Encuentra.com
18.04.2011

 

 

 

Ha terminado la cuaresma, el tiempo de conversión interior y de penitencia, ha llegado el momento de conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Después de la entrada triunfal en Jerusalén, ahora debemos asistir a la institución de la Eucaristía, orar junto al Señor en el Huerto de los Olivos y acompañarle por el doloroso camino que termina en la Cruz.

 

Durante la Semana Santa, las narraciones de la pasión renuevan los acontecimientos de aquellos días; los hechos dolorosos podrían mover nuestros sentimientos y hacernos olvidar que lo más importante es buscar aumentar nuestra fe y devoción en el Hijo de Dios.

 

La Liturgia dedica especial atención a esta semana, a la que también se le ha denominado “Semana Mayor” o “Semana Grande”, por la importancia que tiene para los cristianos el celebrar el misterio de la Redención de Cristo, quien por su infinita misericordia y amor al hombre, decide libremente tomar nuestro lugar y recibir el castigo merecido por nuestros pecados.

 

Para esta celebración, la Iglesia invita a todos los fieles al recogimiento interior, haciendo un alto en las labores cotidianas para contemplar detenidamente el misterio pascual, no con una actitud pasiva, sino con el corazón dispuesto a volver a Dios, con el ánimo de lograr un verdadero dolor de nuestros pecados y un sincero propósito de enmienda para corresponder a todas las gracias obtenidas por Jesucristo.

 

Para los cristianos la Semana Santa no es el recuerdo de un hecho histórico cualquiera, es la contemplación del amor de Dios que permite el sacrificio de su Hijo, el dolor de ver a Jesús crucificado, la esperanza de ver a Cristo que vuelve a la vida y el júbilo de su Resurrección.

 

En los inicios de la cristiandad ya se acostumbraba la visita de los santos lugares. Ante la imposibilidad que tiene la mayoría de los fieles para hacer esta peregrinación, cobra mayor importancia la participación en la liturgia para aumentar la esperanza de salvación en Cristo resucitado.

 

La Resurrección del Señor nos abre las puertas a la vida eterna, su triunfo sobre la muerte es la victoria definitiva sobre los pecados. Este hecho hace del domingo de Resurrección la celebración más importante de todo el año litúrgico.

 

Aún con la asistencia a las celebraciones podemos quedarnos en lo anecdótico, sin nada que nos motive a ser más congruentes con nuestra fe. Esta unidad de vida requiere la imitación del maestro, buscar parecernos más a Él.

 

Para nosotros no existen cosas extraordinarias, calumnias, disgustos, problemas familiares, dificultades económicas y todos los contratiempos que se nos presentan, servirán para identificarnos con el sufrimiento del Señor en la pasión, sin olvidar el perdón, la paciencia, la comprensión y la generosidad para con nuestros semejantes.

 

La muerte de Cristo nos invita a morir también, no físicamente, sino a luchar por alejar de nuestra alma la sensualidad, el egoísmo, la soberbia, la avaricia... la muerte del pecado para estar debidamente dispuestos a la vida de la gracia.

 

Resucitar en Cristo es volver de las tinieblas del pecado para vivir en la gracia divina. Ahí está el sacramento de la penitencia, el camino para revivir y reconciliarnos con Dios. Es la dignidad de hijos de Dios que Cristo alcanzó con la Resurrección.

 

Así, mediante la contemplación del misterio pascual y el concretar propósitos para vivir como verdaderos cristianos, la pasión, muerte y resurrección adquieren un sentido nuevo, profundo y trascendente, que nos llevará en un futuro a gozar de la presencia de Cristo resucitado por toda la eternidad.

mercaba.org
05.04.2010

 

 

Nos felicitamos la Pascua. Cantamos la Pascua. Anunciamos de mil formas el misterio pascual. Pero, ¿vivimos este misterio? Cristo vive, decimos. Pero, ¿estamos resucitados con él? ¿O todo se reduce a un producto más de consumo?

 

Vivir la Pascua significa

 

  • Pasar por la cruz, como los hebreos "pasaron" por el mar rojo. El rostro y el cuerpo de Cristo glorioso está marcado por las cicatrices. No se puede llegar a la Pascua, sin dar antes los pasos previos. No se puede llegar a la Pascua sin romperse, como la losa del sepulcro, sin conseguir primero un despojo total y una entrega sin reservas, o una aceptación incondicional de la voluntad del Padre. Una Pascua sin cruz no es más que una fiesta de primavera.
  • Vivir en éxodo permanente, cuando se sale de Egipto deprisa y se come de pie, cuando nadie se instala en situaciones placenteras ni se conforma con las libertades conseguidas, cuando se afrontan los problemas que se presentan en cada hora, cuando no se renuncia a la tierra prometida.
  • Creer en la esperanza, aceptando la "creación sin límites", la revolución posible, el cambio cualitativo, la propia superación de cada día. Aceptar al Dios sorpresa, al Dios que pasa, al Dios que viene, al Dios que se hace presente y está en cualquier persona o acontecimiento o en cada sacramento. (Jb. 1, 2). Y aceptar la sorpresa de Dios: su palabra, su regalo, su providencia, su amor.
  • Aceptar la sorpresa de la vida, porque el futuro no está escrito. Aceptar la sorpresa de los hombres, que no siempre son rutinarios y mediocres. De esta esperanza surge el talante pascual, firme y confiado.
  • Dejarse renovar y recrear. Dejar que el Señor resucitado exhale su aliento sobre nosotros, su Espíritu creador, como al principio. Que su aliento vital dé nueva vida a nuestros huesos secos. Ser capaces de nacer de nuevo, "capaces de la santa novedad"

 

  • (Liturgia). Ser capaces de alimentarse con "los panes ácimos de la sinceridad y la verdad". (1 Cor. 5, 8).
  • Estar en Cristo. "El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo" (2 Cor. S, 17). "Estar en Cristo": frase feliz acuñada y repetida por Pablo -casi 200 veces en el N.T.- resume todo el misterio de la pascua. No sólo anunciamos que Cristo vive, sino que Cristo vive en mí o que yo vivo en Cristo. Estar en Cristo es estar en la verdad y vivir en el amor; es dejarse ganar por su Espíritu, tener sus mismos sentimientos, responder a su llamada; es vivir la filiación, ser hijos en el Hijo, orar como él lo hizo, sentir la fraternidad y vivir la comunión. Estar en Cristo es acompañar, es escuchar, es trabajar, es morir y vivir en él; es ser él. Es:

- "Vivir en la fe del Hijo de Dios, que amó y se entregó por mí". (Gl. 2, 20).
- "Crucificar la carne con sus pasiones y sus apetencias" (Gl. 5, 24).
- "Estar crucificado para el mundo" (Gl. 6, 14).
- "Revestirse del hombre nuevo" (Ef. 4, 24).
- "No tener otra vida que Cristo". (Flp. I, 21).
- "Tener por basura" todo lo que no sea Cristo. (Flp. 3, 8).
- "Dejarse alcanzar por Cristo". (Flp. 3, 12).
- "Vivir según Cristo Jesús... enraizados y edificados en él". (Col. 2,6)
- "Resucitar con Cristo, buscando las cosas de arriba, donde está Cristo". (Col. 3, 1).
- Vivir en el amor. Es el fruto de la vida en Cristo. Amar, dejarse amar, ser amor. Morir al egoísmo cada día, perdonar 70 veces 7, servir por encima de las propias fuerzas, entregarse hasta el fin.

 

Esto es la Pascua: un amor más fuerte que la muerte, fogonazo que consume todas las ataduras, libertad definitiva, la paz como un torrente que inunda, la perfecta alegría.

 

CARITAS. UN PUEBLO POBRE. CUARESMA 1985. Págs. 115 ss.

LaFamilia.info
15.02.2010

 

 

Los católicos debemos valorar y aprender a vivir los ritos y celebraciones de nuestra liturgia. Conocer la historia y el significado de los símbolos que se enmarcan dentro del Miércoles de Ceniza -en este caso la ceniza-, es una buena ayuda para nuestra vida cristiana.

 

La ceniza a lo largo de la historia

 

Si uno se adentra en la Biblia, comprende pronto que la “Ceniza” es un signo de penitencia. De hecho, aunque choque a nuestra cultura actual, en los primeros siglos del Cristianismo había una fuerte tradición muy arraigada entre la gente. Se rociaba con la ceniza a los penitentes “públicos” como una señal clara del arrepentimiento de sus faltas.

 

Esta ceniza -conviene recordarlo y aprenderlo por si se desconoce- proviene de los ramos de olivo bendecidos el Domingo de Ramos el año anterior. Esta costumbre data nada menos que del siglo XII.

 

Para los penitentes en los primeros siglos, el gesto de la ceniza simbolizaba o expresaba el camino cuaresmal de los que querían recibir la reconciliación al final de los cuarenta días y, en concreto, el Jueves Santo.

 

Iban vestidos con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza. Era la forma clara de expresar ante el mundo que se consideraban pecadores y tenían deseos de conversión.

 

En el siglo XI desapareció la institución de los penitentes como grupo. Se vio la necesidad de que todos recibieran la ceniza como signo de que todos necesitaban un giro y un cambio a su vida.

 

¿Cuál es el simbolismo de la ceniza?

 

A nivel humano, psicológico y religioso la ceniza indica:

 

Tomar conciencia de que es un ser débil y necesita de vez en cuando hacer un stop en su vida diaria encaminada se quiera o no se quiera hacia el encuentro con el Señor en la Pascua a través de la muerte.

 

  • Quien más quien es consciente de sus defectos y de su condición de que no es coherente con su conducta, que uno mismo. Esto le conduce a mejorarse y a darle una nueva orientación a su existencia, siendo alegre para él mismo, para los otros y según el criterio de su propia fe.
  • Esta debilidad encuentra su recuperación en el hontanar de donde mana el agua limpia y la fuerza que Dios concede a todo aquel o aquella que acuden a él mediante la plegaria más frecuente en estos cuarenta días de marcha hacia la glorificación de Dios y del propio ser humano, mediante el ayuno y abstinencia el miércoles de ceniza y viernes santo, y la abstinencia todos los viernes de cuaresma.
  • Cuando se vive este tiempo especial bajo la óptica de lo religioso -en cualquier religión- entonces este símbolo de la ceniza recobra todo el esplendor que aparece en las primeras páginas de la Biblia:”Dios formó al hombre con el polvo de la tierra”. Eso es lo que significa el nombre de “Adán”.

Y se le recuerda al hombre, sumido en mil negocios, estresado por el trabajo: “hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho”.

 

Todo este proceso está permeado por dolor, el sufrimiento, la alegría y el gozo, el luto y el arrepentimiento.

 

El hecho de que hoy vayan tantos cristianos a recibir la ceniza en la frente, no es nada nuevo. Todo ser humano siente la necesidad de profundizar en los interrogantes de su existencia y en los motivos de por qué actúa de una u otra forma.

 

Extractos del texto escrito por Felipe Santos de catholic.net

LaFamilia.info
22.02.2010

Sucede a menudo que los católicos queremos ser coherentes con nuestra fe y vivir como ella recomienda, pero a la hora de actuar nos desorientamos un poco. Aquí explicamos cómo vivir la Cuaresma en pleno siglo XXI.

 

Tomamos extractos del escrito “Qué hacer en la cuaresma” del autor J. Lligadas, para crecer espiritualmente, esta vez, con relación a la preparación de la Semana Santa y la llegada de la Pascua, fiesta principal de nuestra religión.

 

Católicos en el mundo actual

 

Desde luego las cosas han cambiado. Las abstinencias de los viernes, por ejemplo, resultan a menudo poco significativas. Y los pequeños o grandes sacrificios no tienen muy buena prensa, y además no se sabe exactamente para qué sirven y si tienen suficiente sentido.

 

Pero a pesar de que las cosas hayan cambiado, las palabras que se nos dirán durante los días de Cuaresma seguirán siendo llamadas a hacer de este tiempo un tiempo "especial", un tiempo con entidad propia. Un tiempo para consolidar la fe y la vida cristiana, un tiempo para que la celebración central de la Pascua nos encuentre un poco más cristianos.

 

Habrá que plantearse, por tanto, qué debemos hacer en este tiempo de Cuaresma, cómo debemos vivirlo.

 

¿Cómo hacerlo?

 

Se trata de consolidar la fe y la vida cristiana, de darle impulso. Eso puede parecer quizá muy general pero conviene recordarlo. Debemos decirnos a nosotros mismos que somos cristianos, que queremos serlo más, y que creemos firmemente que Jesucristo ha abierto en medio de nuestra historia el único camino que es absolutamente valioso. Y debemos mirar nuestra vida, hacer examen de conciencia, descubrir con limpieza de corazón qué nuevos pasos podríamos quizá dar.

 

Pero puede haber también algo más: algunas actuaciones peculiares que nos indiquen que nos encontramos en un tiempo peculiar. Lo que antes era la abstinencia o la no asistencia a espectáculos.

 

Tradicionalmente, y en el mismo evangelio, se señalan tres actuaciones concretas: la limosna, la oración y el ayuno. El Miércoles de Ceniza leemos precisamente el fragmento del evangelio de Mateo (6,1-18) en el que Jesús habla de las tres. Valora esas prácticas, pero señala también el sentido que deben tener para que sean valiosas: no debe ser algo que se hace porque toca o para quedar tranquilo, sino que tiene que salir de dentro, tiene que ser la expresión del deseo de renovar la fe y la vida cristiana.

 

¿Qué significa, ahora, la limosna, la oración y el ayuno? ¿Cómo pueden vivirse cuando estamos ya en el siglo XXI?

 

La limosna

 

La limosna es dar dinero a los que pasan necesidad. Lo cual sigue teniendo actualmente -y más aún en momentos de crisis económica- todo su valor. Si bien la mendicidad de la calle provoca normalmente desconfianza, en cambio sí que hay que plantearse seriamente, con motivo de la Cuaresma, nuestra propia aportación a las acciones de servicio a los necesitados. Teniendo en cuenta que, si es verdad que todos sufrimos las consecuencias de la crisis, también lo es que unos las sufren mucho más que otros...

 

La limosna tiene también otro nivel: la limosna de tiempo. Es decir, el dar una parte del propio tiempo como servicio para alguien que lo necesite: sea ayudando a una persona que vive sola, o visitando a un enfermo o a través de alguna institución que pida voluntariado. Y también, ayudando en campañas de sensibilización y otras actividades semejantes.

 

Finalmente, está también un tercer nivel: el que se refiere a las causas de la pobreza y de la desigualdad social. Limosna será también trabajar para que esta sociedad y este sistema cambien, de modo que no aumente cada vez más la separación entre los que tienen y los que no tienen. Lo que significa plantearse y actuar en la organización económica, social, política. Por lo menos, si no hay otras posibilidades, permaneciendo atentos, informados, sensibilizados ante el tema.

 

La oración

 

La oración, el espacio de silencio ante Dios, es un elemento decisivo para reforzar por dentro la fe y la vida cristiana. Habría que buscar, en esta Cuaresma, momentos para hacer presente ante el Señor nuestras ansias y esperanzas de cada día, nuestra petición de ayuda y de perdón, nuestro deseo de fidelidad al Evangelio. Dependerá de las posibilidades de tiempo y de tranquilidad de cada uno, pero en cualquier caso habría que esforzarse por encontrar esos espacios.

 

Otra forma muy útil de oración consiste en la lectura de los evangelios, o de los salmos. Eso también dependerá, claro está, de las posibilidades de cada uno. Pero, por ejemplo, uno podría proponerse leer durante esta Cuaresma el evangelio de Marcos: se trata de un texto fácil de leer, ágil y vivo, y constituye un buen acercamiento a la persona de Jesús.

 

Finalmente, otro buen propósito para este tiempo sería la participación en la Eucaristía diaria (todos los días o algunos).

 

El ayuno

 

Este apartado es sin duda el más complicado de los tres. Para muchos, resulta difícil encontrar qué sentido tiene privarse de cosas -de comida, de ir al cine, o de lo que sea- simplemente por motivos religiosos, "para agradar a Dios" o para pedir su benevolencia hacia nosotros.

 

Sin embargo, no sería ningún progreso, ni humanamente ni cristianamente, abandonar sin más la práctica de la privación voluntaria. Porque vivimos en una civilización que funciona teniendo como ídolo el consumo, la facilidad y el confort, y que como consecuencia anula la capacidad humana de esfuerzo, de creatividad, de búsqueda. De modo que resulta especialmente importante combatir ese ídolo, para que los hombres podamos seguir siendo hombres, y para que los cristianos podamos seguir siendo cristianos. Es decir, para que podamos seguir afirmando que los valores más importantes no son el tener y el ir tirando, sino el caminar, el ser persona, el amar. Para que podamos seguir diciendo, en definitiva, que el valor más importante es Dios.

 

El combate contra ese ídolo se realiza por medio de la privación voluntaria: diciendo que me niego a consumir todo lo que esta civilización me ofrece y para ello me privo, por ejemplo, de un rato fácil ante el televisor, o me privo de comprarme ese vestido, o me privo de aquella comida.

 

Y ello, en primer lugar, como signo y recuerdo del valor más alto que me sostiene, que es Dios (y por eso, el ayuno que tradicionalmente la Iglesia observó con mayor fuerza y que ahora convendría recuperar, es el que se celebra en expectación de la mayor revelación de Dios, la Pascua de Jesucristo: el ayuno que va desde la celebración del Viernes a la Vigilia pascual). Luego, como protesta personal contra la absolutización del consumo y de la facilidad. Finalmente, como forma de cultivar los valores que deben fundamentar mi vida, sea teniendo más tiempo para orar o para leer o para hablar con los de casa, sea dedicando el dinero que no gasto a alguna causa de servicio a los demás.

 

Fuente: Qué hacer en la cuaresma por J. Lligadas. mercaba.org

LaFamilia.info
22.03.2008

 

 

Llamada "Fiesta de Fiestas", la Pascua es la fiesta principal del calendario litúrgico, por la alegría que nos causa a los cristianos el cumplimiento de las promesas de Dios al enviarnos al Salvador que rescató a la humanidad entera del pecado.

 

La pascua se celebra por 50 días. Comienza el Domingo de Resurrección y termina en Pentecostés. Es la fiesta principal y más antigua de los cristianos y el corazón del año litúrgico. León I la llamó la fiesta mayor (festum festorum), explicando que la Navidad se celebra en preparación para la Pascua (Sermón XVII en Exodum). Los primeros ocho días de la pascua constituyen la octava y se celebran como solemnidades del Señor.

 

Su historia

 

El registro bíblico dice que la noche anterior a su muerte, Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la Pascua judía. Posteriormente, instituyó lo que se conoce como la "Cena del Señor", y dijo a sus apóstoles "Sigan haciendo esto, en memoria de mi" (Lucas 22:19). La Cena del Señor debía celebrarse una vez al año y con ella se conmemoraba la muerte de Cristo.

 

La Nueva Enciclopedia Británica cuenta que los primeros cristianos celebraban la Pascua del Señor al mismo tiempo que los judíos, durante la noche de la primera luna llena pascual. A mediados del siglo II, la mayoría de las iglesias habían trasladado esta celebración al domingo posterior a la festividad Judía. El Viernes Santo y el día de la Pascua Florida no empezaron a celebrarse como conmemoraciones separadas en Jerusalén, hasta finales del siglo IV.

 

La razón por la que la Pascua cambia de fecha cada año, es la conexión entre la pascua judía y la cristiana. La Iglesia determina la fecha de la Pascua cada año según el calendario judío, que es diferente al nuestro (el judío se basa en las fases de la luna y tiene 354 días) mientras que el nuestro es solar y tiene 365 días.

 

La Resurrección del Señor

 

La Resurrección es una verdad fundamental del cristianismo. La presencia de Jesús resucitado no se trata de alucinaciones por parte de los Apóstoles. Cuando se dice "Cristo vive" no significa que vive solo en nuestro recuerdo. La cruz, muerte y resurrección de Cristo son hechos históricos que sacudieron el mundo de su época y transformaron la historia de todos los siglos. Cristo vive para siempre con el mismo cuerpo con que murió, pero este ha sido transformado y glorificado (Cf. Cor.15:20, 35-45) de manera que goza de un nuevo orden de vida como jamás vivió un ser humano.

 

Jesucristo pagó el precio por nuestros pecados con su muerte en la cruz. Conquistó así a todos sus enemigos. El último enemigo en ser destruido, al final del tiempo, será la muerte (Cf. I Cor. 15:26). Por eso, la muerte no es el final, tampoco nos encierra en un ciclo como piensan los proponentes de la reencarnación. Vivimos y morimos una sola vez. Durante nuestra vida mortal decidimos nuestra eternidad. Recibimos la gracia y la misericordia de Dios que nos abre las puertas del cielo. Al final del tiempo se establecerá plenamente el reino del Señor.

 

El huevo, mayor símbolo de la Pascua

 

Sin duda, de todos los símbolos pascuales, el más popular es el de los huevos de Pascua. Durante mucho tiempo, estuvo prohibido comer en Cuaresma carne y huevos. Por eso, el día de Pascua la gente corría a bendecir grandes cantidades de ellos, para comerlos en familia y distribuirlos como regalo, a vecinos y amigos.

 

Durante la Edad Media, en Semana Santa, era común que los censos feudales se pagaran con huevos. Y se estipulaba que el día de pago fuese el domingo de Pascua. En Francia, por ejemplo, los estudiantes organizaban la "Procesión de los Huevos". Se reunían en parques y plazas y de allí partían hasta la iglesia principal. Durante el trayecto, golpeaban las puertas de las casas, para que cada familia les regalara huevos, que después serían bendecidos por un  párroco.

 

En esa época renacía el espíritu festivo. De las iglesias colgaban cientos de banderas y panderetas. Y cada joven llevaba colgado de su cuello un cesto de mimbre lleno de huevos. Los más adinerados se hacían acompañar por jóvenes pajes, vestidos con telas multicolores de razo o de seda. La mayor parte de la colecta se destinaba para los hospitales de leprosos, o para los indigentes.

 

El ayuno era obligatorio. Por esta razón, se adopta la costumbre de cocer huevos y almacenarlos. Recién en la época del rey Luís XIV, se introdujo la idea de pintarlos, para después venderlos.

 

Fuentes: corazones.org, aciprensa, almargen.com.ar

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