A los padres nos preocupa cómo contribuir a la formación integral de nuestros hijos. Conocer el desarrollo del cerebro y del sistema nervioso, así como sus funciones, nos ayuda a entender que constituyen la base biológica sobre la que se construye su personalidad.
El papel de la familia en la formación del cerebro
La familia y las vivencias llenas de afecto van modelando y dejando una “huella” en el cerebro de los niños, configurando su forma única de ser, anclada en su temperamento y en sus cualidades personales, que debemos descubrir y potenciar.
Sabiendo que no todo se reduce a materia y neuronas, la persona tiene una dimensión que la trasciende: no solo su aspecto psicológico, sino también el espiritual, junto con esos anhelos de belleza y felicidad que habitan en el corazón humano.
El desarrollo humano se da especialmente en las primeras etapas de la vida, impulsado por la curiosidad y la capacidad de asombro de los niños, que —como ya señalaban los clásicos— son el verdadero motor del aprendizaje. La admiración y la emoción que despierta el mundo en ellos encienden la atención y la mantienen activa. Viven, en cierto modo, en un asombro constante.
Los estímulos de la vida cotidiana, en un ambiente de cariño y relaciones personales como la familia, son fundamentales. El niño necesita interactuar con los demás, especialmente con sus padres, para madurar y construir su identidad.
Contamos con un “cerebro social” diseñado para relacionarnos, y con un corazón capaz de querer y sentirse querido. Estas capacidades, junto con el “cerebro emocional” —que percibe los estados interiores—, están presentes desde edades muy tempranas.
Como señala el humanista Tomás Melendo, la persona “se hace” y se “rehace”, se construye y se reconstruye en la familia, que es el ámbito propio del amor y de las verdaderas relaciones humanas. El niño necesita esa interacción con quienes le quieren para crecer.
El cerebro emocional: aprender desde el vínculo y el cariño
La clave del aprendizaje está en permitir que los niños admiren su entorno, la naturaleza; en dejar espacio a su asombro, a su curiosidad y a su imaginación… hasta llegar al entusiasmo. Estas capacidades abren las puertas de la atención y despiertan el deseo de conocer.
Por eso es importante fomentar la exploración, la imaginación y la creatividad, así como darles pequeñas tareas y encargos desde muy pequeños. Les encanta aprender haciendo, y eso forma parte de su propio desarrollo.
También es fundamental enseñarles lo que está bien y lo que está mal, de acuerdo con su edad, para que tengan referentes claros. Los padres podemos atraerlos hacia valores humanos nobles, basados en principios que no pasan de moda y que se viven en familia. Ahí aprenden lo más importante.
Es clave respetar sus ritmos, sus tiempos de atención y esos periodos especialmente sensibles del aprendizaje y del neurodesarrollo.
Y darles libertad de acción: que puedan moverse, experimentar, explorar… así desarrollan autonomía, habilidades y confianza. Poco a poco, pueden tomar decisiones, descubrir sus intereses y relacionarse con los demás.
Todo esto debe estar guiado por una certeza fundamental: saberse queridos. Esto no significa darles todo ni sobreprotegerlos, sino ofrecerles cariño, tiempo y presencia. Y, al mismo tiempo, ayudarles a aprender a hacer las cosas por sí mismos.
Claves para favorecer el aprendizaje desde casa
A los niños les encanta moverse, explorar y experimentar. Cuantas más oportunidades tengan de aprender a través de la experiencia, mejor desarrollarán sus capacidades. Cuantos más sentidos involucren, más profundo será su aprendizaje.
Los sentidos son como “ventanas” que les permiten conocer el mundo y relacionarse con él. Por eso, el movimiento y la actividad física son fundamentales para un buen desarrollo neurológico.
Los primeros años de vida son especialmente importantes. Entre los 0 y 3 años, el cerebro está en pleno desarrollo, formando conexiones neuronales (sinapsis) y siendo especialmente sensible a ciertos aprendizajes. Este periodo se extiende, con otras habilidades, hasta los 6 u 8 años.
Aprender significa, en gran medida, crear nuevas conexiones neuronales. Así lo descubrió el premio Nobel de medicina Santiago Ramón y Cajal, quien ya intuía lo que hoy la ciencia confirma: aprendizaje y desarrollo cerebral están profundamente unidos.
Y el motor de todo este proceso es la curiosidad, el asombro y el deseo de conocer, en un ambiente cálido, afectuoso y lleno de amor. Es decir, la familia.
No lo olvidemos: nuestros hijos nos necesitan presentes. Disfrutemos de estar con ellos y de acompañar su desarrollo.
*Colaboración de Mª José Calvo para LaFamilia.info. Médico de familia por la Universidad de Navarra y Orientadora familiar y conyugal por IPAO, y a través del ICE de la Universidad de Navarra. Colaboradora habitual en la revista “Hacer Familia” sobre temas de pareja. optimistaseducando.blogspot.com.co
Por Mª José Calvo para LaFamilia.info

