Colaboración Francisco Gras - 27.07.2015
 
Humildad es la virtud contraria a la soberbia que hace conocer y aceptar las propias limitaciones; educar a los hijos en esta virtud es determinante para formar seres integrales. Los padres con el ejemplo, deben enseñar a sus hijos a practicarla en la familia, en la escuela y con los amigos.

 

Pero para saber cómo educar a los hijos en esta virtud, primero hay que conocerla. Para ello, presentamos el siguiente artículo, colaboración de Francisco Gras, creador del Blog Escuela de Padres.

 

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Humildad no quiere decir dejación de los derechos, ni de las obligaciones y no proviene por el origen, nacimiento o por situaciones que conlleva la vida, ni la relacionada con la sumisión o el rendimiento, ni por la carencia de nobleza o por vivir modestamente. No se debe confundir la humildad con la pobreza, pues se puede ser muy humilde, pero no sencillo, y sí sumamente orgulloso y soberbio, y ser muy rico además de sinceramente humilde, sencillo y modesto.

 

Practicar la virtud de la humildad libera del apego innecesario a lo material y a ciertas actitudes, que ensombrecen al hombre, tales como el orgullo, la soberbia y la vanidad. La humildad en las personas, es fuente de paz y armonía espiritual.

 

La humildad en el liderazgo se ve claramente cuando los protagonistas se hacen accesibles a sus liderados. Qué gratificante es conocer a esas personas llenas de conocimientos, cuya sabiduría les sale hasta por los poros, hablar y comportarse con esos signos externos de humildad, intentando pasar desapercibidos en la sociedad y exponiendo sus sabias ideas, a todos los que quieran escucharles. Verdaderamente son ejemplos de la humildad, no de la falta de autoestima. Se puede ser humilde, pero recio y fuerte con las convicciones.

 

Hay personas muy importantes en política, economía y socialmente, que han hecho de la fuerza, la belleza y el valor de la virtud de la humildad, su verdadera razón de ser y trabajar. Qué ejemplo tan bueno de hombres y mujeres, que diariamente demuestran que para llegar a lo más alto en este mundo, nunca se han olvidado de sus orígenes, por muy humildes que hayan sido y siguen manteniendo sus principios hacia los demás, como lo hacía anteriormente. Pero que mal hacen a la sociedad, los que han ascendido en ella y se sienten arrogantes con sus semejantes.

 

Ser humilde es conocerse uno mismo y buscar perfeccionarse, pero no creyéndose, ni superior ni inferior al prójimo, sabiendo que no se es más, porque lo alaben, ni menos porque lo vituperen. La humildad es tratar a los otros con amabilidad y afabilidad, sin discriminación y con la máxima ternura y compasión, ejerciéndola entre empleador y empleado, rico o pobre, culto o inculto, fuerte o débil, amigo o enemigo.

 

Humildad vs. Egoísmo 

 

La humildad es la antítesis del egoísmo y del yo. Es el camino hacia la plenitud, que como seres humanos, nos ayuda a ejercer la igualdad, la generosidad y la fraternidad. No significa que haya que ser el saco de golpes de todo el mundo, pues no es opuesta a la autoestima, sino que es complementaria y la refuerza. El humilde es auténtico, abierto, de convicción firme y muy comprensivo.

 

Ejercer la humildad implica también, tener seguridad en las capacidades personales de cada uno. Bonhomía significa afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento con los demás.

 

La humildad como la bonhomía, son virtudes que deben ser reconocidas por los demás. Solamente tiene sentido en el encuentro con uno mismo y en la donación hacia los que nos rodean. Por eso no basta tener seguridad solamente en la humildad, ya que la autoestima personal, está fundamentada en un profundo conocimiento de nosotros mismos.

 

Las personas que practican la virtud de la humildad, saben que sus vidas no serán un camino de rosas, pero si les permitirá vivirlas con mayor plenitud y satisfacción, para alcanzar en sus propias vidas ser mucho mejores y mantener unas buenas relaciones con los demás, pues es la donación personal y continua en pequeños actos de generosidad.

 

La humildad conlleva conocer claramente nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles, para poder actuar en consecuencia hacia nosotros y hacia nuestro prójimo. Debemos saber nuestras limitaciones, para no engañar a otros, ni para aparentar lo que no somos, ni para crear falsas expectativas en los demás. Nuestro conocimiento o posición social, económica, intelectual o política, no nos da derecho a menospreciar a los demás.

 

La humildad es una virtud indispensable para la buena vida personal y de la sociedad. No prohíbe reconocer, las buenas dotes que tenemos para determinadas actitudes, pero eso no quita que debemos reconocer que esas buenas dotes, nos han sido regaladas o las hemos adquirido con esfuerzo. Hay dotes que son más para reconocerlas, admirarlas y ponerlas a disposición del prójimo, que para presumirlas. La humildad es la aceptación de la propia ignorancia, la que permite eliminar el ego humano, el cual es la sensación engañosa de ser diferente del prójimo, tanto para bien, como para mal. Para ser humilde no es preciso engañarse sobre las capacidades, virtudes y defectos de uno mismo.

 

Colaboración de "Escuela para padres" para LaFamilia.info. Derechos Reservados. 

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