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Ómar Benítez, autor del libro "Dios, dame tiempo para vivir", presenta en esta nota algunas pautas para afrontar la enfermedad. Para captar el misterio del dolor y su grandeza, hace falta en quien lo experimente, una actitud apropiada, que es descrita en las siguientes pautas por el autor del libro.

 

1. Reconocer que no se está solo en la enfermedad

 

La primera actitud es reconocer que no se es un caso único, especial, hay otros como yo. Si me esfuerzo por no encerrarme en mi caso, en mi dolor, en mis circunstancias, si abro los ojos, veré que hay otros que también están sufriendo y, entonces, se dará una solidaridad que, en buena parte mitigará o al menos le dará más sentido a mi sufrimiento.

 

2. Descubrir en el dolor un medio para ganar en fortaleza

 

Es lo que en el libro se denomina “el secreto del salmón”: estos peces pasan toda la vida nadando a contracorriente: han de luchar enormemente contra la fuerza del agua, y es precisamente esa lucha la que les hace tener una carne deliciosa, de textura firme, y precioso color —entre rosa y naranja—. Son peces muy cotizados porque la lucha continua durante toda su existencia les convierte en un delicioso manjar. Así, algunas personas, desde el amanecer hasta el anochecer, tienen que vivir luchando sin interrupción para que no los arrastre la corriente. Ese esfuerzo tiene una recompensa: a medida que la persona se supera externamente, su interior se va transformando para bien y, cuando llega al final de su existencia será una persona muy valorada, pues su sufrimiento bien llevado le habrá impregnado de un molde especial y muy cotizado.

 

3. Buscar refugio en la familia y amigos

 

La enfermedad no tiene porqué ser justificación para el ostracismo, para encerrarse o aislarse, como quien se siente culpable de algo, o como quien tiene algo que ocultar. Entre otras cosas, porque las limitaciones, que nos hacen necesitar de la ayuda de otros, son oportunidades para amar, para echar una mano a aquel por quien estaríamos dispuestos a robar un pedacito de cielo por mitigar sus dolores y hacerle más llevadero todo. No hay porqué negar a los demás esa posibilidad. El dolor, en especial cuando de una enfermedad grave se trata, suele ser fuente de unión familiar. Obviamente no se trata de hacer de víctima, de amplificar los sufrimientos, ni de buscar compasión, sino de aprovechar esa oportunidad para ganar en humildad, para sabernos necesitados y para dejarnos querer. Por otra parte, resulta muy satisfactorio descubrir, en esas circunstancias, auténticos apoyos que nos ayudan a mantenernos firmes cuando más lo necesitamos.

 

4. Potenciar las 4 fes

 

Las cuatro fes que son decisivas para afrontar enfermedades graves son: fe en uno mismo, fe en el médico que nos atiende, fe en el tratamiento prescrito, y fe en Dios. La fe en uno mismo es sinónimo de optimismo, de capacidad de crecerse ante las dificultades. La fe en el médico, la confianza en él, es fundamental y es aliada tanto del médico como del paciente, y le aporta, incluso, más eficacia al tratamiento. La fe en el tratamiento lleva a la docilidad y responsabilidad en su aplicación y en el seguimiento de las prescripciones médicas, que permitirán al médico hacer los ajustes necesarios, pues llega a saber con claridad el efecto que van teniendo las dosis prescritas. La fe en Dios, aunque raras veces es alcanzada del todo por la mayoría de nosotros, constituye, en muchos aspectos, la clave de las demás. De ahí proviene la aptitud para encontrar la paz, para resolver las aparentes contradicciones entre las propias emociones y la realidad, entre lo interior y lo exterior.

 

5. Empeñarse en ser “un enfermo excepcional”

 

Es aquel que se niega a hacer de víctima. Aprende por sí mismo y se hace responsable de su enfermedad: pregunta al médico, porque necesita comprender bien su tratamiento y participar de él. Se exige dignidad y autocontrol, no importa lo avanzado de la enfermedad. Enfrenta el diagnóstico y el tratamiento con espíritu batallador. Se crece ante las dificultades, no hace tragedia, es proactivo. Con su actitud positiva y esperanzadora, aumenta las posibilidades de curación.

 

El enfermo excepcional es tan diferente al “enfermo moribundo” como al “enfermo estoico”. El “moribundo” o desesperado es aquel que, consciente o inconscientemente, desea morir. En cierto momento, da por bien venida la enfermedad para escapar a sus problemas. Mientras el médico está luchando para que se pongan bien, él se resiste e intenta morir. Mantiene una actitud de impotencia, de desesperación y, con su actitud, llega a considerarse casi como un cadáver para el cementerio. El “estoico” es el que deja hacer todo cuanto el médico y las enfermeras van disponiendo, pero no quiere saber ni hablar nada al respecto. Es como un actor que representa un papel. Actúa para satisfacer al médico, en espera de que entonces él hará todo el trabajo. Toma las medicinas y acude a la consulta, hace lo que se le diga, sin cuestionar las decisiones del médico. Pero se empeñan más en seguir unas normas que en ponerse bien.

 

6. Exprimir cada minuto

 

Se ha dicho: “si vives cada día como si fuera el último, es muy probable que algún día hagas lo correcto”. Si bien esto es cierto para todos, cuando uno experimenta más de cerca la caducidad, la contingencia, esta máxima se ha de hacer más operativa: exprimir cada minuto, no perder detalle, no perder tiempo, valorar las cosas ordinarias, ser contemplativo. Significa que todo lo que pensabas hacer en los próximos diez años, debes intentar hacerlo en unos pocos meses; significa abrir los ojos y descubrir muchas cosas pequeñas, llenas de contenido y que, por ir veloz por la vida, las veníamos atropellando. Se trata de aprovechar cada minuto con los seres queridos; disfrutar más que antes lo que parecía tan habitual, tan obvio: una comida, un paseo, la música, la naturaleza, un rato en familia; vivir cada acontecimiento con intensidad, hacer cada cosa de tal manera que resulte inolvidable para los demás. La actitud ante las cosas se va haciendo así más profunda, menos superficial. Se descubre, a la luz de la enfermedad, que quizás en nuestra escala de valores había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que deseábamos; que habíamos preferido lo accesorio a lo esencial; que no teníamos corazón suficiente para responder a tanto amor como nos daban los demás.

 

7. Luchar para vivir, pero prepararse para morir

 

Como se apunta arriba, conviene esforzarse por ser un “enfermo excepcional”: no darse por vencido, luchar con alma, vida y corazón, por seguir viviendo; luchar contra posibles depresiones, sobreponerse a cualquier molestia, transmitir ánimo y paz. Esa es una actitud positiva y eficaz, que ayuda al tratamiento. Así, las enfermedades se pueden superar. Sin embargo, no todas se superan, ni siempre. Puede darse el caso de la cercanía de la muerte y, entonces, conviene ser realista y mantenerse preparado para todo, también para la muerte. Esto es siempre útil, porque aunque no se llegue al hecho de la muerte, se habrá ganado mucho en vida interior y en una actitud más madura ante la vida. Se habrá aprendido a enfrentar las cosas con la conciencia de estar de paso.

 

8. Soltar amarras y disponerse a levantar el vuelo

 

Dado el caso de encontrarse cerca de la muerte, conviene ser consciente de esa realidad y disponerse a levantar el vuelo hacia la Vida –con mayúscula–. Es entonces, más que nunca, cuando tenemos que poner en juego toda nuestra potencialidad en lo humano y en lo sobrenatural. Si tenemos fe, es una gran cosa saber que uno puede morir dentro de poco tiempo, porque, entonces, concentramos todas nuestras fuerzas en disponernos bien a dar el gran salto. No estamos solos: tenemos familia en quien apoyarnos; podemos contar con la asistencia de un sacerdote; y tenemos a Dios. Nos vendrá bien recordar las palabras de San Pablo: “todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Flp 4, 12). No tendría sentido, en esos momentos, estar aferrado a la vida. No es tontería entregar lo que no se puede retener, para ganar lo que no se quiere perder. Y no queremos perdernos el premio; no queremos malograr el descanso: el descanso eterno. Porque esta vida, como dijera Santa Teresa, “es una mala noche en una mala posada”.

 

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