con más sustancias raras, para hacerlas más adictivas.

 

Cuánto tiempo perdí por creer que la marihuana no hace nada.

 

Más de este tema > 10 Motivos por los que no es 'cool' fumar marihuana

 

VibrantHomeschooloing.com - 18.08.2017

 

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La adolescencia es un mundo nuevo para los padres, y llegar preparados a ésta hace una gran diferencia. Por eso, teniendo en cuenta que cada familia es diferente y cada persona es distinta, estos son cinco principios propuestos por VibrantHomeschooloing.com que pueden ayudarnos a tener una mejor relación con nuestros adolescentes.

 

1. Definición

 

Hay una diferencia enorme entre ser niño y ser un adulto joven. Nuestros hijos adolescentes se sienten frustrados cuando sienten que siguen siendo tratados como niños. Ellos están empezando a verte a ti y al mundo de manera diferente. Y ellos mismos ya no se sienten niños, pero tampoco saben muy bien cómo dejar de hacerlo. Les falta definir bien los cambios que están sucediendo y te necesitan a ti para ayudarlos en este proceso de definición.

 

2. Autonomía guiada

 

Los adolescentes necesitan tener la oportunidad de comenzar a tomar decisiones y desarrollar un sentido de autoridad. Esto es perfectamente normal y saludable. Deberíamos animarlos y ayudarlos para que empiecen a formarse como personas individuales cada vez más independientes. Los niños dependen de sus padres para todo. Los jóvenes quieren una oportunidad para ejercitar su autonomía. Tenemos que darles la oportunidad de tomar decisiones, de fallar y equivocarse porque no siempre estaremos allí para resolver sus problemas.

 

3. Comprensión

 

A veces ni siquiera los mismos adolescentes saben lo que sienten o comprenden las razones de su comportamiento. Y menos nosotros los padres. Por eso es tan importante que ellos vean nuestro esfuerzo en entenderlos y, más aún, en ayudarles a ellos mismos a entender mejor sus cambios, actitudes y reacciones. Sentarnos con ellos, hablar con ellos, escucharlos, contarles alguna experiencia similar que nosotros hemos atravesado cuando teníamos su edad, orientarlos en la toma de decisiones, ayudarles a ver los pros y los contras de alguna situación… serán cosas que ayuden a tu hijo adolescente a ver que, aunque no comprendas completamente cada detalle de alguna situación que pueda surgir, estás haciendo todo lo posible para entenderlo.

 

4. Amor

 

Los padres quieren a sus hijos, pero a veces los hijos sienten que nosotros no los amamos o que queremos más a uno de sus hermanos. Debemos aprender a hacer sentir a cada uno de nuestros hijos amado y, para lograrlo, debemos identificar sus necesidades individuales. Mostremos nuestro afecto en cada momento que podamos, expresemos amor, dediquemos tiempo, hagamos con ellos cosas que les gusten. Ahora que están creciendo podemos compartir momentos en la cocina, haciendo algún proyecto juntos, o comiendo en algún sitio algo rico. Da tiempo y atención individual a tus adolescentes.

 

5. Respeto

 

Los adolescentes saben que se equivocan y cometen errores. Y están dispuestos a ser corregidos y superar situaciones difíciles con ayuda y guía. Pero esa ayuda y esa guía deben partir desde el respeto. Ya no son niños a los que se les deba hacer todo y que necesitan que les resuelvas los problemas. Muestra respeto sentándote con ellos cuando se equivocan,  teniendo una conversación sobre lo que ha sucedido y ayudándoles a pensar qué han aprendido y cómo evitar el mismo error.

 

 

Fernando Rodríguez-Borlado/Aceprensa - 09.06.2017

 

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El acoso no virtual sigue siendo mayoritario, pero entre los adolescentes está aumentando el cyberbullying, que extiende el sufrimiento de la víctima más allá del horario escolar.

 

La Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) y la Fundación Mutua Madrileña acaban de publicar conjuntamente el Estudio sobre ciberbullying según los afectados. Este trabajo supone la continuación de otro presentado en abril de este año sobre el acoso escolar en general. El maltrato “virtual” (a través de pantallas, fundamentalmente la del móvil) es un fenómeno que frecuentemente se da interrelacionado con el “presencial”: aquel suele ser una extensión de este.

 

La información en la que se basa el estudio ha sido recabada a través del Teléfono ANAR, que cuenta con dos líneas de ayuda: una de atención a las propias víctimas de acoso y otra para adultos de su entorno que conozcan los hechos. Se han analizado 550 casos del total de 1.363 atendidos entre 2013 y 2015. De ellos, 127 de ellos han sido calificados como ciberacoso. El porcentaje de llamadas realizadas por adultos es claramente mayor en los casos de abuso virtual que en el resto. Esto puede deberse a que los menores son más proclives a contar a sus padres este tipo de maltrato (el 81% lo había hecho), o a que a menudo no lo consideran un hecho suficientemente grave como para llamar directamente.

 

Perfil de la víctima

 

Tomando en conjunto todos los tipos de abuso, se aprecian importantes diferencias por sexo de la víctima. Entre las masculinas predomina el acoso presencial y físico. En casi la mitad de los casos existe algún tipo de episodio violento (en cambio, apenas llega al 30% entre las chicas). Los hechos se producen más en el recreo que en las aulas o fuera del colegio, dos ámbitos en los que sí es bastante frecuente el acoso a chicas. Aunque los chicos se enfrentan más a sus acosadores, también acuden en mayor medida a tratamiento psicológico, si bien es cierto que muchos ya acudían antes de que se produjeran los hechos. Entre los chicos maltratados es más habitual encontrar falta de habilidades sociales (previas o causadas por los abusos); quizá por ello una gran mayoría de ellos vuelve a sufrir problemas parecidos incluso después de cambiar de colegio.

 

En cambio, en el acoso a chicas es más frecuente encontrar conductas de tipo no físico, como el aislamiento o las amenazas. El ciberacoso está muy presente (siete de cada diez víctimas de este tipo de acoso son chicas), y su cauce fundamental es el móvil (el 95%). El cambio de colegio evita que se repitan los problemas en casi el 40% de los casos, en gran medida porque supone un corte físico y virtual con sus antiguos compañeros y compañeras. Solo una de cada seis se enfrenta a quien la acosa, y aunque recurren con menos frecuencia a un psicólogo después de los hechos, experimentan más episodios de ansiedad y tristeza.

 

El tipo de acoso también varía según la edad. Hasta los nueve años el más frecuente es el abuso físico. En casi la mitad de los casos solo hay un agresor (una proporción que desciende según aumenta la edad de la víctima), y este es mayoritariamente un varón (76%). La denuncia viene casi siempre de un adulto, habitualmente la madre.

 

El ciberacoso, fenómeno adolescente

 

Entre los acosados de 10 a 12 años (preadolescentes) y de 13 a 17 (adolescentes), aumenta la proporción de agresiones no físicas, sobre todo insultos, amenazas y aislamiento. En la medida en que el cyberbullying empieza a estar más presente (representa un 36% de las llamadas entre los adolescentes), crece el acoso fuera del colegio. También sube el porcentaje de chicas entre los agresores, aunque sigue siendo menor que el de varones. El acoso se realiza sobre todo en grupo, habitualmente de entre dos y cinco personas. Suele ser la propia víctima quien realiza la denuncia, salvo en los casos de ciberacoso.

 

Aunque el cyberbullying frecuentemente es una extensión de otro tipo de abusos, al mismo tiempo posee algunos rasgos específicos. La edad media de los que denuncian es superior: 13,6 frente a 11,6 años. Hacia los 14 años, el maltrato no tecnológico va en remisión, pero el ciberacoso está en pleno apogeo. Según los testimonios de los menores, este tipo de acoso comienza de media a los 12,8 años. El fuerte incremento que se produce de los 11 a los 12 años puede estar relacionado con que a esa edad se produce un salto importante en el porcentaje de niños y niñas con móviles propios.

 

Una característica del ciberacoso es que continúa fuera del colegio: así lo señala casi la mitad de las víctimas, por solo un 8% de los que han sufrido otro tipo de abusos. Las conductas más frecuentes son los insultos y las amenazas, aunque también destacan otras como el aislamiento (20% de los casos), la difusión de rumores (10%) y el acoso sexual (10%). Un 70% de los agredidos dice que el problema se repite a diario, y suele extenderse más de un mes pero menos de un año, duración y frecuencia algo menores que las del acoso físico.

 

El móvil como instrumento de tortura

 

El principal cauce del ciberacoso es el teléfono móvil, En concreto, ocho de cada diez víctimas dice haberlo sufrido a través de WhatsApp. El acoso a través de redes sociales es mucho menos frecuente.

 

Aunque los que sufren ciberacoso lo cuentan a alguien de su familia en mayor medida que los demás acosados, el informe destaca que entre los que no lo hacen, tres de cada cuatro aducen que temen una respuesta excesiva por parte de sus padres.

 

Muchos de los agresores virtuales lo son también fuera de las pantallas. Con todo, el perfil de unos y otros no coincide plenamente. Por ejemplo, el ciberacoso se produce mucho en grupos del mismo sexo. También hay un buen porcentaje de acosadores solitarios, pero nunca grupos mixtos.

 

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