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P. Javier Abad Gómez
06.06.2008

En la doctrina cristiana está inscrito que Dios quiere que todos los hombres sean santos y que colaboren en la santidad de los demás. Ser cristiano no es un título de satisfacción personal: es una misión divina, en la que el Señor quiere que seamos sal de la tierra y luz del mundo. Esta misión se recibe en el Bautismo y se va consolidando en cada uno de los demás sacramentos. El cristiano se sabe injertado en Cristo, por el Bautismo; habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo; hecho una sola cosa con Cristo, por Eucaristía, sacramento de la unidad y del amor. Por eso, como Cristo, ha de vivir de cara a los demás hombres, mirando con amor a todos y a cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera 290.

Alma sacerdotal

Las palabras de Jesús por las que envía a los apóstoles a predicar por todo el mundo el Evangelio, tienen aplicación a todo cristiano, puesto que no fueron dichas para un momento histórico limitado a los primeros años del cristianismo: “Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”.

Existe una vocación universal al apostolado, por la que todos los cristianos debemos sentirnos responsables de difundir el Evangelio, de llevar con nosotros, con nuestra vida, nuestra conducta, nuestra palabra, el mensaje de la llamada universal a la santidad.

Cristo confió a los bautizados el derecho y el deber de dedicarse activamente a la alta misión de difundir la verdad presente en el Evangelio. La razón está en que, por el Bautismo, somos constituidos en sacerdotes de nuestra propia existencia, revestidos de esta alta dignidad que nos lleva a ser mediadores entre Dios y los hombres.

Un cristiano no podría ser fiel a Cristo si descuidara este deber de predicar, con su ejemplo y con su palabra, las verdades de la fe, la urgencia de la vida sacramental, la moral cristiana.

Somos parte viva de la Iglesia, la cual tiene la misión de continuar lo que vino a cumplir Jesucristo en la Tierra y de lo que todos hemos de sentirnos responsables. Este cometido se llama, precisamente, apostolado. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado291.

A cada discípulo de Cristo corresponde el deber de esparcir, en la medida en que le sea posible, la fe 292. Es algo propio de cada cristiano, sin que deba esperar a ser enviado por la jerarquía de la Iglesia, ni tenga que estar vinculado a alguna organización apostólica. Puede unirse a otros, o ser llamado a una de las muchas labores sociales y apostólicas que existen en la Iglesia: pero no es en función de este llamado que tiene un deber apostólico. Más bien es al revés: es llamado para que pueda cumplir mejor su deber proveniente del Bautismo y de la Confirmación.

Misión de los laicos: apostolado y santidad

Los laicos, gracias a los impulsos del Espíritu Santo, son cada vez más conscientes de ser Iglesia, de tener una misión específica, sublime y necesaria, puesto que ha sido querida por Dios. Y saben que esa misión depende de su misma condición de cristianos, no necesariamente de un mandato de la Jerarquía293.

Así crece la Iglesia, así cumple su misión, así puede llegar a todas partes, a todos los hombres, como es su cometido esencial: gracias a la personal responsabilidad apostólica de todos los bautizados, comprometidos en descubrir y en recorrer todos los caminos de la tierra, que se hicieron divinos con el paso de Cristo. O sea que la santidad y el apostolado no son algo accesorio en la vocación cristiana, sino precisamente su fin. Es ese el programa que propone a todos el primer punto de Camino:

“Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón (n. 1)”.

Es ésta la enseñanza de Cristo, la vía por la cual nos quiere llevar: que estemos convencidos de que el amor a Él debe desbordar en preocupación por los demás, en ansias de salvar almas, de enseñar el camino hacia el cielo a las personas que tenemos cerca. No se puede dar una vida cristiana, de unión con Dios, práctica de sacramentos, vida de piedad, mortificación..., sin que tenga consecuencias hacia el prójimo, sin el deseo de acercar almas a Dios, llevarlas a la conversión, vincularla con el compromiso de ser, a su vez, apóstoles entre sus iguales.

Eso hemos de ser cada uno en medio del mundo que nos rodea: apóstoles. Sin discursos ni frases grandilocuentes; sin ruido. La vocación de hijos de Dios exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por el mundo, por todos los senderos de la Tierra, dispuestos a llevar la semilla de Cristo, a conducir hacia Dios todas las personas que nos encontremos en nuestro caminar.

Notas
289 Cfr. Luis Alonso, La vocación apostólica del cristiano en la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer, Artículo en el libro Mons. Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, pp. 229- 292.
290 Es Cristo que pasa, n. 20.
291 Apostolicam actuositatem, n. 2.
292 Lumen Gentium, n. 17.
293 Conversaciones, n. 59.
294 Cfr.Lucas VII, 11-17.
290 Cfr. Juan XI, 35.
296 Cfr. Mateo XV, 32.
297 Marcos VI, 34.
298 Cfr. Mateo V, 13-14.
299 8. Gregorio Magno, In Evangelia homiliae, 6, 6 (PL 76, 1098).
300 Mateo XIII, 25.
301 Cfr. Mateo V, 15-16.
302 Cfr. Juan IV, 10.
303 Juan II, .
304 Hechos, IX, 6.
305 Es Cristo que pasa, nn. 145-149.
306 Camino, n. 831.

Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

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