Ricardo Sada Fernández
06.06.2008

Salimos de la casa de nuestros amigos y ha oscurecido. Los hijos pequeños de esa familia, cariñosamente arropados por su madre, se habían ido a dormir uno tras otro. Nuestro destino era un volcán nevado, iniciando de noche la escalada para poder transitar, a plena luz del sol, por la zona más peligrosa.

La intensidad del frío hacía que nuestras bebidas se congelaran y que los dedos de las extremidades perdieran su sensibilidad. A medida que subíamos por la ladera empinada, el poco oxígeno del aire agudizaba la jaqueca. Fue entonces, unas tres horas después de la media noche cuando, en un repecho del sendero, apareció a nuestros pies la ciudad iluminada. La quietud citadina, el recuerdo del calor del hogar y el placentero sueño de esos niños me suscitaron una pregunta impetuosa: “Bueno, y yo, tonto de mí, ¿qué estoy haciendo en este lugar?”

¿Y sabré qué hago yo, no en la penumbra de un helado volcán, sino en la vida? ¿Soy producto del azar, un resultante biológico, algo casual? ¿Tiene mi vida alguna dirección, algún plan, algún propósito?

Preguntas como éstas se plantea cualquier individuo cuando se pone a pensar con un grado mínimo de sensatez. Y son preguntas que muchas veces se quedan sin respuesta, con la actitud desalentada de quien las considera imposibles de resolver. Otras veces, la respuesta es limitada, temporal, y por ello, insuficiente para la solución del enigma. Recuerdo, por ejemplo, el caso de un muchacho que vivía en una ciudad que no era la suya, al que pregunté: “Y tú, ¿sabes para qué vives?” “Para irme a Jalapa”, fue su contestación. Otros, quizá, dirán que viven para llegar a ser alguien, o para formar una familia, o para ser felices.

A veces los hombres piensan que podrían ser felices si consiguieran todo lo que desean. Pero cuando lo obtienen -riqueza, poder y salud; una familia generosa y amigos leales-, encuentran que aún les falta algo. Todavía no son verdaderamente felices. Siempre queda algo que su corazón anhela.

Fuente de dicha que decepciona

Hay personas más sabias que saben que el bienestar material es una fuente de dicha que decepciona. Con frecuencia, los bienes materiales son como agua salada para el sediento, que en vez de satisfacer el ansia de felicidad, la intensifica. Estos sabios han descubierto que el corazón del hombre no se sacia con bienes finitos, ni aunque los posea en enorme abundancia.

Y es que el corazón del hombre está hecho, nos dicen, para felicidades insospechadas: su coeficiente de dilatación no está acotado. Por eso la posesión de lo material no responde -y los testimonios vivénciales (quizá el tuyo propio incluido) podrían multiplicarse al infinito- a esas preguntas fundamentales para nuestra vida.

Si, de niños, asistimos al Catecismo elemental, quizá recordaremos las primeras cuestiones aprendidas con repetido sonsonete “¿Quién te creó?” Y, cuando respondíamos que ha sido Dios el autor de nuestra creación, nos volvían a inquirir sobre otra cuestión fundamental: “¿Para qué te ha creado Dios?” “Para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida, y después, verlo y gozarlo en la otra”, respondíamos. Y entonces (vendrán a decirnos los sabios) es cuando ese anhelo de felicidad infinita se empezará a colmar.

Aquí también el testimonio vivencial podría multiplicarse. “It works”, podríamos decir luego de ponerlo en práctica. Esto funciona: así sí soy feliz o, al menos, estoy perfectamente seguro de andar por el camino que me conduce a la felicidad.

Pero, ¿en qué consiste la felicidad de la cual venimos hablando? Quizá nos ayude a entenderla el ejemplo del joven médico que se va a realizar los estudios de su especialidad a un país extranjero. Un día, al leer el periódico de su pueblo que su madre le ha enviado, tropieza con la fotografía de la muchacha que ha sido electa reina de las fiestas de la localidad. El médico no la conocía, ni siquiera había oído hablar de ella. Pero, al mirarla, se dice:

“Caramba, qué linda chica. Además, parece lista y virtuosa. Me gustaría casarme con ella”. Al pie de la foto aparece la dirección de la chica, y el joven se decide a escribirle, sin demasiadas esperanzas de que le conteste. Y, sin embargo, la respuesta llega. Inician una correspondencia habitual, intercambian fotografías, y se cuentan todas sus cosas. El joven médico se enamora más y más cada día de esa muchacha a quien nunca ha visto.

Un par de años después, nuestro personaje vuelve a casa ya graduado. Durante ese tiempo ha estado cortejándola a distancia. El amor a ella lo ha hecho mejor médico y mejor persona: se ha esforzado por ser la clase de individuo que ella querría que fuese. Ha hecho las cosas que ella desearía que hiciera, y ha evitado las que le desagradarían. Ya es un anhelo ferviente de ella lo que hay en todo su ser, y está llegando a casa.

¿Cuánta dicha llevará su corazón al bajar del tren y tomar, al fin, a la muchacha en sus brazos? “¡Oh! -exclamará al abrazarla-, ¡si este instante no acabara nunca!” Su felicidad es la del amor logrado, del amor encontrándose en completa posesión de la persona amada. Llamamos a eso la fruición del amor. El muchacho recordará siempre este momento -momento en el que su anhelo fue colmado con el primer encuentro real- como uno de los sucesos más felices de su existencia.

Este ejemplo puede servirnos para descubrir la naturaleza de nuestra felicidad en el cielo. Es un ejemplo penosamente imperfecto, inadecuado en extremo, pero el menos malo que hemos podido ofrecer. Porque la felicidad esencial del cielo consiste exactamente en esto: en que poseeremos al Dios infinitamente perfecto y seremos poseídos por Él, en una unión tan íntima y total que ni siquiera podemos remotamente imaginar.

Dios es igual a felicidad

El objeto de nuestra posesión no será un ser humano (por bello, noble, bueno y maravilloso que sea). Será el mismo Dios con el que nos uniremos de un modo personal y definitivo; Dios, que es la Bondad, la Verdad y la Belleza infinitas; Dios, que lo es todo, y cuyo amor inconmensurable puede (como ningún amor terreno es capaz de hacer) colmar todos los deseos y anhelos del corazón humano. Poseeremos entonces una tan sublime dicha que, al decir de San Pablo “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman”, (I Cor. 2, 9). Y esta felicidad, una vez lograda, no se perderá jamás.

Que no se pueda perder no significa que se prolongue durante semanas, meses, años y siglos. El tiempo es exclusivo de nuestro mundo físico. Cuando termine nuestra vida terrena, terminará también el tiempo. La eternidad no es “un periodo muy largo”. No habrá sucesión de momentos en el cielo, no serán ciclos cronometrables en horas y minutos. No habrá sensación de monotonía, ni sentimiento de “espera”, ni anhelo de que llegue el otro día. En el cielo el “HORA” será lo único que importará. Eso es lo estupendo del premio: que nunca termina. Cada uno de nosotros estará extasiado en la posesión del mayor Amor que existe, ante el cual el más ardiente de los amores humanos, y aun la suma de todos ellos, es sólo un pálido reflejo.

Y nuestro embeleso no estará impedido por la sombra de su terminación, como ocurre con todas las dichas terrenas: en el cielo no sólo seremos felices con la máxima capacidad de nuestro corazón, sino que tendremos además la perfección final de la felicidad al saber que nada nos la podrá arrebatar. Está asegurada para siempre.

 

 

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