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Alianza LaFamilia.info y el Instituto de la Familia - 18.05.2015

 

20151805h

 

Cuidar del hogar es una actividad que históricamente ha pasado inadvertida, es invisible pero imprescindible. Gracias a ella, están cubiertas las necesidades básicas de la persona.

 

Posiblemente sorprenda la utilización del término sostenibilidad, unido al del cuidado del hogar. Esta expresión, precisamente, es la que permite explicar y hacer evidente la importancia de las tareas involucradas en la atención de la casa. Alcanzar un desarrollo sostenible requiere tener presente el cuidado, entendido como la manera de insertarse en el mundo y de comprometerse con las relaciones.

 

Si las necesidades básicas: comida, limpieza, vestuario, arreglo, no se satisfacen, el desarrollo de las personas no se da. Con el trabajo doméstico se asegura el cuidado de la casa, que es la sede material de la familia y el ámbito en el que se da una parte importantísima del desarrollo humano, y de él, en alto grado, la estabilidad familiar, la educación de los hijos y el cuidado de los adultos mayores y los enfermos. Ello constituye un enorme servicio a los demás y a la sociedad entera y manifiesta claramente la dignidad que tiene este trabajo.

 

Sin embargo, la dedicación a esta tarea permanece en la invisibilidad, tanto en lo privado como en lo público. Concretamente, en el ámbito público, la falta de reconocimiento económico del trabajo doméstico no remunerado (CEPAL, 2004) y su exclusión en el sistema de protección social (Marco, 2006), sumados el estigma social del trabajo doméstico remunerado, al desconocimiento del tiempo y de los procesos involucrados en ese cuidado, son sintomáticos de esa invisibilidad.

 

Otra jornada laboral, pero invisible

 

En el ámbito privado, la repartición de la realización y responsabilidad por las tareas domésticas son causa de conflicto entre las parejas y las familias. Para las mujeres, que como la literatura muestra, son quienes asumen mayoritariamente en diversos países y culturas, el compromiso del cuidado doméstico, representa además una carga que se une a su ‘otra’ jornada laboral.

 

En Colombia por ejemplo, las investigaciones revelan que el trabajo doméstico para las mujeres colombianas, profesionales, entre los 29 y 40 años de edad, representa un signo de contradicción. Se entiende que son tareas necesarias, pero se las percibe como aburridas, desagradables de realizar y desagradecidas. En el momento en que se considera o que aparece la maternidad, esa percepción cambia. Y se agudiza el deseo de poder continuar una carrera profesional y la dedicación al cuidado de la familia.  La imposibilidad de realizar ambas cosas produce desconcierto y frustración.

 

Existe por tanto, una cierta aversión a la realización de las tareas del hogar. Este rechazo puede obedecer al reduccionismo de la vida del ser humano –hombre o mujer– a la realización profesional. Se mira y se mide todo en términos laborales: dinero y estatus, competitividad profesional y lucimiento figurativo. Triunfa quien es exitoso en la vida laboral.

 

Un componente más de incidencia en la aversión generalizada a los trabajos del hogar es que se desconoce cómo realizarlos. En consecuencia, no se ha aplicado a la casa y a los trabajos que la hacen tal, la tecnología y profesionalismo que se pide para otras actividades.

 

¿Qué podemos hacer? 

 

En el ámbito educacional y organizacional se podrían ofrecer programas cortos que enseñen cómo realizar las tareas domésticas y gestionar el hogar, de modo que hombres y mujeres reduzcan las percepciones negativas que puedan tener de estas tareas por no estar familiarizados con ellas o por los estigmas sociales que se han asignado a su realización.

 

Las organizaciones, así como los que formulan políticas públicas, necesitan revaluar las reglas y regulaciones existentes para ayudar y apoyar a la familia, así como las motivaciones y aspiraciones que tienen hombres y mujeres. Las organizaciones pueden hacer esto cambiando sus esquemas rígidos y de control por esquemas flexibles y de apoyo, que incrementen tanto su propia productividad como el bienestar de sus colaboradores y familias. Los legisladores necesitan garantizar un mínimo de sostenibilidad social a través de leyes que apoyen las políticas organizacionales.

 

Pero mientras tanto, en el caso de las mujeres, en el plano individual, es vital que en la realización de sus aspiraciones y expectativas, consideren las limitaciones de tiempo, de energías (físicas y psicológicas) y de recursos (económicos, relacionales, etc.), e identifiquen lo que las hace felices, y así decidan y actúen en consecuencia.

 

Artículo editado para LaFamilia.info. Tomado de Apuntes de Familia, edición 19-03/13. Autoras: Sandra Idrovo Carlier, directora área de dirección de personas, DPO y María Milagrosa Hernáez García, investigadora del Centro de Investigación Cultura, Trabajo y Cuidado, Inalde.

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