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LaFamilia.info - 15.06.2015

 

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Desde LaFamilia.info queremos rescatar y resaltar la importancia de la figura paterna en la familia, dado que su rol es irreemplazable en el desarrollo afectivo y emocional de los hijos. Así lo aseguran numerosas investigaciones y autores, entre ellos, el psicoterapeuta y filósofo italiano, Piero Ferruci, quien en su último libro "Nuestros maestros los niños", aborda esta temática desde la relación del hombre con su mujer y su influencia en el vínculo padre-hijo.


En un artículo publicado por pildorasdefe.net, Piero Ferruci, señala lo siguiente: "Ha hecho falta tiempo, pero al final me he dado cuenta: la relación con mis hijos pasa a través de la relación con mi mujer. No puedo tener con ellos una buena relación si mi relación con ella no es buena".

Su experiencia clínica le ha demostrado que "cada ser humano es el resultado de la relación entre dos individuos: su padre y su madre. Y esa relación sigue viviendo dentro de nosotros como una armonía bellísima o como una laceración dolorosa.

 

La relación entre nuestros progenitores -dice Ferruci- nos constituye en lo que somos. Y esto es verdad también en la época de la familia dormitorio, de los progenitores ´single´, de la fecundación artificial, de la manipulación genética, de los vientres de alquiler, de los bancos de espermatozoides... Un niño siente con todo su ser la relación entre sus progenitores, sea cual sea, la siente en sí mismo. Si la relación está envenenada, el veneno circulará por su organismo. Si la atmósfera no es armoniosa, crecerá en la disonancia. Si está llena de ansias e inseguridades, también su futuro será incierto" .

La conclusión entonces parece clara: si quieres ser un buen padre, sé un gran marido. Si quieres ser una buena madre, sé una gran compañera para tu marido. Esto que parece simple, en la práctica no lo es. ¿Por qué? Ferruci responde con gran humildad: "A veces he olvidado esta realidad. He tenido demasiada confianza. Sabiendo que nuestra relación va bien, la he dejado allí".

Abandonada la relación a su propia suerte, pronto aparecen los disgustos, las recriminaciones. Cuando un matrimonio reacciona a tiempo y recupera lo bello de su amor, los primeros en darse cuenta son los hijos. Y cuenta su propia experiencia, después de una temporada en que, obsesionado por escribir sus libros, comenzó a levantarse a las 5 de la mañana y a pasar el día rabiando por el ruido y las interrupciones:

 

"Comencé a sentirme deprimido, algo no andaba bien. Al fin comprendí lo que sabía pero no quería admitir. El orden de mis prioridades estaba equivocado. Decidí devolver a Vivien, mi mujer, un marido que no se cayera de sueño. Después ocurrió algo sutil y sorprendente. Mejoró la relación entre Emilio [su hijo] y Vivien. No es que fuese una relación mala, pero había algo que no me gustaba. A menudo Emilio era descortés con ella y hablaba conmigo como si Vivien no existiera, ignorándola como el machista más encallecido. Después lo he entendido: Emilio me mostraba cuál era mi actitud hacia Vivien... Era yo quien la transformaba en una sombra. Por fortuna me di cuenta a tiempo".

¿Cómo mantener y mejorar constantemente la relación conyugal?


El autor italiano es un gran romántico y cree que la fuente de amor para los esposos radica en el recuerdo de sus mejores momentos.

"Al contrario de lo que muchos piensan, yo creo que el hecho de enamorarse es el instante más auténtico de la relación entre dos personas; es cuando ellas ven que todas las posibilidades se abren ante ellas, cuando tocan la esencia y belleza del amor... Ante los ojos de mi mente desfilan nuestros momentos más luminosos: el primer paseo juntos, la decisión de casarnos una tarde de septiembre, Vivien que acude a recibirme al aeropuerto un día de lluvia. el concierto durante el embarazo de Emilio...

Todo eso es el origen, la fuente: el lugar en que todo va bien y es perfecto. Resulta positivo regresar de vez en cuando a los orígenes y beber de aquella fuente de agua pura".


Fuente: pildorasdefe.net por María Esther Roblero

 

 

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Alianza LaFamilia.info y el Instituto de la Familia - 15.06.2015

 

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Es un hecho: a los niños se les está negando cada vez más la oportunidad de conocer un modelo masculino y un estilo de conducta paterna. Hoy, por lo menos 40% de ellos, crece en familias sin papá, por causa del divorcio, la maternidad en solitario y los cambios de pareja.


La falta del padre supone para los niños perder protección física, compañía y afecto, además de recursos económicos. La psicología recalca que el padre no es un elemento pasivo en su desarrollo sino que desempeña un papel específico, esencial en su proceso educativo.


Esta ausencia marca la tendencia demográfica del momento y es la principal causa del retroceso en el bienestar de los niños. Es un factor que influye en los problemas sociales más urgentes que comprenden el embarazo de adolescentes, la violencia intrafamiliar, la delincuencia, el consumo de drogas entre los jóvenes o muchos casos de fracaso escolar (Universidad de Newcastle). A pesar de sus importantes consecuencias sociales, la carencia de padre es frecuentemente ignorada o negada.


En este contexto se está perdiendo algo más complejo: el concepto de paternidad. En otros momentos de la historia, como los tiempos de guerra por ejemplo, también se vieron padres ausentes pero con otra perspectiva; ahora nos enfrentamos a algo más que una simple pérdida física. El niño de los años 40 podía decir: “Mi padre tuvo que dejarme para hacer algo importante”. El niño de hoy tiene que decir: “Mi padre me abandonó porque quiso”.


El principal resultado de este fracaso es la propagación de un egoísmo que reacciona a todo lo que no sea el modo más pueril de entender la felicidad personal. Para la sociedad, la principal consecuencia es la continua fragmentación de esta en individuos aislados unos de otros y ajenos a las aspiraciones y realidades propias de la pertenencia a una familia, a una comunidad o a una nación. (David Blakenhorn Fatherless America Basic Books, New York, 1995).


Hacia el rescate de la figura paterna


Es importante, entonces, que la sociedad actual y las nuevas generaciones reflexionen acerca del rol de los padres y su verdadero compromiso en la formación de sus hijos:


• Padre es aquel que participa activamente en todos los acontecimientos importantes de sus hijos.
• Es aquel que organiza sus horarios para llegar temprano a casa.
• Es un individuo equilibrado y maduro, que ve y acepta el embarazo como una oportunidad para amar más a la mujer que tiene a su lado.
• Quiere disfrutar de sus hijos desde que nacen, sin sentirse relegado o atrapado por su nueva condición.
• El padre de hoy debe ser tolerante, comprensivo, amoroso y razonable en todos sus actos.
• Debe estar dispuesto a compartir las responsabilidades de crianza: alimentarlos, cambiar pañales, bañarlos, jugar con sus hijos.
• Sabe identificar las actividades que tienen más importancia en su vida; reconoce que el aspecto financiero es indispensable pero no lo es todo; defiende los mejores momentos del día para estar con los hijos, con la esposa y no olvida ser amigo de sus amigos.
• Es consciente de que las relaciones se deben cultivar (pareja, hijos, amigos, compañeros de trabajo) para hacerlas duraderas y positivas.


Una invitación a reflexionar


Si hiciéramos una encuesta sobre la figura del padre a personas mayores de 30 años, podríamos encontrar respuestas como estas: “Mi padre era extremadamente trabajador y lo admiraba, pero nunca pude tener confianza en él, siempre estaba ausente”. “Cuando llegaba a casa, mi madre nos pedía que no le diéramos problemas, pues venía cansado y por eso nunca le conté mis preocupaciones”. “A mi padre le molestaban los niños menores de 3 años, no les tenía paciencia”. “Mi madre siempre me amenazó con mi padre”…


¿Cuál respuesta sería la suya? Si es padre, no debe olvidar que la paternidad y los valores se transmiten solo con la convivencia, la cual implica establecer relaciones abiertas y cordiales con los hijos. Así, cuando ellos crezcan, habrán creado un vínculo basado en la confianza. De lo contrario, se sentirán incómodos los dos cuando estén juntos, y menos deseos tendrán de compartir el tiempo.


Para cultivar la confianza entre padre e hijo, es importante el refuerzo positivo; compartir situaciones que ocupan y preocupan, y evitar el empleo equivocado de "nunca haces nada bien". (Aaron Hass).


Los modelos masculinos se reconocen y se aprende de ellos si el padre está presente.


Artículo editado para LaFamilia.info. Tomado de Apuntes de Familia, edición 12-06/11. Autor: Instituto de La Familia. Universidad de La Sabana

 

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LaFamilia.info
11.06.2013
 

 

videos

 

Más allá del mensaje comercial, vale la pena rescatar los valores que emite cada uno de los videos que se realizan por motivo del Día del Padre. Hemos seleccionado los mejores spots que hay sobre esta celebración.

 

 

Spot Personal: tu primer ídolo

 

Spot Coca Cola: dan todo si pedir nada 

 
 

 

Spot Sprite: Lo que hace un padre por su hija

 
 

 

Spot Mc Donald´s: puedes contar conmigo

 
 

 

Publicidad Rumana Cosmote: Cuando los padres envejecen

 
 

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Alianza Aceprensa - LaFamilia.info
09.06.2014
 

 

“Madre no hay más que una”, suele decirse, y algunos añaden: “padre es cualquiera”, un signo de menosprecio que estaría en la raíz de la renuncia de muchos hombres a implicarse en la educación de los hijos. La doctora María Calvo Charro, profesora y escritora, acaba de publicar el libro Padres destronados, en el que estudia a fondo este repliegue de los hombres del plano familiar, donde un feminismo mal entendido se encarga de socavar su imprescindible papel.

 

En entrevista con Aceprensa, la autora habló sobre la necesidad de revalorizar la figura paterna, a continuación algunos apartes:

 

Un modelo de masculinidad

 

—¿Es realmente necesario el modelo paterno? ¿No será mejor a veces la falta de modelo que un mal modelo?

 

—Un ´no-modelo´, en ningún caso. El niño, sobre todo el varón, necesita un modelo de masculinidad adecuada. Si el padre falta, es muy recomendable que exista un patrón alternativo —un tío, un profesor, un sacerdote— que le dé un modelo de masculinidad equilibrada. Se ha demostrado que cuando este falta, los niños tienden curiosamente a radicalizar los estereotipos machistas, a tener una masculinidad exagerada. No saben comportarse como chicos y entonces, para reafirmarse, tienden a actitudes muy machistas, exacerbadas, radicalizadas, lo cual no es bueno, porque puede dar lugar a esas cifras elevadas de violencia doméstica que tenemos actualmente.

 

Sí: un padre es necesario porque todas las virtudes de una madre en la educación del hijo pueden convertirse en un defecto si no hay un padre que las equilibre. Ella posee una tendencia natural a darlo todo por el hijo, que es una especie de apéndice suyo, y en ese amor desmesurado que le profesa tiende a evitarle el esfuerzo, el sacrificio, el sufrimiento.

 

Es una actitud profundamente limitativa para el niño, que no adquiere autonomía. Y muchas veces, cuando llega a la adolescencia, de hecho puede volverse agresivo contra la madre, en busca de su independencia. La madre que lo ha dado todo desmesuradamente, al no contar con los límites de la función paterna, puede encontrar ese desequilibrio en los hijos.

 

El papel del padre es fundamentalmente el de separación de la madre respecto al hijo. Esa unión, en ausencia del padre, se vuelve insana para ambos. ¿Cuántos niños hay que son el paño de lágrimas de sus madres, sus confidentes, y que crean un universo cerrado que es malo para ambos?

 

Pues bien: el padre viene a romper ese universo cerrado, a hacer un puente con el mundo exterior. Él le muestra al hijo el mundo de lo público, de lo profesional, el del sufrimiento, la exigencia y la fortaleza. El amor de madre suele ser más físico, más proteccionista, más sustitutivo: si el hijo no sabe o tarda en abrocharse los cordones, la madre lo hace. La actitud del padre es la contraria: le anima a hacerlo él solo, lo cual le genera una mayor autonomía y una personalidad más fuerte.

 

Nosotras tendemos a meter a nuestros hijos en una especie de útero virtual, donde no hay sufrimiento, no hay problemas, y luego, cuando llegan a la realidad de la vida, pueden sentir mucha frustración si no ha habido un padre que les enfrente con ella, lo que, por supuesto, ha de hacerse con mucha afectividad.

 

Dejar ejercer al padre

 

—En su libro, usted habla de una retirada del padre, arrinconado por la ideología de género imperante. ¿Le parece que el hombre está en una franca huida pese a su deseo, o que le es una retirada “grata”?

—No, grata en ningún caso. Actualmente, por suerte, cada vez hay más padres que quieren implicarse. Sorprende la asistencia paterna a las reuniones en los colegios, y que cada vez más hombres piden permiso de paternidad, o jornadas partidas para poder disfrutar de sus hijos. Pero sí es verdad que hay una actitud femenina que los lleva a la frustración y a acabar huyendo. Han sido muchos siglos de dominación femenina del hogar, y queremos seguir mandando en él, ¡a pesar de que trabajamos fuera!

 

Muchas veces las mujeres nos quejamos de que el hombre no ayuda en casa, en la crianza de los hijos, y sin embargo, no le dejamos entrar en el hogar porque ponemos nuestras pautas como si fueran las únicas válidas. Queremos que actúe a nuestra manera femenina, maternal, por lo que es imposible que él se adapte. Lo único que conseguiremos es que se frustre, que no nos guste cómo lo hace, y que acabe retirándose, sintiéndose un estorbo.

 

La mujer tiene que comprender que la ideología de género, que nos ha hecho muchísimo daño en la relación de pareja y en la relación familiar, es falsa. Cuando partimos de que hay una identidad entre los sexos y les pedimos a nuestros maridos que actúen como si fueran mujeres, les generamos frustración y desencanto. Los tratamos como si fueran mujeres defectuosas, madres defectuosas y no padres.

 

Pero su forma de actuar es distinta. Un ejemplo: muchas veces las madres bañamos a nuestros bebés con caricias, con aceites, con música de fondo, y estamos dos horas con el baño. El padre, en cambio, sumerge al bebé en el agua tres segundos, le pasa la esponja en un minuto, y ya está. A pesar de esa aparente brusquedad, el niño está bien lavado, bien querido. Por eso, censurarles, tacharles de inútiles en tareas que ellos hacen a su manera, es un arma arrojadiza, porque acaba perjudicándonos a nosotras.

 

Cuando falta el padre

 

—Usted establece una conexión directa entre la ausencia del padre y un conjunto de fenómenos negativos en la educación de los hijos. ¿No existían acaso estos problemas en la sociedad de antaño?

—Son problemas que se han disparado. El padre ha sido dejado en un rincón oscuro, como si no tuviera ningún valor de referente para el hijo. Pero recientes estudios publicados en EE.UU. demuestran que su ausencia tiene unos efectos negativos fortísimos sobre los hijos y las hijas. Estadísticas del Departamento de Bienestar Social confirman, con unas cifras absolutamente abrumadoras, que los niños internados en centros de desintoxicación, los que han abandonado el colegio, los que experimentan el fracaso escolar, los que padecen patologías como la hiperactividad, trastornos de personalidad o mayores problemas con drogas, son, en un 85 o 90 por ciento, los que carecen de la figura del padre en casa.

 

Antes, cuando el padre estaba ausente del hogar por motivos de trabajo o por guerras, su presencia simbólica se daba por medio de la madre. El niño crecía sabiendo que había una figura paterna a la que había que respetar. Sin embargo, ahora se ha producido un desprestigio de esta figura. Desde la revolución del 68, con esa famosa expresión de las mujeres de “mi cuerpo es mío”, la maternidad depende absolutamente de la madre. Con los medios anticonceptivos y con el aborto, la mujer es quien decide cuándo y cómo tiene al hijo, con lo que el padre pasa a un segundo plano. Las técnicas de reproducción asistida le permiten a la mujer incluso prescindir físicamente de él.

 

Recuperar al hombre

 

—Por último, ¿le parece que queda tiempo y disposición para revertir el ninguneo social de la figura paterna y masculina en general?

—¡Tiene que haberlos!, en beneficio de la sociedad y del futuro de las generaciones actuales. En EE.UU. y Australia se está prestando una gran atención al tema, porque se han dado cuenta de que la sociedad, ante la carencia de la figura paterna, está yendo por derroteros que nos perjudican a todos. El hecho de que la ausencia paterna provoque mayores índices de drogodependencia, mayor agresividad en los muchachos, mayores cifras de delincuencia, es un problema social muy grave, y hay que adoptar medidas cuanto antes.

 

Estamos viviendo una época en la que, como consecuencia de toda la lucha por la emancipación de la mujer, las políticas siguen centrándose en ella, como si no existiera una necesidad de políticas a favor del hombre. Es algo erróneo: si el hombre sale perdiendo, salimos perdiendo todos; las mujeres también. La mejor defensa de la maternidad y la mujer es una inteligente política de defensa del hombre y la paternidad.

 

En vez de padre, “segunda madre”

 

En el libro, la Dra. Calvo habla sobre la idea errónea de querer que el papel del padre sea lo más similar a una “segunda madre”, no obstante, se ha olvidado que la naturaleza femenina y masculina jamás podrán ser iguales. Textualmente ella explica:

 

“El padre solo es valorado y aceptado en la medida en que sea una especie de “segunda madre”; papel este exigido en muchas ocasiones por las propias mujeres que les recriminan no cuidar, atender o entender a los niños exactamente como ellas lo hacen. El padre queda convertido, así, en una especie de madre “defectuosa”. Los hijos captan estas recriminaciones y pierden el respeto a los padres a los que consideran inútiles y patosos en todo lo que tenga que ver con la educación y crianza de los hijos…

 

Los padres se hallan llenos de confusión respecto al papel que desempeñan: cualquier elevación del tono de voz puede ser calificada de autoritarismo, cualquier manifestación de masculinidad es interpretada como un ejercicio de violencia intolerable, el intento de imponer alguna norma como cabeza de familia le puede llevar a ser tachado de tirano o maltratador. El padre siente su propia autoridad como un lastre y su ejercicio le genera mala conciencia.

 

En este clima social imperante, intenta sobrevivir toda una generación de padres que no saben muy bien cómo desenvolverse ante una sociedad que les ha privado de su esencia, que les obliga a ocultar su masculinidad y que no les permite disfrutar de su paternidad en plenitud. Se sienten culpables y no saben exactamente de qué o por qué.

 

Esta falta de identidad masculina les hace tener poca confianza en sí mismos, una autoestima disminuida que conduce a muchos ellos a la frustración y que se manifiesta de diversas maneras en su vida: esforzándose por ser más femeninos; quedándose al margen de la crianza y educación de los hijos; convirtiéndose en espectadores benévolos y silenciosos de la relación madre-hijo; refugiándose en el trabajo, donde encuentran mayor comprensión y valoración que en el ámbito familiar.”

 

Se reproduce bajo la alianza entre Aceprensa y LaFamilia.info. Derechos reservados.

 

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Por LaFamilia.info - 13.06.2016
 
20161306cpFoto: Pixabay 
 

Adicional a las funciones que tienen los hombres como proveedores del hogar y figura paterna en el desarrollo de los hijos, la vida del siglo XXI les ha asignado nuevas tareas que lo involucran aún más en la familia. En el marco de la celebración del Día del Padre, analizaremos esta realidad.

 

El rol del padre ha dado un giro positivo en muchos aspectos. Por lo general, el papá de hoy tiene las mismas responsabilidades que la esposa en el hogar: están a la par en la crianza de los hijos, hace mercado, cambia pañales, ayuda en las tareas escolares, transporta a los chicos, etc. Esto se debe en parte, a la incursión de la mujer al campo laboral, lo cual le ha dado al padre la posibilidad y la obligación de asumir nuevas funciones dentro de la familia. Los grandes beneficiados de este cambio, son por supuesto, las esposas al trabajar en equipo con sus maridos, los hijos, y la familia como institución y base de la sociedad.

 

Por eso, dadas las circunstancias de la vida moderna, los masculinos deben atender estos desafíos de forma prioritaria:

 

1. El manejo del tiempo

 

El equilibrio trabajo-familia es una de las mayores dificultades que presentan los padres. Muchos se quejan de la falta de tiempo para estar con sus hijos, pues en realidad es algo que anhelan. Frente a esa trampa, surge buen efecto tener siempre presente esta idea: “trabajamos por ellos y para ellos, no los perdamos en el camino”. De esta manera la prioridad vuelve a ser la familia y el sentido del trabajo cobra el lugar que es.

 

Adicional a ello, hay que revalorizar aquellas pequeñas y cotidianas oportunidades –cenas, en el traslado al colegio o a casa, a la hora de dormir, etc.- para sacarles el máximo provecho y establecer así una comunicación más íntima entre papá e hijo/a. Es necesario además, que sea un tiempo de calidad, y esto sólo se logra con voluntad y dedicación. Por consiguiente, al llegar a casa hay que apagar el televisor, apartar los móviles y las tabletas, para poder aprovechar los pocos minutos que se tienen con los chicos antes de que se vayan a la cama.

 

2. Ser padres y no amigos de los hijos

 

Algunos papás modernos quieren replantearse ciertos esquemas con los que fueron educados y a la hora de tener sus hijos, se proponen establecer una relación más estrecha con ellos, en especial con los hijos varones. Aunque la intención es maravillosa, no debe confundirse con el deseo de ser “amigos” de los hijos.

 

La sicóloga chilena Pilar Sordo explica al respecto: “No queremos verles la cara larga, que nos digan que somos anticuados, distintos a los padres de sus compañeros, que somos 'mala onda'. En realidad, queremos ser papás buena onda, aparecer como evolucionados y esto nos hace ser tremendamente ambiguos en nuestra forma de educar; nos cuesta decir que no. Nos vamos en cuarenta explicaciones, somos los reyes de los 'depende', con lo que metemos a los niños en una red de inseguridades que les impide conocer qué es correcto y qué no y todo parece permitido.”

 

Es desacertado además, cuando los padres asumen una actitud que los lleva a comportarse como los muchachos, tratando de estar a su nivel en cuanto a la moda, el léxico y el trato de “tú a tú” con los amigos de los hijos.

 

Vale aclarar que el hecho de compartir actividades con los hijos (ir a un partido de fútbol, llevarlos a sus primeras fiestas, jugar una partida de videojuegos, enseñarles a bailar) son espacios primordiales propios de una relación de confianza, mas no de amistad.

 

En síntesis, la autoridad es, y seguirá siendo asunto de los padres, nadie más puede ejercerla, sólo ellos tienen la potestad. Y en especial el padre, quien es el sustento de la autoridad en la familia.

 

3. Ser padre ejemplo

 

El papá es el primer referente masculino que tienen los hijos, y su función varía en relación al hijo y a la hija.

 

Para las hijas, según explica la Dra. Meg Meeker, autora del libro “Padres fuertes, hijas felices”, el padre es el hombre más importante de sus vidas, sus interacciones las preparan para relacionarse con los demás hombres: “Las hijas vigilan al padre como halcones. No sólo miran cómo las trata a ellas, sino también cómo trata a la madre. Si ven que el padre le abre la puerta a la madre, la ayuda a limpiar la cocina y tiene paciencia, llevarán todo eso a su propio matrimonio y, les guste o no, de manera conciente o inconciente, lo reproducirán. Las hijas aprenden cómo deben ser tratadas al mirar cómo el padre trata a la madre.”

 

En cuanto a los hijos, la función no es menos loable. La figura del padre es determinante en la transmisión del concepto de masculinidad a los hijos. Es él quien emite el modelo principal de imitación y según se le observe, el hijo adoptará las conductas, de ahí su trascendencia, pues será el punto de referencia. El hijo debe aprender del padre, el papel que ejerce el varón dentro de la familia, así como las actividades afines a su sexo.

 

De ahí que el buen o mal ejemplo de los padres sea tan determinante. Su gran influencia en la transmisión de normas y valores, lo convierten en una de las claves de la formación de los hijos.

 

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