Tomás Melendo Granados
06.06.2008

Entre la multitud de cuestiones abordadas en las enseñanzas del tan recordado Juan Pablo II, sin duda hay tres que pueden competir con cualquier otra en lo que a relevancia y atención por parte del Pontífice se refiere. Aludo a las realidades expresadas por los vocablos «persona», «amor» y «familia».

  1. Respecto al magisterio global de Juan Pablo II, podría afirmarse de la persona lo que él escribía en la Centesimus annus en referencia a esa misma Encíclica y a la entera doctrina social de la Iglesia: que «la correcta concepción de la persona humana y de su valor único» constituye la trama, la urdimbre íntima y más definitiva, de cuanto el pasado Papa nos dio a conocer.
  2. El amor —y, en concreto, el amor humano— es algo a lo que Juan Pablo II consagró una solicitud privilegiada desde mucho antes de ser elegido Pontífice; algo que continuó mimando durante el ciclo entrañable de Audiencias en las que comentaba los versículos del Génesis correspondientes a la creación del hombre como varón y mujer; y algo que configura la clave última de resolución —la piedra de toque decisiva— de casi todos los problemas que el Santo Padre planteó y supo resolver.
  3. ¿Y la familia? Las páginas impresas dedicadas a recoger lo que el Sumo Pontífice dijo o escribió sobre ella se cuentan —según las ediciones— por millares. Pero es que, además, Juan Pablo II la consideró más de una vez expresamente como la niña de sus ojos, como el objeto prioritario de su atención pastoral, manifestando su intención de pasar a la posteridad como «el Papa de las familias».

No puede dudarse, pues, de que este trío de realidades sobresale —junto a algunas otras— en la consideración y en el magisterio de Juan Pablo II. Pero más interesante resulta subrayar que, para él, se trataba de entidades tan íntimamente inter-penetradas, que ninguna de ellas «vive» sin el amparo de las otras dos. Sin persona no hay amor; sin amor no hay familia; sin familia no hay amor ni, por ende, persona en cuanto persona.

Cada uno de los tres elementos florece o se marchita de la mano de los restantes.

Tal vez el texto más claro al respecto sea el muy conocido de la Familiaris consortio, donde las cuestiones en juego son mostradas de forma explícita —y casi diría que solemne— en su mutua interrelación.

Escribe Juan Pablo II: «La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas; del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de persozas.

»El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas».

Relaciones mutuas

Familia, amor, persona; amor, persona, familia... ¿Cuál de estos tres elementos debería constituir el inicio lógico de cualquier reflexión al respecto? ¿O es que tal vez nos encontramos ante una suerte de relación circular, sin claro punto de arranque?

En cierta medida, sí: tenemos frente a nosotros tres realidades absolutamente primarias, a la par que emparentadas. Y la razón, que Juan Pablo II puso repetidas veces de relieve, es que en el Origen de estas «tres» entidades humanas se encuentra el Único e Indivisible Dios verdadero, que se define a sí mismo como Amor y se revela en una Trinidad de Personas que componen, como gustaba decir al Sumo Pontífice, la Familia primigenia.

Tanto da, en consecuencia, empezar por uno u otro de los elementos: siempre seremos conducidos hasta los dos que quedan.

  1. La persona se define por el amor. Hace ya bastantes años que, siguiendo sugerencias de Juan Pablo II, me animé a describir a la persona, también a la humana, como «sujeto y objeto, como principio y término... de amor». La persona es persona por encontrar en el amor su hontanar, su substancia y su destino conclusivo.
    La cuestión podría mostrarse de distintas maneras, pero, dentro del contexto que voluntariamente he escogido, me limitaré a aportar uno de los más definitivos testimonios del Romano Pontífice, también de la Familiaris consortio: «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.
    »Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano».
  2. La persona remite, pues, al amor. Este es su inicio y su fin. Pero también cabría sostener, sin apartarse en lo más mínimo del camino enrumbado, que el amor se encuentra definido por su referencia ineludible a la persona: es lo que más propiamente surge de la persona en cuanto persona y se dirige, también con propiedad absoluta, a la persona en cuanto tal.
    Ya desde Amor y responsabilidad cabe percibir la biunívoca pertenencia que, en la mente del pasado Pontífice, ligaba a ambas entidades: amor y persona. Y es que, cuando el amor se toma en su sentido más noble —como un querer el bien para otro en cuanto otro, según lo describiera Aristóteles—, se advierte de inmediato que solo las realidades personales son capaces de amar, en la acepción cabal a que acabo de referirme, y que solo ellas son dignas de ser amadas.
    El amor es la única actividad que, de manera exclusiva y bi-direccionalmente (en los dos «sentidos»), se ejerce siempre y solo entre personas. Amar es la operación más propia y estricta y exclusivamente personal. El modo de obrar que mejor expresa —y mejora expresamente— a la persona en cuanto persona.
  3. La familia, ámbito propio de amor y de personas. ¿Tiene algo que decir, en las relaciones que acabamos de considerar, la familia? ¿Representa esta el elemento indispensable que completa la tríada de la que vengo tratando?
    Aquí los textos podrían multiplicarse hasta la saciedad. Me remito, antes que nada, al número 18 de la Familiaris consortio, antes trascrito. Y a él agrego, entre los muchos posibles, otros dos.
    Primero: «El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en todo otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».
    Y este segundo, quizá todavía más claro: «¿Quién puede dejar de pedir a la familia humana que sea una auténtica familia, una auténtica comunidad donde se ama permanentemente al hombre, donde se ama siempre a cada uno por el solo motivo de que es un hombre, esa cosa única, irrepetible, que es una persona?».

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