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Blogs LaFamilia.info - 15.07.2016

 

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Nada más gratificante que el deber cumplido, aquel que va encaminado a la verdad, la razón de ser y el servir a los demás. Todo aquello en contra de los principios y designios cristianos, limita con lo inhumano, impío e indiferente. Cuando nada nos turba al actuar incorrectamente, estamos llamados a revisar nuestro interior para enfocarnos y re direccionar nuestros pasos para alcanzar el bienestar tan esperado. Por lo anterior, en este mes reflexionaré alrededor de una virtud, cuya definición estamos seguros de conocer, pero que en el proceder es un poco difícil de identificar cuando la infringimos.

 

“No temas a la Justicia de Dios. —Tan admirable y tan amable es en Dios la Justicia como la Misericordia: las dos son pruebas del Amor”. (Camino, p. 432. San Josemaría Escrivá de Balaguer).


La frase de “dar a cada quien lo que merece” y “la justicia tarde o temprano llega” podrían encasillarse dentro de lo que esperamos que suceda en nuestros pensamientos como merecido castigo o de condición de venganza ante situaciones vividas, sentidas o conocidas a través de diversos medios. A veces nos dejamos llevar por lo que escuchamos decir o por lo que sienten las demás personas ante circunstancias de la vida, midiendo las acciones con subjetividad, con pasión, con exaltación y muchas veces, indignación. Es muy fácil juzgar, apresurarnos a formar conceptos a priori de otras personas por lo que escuchamos decir de los demás, por una primera impresión. Y cuán difícil es cambiar esa imagen que a veces a través de otros espejos, formamos de alguien.


¿Es necesario abrir nuestros oídos ante los comentarios de los demás, en grandiosas cantidades un poco dañinos, para contagiarnos de irritación y desasosiego, de indignación y de sentimientos encontrados? Incuestionablemente no, puesto que debemos conocer con amplitud, a través de nuestra propia perspectiva (no la infundada), la razón de ser y/o de actuar de los demás, de su proceder, de su forma de pensar y de sentir. No estamos llamados a ser nosotros los jueces sobre lo que viven los demás; no somos los elegidos para determinar las consecuencias de sus actos. Solo Dios es el encargado de impartir esta justicia, que con endereza y ecuanimidad será esparcida, será dada como semilla sembrada a lo largo de la vida, como recompensa del deber cumplido a satisfacción sin hacernos daño a nosotros mismos o a las demás personas.


Pero realmente, ¿cómo se debe definir la justicia? Dentro de las virtudes cardinales, las cuales están orientadas a dar el norte a cada acción realizada porque son el sustento de las demás virtudes, se encuentran la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza. Se llaman cardinales porque son esenciales, fundamentales y principales para actuar frente a cada circunstancia de la vida. También se les conoce como virtudes morales.


Entonces, “la justicia como virtud moral, consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. Para con Dios es llamada “la virtud de la religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). (Tomado de www.vatican.va)


De acuerdo a lo expresado, y teniendo en cuenta la necesidad de vivir la justicia, con todo lo que ello implica, es importante resaltar que esta virtud no se debe encaminar únicamente a recibir o a dar lo merecido. Como personas justas, imparciales, firmes y ecuánimes, debemos actuar siempre de manera recta e intachable, haciendo que se cumpla siempre la bondad en cada acto; sin cuestionar o recriminar por lo que no hemos recibido. En el transcurrir de nuestra vida siempre habrá un momento en el cual recibamos retribución alguna por el deber cumplido y qué más grande gratificación que ganarnos el cielo.


La justicia como virtud moral, debe ser la ruta a seguir en el hogar, en el trabajo, en todo momento y lugar. ¿Cómo mediríamos el cumplimiento de esta virtud en la cotidianidad? Se podrían dar muchos ejemplos prácticos para reflexionar más a fondo sobre la virtud en mención y poder establecer acciones de mejora ante momentos de debilidad frente a cómo actuar con las personas que por cercanía y confianza, son las que con facilidad hacemos sentir mal, siendo realmente necesario ser más ecuánimes con ellas puesto que son la razón de ser en nuestro proyecto de vida. Con frecuencia suele presentarse que en la empresa en la que laboramos todos nos reconocen por ser personas íntegras, formales y cordiales; pero al llegar a casa, cansados y estresados por la jornada laboral, nuestro hijo se acerca a jugar y a pedir un poco de nuestra atención, y la reacción normal es con un gesto de cansancio o muchas veces con un grito -¡estoy cansado, déjame en paz!-. Es justo para nuestro hijo recibir este trato?


En el diario vivir nos enfrentamos a tantos momentos en los cuales pensamos y reaccionamos de manera apresurada y con ello trasgredimos a las personas que nos rodean y esto suele no afectarnos. Nuestro camino continúa y sentimos que es un problema que debe solucionar quien se siente ofendido por nuestro proceder. Es justa esta manera de enfrentar las circunstancias de la vida? Lo realmente esencial es reconocer nuestras faltas y pedir perdón o excusas por una palabra expresada en instantes de molestia; un gesto manifestado con desdén; una frase hiriente, porque cuando nos enojamos casi nunca medimos nuestras frases; esas quedan guardadas en lo profundo de nuestro ser y causan tristeza infinita.


Debemos reconocer que todos somos importantes, irrepetibles, únicos, especiales y significativos. No importan unos más que otros. Dios, en su infinita grandeza, nos considera igual de importantes en su creación y tiene una enorme esperanza guardada en nosotros. La justicia, es la virtud llamada a orientar nuestros actos para encaminarlos hacia la gloria y el alcance de la vida perpetua y de la felicidad absoluta, aquella que se inicia a disfrutar en lo terrenal y que nos da alas para volar hacia la eternidad.


En la medida en que seamos más justos, lograremos comprender cada circunstancia de la vida, de manera que como un búmeran, en ese ir y venir, recogeremos lo que sembremos a lo largo de nuestro proceder en la familia, el trabajo, la sociedad en general.


Los invito a revisar cada acción realizada, cada palabra mencionada, cada momento omitido, porque también somos injustos cuando callamos o pasamos sin detenernos sobre situaciones que no son ecuánimes, objetivas o transparentes. Ser justos es decir la verdad (y saberla decir); es reflexionar y corregir tantas veces sea necesario; no perdemos nada, al contrario, ganamos madurez, reconocimiento, agradecimiento y respeto; además del crecimiento espiritual que va unido de la práctica de virtudes.

 

***

VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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