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Por LaFamilia.info
 

Foto: Freepik 

 

Es natural sentir angustia cuando los hijos pequeños presentan conductas agresivas como pegar, morder, arañar, manotear...; y también, cuando nuestros hijos son agredidos. ¿Qué hacer en ambos casos? 

 

Ante este tipo de situaciones, los padres debemos frenar este tipo de comportamientos, enseñarles a controlar sus emociones para lograr el dominio de sí mismos, y orientarlos hacia la tolerancia, el respeto y el perdón. Aquí te presentamos algunas pautas para lograrlo. 

 

En los hijos pequeños

 

En las primeras edades la violencia puede presentarse como una forma de conseguir lo que se quiere, y es ahí cuando los padres deben intervenir para controlar estas situaciones.

 

“Con dos, tres o cuatro años el niño pega como un recurso que ha aprendido de forma involuntaria de los amigos o de los propios padres”, afirma Miquel Mena, psicopedagogo y director de Isep Clínic Lérida. El pequeño entiende que ese gesto agresivo le reporta unos beneficios, es decir cree que pegando va a conseguir lo que quiere. “Si quiere el juguete de otro niño y comprueba que pegándole lo consigue, lo seguirá haciendo; si quiere captar la atención de los padres y constata que si les pega la tiene, aunque sea en forma de reprimenda, lo seguirá haciendo; si los padres le animan a responder pegando cuando otros le pegan, lo seguirá haciendo”, asegura el psicopedagogo en una nota publicada por el diario ABC.

 

Igualmente, es necesario revisar la actitud de los padres cuando sus hijos son los agredidos y no los agresores. En estos casos hay que evitar fases como “no seas bobo, defiéndete, si te pegan pégale, no te dejes”. Si bien hay que escuchar sus razones, también hay que enseñarles a reaccionar de forma asertiva, evitando la violencia como recurso. También explicarles que deben acudir a un adulto, en este caso el profesor, quien hará las veces de mediador o conciliador. Este procedimiento logra unos resultados muy positivos, inclusive lo que empezó en una riña, puede terminar en una amistad, dando así lecciones de respeto sin convertirse en multiplicadores de la violencia.

 

Como en todo hay excepciones. Algunos niños por su temperamento pasivo pueden ser “blancos” de la agresión de otros, en estos casos el tratamiento es distinto, sin llevarlos a responder con agresividad hay que enseñarles a que reclamen respeto a través de la educación del carácter y la autoestima.

 

Para reprimir una conducta agresiva, los padres deben hacerles entender a los hijos que con esta actitud causan daño. “Para ello podemos utilizar recursos como caritas de dolor o enfado. También la técnica de «tiempo fuera» funciona, castigando al niño en un rincón durante tantos minutos como años de edad tenga. Otra manera es identificar conductas positivas que le aporten los mismos resultados que las agresivas y reforzarlas mediante recompensas.” Sugieren Miquel Mena y Jorge Casesmeiro, expertos en el tema.

 

 

Los hijos lo ven, los hijos lo hacen

 

Los hijos son el reflejo de los padres, su conducta es un modelo a seguir. Por eso el buen ejemplo es una de las claves más importantes a tener en cuenta en la educación. Si lo hijos ven en sus padres conductas agresivas, rencorosas, desleales, intolerantes, es probable que ellos también lo sean, así los padres no se lo transmitan en sus lecciones educativas. De igual modo, los padres no deberán pegar a sus hijos, pues ellos incorporarán estas actitudes agresivas a sus recursos de supervivencia.

 

 

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