ReL/thosecatholicmen.com - 19.10.2018

 

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Peter C. Kleponis es un psicólogo especializado en terapia familiar y en particular en una de las grandes amenazas actuales al matrimonio: la adicción a la pornografía. El especialista acaba de publicar su primer libro en español "Pornografía. Comprender y afrontar el problema", el cual ofrece "una ayuda para restaurar la integridad de la persona". 

 

Como un anticipo de los temas que se tratan en este libro, compartimos el artículo publicado recientemente por el mismo doctor Kleponis en Those Catholic Men.

 

***

 

Al hablar sobre el consumo de pornografía y el matrimonio, existen varios mitos que deben ser disipados. Hacerlo puede mejorar la capacidad de una pareja para sanar y restaurar su vida personal y su matrimonio. He aquí ocho mitos habituales que he encontrado en las parejas con las que he trabajado a lo largo de los años.

 

Mito 1. Ver pornografía es más excitante y satisfactorio que el sexo conyugal natural

 

Uno de los principales mitos que la industria de la pornografía intenta que la gente crea es que el mundo de fantasía de la pornografía es mejor que el sexo real. Esto ha conducido a muchas personas a no querer casarse. Creen que la felicidad y la plenitud verdaderas solo vendrán de tener miles de experiencias sexuales con numerosas parejas sexuales. La realidad es que el sexo en la pornografía nunca satisface verdaderamente. Si lo hiciera, los consumidores de pornografía no necesitarían buscar constantemente en internet más experiencias sexuales excitantes. Suelo comparar el sexo con el fuego. Ver pornografía es como encender una cerilla. Se inflama con brillantez y es atractiva, pero se apaga con la misma rapidez. Nunca nos deja satisfechos. El sexo en una relación conyugal saludable es como hacer un fuego lento que va creciendo con el tiempo. Puede no resultar atractivo todas las veces, pero siempre satisface y llena. Es la amorosa relación íntima que acompaña al sexo conyugal lo que lo hace satisfactorio. El sacramento del matrimonio también añade la gracia al sexo conyugal, lo que lo hace aún más satisfactorio.

 

Mito 2. La gente acude a la pornografía porque “el sexo es una necesidad”

 

Una de las formas con la que la gente intenta justificar su consumo de pornografía es alegar que necesitan sexo. Lo cierto es que el sexo es un apetito, no una necesidad. El alimento y el agua, por ejemplo, son necesidades. Si no los tienes, mueres. Si no puedes tener sexo, puede ser una cruz difícil de llevar, pero eso no te matará. Como apetito que es, el sexo debe experimentarse en su contexto apropiado. El suyo es dentro de una relación conyugal sólida. No conseguir tenerlo siempre que quieras lo hace realmente más especial y satisfactorio.

 

Mito 3. Si una persona consume pornografía, es culpa de su cónyuge

 

A pesar de lo que pueda estar sucediendo en un matrimonio, el consumo de pornografía de una persona NUNCA es culpa de su cónyuge. Hay quien alega que acude a la pornografía porque se sienten solos en su matrimonio, porque se han enfadado con su esposo o esposa, porque no tienen suficiente sexo, porque no se sienten respetados o apreciados por su cónyuge… Todas estas excusas, explícita o implícitamente, culpan al cónyuge del consumo de pornografía. Son escapatorias débiles. El hecho es que cada uno de nosotros es responsable de sus actos. Si una persona ve pornografía, es su decisión y su única responsabilidad. Ningún otro puede ser culpado.

 

Mito 4. La adicción a la pornografía es solo cosa de hombres

 

Aunque la mayoría de los adictos a la pornografía suelen ser hombres, es cada vez más también un asunto de mujeres. En torno a una tercera parte de quienes visitan páginas pornográficas son mujeres. Un 70% de las mujeres guardan en secreto su ciberactividad. Suele ser difícil identificar la adicción a la pornografía en mujeres. Esto se debe a que a ellas les atrae una más amplia variedad de medios pornográficos que los hombres. Mientras que a los hombres les atrae sobre todo la pornografía visual (imágenes y vídeos), a las mujeres les atraen también los chat, los blogs, las historias eróticas, las novelas románticas y las redes sociales de contenido pornográfico. Otra razón por la que resulta difícil identificar esta adicción en mujeres es la gran vergüenza que les supone. Temen que otros descubran su adicción y sean etiquetadas como putas y marginadas. Por eso muchas mujeres adictas a la pornografía nunca vienen a pedir ayuda. Sufren en silencio.

 

Mito 5. La adicción a la pornografía no es más que un pecado de egoísmo

 

Cuando alguien queda devastado por tener un cónyuge adicto a la pornografía, es fácil ver eso como nada más que un pecado de egoísmo o un fracaso moral. Sin embargo, como en el alcoholismo, debemos ver la adicción a la pornografía como una enfermedad. En ese sentido, debe ser tratada como una enfermedad. Es más, es una enfermedad que afecta a toda la familia. Muchos expertos se refieren a la pornografía incluso como una enfermedad familiar. Es importante para los adictos y sus cónyuges que busquen inmediatamente ayuda profesional. Cuanto antes comiencen juntos el programa de recuperación, mayor será su éxito en sanar y restaurar su matrimonio. Considerándolo como una enfermedad, es más fácil que desaparezca la vergüenza y buscar la ayuda necesaria para la recuperación.

 

Mito 6. Una persona adicta consume pornografía porque quiere más sexo

 

Es fácil creer que cuando alguien ve pornografía compulsivamente simplemente es porque quiere más sexo. La realidad, sin embargo, es que la pornografía no tiene realmente nada que ver con el sexo. Es simplemente una droga que se usa para sobrellevar con sentimientos o situaciones difíciles. Así como una persona puede acudir al alcohol como vía de escape, se puede acudir a la pornografía como una huida. He aquí un punto donde vale eso de que “el problema nunca es el problema”. El consumo de pornografía es solamente el síntoma. El problema real (o los problemas reales) pueden ser la soledad, el estrés, la ira, el miedo, el aburrimiento, la vergüenza, el abuso o la necesidad de intimidad.

 

Mito 7. Una persona consume pornografía porque su cónyuge ya no le resulta atractivo o sexualmente deseable

 

Ésta es una creencia común entre los cónyuges, especialmente entre las esposas. Como las estrellas del porno son jóvenes y atractivas, el esposo o esposa puede creer que el cónyuge adicto ve pornografía porque está cansado de él o ella y ya no lo encuentra atractivo. Puede pensar también que el adicto quiere sustituirlo por una persona más joven. Raras veces es así. El consumo de pornografía del adicto rara vez tiene que ver con el atractivo de su cónyuge o con el deseo de reemplazarlo. Como hemos afirmado antes, la pornografía es simplemente una droga que se usa para lidiar con sentimientos o situaciones difíciles. Tiene poco que ver con el esposo o esposa.

 

Mito 8. Si él o ella dejara de consumir pornografía, nuestra vida volvería a lo que solía ser

 

Muchos esposos o esposas entienden la recuperación como simplemente dejar la pornografía y volver a donde estaban sus vidas antes de que se descubriese el problema. Sin embargo, lo más frecuente es que el consumo de pornografía sea anterior al matrimonio.

 

El consumo de pornografía suele empezar en la infancia o adolescencia. En todo matrimonio, ambos esposos tienen que ser tipos sanos para tener una relación sana. Si uno de ellos o los dos se casan no siendo sanos, no pueden tener un matrimonio sano. Así, si el que consume pornografía era adicto antes de comenzar la relación, nunca fue alguien sano con quien empezar. Tener un matrimonio sano no significa volver a cómo solían ser las cosas. Significa forjar una nueva y saludable relación conyugal. Aunque esto puede resultar laborioso, ¡también puede ser excitante que la pareja trabaje al unísono para crear el matrimonio que siempre quisieron ser!

 

*Publicado originalmente en Those Catholic Men

 

Isabel Molina/Revista Misión - 14.09.2018

 

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“Cuando un matrimonio pasa una mala racha, lo primero que se resiente es la comunicación”. Así lo ha comprobado una y otra vez en su consulta Nacho Tornel, experto en relaciones de pareja, quien reclama que los esposos reserven en su agenda un tiempo para estar juntos: “La agenda no quita romanticismo al matrimonio; lo que resta romanticismo es no dedicarse tiempo”, advierte.

 

Se casaron con la ilusión de compartirlo todo y de pasar ratos interminables a solas, pero tanto ella como él tienen tantos temas que atender a diario que, sin darse cuenta, el espacio para conversar tranquilamente queda reducido a la mínima expresión. Poco a poco, sus diálogos se vuelven tensos y poco fluidos y, tal como advierte Nacho Tornel  autor de Enparejarte, los esposos hoy se dedican más a “despachar temas”, como si su relación fuera una “gestión profesional”, que a comunicarse de verdad.

 

Este experto en comunicación de pareja, da unos consejos para que “cada conversación densa entre los esposos sea como una gota de silicona que los una con fuerza y los haga sólidos, casi irrompibles”, así lo expone en la Revista Misión:

 

1. Haz de tu cónyuge tu prioridad absoluta

 

Los cónyuges que se comunican bien tienen un denominador común: ambos han marcado el matrimonio como su prioridad. Y lo demás: hijos, trabajo, relaciones sociales y familiares… está en segundo plano. “Tener al otro como prioridad es la manera más directa de revitalizar la unión conyugal, la intensidad de la relación, la ilusión por estar juntos, el compartir más íntimo, las ganas de contarse cosas y pasar ratos a solas, porque el amor se retroalimenta y, cuanto más estás con el otro, más quieres estar con él”.

 

2. Fija unos tiempos a solas con tu pareja

 

Tener tu matrimonio como prioridad se refleja también en la agenda de los dos: los esposos tienen claridad de los momentos que pasarán juntos cada día, cada semana, cada mes y hasta cada año… “Esto no quiere decir que el tiempo que se dedican tenga que ser siempre el mismo: hay matrimonios que saben que todos los viernes salen a cenar, otros no tienen día fijo, pero tienen unos tiempos ‘blindados’ para estar juntos…”, explica Tornel. Así, cuando comienza a entrar la apatía en el amor, “agenda en mano, fijan ratos para hacer deportes juntos, ir a dar un paseo todas las semanas, etc.”.

 

3. Elimina las interferencias

 

Deja a un lado el móvil, la tele o la tablet… o cualquier interferencia que pueda enturbiar la comunicación”, reclama Tornel. Tampoco valen excusas que acaben rompiendo un buen momento a solas: “Íbamos a salir el sábado, pero al final me llamó mi hermana, estábamos cansados y nos quedamos en casa”. “Si no sabes eliminar las interferencias, te puede la vida y se pierden los ratos de contemplación del uno al otro”, advierte.

 

4. No filtres demasiado

 

“Cuéntale a tu marido o a tu mujer todo aquello que necesitas compartir”. No conviene adoptar una comunicación selectiva: esto no se lo cuento para no aburrirle o para protegerle de mi problema. Además, es importante ser espontáneo y natural, sin retrasar el diálogo. “Si dejas los temas ahí varios días para luego comentarlos todos juntos, cuando al final tienes un espacio para compartir se convierte en pasar ‘orden del día’ y resulta agotador”. En la comunicación, el matrimonio se  “necesita conseguir el equilibrio de la olla a presión, que por su valvulita va soltando el gas poco a poco”.

 

5. Escucha, pero sin dar consejos

 

Cuando contamos algo al cónyuge, normalmente de­sea­mos compartirlo, sacarlo para liberarnos. Sin embargo, en algunas parejas, cuando un cónyuge cuenta algo, quien escucha opta por dar consejos, soluciones o fórmulas. Y el que comparte se queja: “Siempre que le cuento lo que me pasa en el trabajo, intenta resolverme el problema. Yo sé lo que tengo que hacer, solo quiero que me escuche”. Por eso, Tornel recuerda: “No es bueno opinar demasiado, basta con saber escuchar”.

 

6. Practica la escucha activa

 

Cuando tu cónyuge te cuenta algo, demuéstrale que estás escuchado: ve asintiendo y haciendo comentarios como: “Anda, cuéntame más”; y cuando termine, es bueno repreguntar: “¿Cuándo sucedió esto? ¿Y te lo tomaste tan mal…?”. Preguntas como estas muestran interés en lo que te ha contado.

 

7. Háblale a tu cónyuge con respeto y cariño

 

“Comenta también las cosas que te desagradan, pero incluso si tienes que decirlas cuando estás molesto, dilas con palabras de cariño y acompañándolas con gestos físicos de mimo y cuidado: cógele la mano a tu pareja o abrázale, no sea que parezcas un general que pone en firme a sus soldados”.

 

8. Cuida el lenguaje

 

Por último, “nunca digas una mala palabra; sé respetuoso y delicado en el trato”. Y si hay algo complicado que comunicar, cuídate de no ser presa de la ira o de palabras cargadas de ofensa, ni de manifestar lo que sientes como una acusación o un reproche. “Es muy distinto decir: ‘Últimamente me siento solo, no me llamas durante el día…’, a decir: ‘Eres un egoísta, solo piensas en tu trabajo y no te acuerdas de llamarme’. El lenguaje acusador hace que el otro contrataque: ‘Egoísta eres tú. ¿No te das cuenta de que estoy pasando por una etapa malísima en el trabajo?’”.

 

Siguiendo estos consejos notarás que vuestra comunicación se hace más cercana e íntima.

 

LaFamilia.info - 13.08.2018

 

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El amor es un lenguaje que tiene muchos matices. Por ejemplo, podemos expresar el amor de una forma diferente a la de nuestro esposo(a) y sigue siendo amor, aunque muchas veces no lo identifiquemos así. Lo cierto es que conocer nuestro lenguaje y el de nuestra pareja, hará más fuerte el vínculo y nos evitará más de un mal momento. 

 

El antropólogo Gary Chapman, se dedicó a estudiar este tema y a partir de eso escribió el exitoso libro “Los 5 lenguajes del amor”, el cual brinda numerosas herramientas para comprender mejor nuestra forma de dar y recibir amor a nivel personal, matrimonial y familiar. El autor describe diferentes situaciones que se presentan en la pareja y cómo influye el tipo de comunicación que usamos. 

 

“Mantenga lleno el tanque del amor, que hay una temporalidad de ese amor que la gente siente cuando está enamorado. Es una euforia casi ciega (por no decir totalmente ciega) que nos impide ver algún defecto en la persona. Pero ese tipo de amor no dura mucho (en algunos más en otros menos) y debe dar paso a otro amor más maduro”, comenta el doctor Chapman. ¿Por qué muchos cónyuges se portan mal y buscan beber de otras fuentes? ¿Qué se debe hacer para lograr un matrimonio duradero? La respuesta que da el doctor Chapman es que aprendamos a mantener lleno el tanque del amor de nuestro cónyuge.

 

Ahora, ¡vamos a la práctica! Debemos convertirnos en unos excelentes comunicadores para hacer que nuestro mensaje siempre llegue de forma efectiva y en el instante preciso a nuestro destinatario, en este caso el cónyuge. Además, debemos conocer y estar dispuestos a aprender el lenguaje amoroso de nuestra pareja.

 

Estos son los 5 lenguajes que describe Gary Chapman:

 

1. Palabras de afirmación

 

Son los elogios verbales, palabras de aprecio y reconocimiento. Son aquellas palabras poderosas que inspiran y transmiten valor, seguridad y confianza a la persona amada. Esta habilidad requiere empatía. Se concentra en lo que se está diciendo con palabras a la pareja.

 

2. Actos de servicio 

 

Son aquellas cosas que hacemos por la persona amada, porque sabemos que lo apreciará, que le gusta, aunque a nosotros quizá no tanto. Puede ser ordenar la casa antes de que llegue, organizar una cena con sus amistades, ayudarle en un proyecto suyo... Requieren planificación, tiempo, energía y que se haga por amor, no por sola presión u obligación. Expresa respeto a lo que el otro valora.

 

3. Toque físico 

Este lenguaje de amor incluye desde el sexo hasta una simple caricia, tomarse de las manos, un masaje, abrazarse, sentarse juntos a leer un libro...

 

4. Regalos 

 

No se trata de "grandes y caros regalos" sino de gestos, como una notita, un mensaje, una flor silvestre. Significa que piensas en la otra persona. Es un símbolo visual del amor con gran valor emocional para los que disfrutan con este lenguaje. 

 

5. Tiempo de calidad 

 

Es el tiempo compartido de calidad y unión. No se trata de estar en el mismo espacio físico, de simple proximidad, de estar haciendo dos cosas diferentes a la vez; sino de estar en unión y atención plena entre las dos personas que somos. Las actividades compartidas son el vehículo para crear el sentido de unión, de proyección conjunta. A menudo basta con un café, juntos, solos, hablando. Las conversaciones de calidad, que expresan pensamientos, sentimientos, frustraciones y deseos con respeto y escucha atenta, se incluyen en este tiempo de calidad. 

 

Distintas personas con distintos lenguajes

 

Para recibir y transmitir amor, en la pareja, pero también en la familia, con nuestros hijos y padres, es bueno entender que distintas personas tienen distintos "lenguajes del amor". Quizá estemos dando regalos a alguien que no los aprecia, que lo que desea es tiempo de calidad. Quizá esa persona ni siquiera entiende que con los regalos tratamos de expresar nuestro amor. He aquí un tema que las familias pueden aprender a trabajar para mejorar sus relaciones.   

 

¿Con cuál te identificas? ¿cuál es tu lenguaje para dar amor y cuál para recibirlo? ¿Cuál deberías reforzar? 

 

Fuente: ReL

 

Pablo J. Ginés/ReL – 17.08.2018

 

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La idea de casarse sin antes convivir con la pareja es minoritaria entre los jóvenes españoles: según el más reciente estudio de la Fundación Santa María, en el cual sólo declaraban esa intención uno de cada diez jóvenes. 

 

Sin embargo, años atrás (encuestas de 2016), uno de cada tres declaraba "pienso casarme, pero antes convivir con mi pareja". La idea de vivir en pareja sin ningún plan de casarse la tienen uno de cada cinco (un 20%). Y un gran cambio se nota en los absolutamente indecisos: casi un 30% que declaran "no sé lo que haré", mientras que diez años antes esos indecisos eran un 17%.

 

Los absolutamente liberales ("pienso formar una pareja abierta con total libertad sexual") son en la teoría menos de un 2%... pero en la práctica es evidente que las parejas sexuales se pueden ir sucediendo una tras otra allí donde no hay una voluntad clara de exclusividad y unión indisoluble "hasta que la muerte nos separe". 

 

Cohabitar para "probar": una superstición popular

 

En España, como en otros países, muchos jóvenes (y sus padres) creen en una superstición absolutamente contraria a los datos científicos recopilados durante décadas: la superstición de que es bueno y prudente cohabitar antes de casarse "para probar nuestra convivencia" o "para probar la compatibilidad". 

 

Así, hemos visto que uno de cada 3 jóvenes menores de 25 años quiere cohabitar con la idea de pasar luego al matrimonio. Y según esta encuesta de Fundación Santa María, un 31% de todos los jóvenes declara que cohabitaría "para probar como es la convivencia", casi un 19% lo hace para ahorrar papeleo en caso de ruptura y un 16% lo hace porque no se siente seguro con la pareja que ha escogido. 

 

¿Cómo les va a los que cohabitan "para probar”?

 

Un estudio norteamericano de Stanley y Rhoades se centró en analizar qué tal les iba a los que declaraban que cohabitaban "para probar la convivencia" (distintos a los que lo hacen "por conveniencia"). 

 

Los resultados sugieren (como en muchos otros estudios y países) que este "probar" no ayuda nada a la pareja:

 

- los hombres que cohabitaban "para probar" tenían mayores índices de síntomas depresivos, ansiedad generalizada, problemas para depender de otros y ansiedad por temor al abandono.

 

- las mujeres que declaraban "probar" tenían mayor ansiedad de temor al abandono.

 

- tanto hombres como mujeres, declaraban un menor nivel de confianza en la relación, peor interacción y más agresión psicológica.

 

- entre los varones que "probaban" se detectaba más agresividad física y menos niveles de dedicación a la relación.

 

Stanley admite que muchos de esos factores negativos estaban ahí antes de empezar a cohabitar... pero los cohabitadores se "enganchan" a ellos, los aceptan y piensan que cohabitando más "mejorarán" (o, más bien, que "el otro mejorará").

 

Cohabitar ciega y dificulta cortar cuando habría que cortar

 

"Lo que la gente ve menos en el cohabitar es que hace más difícil el romper", insiste. No es que se rompa menos: se rompe más que en las parejas de novios que sólo quedan y salen. Pero, además, se rompe más tarde y peor. 

 

Los sociólogos llaman a esto "la inercia de la cohabitación". Esa inercia no solo implica que puedes alargar una relación tóxica o mala por la dificultad de "empezar de nuevo saliendo de esta casa", sino que hay parejas que pasan de cohabitar a casarse "por inercia". La ruptura llegará más tarde. 

 

No hay estudios sociológicos que demuestren que cohabitar antes de casarse disminuye el riesgo de ruptura. Ni que los que cohabitan rompen menos que los que se casan. Los estudios muestran siempre lo contrario. 

 

Solo recientemente hay algunos estudios que señalan que cohabitar no empeora (aunque tampoco mejora) los índices de ruptura del matrimonio, y se da solo cuando se suman estos factores: 

 

- Haber cohabitado solo con quien luego es tu cónyuge

 

- Haber empezado a cohabitar teniendo los dos muy claro, y haberlo declarado, que el objetivo era luego casarse

 

- Empezar esa cohabitación con más de 23 años de edad

 

Pero "cohabitar con el objetivo firme y declarado de casarse después" no es muy común, en realidad. Normalmente, uno de la pareja lo desea, o espera, o le gustaría... y el otro prefiere no pensar mucho en ello, hasta que, quizá, "se desliza". 

 

¿Tienen los dos voluntad declarada y firme de envejecer juntos?

 

Stanley insiste que esa voluntad declarada de compromiso, de querer vivir siempre juntos, expresada, es lo que da firmeza frente a la ruptura. Esa voluntad declarada y firme es lo que debe haber en un noviazgo. Y el ritual de una boda y el apoyo público de la comunidad tiene, entonces, una eficacia real y da una fuerza real en esos casos a la pareja.

 

Lo peor es que en la cohabitación uno queda "enganchado" y tarda en ver esas cosas y dar el paso a dejarlo. Cohabitar dificulta ambas cosas: detectar los problemas y cortar la relación: un piso que pagar, un coche compartido, quizá incluso hijos, etc... 

 

"Hay muchas formas mejores de probar una relación que hacer algo que dificulta el romper porque te lo has imaginado todo. Es mejor tomar un curso sobre relaciones (por ejemplo, los cursos prematrimoniales anteriores incluso a prometerse en matrimonio), hablar de cómo será el futuro juntos y ver si sois compatibles saliendo en el noviazgo. Tomad el tiempo de ver a vuestra pareja en distintos ámbitos sociales", propone Stanley. 

 

*Publicado originalmente en ReL

 

Revista Misión - 03.07.2018

 

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Las relaciones con la familia política son, con frecuencia, un foco de tensión que afecta negativamente tanto al matrimonio como a las relaciones entre padres, hijos y hermanos. La ausencia de límites claros, una excesiva injerencia de la familia extensa, recelos infundados o la dificultad para perdonar las ofensas son, según los expertos, las causas más comunes de unos conflictos que, sin embargo, tienen solución. A pesar de todo, merece la pena cuidar y querer mucho a la familia política.

 

“Aunque los problemas con la familia política tienen algo de mito y hay muchas ideas preconcebidas, la realidad es que estas relaciones no siempre son fáciles, pues suponen un proceso de aprendizaje, conocimiento y respeto que no siempre se da en las condiciones en que debería darse”, explica para la Revista Misión la doctora Teresa Barrera, psicóloga familiar del gabinete del Doctor Chiclana.

 

Según Barrera, “muchas veces pensamos que llegamos al matrimonio y está todo hecho, y que será fácil construir una nueva familia dejando atrás nuestra familia de origen. Sin embargo, este cambio implica un proceso de ‘duelo de la salida’ para todos, que no siempre es fácil.  Y más si no caemos en la cuenta de que las dos familias de origen son igual de importantes, pues forman parte de nuestra historia, son la raíz de la persona que más queremos y serán relevantes para nuestros hijos”.

 

Las causas más comunes de conflictos

 

La psicóloga familiar María José Marcilla, del Centro de Orientación Familiar de Dos Hermanas, en Sevilla, explica que entre las causas más comunes de los conflictos con la familia política están:

 

- las excesivas injerencias de la familia de origen –incluso cuando son bienintencionadas–,

- la ausencia de límites claros, 

- unas dependencias materiales o emocionales mal canalizadas, 

- la frialdad en el trato, 

- los desplantes mal cicatrizados, 

- el hartazgo acumulado 

- y la falta de comunicación.

 

Mención aparte merecen los problemas que surgen cuando las familias de origen son muy dispares: “La integración entre los miembros de ambas familias de origen hay que cuidarla con mucho mimo y cariño, sin pensar que la mía es la mejor y la tuya un desastre (o viceversa), y sin criticar a las familias por sus costumbres”, apunta Marcilla.

 

Amar con los defectos

 

Por desgracia, no todos los problemas con la familia extensa (tanto la de origen, como la política) son por pequeñas cosas, sino también por ofensas graves, malas acciones o fuertes discusiones en las que todos creen llevar razón.  “Estas situaciones –explica la doctora Barrera– son duras y difíciles, pero es posible superarlas gracias al perdón”. Y recuerda que aunque el otro no pida perdón, o no quiera retomar la relación, “yo puedo perdonar igualmente y tener una actitud de aceptación del otro” porque “si sabemos qué queremos vivir como familia, y cuáles son nuestros valores y prioridades, no perderemos el norte”.

 

No obstante, Barrera aconseja que si hay conflictos con la familia política, “lo mejor es que intervenga cada uno con su familia de origen, porque solemos tener más confianza con ellos”.  “A no ser –matiza–, que el conflicto sea entre padres e hijos, pues en ese caso el cónyuge tal vez pueda expresarse con más neutralidad”.

 

Consejos prácticos

 

Las psicólogas mencionadas, Teresa Barrera y María José Marcilla, dan 9 consejos prácticos para tener una buena relación con tu familia política:

 

1. Las dos por igual

Valora a las dos familias de origen por igual: las dos son igual de importantes porque son las raíces de la persona a la que queremos.

 

2. Proyecto claro

Cada núcleo familiar tiene sus propios valores, prioridades, estilos de comunicarse y de educar, modos de expresar el afecto… Si lo hablamos como matrimonio y sabemos hacia dónde queremos dirigir nuestra familia, vamos a relacionarnos con las otras familias sin verlas como una amenaza.

 

3. Juntos, pero no revueltos 

Poner límites es necesario para relacionarnos de forma sana, pero no deben ser improvisados, sino acordados por el matrimonio, y expresados cada uno con su familia de origen.

 

4. Evita comparaciones

No critiques ni insultes a tu familia política, y menos delante de tu cónyuge. Evita las comparaciones: somos diferentes, no mejores ni peores.

 

5. No rompas los puentes

Si es necesario, aumenta la distancia, pero nunca faltes al respeto ni rompas la relación con la familia política.

 

6. Valora y disfruta 

Valora a cada miembro de tu familia extensa en lo que tiene de bueno. No dediques tiempo a la familia política “por obligación”, sino para disfrutar; y elige cómo hacerlo: si quieres ir todos los domingos a comer, que sea por una elección personal, libre y que les deje a todos buen sabor de boca.

 

7. No acapares

Comprende que tu cónyuge quiere a sus padres y demás familia porque son de quienes recibió el cariño que ahora sabe dar. Aprende a ser generoso y no quieras acaparar el cariño y el amor de tu pareja o de tus hijos.

 

8. Perdona y pide perdón 

Los conflictos pueden llegar, pero hablarlos para solucionarlos, pedir perdón y perdonar incluso cuando no nos pidan perdón, es un triunfo mayor que estancarse en el rencor.

 

9. Tú tampoco eres perfecto

La familia es un regalo para nosotros y nuestros hijos, son los cimientos de nuestra vida, así que aunque las relaciones no sean como nos gustaría, la familia es importante y hay que dedicar tiempo a escuchar, cuidar, aceptar, perdonar y disfrutar. No son perfectos, pero nosotros tampoco, gracias a Dios.

 

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