Por Malgorzata Rybak / Aleteia.org - 04.09.2017

 

Foto: Freepik 

 

Entre las causas que afectan negativamente a la intimidad en el matrimonio se citan a menudo: la rutina, la fatiga, la confusión, e incluso, el aburrimiento. Sin embargo, es cierto que no hay nada más destructivo que… el egoísmo. Este se centra sólo en mis necesidades como: comer, beber, disfrutar de los bienes y también del sexo.

 

No sólo (cuentan) mis necesidades

 

No estoy acusando al hecho de tener necesidades. Comprenderlas y hacerse responsable de ellas demuestra la madurez y determina, en gran medida, nuestro éxito en la comunicación con otras personas. Cuando una esposa casi no se mantiene de pie por lo cansada que está, es ella misma la responsable de su descanso y no tiene por qué hacer reproches a todo el mundo por haberse olvidado de ella. Cuando un esposo necesita de actividad física para estar en forma, determina un horario para ir a patear la pelota con sus colegas en lugar de culpar a su esposa e hijos por quitarle el tiempo para hacerlo.

 

Sin embargo, la intimidad es un lugar donde “la necesidad” exige una definición diferente. El punto de partida sería la necesidad de cercanía en la que están implicadas dos personas y no una. Cuando una de las dos personas sólo piensa en satisfacer “sus propias necesidades”, uno comienza a herir al otro.

 

A una persona se la puede herir de diferentes maneras, pero desde luego lo peor sería tratarla de manera instrumental. En la esfera de la sexualidad esto produce enormes estragos a nivel emocional difícil de arreglarlo después. En una zona en la que una persona debería sentirse lo más segura posible, se cuelan la humillación y falta de dignidad. Y, como escribió Karol Wojtyla, una persona nunca debe ser un medio para un fin, porque sólo merece amor.

 

Confianza y aceptación

 

Así que en lugar de pensar en “las propias necesidades” y no en las de nuestra pareja, se debe activar una perspectiva mucho más profunda como la construcción de una relación plenamente voluntaria, como de dos seres diferentes entre sí que se entregan el uno al otro. Entonces nuestro encuentro íntimo se hace necesario para ambos, para dar y recibir algo extremadamente importante. Se convierte en un acto de confianza mutua y de aceptación. De estar atento a la fragilidad del otro y a sus necesidades. De la disposición a enriquecer a otra persona con nuestro ser, aunque lo que entreguemos sea tan imperfecto como nosotros mismos.

 

Cuando el cuerpo no dialoga sobre el amor, trata de satisfacer solo su hambre. El egoísmo, sin embargo, es insaciable. Da igual cuánto se lleve para sí mismo, deja al hombre en un estado de insatisfacción y frustración.

 

Además, el lenguaje corporal expresa las actitudes de lo que sucede en nuestra vida cotidiana. Si pretendemos siempre tener razón, entonces el dormitorio se convierte en un lugar de la dominación y subordinación. Si día a día todo lo que se recibe del marido o de la mujer es percibido como una decepción, entonces cuando este o esta se entreguen al otro, también será insuficiente. Si en la lista de prioridades de la vida el marido o la mujer ocupan el último lugar, entonces también sus encuentros íntimos serán tratados de manera superficial y como cualquier otro asunto.

 

 ¿Quién soy para ti?

 

Cuando dos personas se juntan como si de en un mismo cuerpo se tratara, con su dolor, sus figuras imperfectas, su propia condición física y su carga emocional, se preguntan: “¿quién soy para ti?”. Por lo tanto, la proximidad exige de un gran esfuerzo para no herir al otro, para no quitarle nada, para darle la ternura que sólo puede nacer del amor, que no establece condiciones previas ni reclamaciones de ningún tipo y nunca juega con la carta de chantaje o sensación de superioridad.

 

Cuando pienso en ello, llego a la conclusión de que lo que mejor nos prepara para este encuentro es el gesto de “lavarle los pies” al otro, a través de estas pequeñas cosas en las que expreso mi preocupación por el marido o la mujer, incluso si él o ella no los puede ver. Cuando no suelto esa palabra hiriente. Cuando le echo una mano en sus tareas. Cuando le digo un cumplido. Y no se refiere sólo que el hombre le tenga que decir piropos a la mujer para tenerla más cerca. Por lo general, se refiere a que el marido o la esposa provoquen el “wow” en la persona amada – que cuando se encuentren juntos en la intimidad, no habrá duda ninguna de que es alguien importante para el otro.

 

*Alianza LaFamilia.info y Aleteia

 

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