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Christa Meves - Catholic.net
06.06.2010
 

Tras 90 años de discusión en que las chicas se sentían perjudicadas, se han impuesto y desarrollado programas especiales de promoción para ellas. Pero la “feminización” de la escuela ha llevado a que los muchachos queden relegados a segundo plano en todos los campos de la educación. El movimiento de la emancipación femenina ha asumido unilateralmente la promoción de las chicas dejando atrás a los chicos

 

¿Por qué se ha impuesto la igualdad a martillazos? ¿Hasta dónde se obstinarán los ideólogos? ¿Por qué razón no se permite al menos una alternativa a la coeducación? Esto es algo vergonzoso para la comprensión del pluralismo estatal.

Desde hace 35 años, las mujeres en Alemania somos el sexo perjudicado. Las chicas han aprendido desde su más tierna infancia que si no cuidan escrupulosamente de su interés acabarán siendo presa de la arbitrariedad de los varones.

 

Esta invitación a un nuevo conflicto entre sexos parece extraña por cuanto podía considerarse sobradamente lograda la emancipación femenina ya a mitad del siglo pasado. Desde su comienzo, las chicas de las “medias azules” habían conquistado el derecho a los mismos títulos en plano de igualdad con los chicos en la escuela, en la universidad y en casi todos los niveles de la educación, en una batalla hábilmente llevada por mujeres inteligentes en pro de su independencia. ¿Por qué, entonces, esa nueva eclosión, desde 1968, de un feminismo militante? –Nosotras no queremos la cuota femenina, explicaba Alice Schwarzer; lo que queremos es el poder sobre los hombres.

 

1. ¿Qué significa realmente “discriminado”?

Con el lema “estar discriminado”, es fácil engañar a la gente haciéndole pensar que no recibe lo que realmente le corresponde. ¿Quién de nosotros no se ha sentido perjudicado en algún aspecto? Incluso yo misma, por el hecho de tener que vivir en el norte de Alemania, donde llueve mucho, podría sentirme discriminada.

La pretensión de justicia y de superar la desventaja constituye uno de los motivos más fuertes y resolutivos de la humanidad. La marginación se vive como una estigma, a veces justo pero a veces también injusto e inadecuado desde un punto de vista objetivo. Si estos pensamientos atizan la envidia y sobre ellos se levanta el odio o incluso la sed de venganza cruel, esto puede llevarnos a conflictos fanáticos. No hay palabra que exprese mejor el descontento y la inquietud de un sector o grupo social de cualquier tipo que la palabra “discriminación”.

Así, las mujeres se han dedicado durante décadas a luchar contra su situación de marginación. Pero hoy se plantea la cuestión de si la balanza de la equidad no se habrá desequilibrado hacia la parte opuesta. Hay quien plantea si en nuestros días puede considerarse ya a los varones como el sexo discriminado e incluso, yendo más allá, si puede hablarse de un conflicto de sexos por el poder a favor de uno de ellos sobre el otro. ¿Es progresista que las mujeres prefieran tal cantidad de estilos masculinizados, de modo que dejen en la estacada a la familia, y con ello el futuro en su totalidad? El 40% de las mujeres de 40 años con formación universitaria no tienen hijos.

Esto significa que nuestra élite educativa está destinada a desaparecer, y no solamente ella. ¿Debe continuar esta lucha por el poder hasta la aniquilación de la élite en el occidente cristiano? ¿Acaso no están llamados el hombre y la mujer a complementarse? ¿Es que esa comunidad constructiva no es la que produce los mejores resultados en una inteligente división del trabajo? Desde hace 30 años se han inficionado las humanidades con la ideología del igualitarismo, que a través de postulados acríticamente asumidos ha promovido que lo característico en la cuestión del género se consiga únicamente por medio de un tratamiento desigual, así como que la educación pueda desarrollarse en un único marco de igualdad de sexos, a ser posible cuanto antes.

Estamos ante una teoría bien intencionada, pero que desatiende la realidad cegada por un tardío neomarxismo. Desde luego, esta teoría se contradice con hechos científicamente contrastados.

 

2. El desarrollo ontogenético del varón

No es novedad que “la pequeña diferencia” comienza con los cromosomas Y. Al principio normalmente se da una ventaja evidente del sexo masculino. Los espermatozoides con el cromosoma Y se mueven más rápidamente que los que tienen cromosomas X, de modo que se produce una fecundación con una frecuencia doble en la primera combinación en la que el hombre se realiza genéticamente y, por tanto, comienzan a desarrollarse los órganos sexuales masculinos en el tercer mes de embarazo.

Sin embargo, ya tiene lugar aquí una primera compensación: durante el embarazo mueren muchos más fetos masculinos. En general, esto tiene como consecuencia que vienen al mundo sólo algunas menos chicas que chicos. De entrada, como promedio, hay una relación de 106/100 a favor de los chicos. No obstante, al final esa pequeña diferencia se volatiliza, curiosamente, por las cuotas de mortalidad, más altas en lactantes masculinos. La ventaja cuantitativa del comienzo se iguala por una menor robustez del niño varón. Tampoco esto cambia al final de la vida.

La muerte por accidentes, por guerras, por infarto en la edad más floreciente en el varón, presentan a éste como el sexo más débil, en contraste con la mayor longevidad de las mujeres en cuanto a posibilidades de supervivencia. Así, la esperanza de vida total viene a ser para el varón de diez años menos que la mujer.

 

3. Diferencias en los primeros años de vida

Por muchos detalles parece claro que en nuestra sociedad se impone ya en la lactancia la vieja preferencia por los niños varones. Si el primer hijo es varón, las madres inconscientemente ponen en él un interés y cariño específico, particularidad que también resulta oportuna por la mayor debilidad del hijo varón. Este cuidado especial no raramente produce una relación intensa de la madre con su hijo primogénito, que a menudo se mantiene a lo largo de la vida. La rabia feminista incluso aquí encuentra una justificación decisiva respecto a la preferencia por los varones. Pero ¿qué ocurre después, cuando, como es habitual, se echa a todos los niños en el mismo guiso ya desde su más tierna infancia?

 

El acostumbrado “júbilo” por el hijo primogénito no se prolonga en modo alguno como una preferencia fundamental respecto al pequeño hijo varón. En sus años posteriores, el saludable muchacho en desarrollo precisamente exige de sus educadores una atención creciente. El muchachito cada vez más inquieto, con una curiosidad apenas refrenada y sin capacidad de controlar inteligentemente su impulso por indagar el medio ambiente, a menudo necesita de una vigilancia creciente por parte de sus cuidadores. Justamente la fatigosa educación de los chicos favorece una progresiva preferencia por las chicas.

 

En los jardines de infancia las cuidadoras manifiestan de manera más o menos consciente una predilección por las niñas, que suelen jugar en general con más cordura, hacen menos ruido y son más dóciles cuando los chicos entran en primaria en competencia con chicas de su misma edad o mayores, entonces desaparece la precedencia del niño varón. Esto no es porque sean más ruidosos, sino porque su desarrollo exige un ritmo más pausado en general que el de las chicas: los chicos normalmente empiezan a hablar más tarde, y también tardan más en asearse en la mayoría de los casos que sus colegas femeninas. El empeño con el que los chicos tratan de liberarse instintivamente de la tutela femenina, a menudo se despliega de manera machacona e impetuosa, pudiendo incluso extenderse la edad de la obstinación hasta la etapa de la escuela secundaria en los chicos.

 

4. Luchar y construir

Ya desde el segundo año de edad se desarrollan en el niño varón unas preferencias específicas para el juego: construir, inventar, combinar, luchar. Los juegos con autos y con otros elementos móviles dominan la escena. El tosco motorcito se va completando. El hecho de que además el muchachito se incline ya por manifestarse con mucha más energía e imponer su voluntad con la fuerza muscular, y que no raramente busque afirmarse con toda frescura en sus correrías con los juguetes, tiende a provocar en su medio ambiente choques mucho más frecuentes que los que producen las chicas. De este modo, los chicos están más expuestos a la censura.

 

También se les achaca con bastante frecuencia que su agresividad en cierto modo revela un oculto complejo de inferioridad. Los chicos psíquicamente sanos, en todo caso no se dejan arrinconar. Desarrollan estrategias para imponerse a los chicos de su misma edad en la competición por los primeros puestos, que cada vez tendrán más importancia para ellos en la medida en que aumenta la edad. Muchos chiquillos intentan fortalecer su prestigio por medio del activismo y del comportamiento llamativo. Esto les sirve para aumentar su autoestima, que ya de por sí es débil en su caso.

Los chicos adquieren ya en esa edad la experiencia de que tiene poco éxito competir con las chicas a base de maneras groseras. Rápidamente los adultos irán a protegerlas, lo cual abre el camino a un distanciamiento de aquéllos, que cada vez más comenzará a impregnar su relación. Desde los cinco o seis años de edad, entre ellos comienza a desarrollarse un fuerte vínculo de exclusividad respecto a los compañeros de juego de su misma edad y sexo. Correr, hacer el pillo o el salvaje sólo es posible con ellos y, por consiguiente, se fortalece su relación.

 

Asimismo, constituye para los chicos un inconveniente grande y creciente el que la mayor parte del tiempo están rodeados casi exclusivamente de personas del sexo femenino. Frente a ellas se fortalece cada vez más el sentido de la autodefensa. Esto parece que les lleva a blindar gradualmente sus sentimientos frente al agravio. Lo cual va imprimiendo una cualidad típicamente masculina, de la que las compañeras se quejan mayoritariamente en la edad adulta: que los hombres ocultan lo que les preocupa; reprimen y desmienten lo que en la borrasca de la vida pudiera perturbarles.

 

5. El papel esencial del padre

La identificación del chico con el padre, o con alguna otra persona masculina de referencia que se ocupa de su “ser-así” (So-sein), es de la mayor importancia para el desarrollo de la estabilidad psicológica interior del muchacho. Ciertamente, el pequeño siente al padre como un poderoso competidor respecto a lo que se ha llamado amor pre-erótico por la madre, pero sin embargo necesita del padre de manera apremiante para poder confirmarse en una figura con la que pueda identificarse de modo que se sienta seguro y no caer en alguno de estos extremos: o bien desarrollar un simple valentón, o –en el caso de caer en manos de una madre dominante- sucumbir en una especie de afeminamiento infantil.

 

Por eso constituye una ventaja evidente para los hijos en nuestra sociedad poder contar con padres que sepan mantener unida la familia y ocuparse de sus hijos según el estilo masculino. Por el contrario, el hecho de que muchos chicos jovencitos no hayan tenido la suerte de sentirse suficientemente amparados en nuestra sociedad, supone una disminución general de su estabilidad emocional. Las frecuentes ausencias de los padres, su abandono del hogar por el divorcio, que sean educados sólo por mujeres, ha tenido como consecuencia en muchos chicos la pérdida de estímulo en el desarrollo de la maduración masculina.

Teóricamente en la edad escolar primaria después de su divorcio y abandono del hogar, el padre podría ser sustituido, bien por el abuelo, o bien por un nuevo compañero de la madre. Pero desgraciadamente la vida demuestra con demasiada frecuencia que los chicos pequeños mantienen con mayor o menor reserva su oposición al “amante” de su madre, lo que dificulta su identificación con el “padre sustituto”. En contraste con las chicas, pocos chicos exteriorizan sus conflictos. Para sobrevivir psíquicamente, reprimen con dureza su malestar y, en consecuencia, disminuye gradualmente la sinceridad de sus sentimientos.

 

6. Los primeros años escolares

La sensación de verse postergados que experimentan los pequeños en su edad infantil, en gran medida se incrementa durante su edad escolar. La época entre los 6 y los 12 años significa, desde el punto de vista del desarrollo psicológico, la maduración de los chicos, el desarrollo continuo de la musculatura en los juegos deportivos y el ejercicio del “dominio activo del mundo”. Explorar, construir, cazar, jugar al fútbol, escalar, nadar... Todo ello corresponde a sus intereses. En lugar de eso, son obligados a sentarse muchas horas al día, bien en el colegio, bien en casa, para las tareas escolares. Pasar de ahí al televisor, al ordenador o a los videojuegos es algo completamente habitual entre los chicos de la gran ciudad. No es extraño que con el tiempo se conviertan en alborotadores. Una generación incomprendida de adultos ha concebido una explicación para esa forma de reacción natural de los muchachos, consistente en apurar sus energías por esa necesidad dinámica de expresar sus frustraciones: el síndrome ADS, que eclosiona sobre todo entre los chicos (hasta el 90%), y que marca definitivamente la diferencia entre los sexos. Nadie parece haberse percatado de que esta necesidad de movimiento en los chicos, excesivamente limitada en el espacio y en el tiempo, y que ese “vacío” en la carrera de sus actividades les provoca una inquietud que se traduce en agitación. En todo caso parece una solución bastante dudosa aplicar medicamentos para estabilizar o apaciguar, si se da esa circunstancia. Hay una cosa cierta.

 

A los chicos les resulta mucho más difícil que a las chicas concentrarse en las materias escolares, y resolver con docilidad y esfuerzo las tareas que les mandan en el colegio para hacer en casa. Por eso apenas lo consiguen si no es cuando un adulto está permanentemente encima. La mayoría de las veces es la madre u otra persona femenina relacionada con el niño, que no sin una continua comprensión consigue enseñarle a leer y a escribir con buena ortografía, de manera competente, lo cual le cuesta mucho; en general, las chicas aprenden como en otro tiempo también sus madres- con más facilidad. También en este campo tienen que soportar los chicos muchas más reprimendas, censuras y expresiones de mal humor durante su aprendizaje, incluso palabras de duda acerca de su capacidad intelectual. Tales influencias en modo alguno constituyen estímulos a su motivación. Las chicas prestan más fácilmente atención y, por ejemplo, les resulta más natural aplicarse con interés a los deberes escolares en casa. Por cariño a un profesor o profesora, hacen sus deberes con más empeño. A esa edad los chicos están muy lejos de esto.

 

7. Superioridad de las chicas

Sin embargo, hay otros inconvenientes evidentes para los chicos en nuestras escuelas coeducativos que cada vez les dejan más en retaguardia respecto a las chicas. Una investigación sobre el cerebro ha corroborado una antigua observación: que la fluidez en el lenguaje es esencialmente mucho menor en los niños pequeños y en los hombres que en las mujeres. La parte del cerebro que coordina la función lingüística, la región Wernicke, es un 30% más pequeña en los hombres que en las mujeres. ¿Qué podemos esperar, entonces, sino que las chicas sean superiores en la enseñanza oral? Y no solamente eso: también en conseguir una buena ortografía las chicas progresan mucho más deprisa gracias a su ventaja cerebral en las destrezas lingüísticas orales que los chicos, aproximadamente uno o dos niveles.

 

Es cierto que los muchachos consiguen compensar esa ventaja femenina en las matemáticas, en las materias técnicas y en el deporte. No obstante, la ventaja escolar de las chicas a partir de la enseñanza primaria es aquí evidente: aun en la adolescencia los hombres muestran generalmente un vocabulario más restringido, hablan con menos fluidez y cometen más faltas gramaticales. Porcentualmente aprenden con mayor dificultad una lengua extranjera; de ahí que las profesiones de intérprete o de traductor estén mayoritariamente ocupadas por mujeres. Y el hecho de que la mayoría de los filólogos especializados en lenguas modernas sean mujeres hace que los modestos varones tengan, de generación en generación, a mujeres como profesores. Por tanto, y especialmente para los huérfanos de padre, supone una suerte ser enseñados en la primaria por un profesor al que pueden aceptar como modelo.

 

El trato igualitario a chicos y chicas en edad escolar se muestra, considerándolo en sentido estricto, como un perjuicio social discriminatorio para los chicos en cuanto a su productividad. Pues la curva de su ritmo de desarrollo discurre más lentamente, toda vez que nuestro sistema escolar en los primeros ocho años no corresponde a las preferencias e intereses de los chicos, y muchos de ellos quedan retrasados respecto a las chicas, sufren desaliento, pierden la motivación y son obligados a repetir curso en mayor medida que sus compañeras de clase.

 

8. Energías masculinas

El perjuicio escolar de los chicos todavía tendría otras repercusiones drásticamente negativas en el aspecto social si no se dieran algunas aptitudes específicas en el varón a las que las chicas apenas pueden llegar en las escuelas mixtas. Según un estudio de la Universidad Hopkins realizado en 1980, en Baltimore recibieron en matemáticas más altas calificaciones los chicos que las chicas ya antes de la pubertad. Después, sin embargo, apenas quedan chicas por debajo.

La aptitud para la reflexión lógico-abstracta que muestran los varones en las ciencias naturales, lo que favorece la inteligencia técnica, parece aumentar bajo el influjo de la hormona sexual masculina que se desata en la pubertad. Y eso no se refiere solamente a las cualidades matemáticas. Las diferencias de mentalidad que configuran los estilos masculinos han sido comprobadas por la investigación neurológica en las últimas décadas a través de múltiples estudios.

 

Fue precisamente Sandra Witelson quien descubrió que la localización de la parte más representativa de lo varonil se halla en el cerebro. El neurólogo holandés Dick Swaab demostró que un núcleo situado en el hipotálamo no solamente es dos veces mayor que en la mujer, sino que además contiene el doble de células. Sin embargo, que en este núcleo localizado se encuentren las diferencias entre las distintas aptitudes que se van prefigurando tan acusadamente en la pubertad es algo que todavía no se ha aclarado de manera satisfactoria.

 

9. Desarrollo diferenciado en la pubertad

La pubertad, entre los 13 y 14 años, todavía no consigue reducir la desventaja de los chicos. Ahora bien, se trata de eliminar la tutela dominante femenina a la que estuvieron sometidos en su infancia, sin tener clara conciencia de lo que les sucede. La escuela les enerva. Los padres son “elementos prescindibles”. La necesidad de adherirse a un grupo de pares de la misma edad adquiere mayor importancia precisamente por la definición de un marco más bien determinado por las preferencias individuales y por los propios intereses. Aquí la cuestión no es “hacia dónde”, sino más bien “lejos de los viejos” (especialmente de las viejas), y esto a menudo de forma muy poco imaginativa.

 

En esta edad se buscan símbolos del status masculino. El consumo de cigarrillos, alcohol, hachís, éxtasis, sirve como señal de independencia, de transgresión varonil. Las motos, el surfing, la adhesión a los hooligans, e incluso a bandas y grupos radicales de matones, así como las pruebas de valor y la búsqueda de raras aventuras sirven para autoafirmarse con un sentimiento de fuerza y superioridad.

Naturalmente, de esa manera se termina por provocar al entorno, y especialmente a los padres, llevándoles a temer por la vida de los hijos y por la propia reputación familiar. Hacer llorar a la madre se convierte en un placer, así como darle al padre con la puerta en las narices sin que importe desobedecer sus órdenes. Dado que los hijos de nuestra sociedad en la pubertad apenas han tenido alguna vez la sensación de tener que depender materialmente, a causa de que tienen cubiertas las espaldas, y dado que tampoco han disfrutado de una educación orientada a la disciplina, se les presenta la necesidad de separarse de los lazos de la infancia en el momento en que tiene lugar el desarrollo hormonal y la necesidad de una autoafirmación que a menudo se produce en los muchachos púberes.

 

10. La adolescencia

En todo caso lo llamativo es que aquellos jóvenes que han superado su pubertad sin demasiados problemas, en correspondencia con su apertura al mundo excitada por las hormonas, desarrollan una capacidad escolar que mejora entre los 16 y 17 años. La distancia entre las chicas aplicadas y los chicos, hasta entonces sólo mediocremente interesados en las tareas escolares, se reduce a esa edad. Por el contrario, se va debilitando la motivación escolar en las chicas, que ahora comienzan a buscar al varón y progresivamente crece en ellas el deseo de seducción exterior, mientras que el hombre joven descubre por primera vez el sentido de la educación principalmente como posibilidad de promoción social, de reconocimiento y de poder.

 

Su capacidad para el razonamiento práctico, que va consolidándose, así como su aptitud en las ciencias naturales y las técnicas, le hace despertar y tender hacia objetivos más ambiciosos. El joven psíquicamente sano se halla preparado en la adolescencia para dar el salto en la construcción y la configuración de su vida. De ahí que la motivación para su preparación profesional sea como el agua que está bajo la quilla del barco que lleva su vida, si dicha formación también corresponde, en cierto modo, a los talentos y capacidades del joven. Esa motivación corresponde a su mentalidad impulsiva, orientada hacia un objetivo.

Esto actúa de manera especialmente provechosa en todos aquellos niveles de formación en los que la máxima “aprender haciendo” se sitúa en primer plano. Igualmente la Universidad, en cuanto a la cualificación intelectual, se corresponde al modo de ser masculino. Realismo, certeza científica y razonamiento lógico-abstracto se demandan en las aulas universitarias.

 

11. Hacer justicia a ambos sexos

No es necesaria ninguna estadística para reconocer lo que hay de problemático o destructivo en la realidad educativa actual. Es cierto que la mujer está en condiciones de afirmar su valía a la altura de varones de su misma edad. El objetivo del feminismo militante es, como se ha dicho, no simplemente conseguir las “cuotas femeninas”, sino el poder sobre el varón. Ahora mismo hay más prospectivas respecto a este plan. Caso de que se instalaran suficientes bancos de esperma, y con mayor razón después de que la clonación humana es ya posible, el hombre ya no sería necesario ni siquiera para la procreación. Surgen visiones que tienden a eliminarlo por completo.

 

Si sólo pudieran venir niñas al mundo (preferentemente en probeta), éstas serían educadas por nodrizas, ayas, profesoras, y ocasionalmente quizás también aún por madres y abuelas a la vez, y así estaría asegurada la absoluta paz mundial. Así se cree, con una ignorancia verdaderamente atrevida, en la posibilidad de superar el potencial agresivo de la mujer, especialmente de las mujeres maduras.

¿Pero realmente puede la mujer prescindir del enérgico inventor, de los hombres que construyen torres y ciudades, del maestro de la técnica, del defensor de la vida (no sólo en las guerras, sino también en las catástrofes naturales y familiares)? ¿Puede realmente hacer esto la mujer con el protector de sus hijos y –lo último, más no lo menor- con el querido compañero? Quien esté en contra de esta visión de prescindir del hombre, debe actuar conjuntamente con aquellas mujeres que mantienen la convicción de que siempre hay que obrar de acuerdo con la realidad y el orden de la creación, y tratar de que el hombre, especialmente los chicos jóvenes, sean mejor comprendidos durante su desarrollo y se les haga más justicia.

 

Y esto quiere decir: no depositar en ellos expectativas que no puedan cumplir, ya que ellos son diferentes de las mujeres. La difusión de nuevos resultados de investigación debería constituir una llamada de atención para nosotras, las mujeres, para tratar de ser más justas con las aptitudes de los chicos, sus peculiares características y sus tareas vitales específicas, especialmente a través de formas más adecuadas de escuela. Esto quiere decir: estructurar la vida de acuerdo con aptitudes rectas, orientarla de forma creativa y con control ético.

 

Traducción del alemán: José María Barrio Maestre y Ricardo Barrio Moreno

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