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Alianza Lafamilia.info y el Instituto de La Familia U.Sabana - 31.10.2016

 

20163110vFoto: Freepik

 

Me conmovieron las palabras de Irene Villa que leí recientemente: “Para poder vivir, lo más inteligente es perdonar”. Al releerlas ahora me siguen conmoviendo, no porque procede de alguien que ha perdido las dos piernas en un terrible atentado terrorista, sino, sobre todo, porque llegan hasta el fondo del problema vital del perdón.


La fuerza de estas palabras no radica sólo en que muestran la grandeza de un corazón capaz de perdonar a sus agresores; su fuerza estriba –me parece- en su valiente apelación a la inteligencia. El perdón no es sentimentalismo edulcorado; es una condición indispensable para poder vivir una vida plenamente humana.


En contraste con esta afirmación, no es difícil ver a nuestro alrededor muchas personas que hacen del rencor el doloroso centro de su vida y, a veces, incluso el principal motor de su existencia. Cuántos hermanos que no se hablan, vecinos que no se tratan, matrimonios que se separan entre violentas recriminaciones. A esas situaciones extremas se llega casi siempre porque se piensa ingenuamente que no hace falta hablar, que no hace falta pedir perdón, que el tiempo solucionará la afrenta.


Lo que hace falta no es dejar pasar el tiempo, sino aplicar la inteligencia para limpiar bien la herida; para distinguir entre la agresión y el agresor, entre la ofensa y la persona que la ha causado; para descubrir un camino del perdón.


En muchos entornos la reacción casi instintiva ante la agresión –real o quizá sólo posible- es precaverse construyendo muros que protejan, delimitando muy bien las responsabilidades, funciones y competencias de unos y de otros, y arbitrando unos sistemas públicos de control.


Todos tenemos la experiencia de que esta actitud es, a la postre, dañina para una convivencia humana de calidad, ya sea en una empresa, en una comunidad de vecinos o en la sociedad en general.


La experiencia humana muestra que mientras se identifica al agresor con la ofensa, no es posible que cicatrice la herida ni, tampoco, el perdón. Más aún, si con el tiempo la herida cierra, el sordo resentimiento que queda contra el agresor es capaz de reabrir la herida, incluso la ensancha, cada vez que voluntaria o involuntariamente reviva en la imaginación.


Ese rencor es capaz de llenar la vida de un ser humano incapacitándolo para el perdón. Según J. Christoph Arnold, autor de El arte perdido de perdonar, estas personas “constantemente defienden su indignación: sienten que el hecho de haber sido heridas tan profunda y frecuentemente les exime de la obligación de perdonar, pero son quienes más lo necesitan”. Una sociedad realmente democrática sólo puede construirse donde hay perdón, donde se olvidan los agravios y se perdona a los agresores.

 

Artículo editado para LaFamilia.info. Tomado de la Revista Apuntes de Familia. Autor: Jaime Nubiola (2016). “Lo inteligente es perdonar” P. 4-5. Ed. 33. Instituto de La Familia, Universidad de La Sabana.

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