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Luis Luque - Aceprensa
17.11.2014

 

 

Una imagen vale más que mil palabras, reza el dicho, y la informal imagen de una chica hermosa y de mirada clara, tumbada en la butaca de una terraza mientras juega con su mascota, mueve la disposición de cualquier lector a ver qué tiene que decirnos. El mensaje, sin embargo, es punzante: “El 1 de noviembre me quitaré la vida”.

 

El caso de Brittany Maynard, la joven norteamericana gravemente afectada por un tumor cerebral que tomó la decisión de morir “dignamente” –esto es, ingiriendo fármacos letales en una situación controlada, “ideal”, rodeada de sus seres queridos– fue titular de prensa durante varias semanas. Quizás tanta publicidad sobre el caso, tanto “ánimo” recibido en las redes sociales para que diera el paso anunciado, tanto elogio a su “valentía”, pesaron en la decisión al punto de hacerla irreversible.

 

“Ha sido un caso muy mediático, en el que no se han tenido en cuenta otras opciones —explica a Aceprensa la doctora Yolanda Zuriarraín, especialista de la Unidad de Cuidados Paliativos en el madrileño Centro Laguna, entidad hospitalaria dedicada al cuidado y atención de pacientes que sufren enfermedades avanzadas, así como de sus familias.

 

La presión en el caso de Brittany ha sido abrumadora: “He visto su video de despedida, que circula en Youtube. Es lo mismo que ocurre en otros países en que está legalizado el suicidio asistido, como Holanda, donde promueven vídeos para justificar esa actitud, para que la sociedad la acepte. Es una propaganda que no deja espacio a la otra opción, la de elegir morir dignamente, con un soporte de cuidados paliativos, en compañía de los seres queridos, en otro entorno. Desde el principio, el caso podía haberse abordado desde otro ángulo, pero una asociación de ‘muerte digna’ (Compassion & Choices) contactó con ella y con su familia muy tempranamente”.

 

– Algunas organizaciones pro-vida en EE.UU. han alertado de que la presentación “amable” del suicidio de Brittany puede suscitar un efecto de imitación, y respaldar además a quienes impulsan legislaciones eutanásicas.

– YZ: Todo esto puede incidir negativamente en personas que están luchando, gente para la que sí es digna su vida. La medicina está para apoyar a las personas ante las enfermedades difíciles y aliviar su sufrimiento, aunque algunos prefieren anular el dolor por vía del suicidio asistido. Pero ni es la opción, ni es lo más frecuente. Luego sacar un caso excepcional para generalizarlo y difundirlo, revela que hay muchas presiones detrás.

 

– Se ha dicho que a la joven se le ofrecieron cuidados paliativos, pero los rechazó…

– YZ: No sé cómo le plantearon las opciones. En efecto, no podemos ir contra la libertad de la persona, aunque tampoco se puede hacer propaganda solo de lo que uno elige, porque no es verdad. Dar una información incompleta cambia mucho la opinión de una persona. Lo que está claro es que no se puede decir que el suicidio asistido es la solución, pues no es una buena práctica. La medicina no puede ir contra la vida, sino que es su apoyo.

 

La realidad –añade el director general del Centro Laguna, Eduardo Hernández de Armijo– es que muchas personas cambian de opinión en dependencia de quiénes les rodean. En nuestro centro vemos a diario a personas que venían muy mal asesoradas, con muy mala información, y cuando han conversado con expertos que les han hecho ver otras opciones, han entendido que la expresión de ‘morir dignamente’ está asociada verdaderamente con una muerte indigna.

 

La eutanasia tiende a generalizarse

 

– ¿Existe el peligro en que este “derecho” al suicidio asistido, tan edulcoradamente tratado, se aplique a casos que no tienen que ver con enfermedades terminales?

– YZ: Es que está comprobado. Expertos que han sido enviados por varios gobiernos a países donde se practica la eutanasia han constatado el modo real en que se practica, y han visto que una ley en principio muy acotada a situaciones extremas, de enfermedades terminales, incurables, ha tendido a generalizarse, y que se aplica a cualquier caso, por ejemplo, a personas con depresión, o con artrosis de muchos años.

 

Es lo que una sociedad materialista no puede ver: que la dignidad radica en la persona, tengas salud o no, capacidad intelectual o no. Para sus estándares, solo hay calidad de vida cuando hay vitalidad física, salud, movilidad. Entonces piensan que una persona mayor no es vital cuando ya no se mueve. Tiene mucho que aportar, pero lo meten en el lote. ¿Un niño con una enfermedad grave? También. ¿Un presidiario con una enfermedad psíquica? También, y de paso, se desocupa una plaza en la cárcel. Los expertos han comprobado que la eutanasia se está aplicando a mucha más gente, y que los márgenes de control se violan, porque quienes deben controlarlos son justo quienes están a favor de esa ley.

 

– EH: Cuando se legisla para casos concretos y extraordinarios, la restricción se va debilitando, y entonces sucede lo que en Holanda, en Suiza, en Luxemburgo. La eutanasia comenzó como una práctica muy restrictiva, y hoy por hoy, es una manera de ir eliminando personas, de ahí que algunos se lleven a sus mayores fuera, porque cuando llevas a tu madre o a tu padre al hospital, ya no sabes lo que va a pasar ahí. El propio médico es el que decide si debe o no debe morir. Cuando el ser humano se pone a legislar sobre estos temas, termina estropeándolo todo.

 

La alternativa para morir con dignidad

 

—Se habla de “morir con dignidad” como sinónimo de “suicidio asistido”. Pero ¿a qué podemos llamar realmente morir con dignidad?

– EH: La dignidad es inherente a la persona. No a la que es útil o productiva, sino a la persona sin más. Y uno de sus derechos fundamentales es el derecho a la vida, un derecho digno de protegerse. Por tanto, quien dice: ‘voy a asistir a una persona en su suicidio, por su dignidad’, tendría que decir mejor: ‘por su indignidad, pues no la considero digna de vivir’. La dignidad ya no va asociada a la persona, sino a la creencia particular de que un ser humano que no se puede mover, o que está sufriendo, o que no produce, o que supone una carga para otros, pasa a ser indigno. Luego me siento en el derecho de poder eliminarlo. He ahí la perversión del lenguaje.

 

La muerte digna es lo que vivimos aquí en el centro Laguna en el día a día. Tenemos a personas que llegan con una enfermedad terminal, con sufrimiento, y cuyas familias llevan una carga psicológica importante porque posiblemente han estado cuidando de ellas por un tiempo prolongado, y algunos te dicen que qué bueno sería que murieran. Solo que lo de ‘bueno’ sería para ellos. La medicina ha avanzado mucho en todos los terrenos, y hoy una persona puede vivir lo que le quede de vida con dignidad, sin dolores, acompañada, y también la familia puede recibir asistencia psicológica, espiritual. Existen todos los apoyos necesarios para poder disfrutar de esa vida, de esos últimos días, semanas o meses. Hay personas que antes de entrar en este hospital, mal asesoradas, hubieran querido dar su vida por terminada.

 

Cuidados paliativos, poco conocidos

 

– A tenor de este tema, se ha publicado algún reportaje en el que se afirma que en España el 50 por ciento de quienes necesitan cuidados paliativos no los reciben y mueren con sufrimiento. ¿Puede esta insuficiencia funcionar como un incentivo indirecto para desear la eutanasia?

– YZ: Es verdad que, según qué comunidad autónoma, los cuidados paliativos no están tan extendidos como sería deseable, si bien hay acceso a ellos. Puede haber gente que muera con dolor porque no se lleve bien un control. La idea, no obstante, es que el suicidio asistido no es jamás una opción. Si no desarrollamos más los cuidados paliativos, podría haber reclamos de este tipo.

 

– EH: Hoy por hoy, en Madrid, el servicio de cuidados paliativos lo cubre la sanidad pública. Listas de espera hay pocas. No hay personas que esperen más de dos o tres días para recibir cuidados paliativos. La noticia no es que no haya medios, porque la sanidad pública los pone, y luego existen instituciones como la nuestra, que combinan la sanidad pública y la privada, y becas para personas que no tienen recursos, y existen muchas instituciones de religiosos que brindan este tipo de atención.

 

Lo que sucede es que muchas personas desconocen que existen los cuidados paliativos. Mucha gente ignora que se puede morir muy bien atendida en un hospital, rodeada de la familia, magníficamente cuidada, sin dolores; en síntesis: bien. Quienes nos dedicamos a esto vemos que nos cuesta llegar a las personas a explicarles qué son los cuidados paliativos, y desde nuestro centro y la Fundación Vianorte-Laguna intentamos hacer campaña para que se entienda el concepto, que es no ‘una’ alternativa, sino la Alternativa, con mayúsculas.

 

Si los conociera, muchísima gente más acudiría a los servicios de cuidados paliativos. Los familiares salen del hospital muy agradecidos y hacen incluso publicidad. Son nuestros mejores embajadores, pues de repente experimentan en sí algo que no creían que existía: un lugar en el que al paciente terminal le brindan cariño, y atención profesional para él y para sus familiares. Es lo que debemos trasladar, y es lo que cuesta trabajo, pues tenemos una sociedad utilitarista para la que mereces la pena solo si eres productivo.

 

Es además muy ilusionante ver que profesionales de otros países donde está instalada la cultura de la muerte, como Holanda, vienen aquí a Laguna a aprender, a formarse, y constatan que hay una esperanza y un modo totalmente diferente de vivir la muerte. Que haya profesionales con deseos de cambiar el estado de cosas, nos anima mucho.

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