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Eleuterio Fernández Guzmán - Zenit
13.02.2009

Recientemente se ha abierto el debate sobre lo que se llama «muerte digna». Sin embargo, bien sabemos que se trata de una forma políticamente correcta de matar a una persona bajo el paraguas de la Ley.

Por eso, se pretende digno lo que, en realidad, no es, sino, manifestación de defensa de intereses ideológicos que tienen, de la vida, un sentido hedonista donde el sufrimiento no deja de ser algo de lo que se puede prescindir sin temor moral alguno. Además, se quiere hacer pasar como un avance social lo que sólo se regresión al puro y simple estado selvático.

Para empezar, la dignidad de la persona no se tiene en cuenta porque se prefiere olvidar que cada ser humano la tiene por el mero hecho de ser persona y, por tanto, el tratamiento que se le ha de dar en momentos de sufrimiento ha de ser teniendo en cuenta la misma y que, en realidad, no puede minusvalorarse por el hecho de aplicar un sentido pragmático de la vida a la existencia.

Y es que, en realidad, sufrir no está, digamos, al alcance de todos los espíritus humanos de hoy día.

Es bien sabido que la sociedad actual se conforma, casi siempre, con lo joven, con aquello que es juventud, con aquello que es hermoso, fuerte. Por eso, cuando una persona se encuentra en una situación en la que ni la fortaleza acompaña, ni la belleza de antaño es, entonces, presente y la juventud ya pasó, es cuando entran en funcionamiento el pensamiento moderno: no se admite tal situación.

Por eso, en momentos en los que la enfermedad acarrea el deterioro sin remedio del cuerpo humano y no se ve más salida que soportar el sufrimiento porque en él vemos una fuerza redentora, es el momento de difundir teorías sobre el por qué de tal sufrimiento; si, en realidad, no sería mejor poner fin a la enfermedad y, por tanto, al sufrimiento.

Entonces, la palabra «Eutanasia» se abre paso; entonces, el ahora llamado «suicidio asistido» viene en «ayuda» de quien sufre.

Pero esto no es admisible desde el punto de vista cristiano.

La Declaración sobre la eutanasia, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de 5 de mayo de 1980, viene a decir, en general, lo que, en esta materia, hemos de tener en cuenta.

Así, «La muerte voluntaria o sea el suicidio es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor» (punto 3 de tal Declaración).

Ni qué decir tiene que, por lo tanto, por muy asistido que sea el suicidio seguirá siendo algo inaceptable para un cristiano porque, por así decirlo, lo prohíbe su fe.

Pero es que, además, «Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares».

Por lo tanto, tampoco podemos admitir, en justa doctrina cristiana, hacer todo lo posible para que la muerte se adelante lo más posible y, sobre todo, se acabe con el sufrimiento.

Pero, digamos, a nivel español (que, en realidad, no es más que la transposición de la doctrina cristiana a las propias circunstancias de España pero podría ser aplicable en cualquier lugar del mundo).

Así, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, el 19 de febrero de 1998, aprobó el documento titulado «La Eutanasia es inmoral y antisocial».

Por ejemplo, nos ofrece una pista sobre alguna que otra consideración que se tiene sobre las personas que no entendemos posible la Eutanasia: «Quienes se oponen al reconocimiento de ese supuesto derecho son acusados de represores de la libertad y de insensibles al sufrimiento personal y al sentir cada vez más común de la sociedad»

Y esto se hace así porque sufrir no se admite; porque sufrir es, así, algo odioso que se quiere evitar. Por tanto, quien se oponga a poner fin, de forma premeditada, a la vida del que sufre, es mal visto, como si fuera alguien que, en realidad, no está en el mundo.

Y esto (no ser del mundo) es, en cierto modo, verdad, pero no de la forma, mundana, que se insinúa.

Pero aún nos ilustra algo más el documento de la CEE.

«Lo que ahora se presenta como un progreso es, en realidad, un retroceso que hay que poner en la cuenta de ese terrible lado oscuro de nuestro modo de vida de hoy, al que el Papa ha llamado «cultura de la muerte» (punto 4)

Es eso, exactamente, lo que pasa. Avanzar es, en realidad, retroceder porque no consiste ir hacia delante acabar con la vida de una persona sino, al contrario, hundirse en la misma caverna para, desde allí, no ver la luz que hay fuera y que es, por ejemplo, que, en realidad, es muy posible que el sufrir no sea el final de nada sino el principio de algo mejor.

Y por terminar con una vuelta, digamos, a las fuentes de donde hemos de beber, el Catecismo de la Iglesia Católica dice, en su número 2277, lo siguiente: «Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable. Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre».

Por tanto, es bastante evidente la inmoralidad de la eutanasia, del suicidio asistido y de todo intento de acabar con el sufrimiento de una forma tan cobarde como la que, ahora mismo, se está imponiendo en España y, por desgracia, en muchos más lugares del mundo donde el amor ha dado paso a la necesidad y el ser al tener.

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