¿Cómo saber si estamos eligiendo a la persona adecuada para compartir toda una vida? No basta con sentir atracción o tener intereses en común. Elegir a quien será nuestro compañero de vida requiere mirar más allá de las emociones y descubrir qué sostiene realmente una relación.
En esta reflexión, Mark Kalpakgian nos propone siete claves para discernir, desde la fe católica, si estamos ante la persona con quien podemos construir un matrimonio duradero, basado en el amor, las virtudes y la entrega mutua.
A través de estos criterios, el autor nos invita a mirar el noviazgo con profundidad y a comprender que elegir con quién casarnos es también una decisión que influye en nuestro camino hacia la santidad.
El matrimonio es uno de los caminos más importantes de la vida, y la persona que elegimos para recorrerlo influirá profundamente en nuestro rumbo. Una pareja equivocada puede convertir incluso las situaciones más sencillas en una fuente constante de sufrimiento. En cambio, la persona adecuada puede transformar las dificultades en oportunidades para crecer y compartir nuevas experiencias.
A diferencia de otras decisiones importantes, el matrimonio no es algo que podamos abandonar sin más cuando las cosas se complican. Podemos cambiar de trabajo, mudarnos a otra ciudad, hacer nuevos amigos o emprender una carrera diferente. Sin embargo, el matrimonio, según el designio de Dios, es una alianza para toda la vida. Por eso, elegir con quién casarnos requiere reflexión, madurez y un compromiso profundo.
Recordemos la película Matrix. En ella, Neo aprende a descubrir el código que se esconde detrás de la realidad aparente. Encontrar a la persona con quien compartir un compromiso para toda la vida requiere algo parecido: aprender a mirar más allá de las emociones pasajeras, el encanto superficial y las expectativas culturales para descubrir quién es realmente el otro.
Este discernimiento no puede dejarse únicamente en manos de los algoritmos de las aplicaciones para encontrar pareja. Requiere una mirada lúcida, guiada por la razón, la atracción, la fe y las virtudes.
¿Cómo podemos discernir con sabiduría? A partir de la filosofía, la teología y la experiencia, el autor propone siete claves para quienes buscan a la persona adecuada para casarse.
1. Una amistad entre iguales
Aristóteles describió la forma más elevada de amistad como aquella que se fundamenta en la virtud y se da entre personas que se reconocen como iguales. Esto no significa tener los mismos ingresos, talentos o capacidades, sino compartir la búsqueda del bien y construir una relación basada en el respeto y la admiración mutuos.
¿Se admiran el uno al otro? ¿Se ayudan a crecer y a ser mejores personas? ¿Su relación se parece a lo que expresa el libro de los Proverbios: «El hierro se afila con el hierro» (Proverbios 27,17)?
En una relación sana, ninguno debería dominar al otro ni obligarlo a renunciar a quien es. Ambos han de comprometerse de verdad, desde la libertad, el respeto y la reciprocidad.
2. Atracción por dentro y por fuera
Un matrimonio saludable necesita atracción en diferentes dimensiones: física, emocional, intelectual y espiritual.
No se trata simplemente del enamoramiento inicial ni de dejarse llevar por la apariencia. Se trata de sentir una atracción profunda por la persona en su totalidad: su manera de pensar, sus sentimientos, sus valores, su carácter y su forma de vivir la fe.
Amar implica descubrir y valorar a la persona real, con sus cualidades y limitaciones, reconociendo en ella a alguien creado por Dios y digno de amor y respeto.
3. Dios como centro de la relación
Aristóteles señalaba que una verdadera amistad necesita orientarse hacia algo bueno que vaya más allá de los intereses individuales. En el matrimonio cristiano, esa dimensión trascendente adquiere un significado especial.
El obispo Fulton Sheen afirmaba que para casarse hacen falta tres: el hombre, la mujer y Dios en el centro de la unión.
Compartir la fe, una misión y el deseo de construir una familia con valores cristianos ayuda a los esposos a mirar en la misma dirección. Dios no es un elemento secundario de la relación, sino quien los acompaña y fortalece en el camino que emprenden juntos.
Por eso, conviene preguntarse: ¿compartimos una visión de la vida? ¿Podemos crecer juntos espiritualmente? ¿Estamos dispuestos a poner a Dios en el centro de nuestro matrimonio?
4. Compatibilidad de temperamentos
La compatibilidad de temperamentos es importante para la convivencia. Algunas parejas encuentran energía y alegría en sus diferencias; otras experimentan un desgaste constante porque les cuesta comprenderse y adaptarse mutuamente.
Por eso, es importante observar cómo imaginan la vida juntos. ¿Sus diferencias les ayudan a crecer o terminan convirtiéndose en motivos permanentes de conflicto? ¿Son capaces de dialogar, ceder y encontrar soluciones sin hacerse daño?
Incluso las situaciones cotidianas pueden revelar mucho sobre una persona: cómo reacciona cuando un pedido en un restaurante llega equivocado, qué actitud adopta cuando hay un retraso durante un viaje o cómo afronta un imprevisto.
Estos pequeños momentos permiten descubrir si hay flexibilidad, paciencia, comprensión y capacidad para afrontar juntos las dificultades.
No se trata de encontrar a alguien que piense igual en todo, sino de descubrir si ambos pueden construir una convivencia en la que las diferencias se afronten con amor y respeto.
5. Una vocación compartida
¿Esta persona te ayudará a llegar al cielo?
Desde la perspectiva cristiana, el matrimonio no consiste únicamente en compartir la vida y buscar la felicidad juntos. También es una vocación en la que los esposos están llamados a ayudarse mutuamente a crecer en la fe y avanzar hacia la santidad.
Por eso, vale la pena preguntarse si existe una verdadera llamada a recorrer juntos este camino. ¿La decisión nace únicamente de emociones intensas o hay también una paz profunda y la convicción de que pueden construir algo bueno ante Dios?
El discernimiento requiere tiempo, oración y disposición para escuchar la voluntad del Señor. No significa esperar una señal extraordinaria ni tener todas las respuestas, sino aprender a reconocer, con madurez y libertad, si esta relación puede convertirse en una vocación compartida.
6. Capacidad de entregarse al otro
El amor no consiste solamente en sentir algo por otra persona. También implica querer su bien y demostrarlo con acciones concretas.
En el matrimonio, ambos deben ser capaces de salir de sí mismos, pensar en las necesidades del otro y actuar con generosidad. Esto no significa anularse ni renunciar a la propia dignidad, sino aprender a amar sin convertir la relación en una búsqueda constante de beneficios personales.
Cuando falta esta disposición, el egoísmo comienza a ocupar su lugar y puede desgastar poco a poco la relación.
El amor cristiano, por el contrario, invita a entregarse, servir, perdonar y buscar el bien del otro, incluso cuando hacerlo exige esfuerzo y sacrificio.
7. Una profunda admiración y valoración mutua
Más allá de los compromisos y de la conveniencia de estar juntos, ¿se valoran de verdad? ¿Disfrutan de la compañía del otro? ¿Reconocen sus cualidades y se sienten agradecidos por la persona que tienen a su lado?
Esta admiración profunda ayuda a mantener unida a la pareja en las dificultades, los logros, las aventuras y la rutina cotidiana.
El autor recuerda una escena de La princesa prometida, en la que Westley responde constantemente a Buttercup: «Como desees». A medida que avanza la historia, descubrimos que esas palabras son su manera de decirle «Te amo». Su amor se manifiesta en el sacrificio, la perseverancia y la disposición a luchar por ella.
Esta imagen nos recuerda que el verdadero amor no se limita a las palabras románticas. Se demuestra cada día mediante pequeños gestos, decisiones y acciones que expresan cuánto valoramos al otro.
En el matrimonio, esa valoración se convierte en una elección cotidiana: procurar el bien del cónyuge, acompañarlo en las distintas etapas de la vida y mantener vivo el compromiso incluso cuando la convivencia presenta desafíos.
Elegir con sabiduría y confiar en Dios
Discernir si una persona es la adecuada para casarse no significa buscar a alguien perfecto, porque nadie lo es. Se trata de descubrir si existe una compatibilidad profunda, si ambos están dispuestos a crecer en las virtudes y si pueden reconocer en su relación una llamada de Dios.
Tómense su tiempo. Oren. Busquen buenos consejos y aprendan a conocerse en distintas circunstancias, no solamente durante los momentos más emocionantes del noviazgo.
La persona adecuada no eliminará todas las dificultades, pero sí será alguien con quien valga la pena afrontarlas. Alguien con quien crecer, construir una familia, compartir la fe y caminar hacia la santidad.
Que quienes buscan a la persona con quien compartir su vida lo hagan con valentía, sabiduría y confianza en el Señor, que desea nuestra felicidad y salvación.
Con una decisión consciente, una voluntad firme y la gracia de Dios, es posible descubrir el verdadero sentido de esta vocación y prepararse para vivir un amor que dure toda la vida.
Por Mark Kalpakgian | Adaptación de LaFamilia.info
Fuente original: National Catholic Register



