Blogs LaFamilia.info - 9.12.2016

 

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Hace algunos días escuché a una persona sabia hablando sobre el pecado y dentro de las experiencias y anécdotas que contaba, hilaba a la pérdida de la dignidad humana con el abandono del bien. Tantas situaciones unidas al estar divorciado de Dios porque indudablemente el pecado es una ruptura del hilo de amor que nos une a Él como nuestro Creador y máxima inspiración para dar riendas a nuestro actuar. Decía que el pecado nos hace errar enormemente, nos hace realizar cosas de las cuales nos sentiremos mal con nosotros mismos, de pronto no en la inmediatez del momento, sino con el pasar del tiempo, de los años, muchas veces cuando todo está ya perdido.

 

Dentro de los diferentes ejemplos estaba el de la persona que se sumerge en el mundo del alcohol, y que muchas veces es consciente de que beber desafortunadamente está mal, pero el placer del momento está por encima del mal y del bien. Su raciocinio se nubla, su conciencia se perturba, su sabiduría se adormece, dejándose llevar por el instante, tan efímero pero contundente. De ese momento de aturdimiento total podrán surgir consecuencias inevitables que lo conducirán por el camino de la irresponsabilidad cometiendo actos tan vergonzosos que lo llevarán poco a poco a quebrar o a olvidar totalmente su dignidad.

 

¿Cuántas personas sumergidas en el mundo del alcohol han cometido actos de los cuales se arrepienten cuando están en su sano juicio? Y no es fácil resarcir lo que se ha hecho, por ejemplo, frente a los menores, frente a  los hijos. Al estar adormecidos con el alcohol se puede ofender enormemente a los seres más queridos, ser violento, insultar o provocar situaciones que degradan totalmente, y lamentablemente devolver el tiempo y sanar es demasiado difícil.

 

¿Pero qué es la dignidad y por qué es importante tenerla en cuenta en el transcurrir de nuestras vidas? En el Catecismo de la Iglesia Católica se encuentra la siguiente definición: “La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo primero); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artículo segundo). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo tercero). Por sus actos deliberados (artículo cuarto), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo quinto). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo sexto). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo séptimo), evitan el pecado y, si lo han cometido recurren como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo octavo). Así acceden a la perfección de la caridad.”*

 

La dignidad en la persona está unida entonces a su creación, no puede desligarse de su ser, es intrínseca a su diario vivir y además está enlazada también con su capacidad de edificarse y de ser acompañada de la conciencia moral. Es por lo anterior que cuando realizamos actos en contra de la honestidad, de la decencia, del decoro, de la honorabilidad e integralidad, estamos acometiendo actos impuros y por consiguiente, nos rodeamos del pecado. Hay que tener en cuenta que es muy fácil caer en este juego de infringir normas en contra de la moral y de los buenos principios y más aún, en el mundo actual, en donde casi todo es relativo. Prima más la individualidad que el bien común. Ponemos de estandarte una bandera enorme marcada con el “YO” y sólo cuenta el “placer”, enfocado éste hacia muchos aspectos de la vida cotidiana.

 

Tantas veces se acometen actos con justificación, como si esto borrara la mancha del pecado y como si no se atentara contra la dignidad de la persona. Cuando estamos casados, salir con otras personas y olvidarnos de responsabilidades porque en casa se discute permanentemente; tomar dinero que no nos corresponde porque hay situaciones financieras difíciles; enceguecernos con el licor u otras sustancias por simple diversión. Todo esto y muchas otras situaciones van opacando el resplandor de la belleza humana, pues no fuimos hechos para dañar o para atentar contra los demás. Tenemos libre albedrío pero esta condición o regalo divino no nos justifica para hacer lo que queramos y mucho menos, para pisotear o dañar a los demás.

 

Ser una persona digna deberá ser nuestra mayor meta, lo demás vendrá por añadidura, por valor agregado. No nos enfoquemos solamente en el paraíso terrenal. Es más gratificante la vida eterna, el cómo seremos premiados por el deber ser, lo que debemos hacernos a nosotros mismos y a las demás personas, porque no estamos solos; siempre estaremos rodeados de seres que comparten muchas veces nuestros mismos espacios: el hogar, el trabajo, el barrio.

 

Actuemos con mayor responsabilidad teniendo como base que lo realizado involucra no sólo a la propia persona sino que deja un camino ya labrado para los seres amados. ¿Qué dejaremos sembrado para nuestros hijos? ¿Es el mejor ejemplo el que les estoy dejando? ¿Si contribuyo con cada acción en la construcción de una sociedad mejor para todos? ¿O simplemente soy de las personas que me enfoco a mis propios deseos o caprichos; que busco mis propios beneficios pasando por encima de los demás sin tener en cuenta mi dignidad y pisoteando también la de ellos?

 

Diciembre es un mes lleno de gracia, de amor infinito, de luz y esplendor. Qué grandioso sería que en cada uno de nosotros titilara ese brillo de esperanza y que reconsideráramos nuestro actuar, dejando a un lado el egoísmo y dedicando tiempo y cariño a las personas que han sido importantes en nuestras vidas. Nunca es tarde para resarcir nuestros actos y volver a tomar las riendas de nuestra vida. Recuperemos la dignidad que hemos a veces ido perdiendo y busquemos estar en familia, unidos por los lazos inquebrantables de la fe y la esperanza. Pidamos perdón a quien hemos ofendido, no nos hará perder dignidad, por el contrario, nos convertirá en personas correctas y sabias, porque reconocer las fallas es más grande que tratar de ocultarlas o justificarlas.

 

Iniciemos un año nuevo lleno de buenos propósitos y de acciones que nos hagan brillar hacia los demás. Con seguridad, todo lo que nos propongamos será más decisivo si reconocemos las faltas y las llevamos hacia la búsqueda permanente de la verdad y de la bondad.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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