La paternidad no tiene un manual único. Pero hay padres que, sin proponérselo, enseñan más con su vida que con sus palabras.
Este es el caso de David Hahn, hijo del conocido teólogo y apologista Scott Hahn, quien expone en The Catholic Herald, cinco lecciones que aprendió de su padre y que hoy intenta vivir con sus propios hijos.
Un testimonio sencillo, pero profundamente significativo, que pone en valor la paternidad en tiempos en los que muchas veces parece cuestionada.
***
5 lecciones de paternidad que aprendí de mi padre
Interesarse antes de enseñar
La primera lección arranca de un principio que Scott Hahn repitió a su hijo desde la infancia: antes de compartir lo que uno sabe, hay que interesarse genuinamente por la persona que tiene delante. David Hahn lo vio en acción en Roma, cuando un grupo de seminaristas reconoció a su padre en el vestíbulo de un hotel. La incomodidad inicial se disolvió en cuestión de minutos: Scott Hahn les preguntó de dónde venían, qué hacían, qué podían contarle de su país. «En pocos momentos, aquel grupo de extraños nerviosos se sintió confiado y a gusto», escribe su hijo.
El mismo principio, recuerda, funcionaba en los aviones, con desconocidos sin fe ni interés por la teología. «Mostraba un interés real en ellos, y ellos acababan interesándose por lo que él decía». Para David Hahn, la consecuencia directa es que un padre que cuida de verdad consigue que sus hijos se preocupen por lo que él piensa. La aplicación práctica que propone es sencilla: paseos, tiempo para conversar, un partido de béisbol. Lo cotidiano como lenguaje del afecto.
El valor de pedir perdón
La segunda lección toca un terreno más incómodo: el conflicto. David Hahn recuerda una discusión acalorada con su padre, voces levantadas y una puerta que se cerró de golpe. Apenas dos minutos después, sonó un golpe suave en esa misma puerta. Era su padre, «con el gesto suavizado y una disculpa por su temperamento».
Lo significativo, subraya el autor, es que en aquel caso era él quien estaba equivocado, no su padre. Aun así, Scott Hahn fue el primero en pedir perdón. «Me mostró cómo disculparse y que esa disculpa fuese sincera», escribe David. El recurso frecuente a la confesión sacramental de su padre completaba la enseñanza: reparar las relaciones importa más que tener razón.
Custodiar el rostro
La tercera lección lleva un nombre preciso: custody of the face, la custodia del rostro. David Hahn estudió en la St. Gregory the Great Academy, un centro que ofrecía una diversidad de tradiciones litúrgicas, entre ellas la melquita, la rutena, la del Ordinariato y la tridentina. La riqueza de aquella experiencia tuvo, sin embargo, un efecto secundario en su adolescencia: lo convirtió en un crítico implacable de la Misa ordinaria en su parroquia. Pocas celebraciones terminaban sin que tuviese algo que objetar al sacerdote, a la homilía o a la ausencia de ornamentos litúrgicos.
Su padre no le dio la razón, pero tampoco le contradijo frontalmente. Simplemente, hacía lo contrario: tenía la cabeza inclinada en oración, no levantada para escrutar cada detalle. «No fruncía el ceño ante cada pequeña cosa que le molestaba», recuerda su hijo. La lección no era que la liturgia no importase, sino que Dios importaba más. «La manera correcta de entrar en la Misa es con alegría y gratitud de que un regalo así se le dé a alguien tan indigno. Si había algo verdaderamente fuera de lugar en esa Misa, ese algo era yo», concluye.
Perspectiva ante el éxito ajeno
La cuarta lección tiene la forma de un gesto casi poético. Siendo niño, David confesó a su padre los celos que sentía ante amigos más listos, más atléticos y más talentosos. Scott Hahn lo escuchó en silencio, salió al jardín y arrancó una brizna de hierba. Se la mostró y le dijo que compararse con los demás era como comparar una brizna de hierba con otra: a la distancia que media entre el sol y la tierra, la diferencia de altura entre ellas es casi nada. Un católico no debería preocuparse por medirse con sus hermanos, sino por medirse con Cristo.
«Si mi padre vigila sus éxitos o sus fracasos, siempre mantiene el otro ojo en Cristo», escribe David. «Ve la brizna de hierba y ve el sol».
La oración, primero
La quinta y última lección es, a su juicio, la más importante. Cada mañana, recuerda David Hahn, hay un lugar donde siempre puede encontrar a su padre: en el salón, rezando. En la habitación contigua, su madre hace lo mismo. «Fue un regalo maravilloso crecer sabiendo que mis padres eran amigos de Dios, que dedicaban tiempo a conocerle y a aprender su voz».
El artículo concluye con una invitación directa al lector: comenzar con diez o quince minutos de oración diaria, si aún no existe ese hábito. «No lo digo como alguien disciplinado desde hace mucho en esta práctica, sino como observador de quienes lo son y como alguien que trata de seguirles».
La pieza acaba con una síntesis de los cinco principios: mostrar a los hijos cuánto importan, reconocer las propias faltas, demostrar autocontrol, mantener la perspectiva sobre la vocación divina y hacer del encuentro con Dios la parte más importante del día. «Así es como llevaremos a nuestras familias al cielo», escribe David Hahn.
Fuente: infocatolica


