Revista Palabra
06.06.2008

“Sin el don del Señor, sin el Día del Señor no podemos vivir: así respondieron en el año 304 algunos cristianos de Abitina, en la actual Túnez, cuando, sorprendidos en la celebración eucarística dominical, que estaba prohibida, fueron conducidos ante el juez y se les preguntó por qué habían celebrado en domingo la función religiosa cristiana, sabiendo que esto se castigaba con la muerte”. Con estas palabras comenzaba el Papa su homilía, el pasado 9 de septiembre de 2007, en la Catedral de San Esteban de Viena. Por lo demás, el ejemplo de estos mártires ha sido repetidamente utilizado por Benedicto XVI para subrayar la importancia de la Eucaristía dominical. ¿Por qué en nuestros días algunos católicos dejan de ir a Misa el domingo como si fuera algo que no va con ellos? ¿Ha dejado de ser el domingo el “Día del Señor”?

Parece ser que, cuanto más se alarga el fin de semana, hay menos tiempo para Dios. La complejidad de la vida moderna ciertamente puede dificultar santificación de las fiestas; no sólo la asistencia a la Misa de precepto sino el descanso mismo, como las demás actividades que son propias de un día santo. Cuando se pregunta a los niños que acaban de hacer la primera Comunión por las dificultades que tienen para ir a  Misa el domingo, a veces responden que sus padres no les llevan. Pero hay otra respuesta más frecuente y quizás más preocupante: “no he tenido” o “no hemos tenido tiempo”. Luego, sigue la descripción de las múltiples actividades sábado fui a un cumpleaños, el domingo por la mañana tenía partido y por la tarde tenía que hacer los deberes... esta es una posibilidad entre otras muchas. Habría que preguntarse entonces: ¿qué se enseña en las catequesis? Y, sobre todo, ¿qué hacen los padres cristianos para que domingo sea lo que debe ser?

Falta tiempo para Dios. Es significativo el diálogo que guió a la catequesis de primera Comunión que Benedicto XVI impartió a más de cien mil niños el 15 de octubre 2005, con motivo del Año de la Eucaristía. Una niña le dijo: —Santidad, todos nos dicen que es importante ir a Misa el domingo. Nosotros iríamos con mucho gusto, pero, a menudo, nuestros padres no nos acompañan porque el domingo duermen... Nosotros vamos con frecuencia fuera de la ciudad a visitar a los abuelos. ¿Puedes decirles una palabra para que entiendan que es importante que vayamos juntos a Misa los domingos?

El Papa respondió: Creo que sí, naturalmente con gran amor, con gran respeto por los padres que, ciertamente, tiene  muchas cosas que hacer. Sin embargo, con el respeto y amor de una hija, se puede decir: querida mamá, querido papá, sería muy importante para todos nosotros, también para ti, encontrarnos con Jesús. Esto nos enriquece, trae un elemento importante a nuestra vida. Juntos podemos encontrar un poco de tiempo, podemos encontrar una posibilidad. Quizá también donde vive la abuela se pueda encontrar esta posibilidad. En una palabra, con gran amor respeto, a los padres les diría: Comprended que esto es sólo importante para mí, que no lo dicen sólo los catequistas; es importante para todos nosotros; y será a luz del domingo para toda nuestra familia.

Recuperar la importancia del domingo

Parece que han cambiado mucho las cosas desde los tiempos en que los cristianos estaban dispuestos a jugarse la vida para asistir a la Eucaristía, a los nuestros en que ponemos tantas otras cosas por delante.  Y, sin embargo, sigue siendo igual de necesaria que entonces.  Tampoco nosotros podemos vivir sin ella.  Por eso, Juan Pablo II dedicó una  extensa Carta Apostólica titulada Dies Domini a recuperar la importancia de la santificación del domingo.  Ahí escribe, a la vista de las nuevas situaciones socioeconómicas y culturales: Parece necesario más que nunca recuperar las motivaciones doctrinales profundas que son la base del precepto eclesial, para que todos los fieles vean muy claro el valor irrenunciable del domingo en la vida cristiana (n. 6).  Porque advierte cuando el domingo pierde el significado originario y se reduce a un puro “fin de semana, puede suceder que el hombre quede encerrado en un horizonte tan restringido que no le permite ya ver el cielo (.4)

Precepto de ley: El domingo es la fiesta cristiana por excelencia.  Desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días, los cristianos dedicado este día a Dios, especialmente  con la participación en la Santa Misa.  Al asistir a la celebración eucarística cumplimos el precepto natural de dar culto a Dios, que tiene todo hombre, sea o no cristiano.  Para los que creen en la divina revelación, este precepto natural está explicitado en el tercer mandamiento Decálogo: Guardarás el día del sábado para santificarlo (Deuteronomio 5, 12).

La Obligatoriedad del mandamiento  TIENE SU ORIGEN EN EL MISMO Dios: El precepto del sábado, que e la primera Alianza prepara el domingo de la nueva y eterna Alianza, se basa en la profundidad del designio de Dios.  Precisamente por esto el sábado no se coloca junto a los ordenamientos meramente culturales, como sucede con tantos otros preceptos, sino dentro del Decálogo, las “diez palabras” que delimitan los fundamentos de la vida moral inscrita en el corazón de cada hombre (Dies Domini, 13).  No es, pues, la Iglesia quien impone la obligación de dar culto a Dios.  Lo único que hace es concretar para todos los católicos cómo y cuando realizarlo.  El precepto de la Misa dominical se basa en serias y profundas razones, algunas de las cuales se exponen seguidamente.

Un poco de historia

Desde los orígenes de la Iglesia, es de suponer que siempre existió un cierto número de cristianos que no participaban en la eucaristía dominical por pura indolencia. Este número aumentó considerablemente cuando, tras la paz de Constantino, se convirtieron al cristianismo masas enteras sin la necesaria preparación y sin una fe probada. En el siglo IV algunos Padres se lamentan de la tibieza de muchos cristianos que faltaban a la Misa dominical por cualquier motivo; y alertaban en su predicación del grave peligro de condenación al que se exponían los que faltaban habitualmente a la Eucaristía.

Poco a poco se fue afianzando la idea de la obligación moral de participar en la celebración eucarística. Ya el concilio de Elvira (hacia el año 300) prohíbe la Comunión durante algún tiempo a quienes falten a Misa tres domingos seguidos. San Máximo de Turín (+423) es el primer obispo de occidente que considera ofensa a Dios faltar a la Misa dominical; y San Cesáreo de Arlés (+542) la juzga como pecado grave. El concilio de Agde promulgó en el año 506 la primera ley eclesiástica sobre la obligación grave de asistir el domingo a la Eucaristía. Este concilio, junto con el de Orleans (año 511) y los Statuta Ecclesiae Antiqua, serían la base de la legislación posterior, a través de su inclusión en diversas colecciones canónicas y en el Decreto de Graciano.

¿Por qué la misa?  A veces se oye decir a algunos católicos que la Misa no les dice nada. Estarían dispuestos a cambiar la asistencia a la Eucaristía dominical por otro acto piadoso que “sintiesen” más, o por alguna obra de caridad. ¿Por qué hemos de dar culto a Dios asistiendo a la Santa Misa? Cabe apuntar, de modo esquemático, algunas razones:

— En la Santa Misa se vuelve a hacer presente el Sacrificio de Jesucristo en el Calvario, en el que ofrece su vida por nosotros. Por tanto, supera con creces cualquier obra buena que nosotros podamos hacer, aun en el caso de que pongamos en ella mucho sentimiento o represente mucho para nosotros. Una sola Misa vale mucho más que todas las oraciones y sacrificios juntos de todos los santos a lo largo de toda la historia. La razón es que se trata de una acción divina.

— El Concilio Vaticano II enseña que la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana Lumen gentium, 11); y que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia (Presbyterorum ordinis, 5). También Juan Pablo II comenzaba su última encíclica con estas significativas palabras: La Iglesia vive de la Eucaristía. Es decir, la Eucaristía “construye” la Iglesia; y ésta depende totalmente de la fuerza que recibe de la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

— Cuando Jesucristo instituyó la Eucaristía en la Ultima Cena, les dijo a los Apóstoles: Haced esto en memoria mía (Lucas 22, 19). Cada vez que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía, anuncia la muerte y la resurrección del Señor.

El domingo, día de crecimiento humano y espiritual

Grande es ciertamente la riqueza espiritual y pastoral del domingo, tal como la tradición nos lo ha transmitido. El domingo (…) es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien. Se comprende, pues, por qué la observancia del día del Señor signifique tanto para la Iglesia y sea una verdadera y precisa obligación dentro de la disciplina eclesial. Sin embargo, esta observancia, antes que un precepto, debe sentirse como una exigencia inscrita profundamente en la existencia cristiana.

Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical. Si en la Eucaristía se realiza la plenitud de culto que los hombres deben a Dios y que no se puede comparar con ninguna otra experiencia religiosa, esto se manifiesta con eficacia particular precisamente en la reunión dominical de toda la comunidad, obediente a ‘la voz del Resucitado, que la convoca para darle la luz de su Palabra y  alimento de su Cuerpo como fuente sacramental perenne de redención. La gracia que mana de esta fuente renueva a los hombres, la vida y la historia (JUAN PABLO II: Dies Domini, n. 81).

En la palabra dominicum/dominico se encuentran entrelazados indisolublemente dos significados, cuya unidad debemos aprender de nuevo a percibir. Está ante todo el don del Señor. Este don es El mismo, el Resucitado, cuyo contacto y cercanía los cristianos necesitan para ser de verdad cristianos. Sin embargo,  no se trata sólo de un contacto espiritual, interno, subjetivo: el encuentro con el Señor se inscribe en el tiempo a través de un día preciso. Y de esta manera se inscribe en nuestra existencia concreta, corpórea y comunitaria, que es temporalidad. Da un centro, un orden interior a nuestro tiempo y, por tanto, a nuestra vida en su conjunto. Para aquellos cristianos [los mártires de Abitina] la celebración eucarística dominical no era un precepto, sino una necesidad interior. Sin Aquel que sostiene nuestra vida, la vida misma queda vacía. Abandonar o traicionar este centro quitaría a la vida misma su fundamento, su dignidad interior y su belleza.  (…)

Sin el Señor y el día que le pertenece no se realiza una vida plena. En nuestras sociedades occidentales el domingo se ha transformado en un fin de semana, en tiempo libre. Ciertamente, el tiempo libre, especialmente con la prisa del mundo moderno, es algo bello y necesario, como lo sabemos todos. Pero si el tiempo libre no tiene un centro interior, del que provenga una orientación para el conjunto, acaba por ser tiempo vacío que no nos fortalece ni nos recrea. El tiempo libre necesita un centro: el encuentro con Aquel que es nuestro origen y nuestra meta. Migran predecesor en la sede episcopal de Munich y Freising, el cardenal Faulhaber, lo expresó en cierta ocasión de la siguiente manera: “Da al alma su domingo, da al domingo su alma” (BENEDICTO XVI: Homilía, 9-IX-2007).

Según relato del Génesis

¿Por qué el domingo? Su precedente es la celebración del sábado manda santificar el sábado que, según el relato del Génesis, es el  día en que Yahvé descansó del trabajo creador. Por eso el tercer precepto del Decálogo obliga también al descanso.  Pero  el descanso —que es necesario— está en función de la santificación, como queda de manifiesto en el texto sagrado: Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabarás  y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahvé, tu Dios (Éxodo 20,8-10). Quedarse sólo  en el descanso-diversión olvidando el descanso-culto es quitar algo que Dios ha puesto en nuestra propia naturaleza.

El paso del sábado al domingo es resumido en la Dies Domini de este modo: Los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor [...]. Del “sábado” se pasa al “primer día después del sábado”; del séptimo día al primer día (n. 18).

Es claro que el origen y significado del domingo tiene en su trasfondo los acontecimientos pascuales, especialmente la gloriosa Resurrección de Cristo, las apariciones a sus discípulos y el envío del Espíritu Santo. Todo esto, que constituye la Pascua cristiana en plenitud, marcó de tal forma el domingo, que desde sus orígenes no es otra cosa que la celebración semanal del Misterio Pascual.

La vida humana sigue un ritmo de trabajo y descanso. La institución del domingo contribuye a que todos puedan disfrutar del tiempo que permite cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa. Por eso la Iglesia manda abstenerse de los trabajos que impidan estas prácticas, salvo en casos de verdadera necesidad.

Santificar los domingos y demás días de fiesta exige un esfuerzo común. Por eso, cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otros lo que impediría vivir el día del Señor. Por su parte, las autoridades públicas deben asegurar a los ciudadanos el tiempo que les permita descansar y dar el culto debido a Dios; lo mismo los patronos respecto a sus empleados.

En este sentido habría que preguntarse, por ejemplo, sobre la moralidad de la apertura de centros comerciales en días festivos; y lo mismo sobre la utilización de esos servicios cuando no sea realmente necesario. Es claro que este sistema dificulta a los empleados vivir el domingo como tal. Evidentemente, las costumbres cambian y las situaciones personales son muy diversas. De todos modos parece claro que ceder sin más a la presión del mercado no favorece el sentido pleno del domingo.

De cualquier modo, parece necesario que los creyentes nos replanteemos el modo en que estamos viviendo el día del Señor, si es preciso yendo contracorriente; esto, de manera especial, si la programación del fin de semana dificulta o impide cumplir con las obligaciones de culto a Dios y del necesario descanso.

Por su parte, los pastores deberían considerar el modo de facilitar a los fieles el cumplimiento del precepto dominical. En primer lugar, revisando los horarios de las Misas, en coordinación con las iglesias y parroquias del entorno, para aumentar la oferta. También sería interesante pensar qué se puede mejorar en la celebración eucarística, de modo que sea más atractiva. Evidentemente no se trata de convertir la Misa en un festival, pero sí en una celebración festiva que, dejando a salvo el misterio, ayude a poner a Cristo en el centro de la vida del cristiano.

La asistencia a Misa es obligación grave

La asistencia a la Misa dominical es mucho más que una obligación. Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿Por qué entonces constituye una obligación grave? El precepto dominical de asistir a Misa no ha existido siempre de modo formal. Eh los inicios del cristianismo no hacía falta una norma que obligara bajo pecado, ya que la mayoría de los cristianos acudían, conscientes de su importancia. Pero con el paso del tiempo el fervor se fue enfriando, quizá por rutina, dejadez, etc.

Por eso, para ayudarnos a superar nuestra posible negligencia, el primer mandamiento de la Iglesia se refiere a la santificación de las fiestas. Lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: El primer mandamiento (“oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles “) exige a los fieles que santifiquen el día en el cual se conmemora la Resurrección del Señor y las fiestas litúrgicas principales en honor de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos, en primer lugar participando en la celebración eucarística, y descasando de aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa santificación de estos días (n. 2042).Y precisa: La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su propio pastor. Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave (n. 2181).

Como el precepto obliga antes de la mayoría de edad (desde que los niños alcanzan el uso de razón, lo que el Derecho Canónico supone ocurre al cumplir los siete años, aunque no se haya hecho la primera Comunión), los padres o tutores tienen la responsabilidad grave de facilitar su cumplimiento a los hijos que no puedan asistir por su cuenta.

La obligación no cesa a partir de determinada edad, sino cuando la ancianidad constituye una seria dificultad, análoga a la enfermedad. En estos casos, no es obligatorio —aunque sí recomendable— unirse a la celebración de una Misa transmitida por televisión o radio.

De la Revista Palabra. Tomás García Hernández, Febrero 2008, No. 531

 

 

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