Por LaFamilia.info - 14.07.2017

 

Foto: Freepik 

 

Las mamás de hoy no la tienen nada fácil. Compaginar el trabajo con la familia, los quehaceres de la casa, el marido y los retos personales, producen un ritmo de vida exigente y estresante, lo que puede causar en ellas el Síndrome de Burnout. Y la “presión social” empeora las cosas.

 

Ellas quieren ser muy buenas en su trabajo y también anhelan ser unas madres de primera: quieren llevar los niños al cole, preparar su comida para que sea más sana, hacerles actividades en su tiempo libre y ser expertas en crianza; ah y también quieren ser ¡unas esposas de película! Las mujeres de hoy se exigen demasiado a sí mismas -en parte por la presión social que las rodea-, pero esta situación les está pasando factura. A este fenómeno le han llamado el Síndrome de Burnout, lo que en español traduce “agotamiento”. 

 

¿Qué es el Síndrome de Burnout?

 

“El Síndrome de Burnout es una respuesta del organismo cuando ha estado sometido a un periodo de estrés intenso y prolongado, tanto desde el punto de vista físico como emocional” (1).

 

El término nació originalmente para describir un estrés crónico de tipo laboral, pero también se ha aplicado a la paternidad. La psicóloga Violaine Guéritault (2), autora del libro “El cansancio emocional y físico de las madres” , en el que estudia el “Burnout materno” y quien declara haberlo vivido ella misma, establece algunos de los generadores de estrés más frecuentes:

 

- El trabajo materno implica volver a hacer mil veces las mismas tareas. Tiene que lavar y limpiar. Todo vuelve a estar sucio algunos minutos más tarde, privando a la mujer de ese sentimiento de tarea hecha que da sentido y energía al trabajo.

 

- Una madre vive numerosas situaciones sobre las que no tiene ningún control. Le gustaría ser capaz de proteger a su hijo de todo, pero a menudo se ve impotente.

 

- Si hay algo que caracterice a los niños pequeños ese algo es la imprevisibilidad. Por mucho que la madre se planifique el día, lo más seguro es que sus previsiones acaben patas arriba. No es nada raro que, al llegar la noche, algunas madres, sintiéndose abatidas, lleguen a pensar que «no he hecho nada en todo el día».

 

- A todo ello hay que añadir que una madre no tiene derecho a cometer errores. Ella misma se pone el listón muy alto, y se desespera al comprobar la diferencia existente entre el modelo de lo que querría ser y lo que vive cada día.”

 

Síntomas del Síndrome de Burnout

 

Los síntomas se pueden confundir fácilmente con otras enfermedades, sin embargo un especialista puede detectarlo una vez estudie el caso a profundidad. 

 

Los síntomas más comunes son: dolores de cabeza, problemas gastrointestinales, cambios en el apetito, en el peso y en los patrones del sueño. 

 

A estos le acompañan síntomas emocionales como ansiedad, irritabilidad, depresión, apatía, aislamiento, ganas de llorar, nerviosismo constante, negativismo, dificultad para concentrarse, pérdida del interés, sentimientos de fracaso y de impotencia. 

 

La persona con Síndrome de Burnout se siente agotada y cansada la mayor parte del tiempo, y si el problema no se trata a tiempo, puede perder la capacidad de disfrutar. 

 

¿Cómo evitarlo?

 

1. Reconoce que no eres perfecta: eres normal y real 

 

Antes que nada, hay que reconocer que no eres perfecta y no hay nada de malo en eso. Está bien en hacer todo lo mejor posible, ¡pero tampoco debes exigirte tanto! No te compares con otras madres, no anheles la vida de las mujeres que se muestran en las redes sociales porque en realidad “nadie sabe la lucha de nadie”. Así que mejor vive tu vida, ama a tu familia y confía en tus capacidades y en tu instinto materno. 

 

2. Aprende a delegar

 

Libérate de la necesidad de querer controlarlo todo, aprende a delegar y a confiar en otras personas (esposo, madre, familiares, nana o niñera, guardería, etc.) así no lo hagan tal cual como tú quisieras. 

 

3. ¡La practicidad ante todo!

 

Sé un poco flexible, sé práctica y relájate un poco; si la casa no está tan reluciente como acostumbrabas pero al menos está presentable, no te preocupes, eso puede esperar. 

 

4. Organiza bien el tiempo

 

Son tantas cosas para hacer que muchas veces no sabemos ni por dónde empezar. Así que lo mejor es escribir la lista de tareas y asignarle fecha y hora. Esto te ayuda a esclarecer un poco la mente y a ser más eficaz. 

 

5. Busca un momento para ti

 

¡Saca tiempo para ti o te terminarás quemando! Aunque parezca imposible, hay formas de lograrlo. Una de ellas es pidiendo ayuda a familiares, a personas de confianza o al esposo para que por unos minutos a la semana, cuiden a los niños y así puedas dedicarte a realizar alguna actividad que disfrutas. ¡Recuerda que si la mamá está bien los hijos estarán bien!

 

Vale aclarar que todas las mamás hemos tenido días difíciles, en el que nos sentimos agotadas y algo irritables, lo que es completamente normal. Sin embargo, cuando una persona padece el Síndrome de Burnout, estos síntomas se vuelven en el estado constante durante un tiempo prologado. En este caso se aconseja consultar a un experto. 

 

Fuentes:

(1) etapainfantil.com (Mamás agotadas que padecen el Síndrome de Burnout)

(2) espanol.babycenter.com (¡Mamás agotadas! El Síndrome del Burnout)

 

Por Patricia Gómez/Sontushijos.org - 10.07.2017

 

 

 

Ha acabado el curso y todos estamos cansados. Decía un amigo: “El que no esté cansado en junio, que se preocupe...”. Vemos con alivio la llegada de las vacaciones, que para los padres de familia son una moneda de doble cara: necesitamos descansar y junto a eso, la paternidad es un trabajo a jornada completa, que no incluye vacaciones en el sentido tradicional del término.

 

A estas alturas ya tenemos el verano organizado, hemos apuntado a los hijos a campamentos o cursos de idiomas, hemos decidido donde pasaremos las vacaciones,... todo ello con bastante esfuerzo y buscando lo mejor para ellos. Quizá queda sólo pendiente un aspecto más sencillo desde el punto  de vista logístico, pero de más calado. ¿Qué me gustaría para mis hijos estos meses? ¿Qué espero de ellos? ¿Qué esperan ellos de mi?

 

En términos generales, todos daríamos respuestas parecidas: que descansen, que disfruten de las vacaciones... Si queremos concretar un poco más, hay que tener en cuenta de que edades estamos hablando.

 

En el caso de bebés, o niños de infantil y primaria, a menudo el primer objetivo es resolver la complicada conciliación de las vacaciones escolares con el mes de vacaciones que tiene el común de los mortales. Una vez conseguido ese reto, no pequeño, el éxito está asegurado, porque estamos deseando disfrutar de ellos y poder dedicarles más tiempo, lo cual es absolutamente compatible con acabar las vacaciones agotados y notar cierto alivio cuando vuelven al colegio...

 

A esas edades una buena meta es no perder lo ya conseguido, y seguir trabajando los hábitos en los mas pequeños y las virtudes en los que son un poco mayores. Si durante el curso un niño ha superado el dodotis o ha conseguido comer de todo es una pena que retroceda, así que habrá que mantener el esfuerzo, aunque dentro de un clima más relajado.

 

Y lo mismo ocurre con los objetivos que nos hemos propuesto para un niño de primaria: la alegría, la sinceridad, el orden, no son metas del curso académico, sino de la persona. Sobre todo conviene dedicarles todo el tiempo que podamos, porque ese es su mayor deseo y lo que más contribuye a que disfruten de las vacaciones.

 

Aunque a los padres más jóvenes les pueda sorprender, la cosa se complica cuando los hijos crecen. ¿No sé suponía que iba a ser más sencillo, porque ya no hay que buscar cuidadoras de refuerzo, pedir ayuda a los abuelos, buscar campamentos a pensión completa...?

 

Evidentemente, la autonomía personal es mayor y eso facilita la organización, pero la llegada de la preadolescencia y adolescencia añade cierta emoción a los veranos familiares. Con frecuencia, la principal -y a veces  única- preocupación filial es tener wifi 24 horas y no se reciben con agrado nuestras sugerencias sobre su forma de descansar.

 

Ante una situación como ésta, los padres podemos claudicar y hacer la vista gorda o entrar a todas y vivir en un enfrentamiento permanente. No podemos pedirles que en vacaciones se levanten pronto, practiquen deportes, hagan voluntariado, refuercen un idioma, mantengan ordenada la habitación y vuelvan temprano a casa, pero tampoco es de recibo que no les veamos el pelo -ni siquiera cuando necesitan dinero, porque usan Bizum- o tenerlos todo el día tirados en el sofá, viendo vídeos en YouTube con los auriculares puestos.

 

Lo razonable es darles más autonomía y dejar que elijan como emplean su tiempo libre, con las limitaciones propias del gasto que suponga, la edad que tengan, la colaboración con las tareas domésticas y la vida en familia, que por otra parte es lo que ven en sus padres, cuyas vacaciones no suelen ser excesivamente ociosas.

 

Si establecemos unas pocas normas que faciliten la convivencia y nos mantenemos firmes en esos puntos, siendo flexibles en el resto, probablemente al final del verano habremos descansado más, y lo que es más importante, ellos habrán tenido la ocasión de comprobar que no es necesario transgredir las normas para pasarlo bien.

 

 

Por LaFamilia.info - 23.06.2017

 

Foto: Freepik 

 

Mantener una casa en orden cuando hay niños de por medio es una tarea de titanes, sin embargo, involucrar a los hijos en las labores hogareñas facilitará las cosas y al mismo tiempo les estamos educando en responsabilidad, disciplina, autonomía y cooperación, así que ¡manos a la obra!  

 

Lo ideal es que los hijos desde pequeños ayuden en casa para ir creando hábitos que serán fundamentales en la adolescencia y en la juventud, pero si tienes hijos de 10 años en adelante y nunca les has otorgado una responsabilidad, es hora de hacerlo, muy pronto cuando salgan del “hotel mamá”, se verán en líos! 

 

Así que acuerda con cada hijo dos o tres tareas que estén acordes a su edad y capacidad (en la siguiente lista puedes ver varias ideas), de forma que las tomen como su compromiso y las realicen de manera continua por un periodo de tiempo. Verás que para los más pequeños será toda una aventura ayudar en casa (a esta edad lo hacen con mucho entusiasmo y nada de pereza), y para los mayores, será una oportunidad para que demuestren madurez y responsabilidad.  

 

En el caso de los más pequeños, puede ser una buena idea hacer un tablero que indique a quien le corresponde cada tarea y chequear si la está cumpliendo de forma correcta. Si los padres ven un buen desempeño, pueden dar una recompensa a cambio. 

 

Es muy importante que les muestres cómo se realiza cada actividad, pues los niños necesitan saber con exactitud lo que se espera de ellos. Asimismo, les debes enseñar un trabajo a la vez para no confundirlos, sobre todo en las primeras edades.

 

Ahora sí, entremos en materia. Revisa la siguiente lista de actividades que han sido inspiradas en el método Montessori para saber qué tareas pueden hacer en cada edad:

 

2 a 3 años

• Guardar los juguetes en la caja.

• Poner los libros en su sitio.

• Poner la ropa sucia en el cesto.

• Llevar los zapatos al guardarropa. 

• Tirar las cosas a la basura.

• Ir a buscar los pañales o algún objeto específico.

 

4 a 5 años

Todas las anteriores más: 

• Alimentar a las mascotas.

• Limpiar pequeñas áreas (un reguero en el piso, etc.).

• Organizar la habitación.

• Regar las plantas.

• Poner la mesa.

• Usar la aspiradora de mano.

• Llevar los platos a la cocina. 

• Llevar la toalla al baño después de ducharse. 

 

6 a 7 años

Todas las anteriores más: 

• Doblar toallas.

• Doblar y juntar los calcetines limpios.

• Ayudar a vaciar el lavavajillas.

• Secar y guardar los platos y cubiertos.

• Hacer la cama.

• Cambiar el rollo de papel higiénico de los baños.

• Desempacar las bolsas que traemos del mercado. 

• Buscar y organizar su uniforme/ropa para el día siguiente. 

 

8 a 9 años

Todas las anteriores más: 

• Doblar y colgar la ropa limpia.

• Limpiar la mesa del comedor antes y después de cenar.

• Preparar recetas fáciles y sencillas.

• Lavar platos. 

• Sacar el perro a pasear. 

• Poner el agua y la comida de la mascota.

• Botar la basura. 

 

10 a 11 años

Todas las anteriores más: 

• Aspirar.

• Barrer.

• Limpiar la cocina. 

• Limpiar los baños.

• Lavar el auto. 

• Apagar las luces cuando ya todos se hayan ido a la cama. 

• Ayudar a papá en labores más complejas como cambiar bombillas, arreglar una puerta, colgar un cuadro, etc.

 

12 años en adelante

Todas las anteriores más: 

• Preparar una comida.

• Ayudar en la planificación de las comidas.

• Ayudar a cuidar a los hermanos menores.

• Hacer reparaciones simples en la casa.

• Vigilar que se haga bien el reciclaje. 

 

Cabe anotar que en algunos casos, los niños podrán mostrar motivación y capacidad para hacer una actividad de mayor edad, o también que se les dificulte una de menor edad. Lo importante es respetar su ritmo de aprendizaje, valorar su esfuerzo, indicarles cómo se realiza la tarea y algo fundamental: ¡crearles hábitos! Esto quiere decir que debe haber continuidad, si bien en vacaciones hay más tiempo de realizar estos encargos, se pueden adaptar para que continúen al regreso de la jornada escolar.  

 

Esta es una guía orientativa que te ayudará a darte cuenta que tus hijos te pueden ayudar en muchas labores, y tal vez debes dejar de hacerles tantas cosas que ellos están en capacidad de hacer. Además es una maravillosa oportunidad de enseñarles el sentido de responsabilidad desde pequeños. 

 

Más de este tema > ¿Deben ayudar los hijos en las labores del hogar?

 

 

ReL - 02.07.2017

 

 

Catherine L´Ecuyer es una canadiense residente en Barcelona que se ha convertido en una de las grandes divulgadoras de temas relativos a la educación y que alerta del uso excesivo de las pantallas en niños y adolescentes. Autora de los bestsellers Educar en el asombro y Educar en la realidad  y colaboradora de El País y RNE, esta madre de cuatro hijos insiste en la importancia de la familia y del tiempo de calidad para una buena crianza de los hijos.

 

En una entrevista en la revista Creando educación para tod@s, L´Ecuyer habla de cosas que pueden parecer obvias para muchos pero que están desapareciendo en la sociedad actual.

 

“Un niño sobreeestimulado con un entorno que no se ajusta a su ritmo interno pasa a dejar de desear ‘desde dentro’, se vuelve pasivo y pasa a depender de esos estímulos externos. Ahí es cuando pueden entrar en juego las adicciones y la desmotivación en ausencia de dichos estímulos artificiales. Por lo tanto, menos pantallas y más relaciones interpersonales, menos consumismo y más austeridad, menos ruido y más silencio”, afirma sobre cómo debe ser la educación de los más pequeños.

 

Los padres, "el mejor juguete" para el niño

 

Sobre la relación padres-hijos, Catherine L´Ecuyer tiene claro que “el mejor juguete para un niño son sus padres” aunque se lamenta de que debido al alto ritmo de la vida que llevamos falta tiempo para estar con los hijos.

 

Sin embargo, explica que “no se trata de estar haciendo cosas con ellos sin parar, se trata de regalarles miradas y de escucharles, de estar disponibles”. En su opinión, “hay que simplificar el montaje del fin de semana. Decía Leonardo da Vinci que la sencillez es la última sofisticación. Menos cosas y planes y más tiempo para compartir”.

 

Teléfono en "modo avión" y a disfrutar de los hijos

 

Esta investigadora en temas de educación se pregunta qué es lo más valioso hoy para compartir con nuestros hijos. Y la respuesta la tiene clara: “nuestra atención”. “La atención es el barómetro de nuestro amor, decía Pablo D´Ors, la forma más pura de generosidad, decía Simone Weil. Así que hay que poner el teléfono en modo avión y aprender a disfrutar de ellos”, afirma tajante.

 

L´Ecuyer también habla de la cantidad de actividades a las que se apunta a los niños para mantenerles ocupados entre semana. “Es terrible –asegura, pero lo hacemos porque trabajamos. Entonces, ¿cuál es la alternativa? Adaptar el horario laboral al horario de los colegios, como la gran mayoría de los países desarrollados. Sin duda, esa es la solución”.

 

La competencia digital, "sobrevalorada"

 

Sobre la tecnología y el boom de implantar tabletas en los colegios, L´Ecuyer también se muestra muy contundente asegurando que “con el tiempo, ganaremos en perspectiva  y veremos, basándonos en los estudios académicos, que la competencia digital está sobrevalorada”.

 

“La tecnología en la educación es una burbuja que tarde o temprano explotará. Yo siempre digo que el mayor error ha sido vender a los padres que la educación para el uso de las nuevas tecnologías consiste en adelantar la edad de uso”,  afirma esta canadiense.

 

¿Es posible dar la vuelta a esta situación?

 

A su juicio, “es todo lo contrario, hay que atrasarlo al máximo, porque la mejor preparación para el mundo digital es el mundo real. Las nuevas tecnologías son maravillosas, pero en mentes preparadas para usarlas, y esa preparación no ocurre dando un dispositivo al niño que no está preparado para usarlo”.

 

¿Cómo salir de ahí y sacar a los niños de esa inercia?, le preguntan a esta experta. Esto responde ella:

 

“Si los niños tienen un dispositivo electrónico, es porque se lo hemos dado. Si ellos buscan conectarse en secreto, es porque no hemos sabido darles oportunidades lo suficientemente atractivas o porque carecen de alternativas. La solución parece utópica, pero no lo es. Si le damos la oportunidad a un niño de 10 años decidir si estar conectado con el móvil todo el día, o ir a pescar con sus padres, ¿qué decidirá? Estar con sus padres, sin duda. Conozco cientos de familias que educan  a sus hijos pequeños en el mundo 100% real, no digital, y es posible conseguir que esos niños no se sientan raros. ¿Qué es ‘ser raro’? ¿No ser normal? ¿Qué es ser normal? ¿Quién pone la norma de lo que se ha de hacer o no? ¿Para qué necesita conexión a internet un niño de ocho años? ¿Quién decidió eso? ¿Las estadísticas? Pues estamos para hacer las estadísticas, no para cumplirlas ciegamente”.

 

Asombrarse ante "lo irresistible de la belleza de la realidad"

 

Para acabar, Catherine L´Ecuyer recupera la cita de Chesterton, que decía: “el mundo nunca tendrá hambre de motivos para asombrarse; pero sí tendrá hambre de asombro”. Su objetivo, afirma esta mujer, dar la vuelta a la profecía del periodista y escritor inglés para que “en el medio de tantas distracciones, nuestros hijos puedan otra vez asombrarse ante lo irresistible de la belleza de la realidad”.

 

 

ReL – 18.06.2017

 

 Foto: Freepik

 

Algunos padres temen ser estrictos con sus hijos pues piensan que esto puede tener un “efecto rebote” cuando los chicos crezcan, es decir, que al cumplir su mayoría de edad se pueden volver desordenados, que dejen sus estudios y desperdicien su vida. Sin embargo, como explica el médico y educador Leonard Sax en su libro "El colapso de la autoridad" esos padres "blandos" se autoengañan y dañan a sus hijos. 

 

Una familia puede ser a la vez estricta y cariñosa 

 

Ningún estudio muestra que en las familias con normas, horarios y exigencias estrictas los chicos crezcan "rebotados". Al contrario, la ciencia sociológica, tras muchos estudios y décadas de investigación, considera demostrado ya que esos chicos crecen con buenos hábitos y les va bien en la vida. Y al contrario, la ciencia demuestra que en las familias "blandas" (sean negligentes o bien indulgentes) los chicos crecen sin hábitos de trabajo y diligencia y les va mal. 

 

Leonard Sax considera que los mejores estudios al respecto, después de 40 años, son los de Diana Baumrind y su equipo investigador. Estos estudios muestran que la mejor fórmula es la de las familias que son a la vez cariñosas y estrictas, es decir, que saben decir a sus hijos "no", con firmeza, pero también con afecto. 

 

Una fórmula clásica de eficacia probada (aunque el niño o adolescente proteste) es decir: "no puedes, cariño, porque te lo decimos nosotros, que somos tus padres, te queremos, y en unos años verás que era la mejor para ti". 

 

Un mito moderno de Occidente

 

Por supuesto, a las presiones típicas ("si me quisieras me dejaríais", "si me quisieras confiarías en mí", "cuando sea mayor haré todo eso que no me dejas, mejor déjame ahora...") hay que responder con un clásico: "no, cariño, no" y un "de mayor haz lo que quieras y luego me llamas y me lo cuentas". 

 

¿De dónde sale la idea de "he de ceder o mi hijo se rebotará"? No nace de la ciencia pedagógica ni la sociológica: es un mito moderno de Occidente, un bulo, un hoax, una fantasía... 

 

"Cuando pregunto a los padres que por qué piensan que una paternidad más exigente dará como resultado una conducta más insensata en sus hijos con el paso de los años, son muchos los que responden citando algo que han visto en una película sobre el hijo adolescente de unos padres muy puritanos, o lanzando una afirmación sobre algo que escucharon en la televisión hace muchos años. La respuesta que suelo dar a estos padres es que no existe ningún estudio científico que respalde esa idea. De hecho son muchos los que la contradicen", explica el doctor Leonard Sax.

 

La ingenuidad de algunos padres

 

Además, es un "bulo" que no se aplica en ningún otro ámbito de la vida. Ningún jefe contrata a un empleado que le consta que en otros empleos y con otras empresas robaba material de la empresa o se saltaba horas de trabajo pensando "seguro que ya ha superado eso". Y al revés: si sabes que alguien fue un empleado eficaz y escrupuloso en otros trabajos no pensarás "seguro que es un reprimido y estallará un efecto rebote en cualquier momento". Con esos datos, todos los profesionales saben quién es de fiar. 

 

Padres que jamás creerían ni aplicarían la idea supersticiosa del "rebote" en el trabajo, asombrosamente se la creen aplicada a sus hijos.

 

El llamado "efecto rebote", en los pocos casos que se da, es anecdótico, comenta Sax. Pone el ejemplo de un caso que conoce: un chico que a los 18 años por fin se pudo comprar una videoconsola y se dedicó a jugar intensamente varias semanas, algo que sus padres nunca antes le dejaron. Sí, disfrutó unas semanas, pero en pocos meses se aburrió de la videoconsola. Como desde niño tenía muchos amigos y muchas aficiones alternativas, fuesen lecturas, deportes, etc... enseguida volvió a ellas, y a sus responsabilidades. Vendió la cara videoconsola y se ganó 400 dólares para otras cosas. Lo vivido y repetido como niño durante años y años es lo que perdura. 

 

"La virtud engendra virtud"

 

"Este concepto de rebote no se basa en los hechos sino en la cultura popular de comienzos del siglo XXI, que no es una fuente demasiado fiable de información. Y creo que, en parte, son los propios padres los que lo propagan, para tratar de justificarse por su estilo educativo con poca autoridad", explica Sax. 

 

"No aceptes este concepto de rebote, no te lo creas. Si educas a tu hijo en el cómo debe ser, cuando crezca y se independice habrás inclinado mucho la balanza a su favor para que se comporte con sabiduría. La virtud engendra virtud. El vicio engendra vicio".

 

Sax basa su postura en los datos del macroestudio que los sociólogos de EEUU llaman "Add Health": datos de más de 20.000 niños seleccionados de todo el país, a los que se ha seguido detalladamente desde principios de los años 90 hasta nuestros días. En las familias con autoridad los hijos sacaban mejores notas, se emborrachaban menos y tenían una vida sexual con menos riesgos (no solo de adolescentes, sino como adultos jóvenes), sus relaciones afectivas eran más sanas y felices y al convertirse en padres tenían hijos a su vez más sanos y equilibrados. 

 

(Estos datos se pueden encontrar en Social Science and Medicine, vol.66, pág.2023-2034, de 2008; y en Archives of Sexual Behavior, vol.42, páginas 1463-1472, de 2013; en Journal of Marriage and Family, vol. 76, páginas 145 a 160, de 2014; y en Journal of Pediatric and Adolescent Gynecology, vol27; páginas 287-293; de 2014). 

 

Poner normas, con justicia pero con constancia

 

La clave para educar bien está en "imponer normas, con justicia pero con constancia. En algún momento esas normas se pueden adaptar, pero nunca se rompen", detalla Sax. 

 

Muchos padres "blandos" dirán que "si quiero a mi hijo, confiaré en él: si me dice que no bebe, me lo creeré; si me dice que pasó la noche con la chica sin acostarse con ella, me lo creeré; el amor implica confiar sin posesividad, ¿no?" 

 

La respuesta del doctor Sax, tras muchos años de experiencia y estudios, es contundente: las reglas del amor entre padres e hijos son distintas de las reglas del amor entre adultos. 

 

El amor a los niños no es como el conyugal

 

El amor al cónyuge implica mucha confianza, a veces quizá incluso ciega. El amor a los niños no es así. "Es más probable que te mienta tu hijo o hija a que lo haga cualquier otra persona, porque no te quiere dar un disgusto, no te quiere decepcionar y espera que pienses bien de él". Por eso hay que asegurarse que se cumplen las normas de la casa.

 

Además, en una relación entre adultos, entre iguales, casi todo es negociable, precisamente por ser iguales. No se dan órdenes a un igual. Pero en una familia sana sí se han de dar órdenes a los niños. Un padre ha de poder ser a la vez estricto y cariñoso. El sentido del humor puede ayudar mucho en eso. 

 

 

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