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LaFamilia.info
16.06.2008
 

 

Querido hijo:

 

El día que esté viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. Cuando derrame comida sobre mi camisa, y olvide cómo atarme mis zapatos, recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas.

 

Si cuando conversas conmigo, repito las mismas palabras y sabes de sobra cómo termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, para que te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerrabas los ojitos.

 

No me reproches porque no quiera bañarme; no me regañes por ello, recuerda que te perseguí y los miles de pretextos que te inventaba para hacer más agradable tu aseo, acéptame y perdóname ya que ahora soy el niño.

 

Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no lastimarme con tu sonrisa burlona. Acuérdate que fui yo quien te enseñó tantas cosas: comer, vestirte y enfrentar la vida tan bien como lo haces, son producto de mi esfuerzo y perseverancia.

 

Cuando en algún momento, mientras conversemos, me llego a olvidar de qué estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no puedo hacerlo, no te impacientes. Talvez no era importante lo que hablaba, y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas en ese momento.

 

Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Sé cuánto puedo y cuánto no debo. También compréndeme, pues con el tiempo, ya no tengo dientes para morder, ni gusto para sentir.

 

Cuando mis piernas fallen por estar cansadas para andar, dame tu mano tierna para apoyarme, como lo hacía yo cuando comenzaste a caminar con tus débiles piernitas.

 

Siempre quise lo mejor para ti, y he preparado los caminos que has debido recorrer. Piensa entonces que con este paso que me adelanto a dar, estaré construyendo para ti otra ruta en otro tiempo, pero siempre contigo.

 

No te sientas triste ni impotente por verme así, dame tu corazón, compréndeme y ayúdame como lo hice cuando empezaste a vivir, de la misma manera que yo te he acompañado en tu sendero, te ruego me acompañes a terminar el mío.

 

Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por ti. Dios recompensará tu bondad.

 

Con Amor: tu padre.

 

Autor Anónimo

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