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El regalo de empezar de nuevo

Cada año, la Iglesia Católica “sube el volumen” a una realidad indispensable en nuestro peregrinar hacia Dios en medio del mundo: la conversión.

No se trata de un simple propósito pasajero ni de un ejercicio emocional. La conversión es un camino permanente que exige dos elementos inseparables: la gracia de Dios y nuestra cooperación libre. Ese binomio fecundo hace posible el encuentro personal con el Señor, un encuentro que transforma la vida desde dentro.

Sin embargo, necesitamos que se nos recuerde una y otra vez la importancia de este retorno al corazón. Y es precisamente ahí donde aparece la pedagogía amorosa de la Cuaresma.

Como nos dice el libro de los Proverbios:

“La senda del justo es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta llegar al pleno día” (Prov 4,18).

La vida cristiana no es estática. Está llamada a crecer, a avanzar, a purificarse. No podemos conformarnos con una fe tibia o adormecida.

Algunos consideran las prácticas cuaresmales como ritualismos sin sentido. Y cuando esa mirada crítica se instala en el corazón, puede afectar nuestra disposición interior y dar paso a la indiferencia espiritual.

El Evangelio nos advierte:

“Como el esposo tardaba, les entró sueño y se durmieron” (Mt 25,5).

La tibieza comienza cuando dejamos de esperar con esperanza.

Pero Dios es paciente. En el Evangelio según San Lucas encontramos una imagen profundamente consoladora:

“Señor, déjala todavía este año; cavaré alrededor y echaré abono, por si da fruto” (cf. Lc 13,7-9).

La Cuaresma es precisamente ese “año más”, ese tiempo concedido por la misericordia divina para dar fruto. No es amenaza, es oportunidad. No es condena, es cuidado.

Es el regalo de empezar de nuevo.

Es tiempo para examinarnos con sinceridad, hacer un alto en el camino y, si nos hemos extraviado, regresar. La Iglesia nos propone tres medios concretos y profundamente humanos para recorrer este proceso: la oración, el ayuno y la limosna.

La oración fortalece nuestra relación con Dios. Nos recuerda que no caminamos solos. Dios es Padre cercano, atento, nunca indiferente. Orar es hablarle de nuestras alegrías, logros, tristezas y decepciones; pero también es guardar silencio para escuchar su voz en el corazón. Es volver a los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, donde su gracia nos renueva.

El ayuno ordena nuestra relación con nosotros mismos. No se reduce a privarnos de alimentos; es aprender a negarnos aquello que alimenta el egoísmo. Es ejercitarnos en el dominio propio, en el perdón, en reconocer errores y tener la humildad de empezar otra vez. Es un entrenamiento interior que nos libera.

La limosna transforma nuestra relación con los demás. Nos saca de la indiferencia y nos mueve a escuchar al afligido, acompañar al necesitado, sostener al que sufre y llevar esperanza al que la ha perdido. Es hacer visible el amor de Dios en gestos concretos, especialmente en la vida familiar.

La Cuaresma nos recuerda que estamos llamados a la eternidad con Dios, pero que ese destino comienza a construirse en lo cotidiano: en casa, en el trabajo, en la comunidad. El entrenamiento para el cielo empieza aquí.

No lo olvidemos: la Cuaresma no es una carga.

Es el regalo de empezar de nuevo.

***

Jesús Morales Pérez

Ayudo a jóvenes, adultos y familias a transformar sus desafíos emocionales en crecimiento personal. Psicólogo clínico, orientador familiar y conferencista. Autor del libro La fuerza de lo sencillo

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