Empantallados.com - 30.10.2017

 

Foto: Freepik 

 

A veces los padres no tenemos ni idea, o no comprendemos qué sentido tienen las fotos que publican nuestros hijos. Es bueno que en algún momento hayamos hablado con ellos sobre qué fotos pueden publicar, cuáles no son convenientes y cuáles pueden llegar a ser incluso peligrosas. Desde la web Empantallados.com nos comparten las siguientes ideas:

 

Fotografías tipo selfie: el autorretrato es una forma actual y espontánea de comunicarse, que además está de moda. No debe preocuparnos siempre y cuando no sea excesivo el narcisismo o postureo. Sin embargo, estate atenta/o si solo publican selfies, muchas veces frente al espejo, y no incluyen en ellos el sentido del humor. (Leer también: Las chicas y los “selfies”)

 

Fotografías que muestran la intimidad familiar o de los amigos: parece obvio qué fotos no se deben enseñar fuera de la intimidad familiar, pero los adolescentes a veces no lo tienen claro. Cuando se hacen fotos en casa en cualquier momento es bueno que se planteen qué cosas no es necesario enseñar a cualquiera. También con su grupo de amigos: hay cosas que se pueden compartir con el resto del mundo, pero algunas situaciones requieren un poco más de respeto.

 

Fotos que puedan perjudicar el honor de terceras personas: es habitual que reciban una foto de algún compañero o conocido que haya metido la pata en algo, o que sale realmente mal. A veces publicar este tipo de cosas puede hacer verdadero daño al protagonista. ¿Te gustaría que publicaran una foto tuya así?

 

Fotos provocativas: hay una moda entre los adolescentes, bautizada como sexting, que consiste en enviar fotografías íntimas, con contenido erótico e incluso sexual. Normalmente este contenido se envía a una sola persona, pero es muy común que antes o después esas fotos se reenvíen. Si las publican, reenvían o las guardan podrían ser cómplices de algo que puede llegar a ser delito. Hay fotos que es mejor no hacer. 

 

Fotos que ofrezcan datos personales: por una cuestión de seguridad no es bueno que los menores publiquen fotos que puedan identificar su domicilio o colegio, ni muestren datos como la matrícula del coche u otros datos personales. Tampoco que su nombre de perfil sea su nombre completo, o con su fecha de nacimiento. Y por último, es desaconsejable  publicar la ubicación, o información sobre dónde han sido tomadas las fotos. 

 

 

Colaboración Sontushijos.org - 30.09.2017

 

Foto: Freepik 

 

Alberto Quesada es profesor de secundaria en España, quien asegura que “prohibir la tecnología a los chicos no es la solución”,  ni tampoco la postura opuesta, es decir, la de aquellas familias que dan libertad con la excusa de que no se puede luchar contra la omnipresencia de la red o del aluvión imparable de imágenes y sensaciones que llega al móvil.

 

“En mi opinión, ninguna de las dos opciones es la correcta. La primera alternativa sencillamente retrasa el contacto con los dispositivos móviles, pero no aporta recursos (no, al menos, a priori). La segunda deja abandonado al adolescente frente a los numerosos riesgos de la red”. Asegura el profesor en un artículo que nos comparten desde Sontushijos.org. Por eso, él brinda las siguientes pautas que podrá ayudar un poco a los padres a encontrar el punto medio del asunto. 

 

Los móviles no son juguetes

 

Hace algún tiempo, un alumno de 1º de ESO me preguntó: «¿Hoy haremos clase normal o usaremos los iPads?». Este comentario me cayó como un jarro de agua fría, pues llevaba unas semanas de metodología 1:1 durante una hora semanal de sociales, y me parecía un éxito de resultados y de implicación de los alumnos. Los alumnos pensaban que estábamos jugando y que eso no era estar en clase de verdad.

 

Estas percepciones erróneas suceden al introducir los dispositivos digitales de manera poco ordenada. Si en todos los contextos de aprendizaje se abusa del juego, los aparatos se asocian a la diversión.

 

La implantación de los computadores en los centros educativos no queda excluida de esta distorsión: si los sistemas 1:1 solo se emplean en contextos gamificados, se genera -casi inconscientemente- un prejuicio contra la seriedad de estos instrumentos. Si el móvil se usa solo para jugar o para la conversación insustancial, se genera una percepción que altera la alfabetización digital.

 

Todo ello nos invita a pensar cómo introducimos a los niños en la tecnología o si, por el contrario, los lanzamos al mercado digital sin una preparación previa. En concreto, conviene preparar un proceso gradual de inmersión: pasar por aplicaciones que no sean juegos, sino herramientas útiles en el día a día de los niños. Una orientación así permite dar sentido a los 600 euros que una familia gasta por un iPhone.

 

Prohibir con sentido

 

Lo dicho hasta ahora nos lleva a apuntar que no se gana nada retrasando el contacto de un niño con las herramientas digitales. Sin embargo, la asunción de ritmos de uso no puede dejarse a la deriva. Del mismo modo que no dejamos a un niño de 4 años salir solo a la calle, tampoco es prudente permitir la libre utilización de los dispositivos digitales. ¿Edad? Depende: en 1º de ESO los niños son muy distintos entre sí, porque la educación en la familia también es muy distinta entre ellos.

 

Primero, se dejará el aparato en momentos y circunstancias bien puntuales. Después, convendría ir ampliando el periodo de posesión del móvil a la vez que se hace hincapié en la necesidad de desconectarlo o apartarlo en situaciones concretas: estudio, tiempo en familia, horas de sueño, etc. Finalmente, se dará libertad y la intervención paterna se limitará a una labor de orientación o consejo, o ultima ratio, como castigo por un comportamiento muy grave.

 

Formar en positivo

 

Yo no pondría el acento en la prohibición o en el miedo a la red. Me parece que esta ha sido la tónica de las charlas y sesiones sobre formación digital en las familias. Las cosas han cambiado y, ahora, los padres y educadores estamos familiarizados con la tecnología digital. Bastaría por tanto cambiar nuestro paradigma y pensar en los recursos que un niño, en cada situación, puede utilizar e irle progresivamente formando en el uso de aplicaciones y recursos on-line.

 

Los ejemplos son incontables. Eso sí: conviene apartar la mente de las redes sociales, que serían el último escalón en el proceso de madurez digital, o de los videojuegos, que es la salida fácil para que los niños estén entretenidos. En su lugar, aparece toda una retahíla de recursos para cultivar cualquier hobby o utilizar en el trabajo cotidiano. En el coche, podemos ir siguiendo la ruta a través de un navegador gps, o ir haciendo fotografías de los paisajes para hacer un concurso en familia. Se pueden ver las estrellas con una herramienta de realidad aumentada, o visitar un museo con la guía. Podemos vender los muebles que no necesitemos más, mirar la cartelera o reservar una mesa para la cena. Todo depende muchas veces del tiempo que dedicamos a pensar la utilidad del teléfono móvil o la conexión de datos antes de que el niño lo haga por su cuenta y nos encontremos con el problema de dejarle el móvil para que se entretenga.

 

En definitiva: la educación digital es el nuevo reto al que padres y docentes nos enfrentamos. Esperar a los cursos de secundaria es demasiado tarde. Hay que formar en positivo para ofrecer técnicas y habilidades que puedan ponerse en marcha conforme el niño va madurando, y utilizar la prohibición en la medida en que pueda ser justificado por sus educadores, precisamente porque ellos predican con el ejemplo o viven unas normas de buena educación que tienen un claro sentido positivo.

 

Colaboración de www.sontushijos.org para LaFamilia.info

 

 

Empantallados.com - 24.07.2017

 

 

 

Mamá / papá, ¿me compras Netflix, porfi porfi porfi? Llegará el día en el que tu hijo ya no necesite que le leas cuentos por la noche, te pedirá que no le besuquees delante de sus amigos y, por supuesto, llegará el día en el que te rogará que le dejes usar Netflix.

 

Sin embrago, dejar a tu hijo solo con Netflix es dejarle un mundo de posibilidades a un clic, muchas de ellas inapropiadas para su edad. Así que del mismo modo que establecemos el control parental de YouTube, es importante supervisar qué contenidos consume nuestro hijo en Netflix y fijar un tiempo de uso igual que hacemos con la televisión o el iPad.

 

En este video tutorial de Empantallados se explica paso a paso cómo configurar el control parental de Netflix, cómo crear un PIN para restringir el acceso a determinados contenidos, o para qué sirven y para qué no los perfiles de usuario.

 

 

Video control parental en Netflix

 

 

ElPais.com - 25.08.2017

 

 

 

Las consultas de muchos neuropsicólogos y también de pediatras se están llenando de pequeños adictos a las pantallas, ya sean tabletas, móviles, computadores o televisión. Los efectos pueden pasar de un mal humor constante y conductas violentas a diagnósticos de déficit de atención o hiperactividad. 

 

Por ello, los pediatras están intentando concienciar a los padres de la importancia de limitar el consumo de estos medios digitales en sus hijos. Esta misma línea sigue Catherine L´Ecuyer, divulgadora de temas de educación y autora de bestseller como Educar en el asombro y Educar en la realidad. Y para ello, analiza en El País algunas de estas recomendaciones:

 

La Asociación de Pediatría Canadiense ha publicado recientemente sus recomendaciones respecto al consumo de medios digitales en edades tempranas. Se parecen mucho a las recientes de la Academia Americana de Pediatría. Es lógico, ya que los estudios sobre los que se apoyan ambas organizaciones son los mismos.

 

Las recomendaciones se articulan alrededor de cuatro ideas claves:

 

Limitar el tiempo de medios digitales para los niños de menos de 5 años

1. Nada de consumo para los niños de menos de 2 años.

2. Menos de una hora al día para los niños de entre 2 y 5 años.

3. Nada de consumo una hora antes de ir a la cama.

4. Nada de consumo pasivo de pantalla en los parvularios (o sea, nada de películas comerciales).

5. Concretar tiempos libres de pantalla durante las comidas y durante el tiempo de lectura.

 

Atenuar los riesgos asociados con el consumo de medios digitales

6. Controlar el contenido y estar, en la medida de lo posible, con el niño mientras consume pantalla.

7. Dar prioridad a contenidos educativos y adaptados a la edad de cada niño.

8. Adoptar estrategias educativas para la autorregulación, la calma y el establecimiento de límites.

9. Tener un plan (no improvisar) respecto al uso de las pantallas en el hogar.

 

Estar atento a la utilización de las pantallas

10. Ayudar a los niños a reconocer y cuestionar los mensajes publicitarios, los estereotipos y otros contenidos problemáticos.

11. Recordar que demasiado tiempo dedicado a las pantallas deriva en oportunidades pérdidas de aprendizaje (los niños no aprenden a través de la pantalla en esas edades).

12. Recordar que ningún estudio apoya la introducción de las tecnologías en la infancia.

 

Los adultos deberían dar el ejemplo con un buen uso de las pantallas

13. Sustituir el tiempo de pantalla por actividades sanas, como la lectura, el juego exterior y las actividades creativas.

14. Apagar los dispositivos en casa durante los momentos en familia.

15. Apagar las pantallas mientras no se usan, evitar dejar la televisión “siempre puesta”.

 

En 2006 y en 2011, la Academia Americana de Pediatría ya había hecho recomendaciones parecidas, pero estaban basadas principalmente en investigaciones sobre el consumo de la televisión, ya que no había aún conjuntos de estudios concluyentes sobre el efecto de la tableta o del smartphone en la mente infantil. Este vacío temporal dio mucho que hablar. Dimitri Christakis, uno de los principales expertos mundiales en el efecto pantalla —y sobre cuyos estudios se basó la Academia Americana de Pediatría para emitir sus recomendaciones de 2006 y 2011—, se preguntó públicamente en 2014 si esas recomendaciones se aplicaban también a la tableta, dada su peculiar interactividad.

 

Su pregunta —que no se apoyaba en estudios, sino en su intuición personal— sembró la duda, y provocó la publicación de cientos de artículos en Internet que la interpretaban como una bendición de la tableta en el ámbito educativo. El argumento era que quizá no es lo mismo estar pasivamente sentado ante un televisor que estar jugando con la tableta. Los estudios no confirmaron su hipótesis. Hoy sabemos que los estudios no marcan diferencias sustanciales para esos dos medios antes de los 5 años, ya que el efecto pantalla tiene más inconvenientes que beneficios para esa franja de edad.

 

El consumo de pantalla por encima de lo recomendado por las principales asociaciones pediátricas en el mundo puede contribuir a un déficit de aprendizaje, a una pérdida de oportunidades de relaciones interpersonales, a la impulsividad, a la inatención, a la disminución del vocabulario, a problemas de adicción y de lenguaje. Y el etcétera es largo. La lógica es que la atención que un niño presta ante una tableta no es una atención sostenida, sino una atención artificial, mantenida por estímulos externos frecuentes e intermitentes. Quien lleva la rienda ante una tableta no es el niño, sino la aplicación del dispositivo, programada para enganchar al usuario.

 

En definitiva, hoy sabemos que los niños no aprenden a través de una pantalla, sino mediante la experiencia con lo real y a través de sus relaciones interpersonales con una persona sensible. Y los dispositivos, por muy sofisticados que sean sus algoritmos, carecen de esa sensibilidad. Porque la sensibilidad es profundamente humana.

 

La importancia de que los niños toquen, huelan, oigan y vean

 

El cerebro humano está hecho para aprender en clave de realidad y los hechos nos indican que los niños aprenden a través de experiencias sensoriales concretas que no solamente les permiten comprender el mundo, sino también comprenderse a sí mismos. Todo lo que los niños tocan, huelen, oyen, ven y sienten deja una huella en su mente, en su alma, a través de la construcción de su memoria biográfica que pasa a formar parte de su sentido de identidad. En definitiva, los niños aprenden en contacto con la realidad, no con un bombardeo de estímulos tecnológicos perfectamente diseñados. Tocar la tierra húmeda o mordisquear y oler una fruta deja una huella en ellos que ninguna tecnología puede igualar.

 

Y eso de que perderán “el tren” u “oportunidades laborales” por no saber usar una tableta... Pues quizá ya es tiempo de que borremos esas arcaicas ideas de nuestras acomplejadas mentes de inmigrantes digitales. La tecnología está programada para la obsolescencia, como es lógico. Es ley de mercado. No nos engañemos, si nuestro hijo o nuestra hija aprende sin ayuda a manejar un smartphone en cinco minutos, no es porque nació nativo digital y por lo tanto sumamente inteligente, es porque los ingenieros que conciben y diseñan esos dispositivos son inteligentes inmigrantes digitales. Steve Jobs lo sabía porque los contrataba él, quizá por eso no dejaba a sus hijos usar el IPad. Y quizás por eso altos directivos de empresas tecnológicas de Silicon Valley mandan a sus hijos a una escuela que no usa pantallas.

 

La tecnología es útil y maravillosa en mentes preparadas para usarlas, no en mentes inmaduras que todavía no tienen capacidad de autocontrol, templanza, fortaleza y sentido de la intimidad. En un mundo con más pantallas que ventanas, la mejor preparación para el mundo digital siempre será la que ocurre en el mundo en tres dimensiones, en el mundo real.

 

*Por Catherine L’Ecuyer. Su blog: www.catherinelecuyer.com 

 

Colaboración FamilyandMedia - 30.06.2017

 

Foto: Freepik 

 

Los padres nos lamentamos del uso excesivo de la tecnología en los niños y jóvenes de hoy, y estamos preocupados por las consecuencias que esto tendrá en sus vidas. ¿Pero nos hemos mirado al espejo? ¿Nos hemos preguntado si el e-mail de turno no puede realmente esperar hasta el final de la cena?

 

Digamos las cosas como son: el smartphone “ha vuelto aceptables comportamiento que hace pocos años habrían sido definidos de gran mala educación”. No lo digo yo, lo dice Ariela Mortara, profesora de Sociología del consumo en el Lulm (Universidad Libre del Lenguaje y la Comunicación) de Milán, y tiene razón. “La posibilidad de compartir experiencias con amigos virtuales, en vez de con los comensales”, nos ha vuelto incapaces de pasar una comida entera sin WhatsApp, selfie y e-mails.

 

Que sea importante, urgente, necesario o solo por diversión, siempre hay una notificación que aparta nuestra atención de aquello en que estábamos. Una interferencia constante en nuestra vida personal y profesional, un billete solo de ida para esa que ha sido definida la era de las distracciones.

 

La verdad es que la dependencia digital es la más transversal de las dependencias. Tenemos el teléfono siempre a mano, esperamos el semáforo para responder a los mensajes y, aún peor, no miramos más a la cara a quien nos habla. Ni siquiera a nuestros hijos.

 

Hablamos mal de los nativos digitales pero los primeros que necesitamos una desintoxicación tecnológica somos nosotros. Y si es verdad que los niños no aprenden de lo que decimos, sino de lo que hacemos, la solución está detrás de la puerta.

 

El mundo en el que vivimos nos abruma de datos y estímulos difíciles de gestionar para dejar el espacio adecuado a la productividad y a la creatividad. En su libro Focus, Goleman habla del rol fundamental que juega la atención en el modo en el que afrontamos la verdad. Este recurso mental sutil, esquivo e invisible nos pone en conexión con el mundo, plasmando y definiendo nuestra experiencia.

 

La capacidad de hacer más cosas simultáneamente es, sin duda, un recurso y una competencia, pero la exasperación de esta “habilidad”, nos ha vuelto incapaces de focalizarnos sobre una cosa a la vez. La era de la distracción, de hecho, no es otra cosa que la evolución negativa de tanto admirado concepto de multitasking.

 

El 47% de los profesionales señala como causa principal de las interminables reuniones de trabajo el hecho que los participantes están continuamente distraídos con los móviles. Pero el dato más preocupante es que el 62% de los niños siente no tener la completa atención de los por los padres cuando habla. Y ¿adivináis por qué? ¡Porque miran a menudo el móvil!

 

Como de costumbre, los americanos han llegado antes que nosotros y han hecho también de esto un negocio. Han inventado Pause (Pausa) www.pauseit.com, una caja de diseño elegante que bloquea la señal wi-fi, los mensajes y las llamadas entrantes. Basta poner en orden los móviles para crear momentos sin distracción en familia, en la oficina, en la escuela. Una invitación a conectarse solo con las personas que están junto a nosotros, eliminando todo tipo de actividad y conversación virtual.

 

En el video promocional, las personas tienen un móvil pegado al rostro mientras comen, trabajan e incluso cuando duermen. “Echo de menos jugar juntos más de cinco minutos, antes que cuando todos corrían para mirar el teléfono”, dice el niño del vídeo, “y tengo miedo del futuro porque si ahora estamos así que existen los Smartphone solo desde hace diez años, ¿qué será de nosotros dentro de veinte años?”

 

La idea, sencilla pero eficaz, ha encontrado su alter ego también en Italia: en Torino Eataly, los clientes de la hamburgueserías low food muy conocida deben dejar los móviles en una Black Phone Box. Para quien aguanta hasta el final de la comida sin móvil, ¡el postre es gratis!

 

Seamos objetivos: ¡serán ideas originales, pero se trata del “descubrimiento del agua caliente!”

 

¿Realmente necesitamos una caja de diseño que cuesta 40 dólares o ir a un restaurante donde unos desconocidos nos tienen que recordar que estamos allí para cenar y hablar con quien nos sentamos de frente?

 

Si para nosotros es sagrada la calidad del tiempo que pasamos en familia, si para nosotros es importante hacer productivo el tiempo que dedicamos al trabajo, ¿qué nos impide dejar el teléfono en un bolsillo del bolso durante media hora?

 

¿Dónde ha terminado nuestra fuerza de voluntad?

 

¿Por qué no elegimos tener el control sobre los medios y los instrumentos de los que disponemos? ¿No es esto lo que pedimos a nuestros hijos? Bien, demostremos que nosotros somos los primeros capaces de hacer un uso moderado y consciente.

 

Y si nuestra motivación se ha debilitado al punto de no lograr dejar el teléfono en el bolsillo del abrigo ni siquiera durante una hora, entonces definamos para todos un marco de tiempo para vivir juntos sin pantallas ni wi-fi. ¡Tomemos una bonita caja de zapatos, decorémosla como más nos guste y paremos al intruso!

 

No se trata de ironía barata. El tiempo transcurrido en familia y, sobre todo en la mesa, tiene un valor inestimable para edificar la unión familiar; la conexión emotiva es la mejor protección que podemos ofrecer a nuestros hijos, porque será gracias a esta unión que lograremos ayudarles a construir la propia identidad. Es este el tipo de educación que en la vida les protegerá del uso nocivo de las nuevas tecnologías y de ellos mismos.

 

Crear sanas costumbres digitales tiene exactamente la misma importancia que las sanas costumbres alimentarias, higiénicas y de estudio. Nadie quiere demonizar la tecnología. Yo no me acuerdo ni siquiera cómo se hacía para encontrar una dirección antes de Google Maps, pero creo que, como decía mi abuela, todo exceso es un defecto.

 

Enseñemos a nuestros hijos el valor del tiempo, la posibilidad de elegir de forma consciente y ayudémosles a desarrollar un espíritu crítico. Hagámoslo con nuestro ejemplo, en el tiempo que pasamos con ellos, estando ahí por ellos al 100%. Porque eso que se comparte a la mesa, en familia, va mucho más allá de la comida. Y entonces, pongamos en pausa las distracciones externas y reevaluemos la convivencia, esa realidad amable, tibia, constructiva y densa de significado: ese que tiene firme la unión emocional y acerca a los miembros de la familia. Eso que, en dos palabras, “¡hace familia!”

 

Colaboración de www.FamilyandMedia.eu para LaFamilia.info

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