Valoración del Usuario: 0 / 5

estrella inactivaestrella inactivaestrella inactivaestrella inactivaestrella inactiva
 
LaFamilia.info
19.08.2007

 

 

El optimismo y el pesimismo son hábitos que aprendemos en la infancia, sobre todo de nuestros padres. ¿Quiere usted ser más optimista? Afortunadamente los hábitos aprendidos pueden desarraigarse. Las investigaciones más recientes en la materia demuestran que el optimismo es una habilidad que cualquiera puede dominar. He aquí cuatro pasos que lo ayudarán a cambiar:

 

1. Cuestione sus pensamientos negativos


Supongamos que se le ha hecho tarde para llegar al trabajo. En vez de censurarse (“Nunca llego a tiempo”), procure hacer un juicio objetivo de sí mismo. ¿Cuándo fue la última vez que se retrasó? ¿Ayer? No: probablemente resulte que fue hace dos meses. ¿Y se le hizo tarde por quedarse flojeando en la cama? No; tal vez anoche su hijo adolescente le haya dejado el auto sin gasolina, así que tuvo usted que detenerse a cargar el tanque.

 

Imagínese lo peor que podría ocurrirle, pero también lo mejor. Después piense en lo que ocurrirá con más probabilidad: su jefe lo reprenderá mientras usted se dirige a hurtadillas a su escritorio; lo hará pasar un momento de vergüenza, pero no será el fin del mundo.

 

Por último, dé solución al problema. Quédese a trabajar a la hora del almuerzo o salga de casa con un margen de 10 o 15 minutos para demoras imprevistas.

 

2. Ensaye el papel de triunfador


“En los experimentos, los individuos que acometen una empresa esperando tener éxito se desempeñan mejor que los que temen fracasar”, señala el profesor de psicología David Myers. Supongamos que va para una entrevista de trabajo. Durante los días previos visualice el momento de la reunión respondiendo las preguntas más difíciles y con entrevistadores sin compasión. Piense en sus respuestas, su lenguaje no verbal, y así cuando llegue el momento de afrontar la realidad irá preparado para salir airoso de la entrevista.

 

3. Reconozca sus méritos


Valore sus éxitos pasados y tenga en cuenta las cosas buenas que le ocurren gracias a su propio esfuerzo. Si las fotografías que tomó en sus últimas vacaciones salieron fantásticas, no es porque haya usado una cámara a prueba de tontos, sino porque usted tiene dotes para la composición y la iluminación fotográficas. Si organizó una comida al aire libre que resultó un éxito, no es porque haya hecho buen tiempo, sino gracias a los preparativos que hizo usted y a su talento para amenizar las reuniones.

 

Y no olvide premiarse. ¿Ha resanado una pared usted solo y ya no fue necesario llamar a un albañil? Pues ahora regálese, por ejemplo, una nueva herramienta eléctrica. Enorgullecerse de sus logros lo hará sentirse una persona valiosa.

 

4. Fíjese objetivos


Según el psicólogo C. R. Snyder, “el optimismo no es sólo cuestión de voluntad; también exige hallar medios para alcanzar los fines que se persiguen”. Escoja sus objetivos inteligentemente y cerciórese de que son los que usted quiere.

 

Haga planes específicos. Es menos probable cumplir un proyecto vago, como “ayudar a la comunidad”, que uno preciso, como hacer trabajo voluntario una vez a la semana en un comedor de beneficencia. Acometa las grandes empresas por partes para que su enormidad no lo paralice.

 

Las bondades de ser optimista

 

Quienes miran la vida con un pensamiento positivo se desenvuelven mejor que los pesimistas en casi todos los ámbitos de la vida; suelen tener más logros y alcanzan mayor éxito social. Además, son menos propensos a deprimirse y a contraer trastornos físicos. “Hay pruebas de que la buena disposición de ánimo fortalece el sistema inmunitario”, dice el profesor de psicología Martín Seligman.

 

Según el psicólogo “el optimismo es una forma habitual de explicarse los reveses de la vida”:

 

El pesimista cree que las cosas malas que le ocurren se deben a circunstancias permanentes (“No aprobé el examen de matemáticas porque estoy negado para los números), y que las cosas buenas obedecen a circunstancias temporales (“Mi marido me trajo flores porque hoy le fue bien en el trabajo”). El optimista, en cambio, atribuye la adversidad a causas temporales (“No aprobé el examen porque no puse suficiente atención”), y las situaciones favorables a causas constantes (“Me trajo flores porque me quiere”).

 

El pesimista permite que un disgusto referente a un solo aspecto de su vida se extienda a todos los demás. Por ejemplo, si lo despiden de su empleo, no sólo se sentirá mal por haberse quedado sin trabajo, sino que comenzará a temer que su matrimonio esté en peligro y que sus hijos se le rebelen. El optimista, en cambio, no deja que un revés contamine su vida entera. No tengo trabajo, piensa, pero estoy en armonía con mi mujer y mis hijos quedaron en el cuadro de honor de la escuela.

 

Cuando las cosas salen mal, el pesimista se culpa así mismo. Si deja su-coche en la calle ‘ al volver lo encuentra chocado, se reprocha el haberlo estacionado “en un lugar estúpido”. El optimista atribuye el percance a la casualidad o busca una nueva manera de abordar el problema: “La próxima vez dejaré el auto donde haya menos tránsito”.

 

Fuente: Tamara Eberlein - Revista Selecciones

1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 0.00 (0 Votes)

Reciba gratis en su e-mail las novedades de LaFamilia.info de cada semana.

Suscribirse aquí

síguenos

fb
twitter
youtue
Instagram

logo pie

Síguenos    
fb pie tw pie youtube pie  
© 2018 Corporación CED - all right reserved - desarrollado por Webpyme