Colaboración FamilyandMedia/Cecilia Galatolo – 18.09.2017

 

 

 

Como es apenas lógico, los niños temen perder la estabilidad, el bienestar y la seguridad que les provee un hogar con papá y mamá que se aman, se respetan y conviven en armonía. Así lo ha comprobado Cecilia Galatolo de primera mano cuando dictaba una catequesis a un grupo de niños:

 

«Hace un par de años, durante una catequesis en una parroquia de Roma, estaba hablando de la familia de Jesús. En un cierto momento, no recuerdo en relación con qué, una niña afirmó: “Mi gran miedo es que mis padres se divorcien…”.

 

Después de esa externalización, le siguieron los comentarios de los compañeros, que, uno detrás de otro, empezaron a decir:Sí, también el mío”. Y lo dijeron todos.

 

Eran diez niños, no es una muestra representativa que nos permita afirmar que “el miedo más grande de todos los niños es la separación de los padres”, pero ese episodio me hizo meditar.

 

No soy ni psicóloga ni pediatra, pero ese día reflexioné mucho sobre el hecho que los niños no vienen separadamente del padre o de la madre, sino de la unión de los dos y ninguna ley, ninguna ideología podrá nunca cambiar esta realidad.

 

Sin juzgar a todas esas personas que han encontrado en el divorcio la única solución a sus problemas, creo que no se puede olvidar que para los niños la separación de los padres es un drama» afirma Cecilia.

 

La separación: fuente de sufrimientos para los cónyuges y para los hijos

 

El final de un matrimonio es siempre fuente de sufrimiento y de dificultades. Verdad descontada. Sin embargo, este no debería ser un punto de llegada de la reflexión, sino un punto de partida o de re-partida.

 

Dos personas que se casan nutren, más o menos conscientemente, esperanzas y expectativas hacia su unión: se presume que si dos personas deciden casarse es porque creen y se desean transcurrir serenamente el resto de su vida juntos.

 

Sean los que sean los motivos que pueden llevar a una separación, es verdad que en cualquier caso se trata de un fracaso que deja heridas.

 

¿Pero qué sucede cuando el divorcio sucede entre personas que tienen hijos? ¿Cómo viven los niños la separación de los padres?

 

Muchos creen que el niño puede crecer adecuadamente también con los padres separados: lo que contaría para el niño, de hecho, sería el amor de la madre y el amor del padre….no el amor entre la madre y el padre. Pero ¿es realmente así?

 

El conflicto: primera causa de dolor para los hijos

 

Muchos psicólogos concuerdan en el hecho de que los hijos crezcan mejor con padres separados en vez de en un clima de conflicto con padres que viven juntos. Son de este parecer, por ejemplo, el doctor Marco Schneider, psicólogo y psicoterapeuta sistémico familiar y la doctora Stefania Ferrari, psicóloga y mediadora familiar. De acuerdo con un estudio realizado por ellos, habría una estrecha correlación entre el conflicto entre los padres (unidos o separados) y el malestar psicológico de los hijos. Según ellos, es por tanto más importante que los padres no estén en conflicto en vez de que estén juntos. Hay además situaciones extremas, en las que la separación se presenta como la única salida.

 

Pero el lugar ideal para crecer permanece una familia unida

 

Sin embargo, a pesar de que las primeras causas de malestar para los niños son el conflicto y la violencia, no podemos olvidar que también el divorcio en cuanto tal –también cuando es vivido en aparente armonía- genera en ellos laceraciones.

 

Los hijos son el fruto de una unión, no vienen de dos personas tomadas singularmente. Esto, a nivel biológico y antropológico no puede ser considerado un hecho irrelevante: los hijos, viniendo de esa unión, quieren participar de ella y en ella buscan protección.

 

Los niños no solo prefieren vivir con ambos padres, en vez de pasar de una casa a otra, sino que son felices de ver que su madre y su padre se aman. Crecer en una familia unida les ayuda a adquirir seguridad y confianza en las relaciones humanas.

 

La relación de los padres: primer modelo relacional para los hijos

 

No puede descuidarse el hecho de que los niños aprenden a relacionarse con los otros, incluidos los futuros novios o cónyuges, sobre la base de las relaciones que han vivido con los padres y que han visto entre los padres. Una persona que ha asistido al disgregarse del propio núcleo familiar puede ser poco propensa a creer en las relaciones sólidas y duraderas y puede tener dificultad para comprometerse seriamente en una relación porque, quizá inconscientemente, la teme.

 

Son muchas las dificultades que pueden nacer de esta condición que, en cualquier caso, viene percibida por el niño como una condición anómala. Es esto lo que demuestra otro estudio realizado por el “Centro de Psicología Clínica y Psicoterapia”.

 

El amor entre los cónyuges: un bien también para los hijos

 

El hombre y la mujer se convierten en padre y madre juntos, en el mismo momento. Ver al padre que ama a la madre y viceversa puede ayudar al niño a descubrir qué es el amor.

 

Quien ha fracasado en la tarea de mostrar la maravilla del amor esponsal no debe ser estigmatizado: condenar a alguien desde fuera es tan fácil como injusto.

 

A todos aquellos que van a aventurarse en la misión de convertirse en padres, sin embargo, es necesario recordar que cultivar el amor no será un bien solo para ellos, sino también para los hijos: para los niños, de hecho, no será lo mismo ver que los padres viven una relación conyugal serena, armoniosa o sufrir sus conflictos hasta el día de la división definitiva.

 

Colaboración de www.FamilyandMedia.eu para LaFamilia.info

 

 

Por Malgorzata Rybak / Aleteia.org - 04.09.2017

 

Foto: Freepik 

 

Entre las causas que afectan negativamente a la intimidad en el matrimonio se citan a menudo: la rutina, la fatiga, la confusión, e incluso, el aburrimiento. Sin embargo, es cierto que no hay nada más destructivo que… el egoísmo. Este se centra sólo en mis necesidades como: comer, beber, disfrutar de los bienes y también del sexo.

 

No sólo (cuentan) mis necesidades

 

No estoy acusando al hecho de tener necesidades. Comprenderlas y hacerse responsable de ellas demuestra la madurez y determina, en gran medida, nuestro éxito en la comunicación con otras personas. Cuando una esposa casi no se mantiene de pie por lo cansada que está, es ella misma la responsable de su descanso y no tiene por qué hacer reproches a todo el mundo por haberse olvidado de ella. Cuando un esposo necesita de actividad física para estar en forma, determina un horario para ir a patear la pelota con sus colegas en lugar de culpar a su esposa e hijos por quitarle el tiempo para hacerlo.

 

Sin embargo, la intimidad es un lugar donde “la necesidad” exige una definición diferente. El punto de partida sería la necesidad de cercanía en la que están implicadas dos personas y no una. Cuando una de las dos personas sólo piensa en satisfacer “sus propias necesidades”, uno comienza a herir al otro.

 

A una persona se la puede herir de diferentes maneras, pero desde luego lo peor sería tratarla de manera instrumental. En la esfera de la sexualidad esto produce enormes estragos a nivel emocional difícil de arreglarlo después. En una zona en la que una persona debería sentirse lo más segura posible, se cuelan la humillación y falta de dignidad. Y, como escribió Karol Wojtyla, una persona nunca debe ser un medio para un fin, porque sólo merece amor.

 

Confianza y aceptación

 

Así que en lugar de pensar en “las propias necesidades” y no en las de nuestra pareja, se debe activar una perspectiva mucho más profunda como la construcción de una relación plenamente voluntaria, como de dos seres diferentes entre sí que se entregan el uno al otro. Entonces nuestro encuentro íntimo se hace necesario para ambos, para dar y recibir algo extremadamente importante. Se convierte en un acto de confianza mutua y de aceptación. De estar atento a la fragilidad del otro y a sus necesidades. De la disposición a enriquecer a otra persona con nuestro ser, aunque lo que entreguemos sea tan imperfecto como nosotros mismos.

 

Cuando el cuerpo no dialoga sobre el amor, trata de satisfacer solo su hambre. El egoísmo, sin embargo, es insaciable. Da igual cuánto se lleve para sí mismo, deja al hombre en un estado de insatisfacción y frustración.

 

Además, el lenguaje corporal expresa las actitudes de lo que sucede en nuestra vida cotidiana. Si pretendemos siempre tener razón, entonces el dormitorio se convierte en un lugar de la dominación y subordinación. Si día a día todo lo que se recibe del marido o de la mujer es percibido como una decepción, entonces cuando este o esta se entreguen al otro, también será insuficiente. Si en la lista de prioridades de la vida el marido o la mujer ocupan el último lugar, entonces también sus encuentros íntimos serán tratados de manera superficial y como cualquier otro asunto.

 

 ¿Quién soy para ti?

 

Cuando dos personas se juntan como si de en un mismo cuerpo se tratara, con su dolor, sus figuras imperfectas, su propia condición física y su carga emocional, se preguntan: “¿quién soy para ti?”. Por lo tanto, la proximidad exige de un gran esfuerzo para no herir al otro, para no quitarle nada, para darle la ternura que sólo puede nacer del amor, que no establece condiciones previas ni reclamaciones de ningún tipo y nunca juega con la carta de chantaje o sensación de superioridad.

 

Cuando pienso en ello, llego a la conclusión de que lo que mejor nos prepara para este encuentro es el gesto de “lavarle los pies” al otro, a través de estas pequeñas cosas en las que expreso mi preocupación por el marido o la mujer, incluso si él o ella no los puede ver. Cuando no suelto esa palabra hiriente. Cuando le echo una mano en sus tareas. Cuando le digo un cumplido. Y no se refiere sólo que el hombre le tenga que decir piropos a la mujer para tenerla más cerca. Por lo general, se refiere a que el marido o la esposa provoquen el “wow” en la persona amada – que cuando se encuentren juntos en la intimidad, no habrá duda ninguna de que es alguien importante para el otro.

 

*Alianza LaFamilia.info y Aleteia

 

 

Aceprensa - 04.08.2017

 

 
Nacho Tornel

 

Nacho Tornel, es mediador familiar y autor del libro Enparejarte. En entrevista con Aceprensa, el autor defiende las ventajas de acudir a un profesional.

 

*** 

Las dificultades forman parte de la vida cotidiana de las personas, también en la convivencia conyugal. Pero a veces las situaciones se enquistan y hace falta la ayuda de un experto. ¿Ante qué señales recomendaría usted acudir a esa ayuda externa?

 

— Suelo decir que todas las parejas experimentamos diferencias, tenemos discusiones, que normalmente se zanjan en una conversación mientras paseamos al perro, preparamos la cena o hablamos un rato en el sofá. Cuando la pareja no consigue resolver por sí misma esas diferencias, cuando se suceden las discusiones sin cerrar –porque termina levantándose uno de los dos del sofá, o incluso con un portazo o un mal comentario–, entonces ha llegado el momento de buscar ayuda externa.

 

Esa ayuda normalmente no debe buscarse entre algún amigo o miembro de la familia que, de ordinario, estará más cerca de uno que del otro, aunque hay excepciones, claro. La ayuda debe venir de alguien que sea totalmente neutral y que pueda aportar objetividad a la situación.

 

Más señales serían el sufrimiento y el dolor profundo que suponen no estar en paz con tu pareja, la permanencia de fondo de un sentimiento de distancia hacia el otro. O ver que las discusiones por cualquier tontería, que deberían resolverse en poco tiempo, se prolongan y se agudizan.

 

A este tipo de orientación, pensada para las parejas que no se han planteado la ruptura, algunos la llaman “mediación preventiva”. ¿Cuál es su experiencia con estas parejas? ¿Realmente es eficaz?

 

— En mi caso, ese es el tipo de mediación que hago (www.nachotornel.com). La práctica totalidad de las parejas que vienen a verme lo hacen buscando una solución que restaure su relación. Es verdad que con frecuencia hablan de un “último cartucho”: consideran que es su última oportunidad, porque a menudo esperan mucho antes de pedir ayuda profesional externa.

 

En cuanto a la eficacia, yo creo que es enorme. Con ver a una pareja que mejora y que salen adelante juntos y reforzados, vale la pena. Gracias a Dios, son muchos más que una pareja; no hago estadísticas, pero la literatura profesional en este terreno habla de un 70% de éxitos. El mérito es de la pareja fundamentalmente: el hecho de tener la valentía y la humildad de buscar ayuda fuera, les hace recorrer ya más de la mitad del camino. Luego viene su trabajo diario, dejarse guiar y orientar…

 

Cuando la decisión de separarse ya está tomada, la mediación familiar por parte de un profesional neutral (abogado, psicólogo…) sigue teniendo sentido para acompañar a la pareja y ayudarles a que la ruptura se haga del modo más pacífico posible. ¿Ve posible la reconciliación en este estadio?

 

— Absolutamente. Es fundamental que en un momento tan crítico estén acompañados por alguien que les ayude a serenar el ánimo y a tratar de ver más allá. Es grande la ayuda que se les puede aportar animándoles a reflexionar sobre el alcance del paso que están dando, sobre el modo de enfocarlo lo mejor posible, sobre el impacto que tendrá en los hijos…

 

Y cabe la posibilidad de que, fruto de ese nuevo modo de hablar y de tratarse más sereno, acompañados por ese profesional, los dos o uno de los dos vea ciertas posibilidades de solución. Esto no quiere decir que la decisión de la ruptura se haya tomado a consecuencia de una rabieta o de “un pronto”; pero a veces, cuando nos despegamos un poco del muro, conseguimos ver el campo que está detrás con todo lo que nos ofrece.

 

¿Qué ventajas presenta esta forma de mediación respecto de los procesos judiciales contenciosos?

 

— Es evidente que también para una pareja que rompe su relación es fundamental mantener el buen trato con el otro progenitor de sus hijos. Y, en ese sentido, la mediación ayuda en gran medida a que los dos puedan continuar hablando y viéndose en los años venideros. Un proceso contencioso siempre es desgarrador: les enfrenta, les lleva a utilizar armas indeseables, a veces mal asesorados; consiguen incendiar lo que no debía ser pasto de las llamas.

 

El espacio de reflexión, serenidad y objetividad que ofrece la mediación abre un abanico de opciones para la pareja, y les ayuda a ver más allá del momento actual, tenso y difícil.

 

 

ReL - 14.08.2017

 

Foto: Freepik 

 

 

El psicólogo Doug Weiss, norteamericano, director del centro de consejería familiar Heart to Heart, es el autor de varios libros de ayuda para la vida matrimonial, entre ellos The 7 Love Agreements (Los 7 acuerdos del amor) en el que propone a los matrimonios tomarse en serio su relación y apostar por ella con fuerza tomando el firme propósito de cumplir con siete acuerdos básicos que los protegerán de la ruptura y del desamor. 

 

"Estos acuerdos de amor no garantizan resultado inmediatos, pero nos lanzan en un proceso de mejorar la relación. El proceso funciona mejor cuando esposa y esposo optan juntos por ellos. Pero un cónyuge por su cuenta puede hacer estos acuerdos por si solo como una forma de acercarse más a su pareja. Estos acuerdos de amor no son promesas para hacer una sola vez en la vida. Como seres humanos, tenemos que ser pacientes y amables. Es mejor repasarlos y renovarlos frecuentemente. Día a día construirán amor verdadero e intimidad" señala el autor. 

 

Los 7 acuerdos del amor

 

1. Fidelidad: Seré fiel a mi cónyuge siempre, en toda circunstancia.

 

2. Paciencia: No intentaré cambiar las cosas de mi cónyuge que no me gustan, pero yo sí modificaré aquellos de mis hábitos que molestan a mi cónyuge.

 

3. Perdón: Cuando haya ofendido a mi pareja, rápidamente pediré perdón. Y yo perdonaré sus ofensas en mi corazón incluso antes de que me lo pida.

 

4. Servicio: Me anticiparé a las necesidades emocionales, espirituales, físicas y materiales de mi cónyuge y haré todo lo que pueda para satisfacerlas.

 

5. Respeto: No hablaré ni actuaré de formas que pongan en ridículo o avergüencen a mi cónyuge.

 

6. Amabilidad: Seré amable con mi pareja, eliminando cualquier rasgo de aspereza en mi comportamiento y en mis palabras.

 

7. Celebración: Apreciaré los dones de mi pareja y sus atributos y los celebraré personalmente y también públicamente.

 

"Cuando entiendes los acuerdos de amor, te das cuenta de que puedes tomar decisiones de corazón que te orientan a actuar de forma más cristiana con tu esposo o esposa", explica Doug Weiss.

 

Pueden parecer objetivos muy ambiciosos, muy elevados, pero Weiss explica que "al menos, al intentarlo, irás en la dirección correcta". 

 

La clave está en empezar un camino decidido de amar intencionalmente. "Empezarás a encontrar formas de mejorar, y eso dará una dinámica nueva a tu matrimonio". 

 

 

Por Orfa Astorga / SerPersona.info - 31.07.2017

 

Foto: Freepik 

 

Nadie ha dicho que la convivencia en el matrimonio sea fácil, pero lo cierto es que si somos emocionalmente inteligentes a la hora de discutir, las cosas toman otro rumbo y la vida en pareja se vuelve muy agradable. 

 

Las siguientes son ideas propuestas por Orfa Astorga de Lira -Orientadora Familiar, Máster en matrimonio y familia de la Universidad de Navarra-, resultan muy sencillas y prácticas para atenuar, con resultados, los conflictos de convivencia en el matrimonio: 

 

1. Cuando uno de los esposos reclama algo, hay que dejarlo hablar, aun cuando no tenga la razón, ya que necesita desahogarse. Una vez expuesto el problema, estará dispuesto al dialogo con más apertura y serenidad.

 

2. Quien reclama con razón, lo hace porque ama, le interesa y necesita que  su cónyugue  se supere.

 

3. Si hay que criticar algún defecto o actitud, hacerlo con amor. Si por sí mismo resulta doloroso aceptar los propios defectos, más costoso es que nos los tengan que decir. Por eso debemos ser sumamente finos, delicados y comprensivos para criticar o decir algo negativo al otro.

 

4. Jamás echar en cara los errores del pasado. Comprensión y amor con las debilidades del otro, igual como queremos que sean con nosotros. Víctor Hugo señala en su obra “Los miserables”, que ser misericordioso es saber en  dónde están las heridas del otro, y no tocarlas.

 

5. Nunca discutir irritados, si se está enojado no será el momento de abordar la problemática.  Implica mucha sabiduría y prudencia, fortaleza y dominio para controlar la ira que podemos sentir  cuando estamos en conflicto.

 

6. Evitar los gestos y ademanes de impaciencia, solo demuestran que no hay disposición sincera de escuchar.

 

7. Evitar gritar. El grito es en sí mismo una agresión, independientemente de lo que se diga.

 

8. No buscar vencer en una discusión. El problema también con una discusión es que a veces se busca más ganarle a la pareja, que encontrar caminos y soluciones a los problemas.

  

9. Respecto a los problemas con los hijos. Hay que recalcar que el  conflicto es con el hijo, no con el esposo(a), aunque la falta cometida por el hijo haya sido abusando del amor y tolerancia de uno de los padres.

 

10. Reclamar lo que se debe reclamar. En el amor se requiere una sana exigencia. Siempre tenemos que buscar lo mejor para la persona que amamos, y a veces será necesario exigirle. Cuando no amamos, nos da igual si la persona se supera o no, pero, con la persona amada, esto jamás puede llegar a suceder.

 

11. Nunca terminar el día tras una discusión sin recuperar la paz, aunque no haya quedado resuelto el conflicto. Humildad para hablar, para hacer ver que el amor prevalece.

 

12. Cuando te equivoques, admítelo y pide disculpas. Para muchos el pedir disculpas equivale a una humillación pero NO: es grande el que reconoce que es un ser humano con debilidades y defectos y que lucha cada día por superarse.

 

13. Dos no pelean si uno no quiere, y el que está equivocado es el que más habla o grita. Por lógica quien está más calmado ve las cosas con mayor claridad y podrá dialogar con más tranquilidad y paz interior.

 

14. No discutir delante de los hijos, hacerlo en privado. Discutir en ocasiones es inevitable, mas inevitable es hacer la paz amorosamente.

 

 

 

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