Hace unas semanas asistí a un taller en el colegio de mis hijos cuyo objetivo era fortalecer la relación madre-hijo, especialmente en esa etapa de tránsito hacia la adolescencia. Entre las diferentes actividades propuestas, una en particular invitaba a la reflexión: dibujar la silueta de nuestra mano, luego cubrirla con un guante y, sin ver directamente, intentar trazar las líneas de la palma. Al final, al comparar el dibujo con la realidad, el resultado era revelador: no coincidían.
Este ejercicio sencillo dejó en evidencia una idea que solemos repetir sin pensar demasiado: “conozco a mi hijo como la palma de mi mano”. Pero ¿realmente conocemos nuestra propia palma? ¿Y, por tanto, a nuestros hijos? La experiencia fue una invitación a reconocer cuánto desconocemos de quienes más amamos y a asumir la tarea de conocerlos como lo que realmente son: personas únicas.
Esa inquietud siguió rondando mis pensamientos durante los días siguientes, y coincidió con el descubrimiento de la miniserie Adolescencia en Netflix. Con apenas cuatro capítulos y un formato de plano secuencial —un método que consiste en grabar escenas completas sin cortes aparentes—, sus últimos veinte minutos reforzaron con fuerza aquella reflexión iniciada en el taller. En la serie, una familia inglesa se enfrenta a una situación verdaderamente incómoda: a pesar de haber criado a sus dos hijos bajo el mismo techo, con los mismos padres, valores y reglas, los resultados en cada uno fueron completamente distintos. La conclusión es clara: no existe una fórmula única para educar, porque no existen hijos iguales.
Aquí es donde la premisa de la singularidad toma fuerza. Cada hijo, cada persona, es un mundo aparte. Ni siquiera la clonación podría reproducir la riqueza de matices que define a un ser humano. Conocer verdaderamente a nuestros hijos implica más que estar presentes: implica mirar con atención, escuchar con apertura y crear espacio para que cada uno se exprese tal y como es.
Esto no significa que debamos renunciar a reglas o normas de convivencia comunes en casa. Al contrario, en un hogar con varios hijos, es necesario establecer principios compartidos que favorezcan un buen ambiente familiar. Pero junto a esas normas generales, cada miembro de la familia —incluidos madre y padre— procuraría tener también un camino de crecimiento personal. No me gusta llamarlo “plan de mejora”, porque no se trata de arreglar lo que está mal, sino de potenciar lo que ya está dentro: descubrir, cultivar y poner al servicio de los demás esos talentos únicos que cada uno ha recibido.
Educar con esta mirada supone reconocer que la equidad no significa uniformidad. Así como cuidamos con atención las alergias o necesidades físicas particulares de cada hijo, del mismo modo deberían adaptarse las correcciones, los encargos y, sobre todo, las demostraciones de amor. Tratar a todos por igual, paradójicamente, puede hacer que solo uno se sienta verdaderamente comprendido.
Por eso, educar bien exige más que normas: requiere tiempo en cantidad y calidad, para conocer a fondo a cada hijo. Pero también requiere valentía. Valentía para aceptar aquellas facetas de su personalidad que no son como esperábamos, y aún más valentía para acompañarlos a descubrir y desarrollar los talentos que necesitan disciplina y constancia para florecer. Tal vez ese sea, al final, el verdadero camino al cielo: ayudar a que cada hijo descubra quién es y cómo puede poner lo mejor de sí al servicio de los demás.
Por Laurie Bustamante Hoyos para LaFamilia.info
Subdirectora Nacional de Promoción y comunicaciones Aspaen Colombia. Esposa y mamá de 4