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LaFamilia.info
20.04.2009

 

 

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Cuando por casualidad encontramos a una persona con la cualidad del autocontrol, se la podemos leer en la cara; en la mirada llena de fuerza, de confianza y de serenidad. Todos seguramente hemos visto, por otra parte, y bastante más veces, rostros de personas sin ningún control de sí mismas: rostros sin vigor, agresivos, débiles, “salidos de casillas”.

 

El autocontrol es "la habilidad para regular nuestros impulsos, emociones, deseos y acciones". Está relacionado con un conjunto de prácticas que pueden aprenderse y desarrollarse con la experiencia.

 

Cuando no se tiene el control de sí mismos, no sólo se deja una marca en la personalidad, sino que tampoco sabe controlar a los demás; ya que el control exterior comienza siempre por el control propio.

 

Comúnmente se tiene el paradigma que una persona con autocontrol se comporta de una manera indiferente y poco emocional. Pero todo lo contario, el autocontrol requiere expresar las emociones pero la diferencia es la forma en que se expresan, pues se hace de manera adecuada, respetuosa y constructiva.

 

¿Dónde se origina el autocontrol?

 

La capacidad de autocontrol tiene su origen en una parte del cerebro que desempeña un papel central en la autodisciplina, en el aplazamiento de la recompensa, en la capacidad de planear a largo plazo y en poner freno a los impulsos repentinos: la corteza frontal. Lo hace enviando proyecciones inhibitorias a los estimulantes inputs del sistema límbico, un sistema que tiene que ver con la emoción y la impulsividad. El neurólogo Sapolsky nos muestra cómo una persona con la corteza frontal destruida (por ejemplo, por un accidente) se transforma en un ser sexualmente desinhibido, hiperagresivo y socialmente inoportuno.

 

Los peligros de la impulsividad

 

Con cierta regularidad vemos cómo hay personas que estando perfectamente sanos, actúan impulsivamente sin mediación entre el deseo y la acción. Su actuación es compulsiva y su actitud es reflejada en pensamientos como: si me apetece romper algo, lo rompo; si me antoja pegar a alguien, lo hago; si quiero insultar al otro, lo insulto. Estas personas son incapaces de controlar su conducta impulsiva, lo que les trae constantes problemas en su hogar, trabajo, colegio y la sociedad en general.

 

Este asunto tiene una enorme relevancia social y personal, ya que muchos expertos coinciden en que la impulsividad es un factor que aumenta la probabilidad de comportamientos delictivos, antisociales o criminales.

 

Educar en el autocontrol

 

El autocontrol no nace de un día para otro. Desde el mismo momento en que nacen los seres humanos, se les debe educar en la voluntad y el control de sí mismos.

 

¿Pero, cómo hacerlo?. Frustrando muchas de las apetencias y deseos de los hijos. Sin embargo, como afirma Levi-Strauss, «nuestros hijos nacen y crecen en un mundo hecho por nosotros, que se adelanta a sus necesidades, que previene sus preguntas y les anega en soluciones». Tienen de todo sin necesidad de esfuerzo y cambian sus cosas a la misma vertiginosa velocidad que sus gustos o aficiones. Los malcriamos en la cultura del zapping; acostumbrados a picotear aquí y allá un poco de todo sin que nada les satisfaga, sin ser capaces de acabar lo que comienzan, de leer un libro por completo, escuchar una canción o ver una película de principio a fin. Actúan impulsivamente en busca de satisfacciones que nunca llegan.

 

Fuentes: conoce.com; enfemenino.com

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