Tomás Melendo
04.04.2011

A modo de introducción: Cavilaciones de una madre “de andar por casa” sobre los “padres ejemplares” (Por Marta Román)

Vaya título: “Padres ejemplares”.

Anda que no habré escuchado veces… Que si Fray Ejemplo… Que si los críos se enteran de todo…

¡Qué más quisiera yo que ser una madre ejemplar!

A mí ser madre me ha convertido en madre, pero de ahí a que me haya convertido en “ejemplar”, va un abismo. Soy más bien, “madre de andar por casa”.

Pero vamos, que no soy la única. Miro a los matrimonios amigos y son buena gente, pero de eso a “padres ejemplares”… Son más bien, “padres de andar por casa”.

Claro, que Tomás Melendo no da ningún “ejemplo de padres ejemplares”. ¿Será que no los hay? Sólo se refiere al ejemplo de cada uno para con sus hijos. A lo mejor es que ser padres ejemplares no es ser “padres técnicamente perfectos”. A lo mejor es algo al alcance de cualquier padre de andar por casa. Conociendo a Tomás, no me extrañaría.

Voy a seguir leyendo… muy buenas las citas. Me ha gustado eso de que la justicia sin misericordia se convierte en crueldad o también que lo que forma el carácter de un niño o una niña es lo que aprendieron a amar y admirar de pequeños. Me da qué pensar.

… Voy por la mitad y aún no sé cómo convertirme en madre ejemplar. Ahora encuentro unas ideas que los padres de andar por casa aplicamos sin saber que nos están convirtiendo en “ejemplares”. O sea, que no es tan difícil.

El punto 4 se titula así: “Para ser padres ejemplares”. Y en efecto, ¡aquí lo dice! No es nada grandilocuente ni aparatoso. Parece hasta fácil y, en mi caso concreto, voy a dar más de una alegría. ¡Genial!

Padres ejemplares… por amor

Vimos en el artículo precedente que el amor es la base de toda educación. Pretendo considerar a partir de ahora algunos de los principios que concretan y aterrizan ese fundamento. El primero de ellos: el poder del ejemplo.

1. «Primum vivere…»: más enseña la vida que cualquier teoría

Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. En concreto, jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están o parecen estar superocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.

Por todo lo anterior, escribe Javier Salinas que educar no consiste en acumular conocimientos, sino más bien en ayudar a desarrollar armónicamente las dimensiones que cualifican a la persona. Y esto supone sobre todo la presencia eficaz de auténticos educadores: de alguien a quien imitar, con quien confrontarse, y que, por su manera de vivir, ofrezca estímulos para alcanzar la meta de la educación, que es el ejercicio de la libertad y la voluntad de comprometerse con aquello que es bueno, noble y justo.

A lo que añade de inmediato: «Por otra parte, no hay que olvidar que la educación es fundamentalmente imitación, conocimiento de valores y repetición de aquellas formas de comportamiento que hacen excelente a la persona».

Afirmación que se acerca bastante a lo que aseguraba John Stuart Mill: «Lo que forma el carácter no es lo que un niño o una niña pueden repetir de memoria, sino lo que ellos aprendieron a amar y admirar».

Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo y, muy particularmente, con la orientación que impriman al conjunto de su existencia; en última instancia,
a) o el amor propio
b) o el amor a Dios y, en Dios y por Dios, a todos los demás

2. Coherencia eficaz…

Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de incitación, de confirmación y de ánimo:

a) No hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él.

b) E igualmente a comer de todo, a poner y quitar la mesa, el lavavajillas, a ordenar su cuarto para que los demás estén más cómodos, a ir al supermercado…

c) A mantener en el hogar un tono de corrección, en el vestir y en el hablar, pongo por caso, también para hacer más agradable la vida a los demás, que disfrutan con nuestro buen aspecto.

d) A controlar los enfados y las rabietas, a no volcar su mal humor sobre el primero que encuentre en su camino, a estar más pendiente de sus hermanos que de sí mismo, etc.

Todo esto lo aprenden los chicos, desde muy pronto, observando la manera cómo los padres se tratan entre sí y, derivadamente, el modo cómo tratan a los demás, incluidos ellos mismos (los hijos). Y según lo que vean, adoptarán un tenor de vida u otro: no sólo ni principalmente con sus padres, sino con todos aquellos con quienes se relacionen y, muy en particular, con sus hermanos más próximos.

Por eso, el test definitivo de la marcha de un hogar no es lo que un hijo esté dispuesto a hacer por sus padres normalmente, si la familia funciona, mucho o todo o casi todo, sino lo que cada hermano es capaz de hacer por los restantes, especialmente cuando la tarea en cuestión le tocaría a otro de sus hermanos.

Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas, despierta… y arrastra

3. O ineficacia, e incluso daño

En el extremo opuesto, junto con la falta de amor recíproco esposo esposa, la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre pueden infligir a sus hijos.

Cosa que ocurre, sobre todo, a determinadas edades la adolescencia, sin duda, pero también algunos años antes, cuando el sentido de la “justicia” se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobredesarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.

¡Produce pasmo ver hasta qué extremos puede ser feroz y despiadado el juicio de un crío o una cría! Y, no obstante, no debería asombrarnos. Como decía Tomás de Aquino, cuando falta la misericordia, la justicia se convierte en crueldad.

Si falta la misericordia, la justicia se convierte en crueldad

4. Para ser padres ejemplares

Para evitar que esto pudiera suceder, o, dicho en positivo, si queremos ser unos padres ejemplares, que enseñen y arrastren, existe un precepto cuya importancia resulta imposible exagerar y al que, por eso, acudiré más de una vez.

El mejor modo de mantener y fomentar la armonía de un hogar y el crecimiento de los hijos consiste en:

a) Reducir cuanto se pueda el número de normas por las que se rige su conducta: «tantas como sea necesario y tan pocas como sea posible», sugiere Murphy-Witt.

b) Hacer que esos criterios fundamentales respondan a la verdad y la bondad objetivas, a lo que en sí mismo es bueno o malo, y no a preferencias o caprichos de los cónyuges. Por consiguiente, esos preceptos han de cumplirlos tanto los padres como los hijos: también, para no andarme por las ramas, el empleo de la tele, del ordenador, los móviles y aparatos similares; la visión de determinados programas, el uso y no abuso de bebidas alcohólicas o de caprichos culinarios; o, con los matices imprescindibles, la hora de volver a casa y de acostarse.

c) Lograr que en todo lo demás se respete exquisitamente la libertad y la iniciativa de los chicos igual que, antes, las del cónyuge, aunque el modo como actúen, siempre que sea éticamente lícito, choque frontalmente con las preferencias del padre o de la madre, que, como vengo repitiendo, no deberían contar para nada.

Lo que importa es el bien del hijo, no mis caprichos ni mis satisfacciones de padre o de madre

En resumen: unos cuantos criterios claros muy pocos, objetivos e inamovibles y un exquisito respeto al modo de ser de cada cual.

5. Estabilidad

Insisto ahora en que, a pesar de lo que a veces pensemos y de lo que imponen ciertas modas ya un tanto desfasadas, los niños y adolescentes más todavía que los adultos necesitan de forma imperiosa unos puntos de referencia estables y sólidos. De lo contrario, se tornan inseguros, vacilantes e indecisos, además de sufrir inútilmente.

Establecer esos hitos es tarea de los padres, que siempre deben determinarlos en función de la realidad: del bien y de la verdad objetivos, de lo que redunda en real beneficio de todos, porque les enseña a amar mejor, estando más atentos al bien de los demás que al propio.

De lo contrario, según recuerda Murphy-Witt, las presuntas normas fluirán continuamente, al vaivén del humor y de la mejor o peor forma en que se encuentren los padres. Y los niños nunca sabrán a qué atenerse: en lugar de contar con criterios objetivos de conducta, se verán sometidos al antojo de los adultos.

«Al fin y al cabo advierten, aun sin pensarlo explícitamente, son mamá y papá los que deciden».

Y lo harán incluso de forma autoritaria, cuando no tengan tiempo o ganas para enzarzarse en discusiones interminables. Entonces, el que se declaraba amigo y compañero haciendo concesiones imprudentes y desmesuradas, se transforma de repente en dictador, lo cual es muy difícil de entender para los niños. ¿A quién puede extrañar que se rebelen y que no respeten lo que se ha establecido sin tenerlos realmente en cuenta y sin tener tampoco en cuenta el bien y la verdad?

Como puede advertirse, también ahora el peligro deriva de estar más pendientes de nosotros mismos que de nuestros hijos y de lo que efectivamente los ayuda a ser mejores.

El resultado es una fluctuación continua entre la imposición de normas rígidas y arbitrarias, cuando nos sentimos con fuerzas y ganas de ayudarlos… y el abandono más absoluto, cuando nos puede el cansancio, el desánimo o la comodidad.

Así pues agrega Murphy-Witt, ¡se acabó la alternancia entre la concesión de una supuesta libertad progresista y el no inmiscuirse por comodidad!

Y concluye: «Los niños quieren que los eduquen. Para ello es necesario también que aprendan a tomar sus propias decisiones, pero en función de su edad y paso a paso, bajo la dirección paterna. Quien conduzca a su hijo cuidadosamente hacia este objetivo, podrá acabar dejando en sus manos, con plena y segura confianza, toda la libertad de decisión respecto a sus propios intereses».

Las pautas que se establezcan en un hogar deben responder a la verdad y el bien objetivos, reales, no a nuestros estados de humor, preferencias, ilusiones, desganas o cansancios, etc.

Cortesía de Tomás Melendo para LaFamilia.info

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Juan Meseguer - Aceprensa
31.01.2011

En una época en la que los valores en alza son la autonomía personal, el pluralismo o la autenticidad, vale la pena dedicar unos minutos a pensar qué virtudes pueden atraer más a los jóvenes de hoy. El pensamiento crítico, la valentía para defender las propias convicciones y la empatía orientada a ayudar a los demás son tres entre otras que cabe enumerar.

Frente a los cansinos reportajes que se dedican a lamentar el insaciable narcisismo de la “Generación Yo” (los nacidos después de 1982), su adicción a las pantallas o su necesidad permanente de estar conectados con otros, es posible dar la vuelta a la tortilla e intentar sacar virtudes de sus puntos débiles.

El ideal de autenticidad, por ejemplo, puede ser un revulsivo para favorecer el pensamiento crítico o la valentía para manifestar lo que uno piensa al margen de la corrección política; el boom de las relaciones virtuales puede llevarse al terreno de la vida real para fomentar la preocupación por los demás, etc.

Pensar por libre

Los padres quieren que sus hijos se porten bien, pero ¿qué significa eso exactamente? Los niños y los adolescentes pueden salir airosos cuando se plantea un conflicto entre decisiones del tipo “haz el bien” y “evita el mal”. Quien más, quien menos intuye que eso de fastidiar a su hermana adolescente no debe de estar muy bien.

Sin embargo, la cosa se complica ante dilemas que exigen elegir entre “hacer el bien” y... “hacer el bien”. En su libro Good Kids, Tough Choices (1), Rusworth Kidder –escritor e investigador del Institute for Global Ethics– identifica cuatro paradigmas de este tipo de conflictos: verdad frente a lealtad; necesidades individuales frente a necesidades colectivas; decisiones a largo plazo frente a decisiones a corto plazo; y justicia frente a compasión.

Un ejemplo del primer paradigma es el caso del adolescente que se plantea qué hacer cuando un amigo le pide que guarde un secreto que puede perjudicar a otros. ¿Debe ceder el “valor de la palabra dada” ante aquella otra lección que aprendió de pequeño: “Di siempre la verdad”?

Para unos padres acostumbrados a educar a contracorriente a sus hijos, la aparición de un nuevo libro como el de Kidder puede ser un motivo de alegría, de preocupación... o simplemente de hastío. Alguno pondría pensar: “Si vas a decirnos que todo es más complicado de lo que imaginábamos, podías haberte ahorrado el trabajo”.

Pero Kidder no viene a asustar a nadie. Su objetivo es dirigir la atención y los esfuerzos de los padres hacia lo que él considera esencial: más que decir a los hijos lo que han de hacer en cada caso, los padres deberían enseñarles a razonar éticamente.

A su juicio, la clave es sustituir los mandatos ligados a la casuística (que tanto desgastan al que los da y al que los recibe) por conversaciones pausadas donde los niños vayan aprendiendo a pensar por su cuenta. Así, poco a poco, irán adquiriendo un estilo de pensamiento prudencial. Lo que, a la larga, contribuye a que los hijos maduren y ganen en independencia frente al último comentario que le dejan en su red social.

Da la cara por tus ideas

Una de las virtudes básicas por las que aboga Kidder en su libro es lo que llama el “coraje moral”, o sea la prontitud para seguir la conciencia y la valentía para tomar partido públicamente a favor de esas opciones.

A lo largo de más de 20 años de investigación, Kidder y su equipo han comprobado que “muchos tienen valores muy buenos y son capaces de tomar decisiones encomiables. Pero si falta valentía para defender esos valores cuando alguien los pone a prueba, en la práctica no hay mucha diferencia entre tenerlos o no. El coraje es el catalizador; sin él, no hay más que teorías bonitas”.

Kidder pone el ejemplo del acoso escolar. “Aquí tenemos un campo de trabajo idóneo para que los chicos se entrenen y empiecen a mostrar ese coraje. Pueden aprender a proteger a las víctimas, a parar los pies a los matones de la clase, a correr el riesgo de hablar... Sí, riesgo. Porque sin cierto riesgo no hay coraje”.

La valentía, añade Kidder, se ha considerado siempre una virtud que marcaba el paso de la adolescencia a la edad adulta. “Aquí tienes una lanza”, se decía en algunas culturas. “Hay un oso en el bosque; vete y cázalo. Cuando regreses en tres días, por fin serás un hombre”.

Como en las sociedades occidentales ya no existen este tipo de ritos, el coraje moral –salir públicamente en defensa de las propias convicciones– se ha convertido hoy en el equivalente a la caza del oso.

Del yo al nosotros

Michael Ungar, experto en orientación familiar, casado y padre de dos adolescentes, es de los que piensan que la “Generación Yo” no necesariamente es lo peor que le ha pasado a la humanidad en los últimos siglos.

Es cierto que la cultura actual empuja sin tregua a los jóvenes a vivir obsesionados con su apariencia. Y que incluso los padres, sin quererlo, pueden reforzar esa tendencia. “Nadie se propone hacer de sus hijos unos egocéntricos. Sin embargo, podemos hacer cosas sutiles y no tan sutiles que, sin darnos cuenta, lleven a nuestros hijos a pensar en ellos mismos antes que en los demás”.

Lo bueno es que ahora tenemos más experiencia que en otras épocas, donde no había tiempo ni medios para autopromocionarse en las redes sociales. Con este enfoque optimista, Ungar ofrece pistas en su libro The We Generation (2) para conducir a las futuras generaciones hacia “un comportamiento socialmente responsable”.

Además, tiene la audacia de confíar a la “Generación Yo” la puesta en marcha de ese movimiento. Precisamente la actitud de estar siempre “conectados al grupo” (on line, sí, pero conectados) les predispone para la empatía. Y, bien encauzada, esa capacidad de hacerse cargo de lo que piensan y sienten los demás puede convertirse en una fuerza para el bien.

_____________________

  1. Rusworth Kidder. Good Kids, Tough Choices: How Parents Can Help Their Children Do the Right Thing. Jossey-Bass. San Francisco (2010). 260 págs. 11,53 $.
  2. Michael Ungar. The We Generation: Raising Socially Responsible Kids. Da Capo Press. Cambridge (2009). 280 págs. 14,43 $.

Para formar a los hijos,
hay que sustituir las
órdenes ligadas a la
casuística por
conversaciones
pausadas donde ellos
aprendan a razonar
éticamente.

Zenit
15.08.2009

Durante los días 10 y 12 de agosto pasado, se llevó a cabo el V Congreso Mundial de Familias en la ciudad de Ámsterdam, Países Bajos; del cual surgió la siguiente declaración:

  1. En representación de las familias y organizaciones provenientes de más de 60 naciones, nosotros, los delegados del V Congreso Mundial de Familias celebrado en Ámsterdam, Países Bajos, del 10 al 12 de agosto de 2009, afirmamos de acuerdo con el Artículo 16, párrafo 3, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que "la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado."
  2. En solidaridad con las Declaraciones de los Congresos Mundiales de Familias anteriores, definimos a la familia natural como la unión matrimonial entre un hombre y una mujer para toda la vida, con el fin de acoger y cuidar de la vida humana nueva, de proporcionar amor, compañía y apoyo mutuo en la construcción de un hogar rico en funciones, y de fortalecer los vínculos entre las generaciones.
  3. Nos definimos como pro-niños. Reafirmamos las estructuras sociales, culturales y legales que fomentan el desarrollo óptimo de los niños, en términos de salud, educación y posteriormente, responsabilidad cívica. Favorecemos los acuerdos laborales que permitan que los padres pasen más tiempo con sus hijos.
  4. Reconocemos lo que las ciencias biológicas y sociales enseñan: que las expectativas para los hijos son mejores cuando son criados por sus padres naturales dentro del hogar, formado por el matrimonio de sus padres.
  5. Afirmamos que el futuro de las naciones se apoya en las familias que tienen una base espiritual. Las organizaciones religiosas deberán ser libres para defender su propia doctrina sobre el matrimonio y la familia en la esfera pública.
  6. Afirmamos que la familia natural es anterior al Estado. Las políticas públicas deben respetar la autonomía de la familia. Exigimos leyes y políticas sólidas que:
    • apoyen la institución natural del matrimonio;
    • desalienten el divorcio, especialmente cuando haya niños involucrados;
    • fomenten matrimonios que se comprometan a tener y a educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones;
    • protejan el derecho primordial de los padres de educar a sus hijos;
    • protejan el desarrollo físico, mental, social y espiritual de los niños;
      y custodien la vida humana especialmente vulnerable, al principio y al final del ciclo vital.
  7. Afirmamos la solidaridad entre las generaciones. Más allá del círculo inmediato conformado por la madre, el padre y sus hijos, se encuentra la riqueza ancestral de los abuelos, tías, tíos y primos. La urbanización, la industrialización, la migración, las guerras, las epidemias y un individualismo egoísta han debilitado los vínculos de la familia extensa.
  8. Apoyamos las acciones que revigoricen este círculo más amplio de la familia extensa como el lugar donde las personas puedan encontrar ayuda en tiempos de crisis, de desempleo, enfermedad, pobreza, vejez y el duelo por la pérdida de seres queridos.
  9. Proponemos a la familia natural como nuestra solución a la pobreza. El apoyo a las personas que viven en extrema pobreza debe ser proporcionado dentro del entorno familiar, cuando sea posible.
  10. Apoyamos las estrategias que fomenten que la familia sea dueña de su propio hogar y del desarrollo de microempresas, que promuevan la orientación vocacional para jóvenes de ambos sexos y la renovación de las economías rurales como una mejor alternativa a la migración hacia las ciudades.
  11. Vemos el nacimiento de cada bebé como un activo para el mundo, una nueva inteligencia y un nuevo par de manos.
  12. Identificamos las tasas de natalidad decrecientes como el principal problema demográfico del siglo 21. Apoyamos las medidas que desalientan el aborto (incluyendo el aborto por elección del sexo), las que favorezcan familias más numerosas y saludables y las que apoyen el crecimiento económico.
  13. Respondemos a la pandemia del VIH y del SIDA con un programa de abstinencia, fidelidad y formación de carácter a través de una educación para la vida basada en los valores. Creemos que este enfoque inspirará y reforzará la vida familiar en las sociedades, romperá con el ciclo de la infección y beneficiará a los niños. También exhortamos la introducción de iniciativas especiales para mejorar el cuidado de las víctimas del SIDA, la atención a los huérfanos y a los familiares de edad avanzada que cuidan de ellos para la reconstrucción de hogares funcionales.
  14. Por último, solicitamos un enfoque familiar en temas de salud: La educación sexual deberá ser impartida por los padres de familia y debe basarse en el desarrollo de la fuerza de voluntad, la fidelidad en las relaciones conyugales y la toma responsable de decisiones. Los servicios de salud antes y después del parto deberán extenderse a la orientación sobre alternativas diferentes al aborto, incluyendo la adopción. El amamantamiento deberá promoverse como una estrategia de supervivencia infantil.

Tomás Melendo
21.03.2011

A modo de introducción: Mi diálogo imaginario con el autor del artículo. Por Marta Román

Marta Román — Tomás, si mis hijos leen esto van a decir que te rayas. Da igual el título del artículo que te lea o de la conferencia que te escuche o de lo que sea. ¡Siempre acabas en lo mismo!, en el amor.

Tomás Melendo — Es verdad, y no es que acabe, es que también empiezo. Lo reconozco, me rayo, como dicen tus hijos y los míos. ¿Qué puedo hacer?

M.R. — Pues no sé, ¿darle un aire más… psicológico?, ¿más de… experto educador a padre desesperado?

T. M. — ¡¡Agg!! Prefiero rayarme.

M.R. — Es que uno lee y se hace preguntas.

T. M. — Pues eso está bien.

M.R. — ¡Pero es que los padres desesperados buscamos respuestas!

T. M. — Ya, por eso escribo tantos artículos sobre educación, persona, sexualidad, familia, trabajo, en fin, sobre amor… ya sabes.

M.R. — ¿?

T. M. — Quiero decir, que después de darle vueltas 40 años no encuentro respuestas en ninguna otra parte. ¿Qué quieres que haga?

M.R. — Entonces ¿hay respuestas?

T. M. — A puñados, pero todas en el amor.

M.R. — Oye Tomás, te voy a contar una curiosidad: ¿sabes cómo se dice en italiano querer a alguien? Voler bene. He visto que en tu artículo has tenido que añadir el “bien” al querer porque en español da lo mismo querer una coca-cola que querer a tu hijo. En Italia, si un chico le dice a su chica que la quiere lo hace así: “Ti voglio bene”. ¿A que suena muy bien?

T. M. — Genial. Me encanta que me lo hayas contado. Me has dado una idea…

M.R. — Sabía que te gustaría. Por cierto, a mí me ha encantado el artículo.

1. Planteamiento

Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos. Sin embargo, en los momentos actuales, a veces da la impresión de que pretenden ignorarlo. No solo solicitan ayuda, sino que piden, con más o menos conciencia y claridad, ser sustituidos en esa tarea indelegable.

1.1. La dificultad de educar

Esta especie de resistencia resulta más que comprensible. Y es que la misión paterno-materna de educar no es nada fácil y tal vez menos todavía en los tiempos presentes.

En cualquier caso, está llena de contrastes, en apariencia inconciliables. Por ejemplo, a lo largo de toda su existencia, los padres:

a) Han de acoger a cada hijo —único e irrepetible— tal como es, aun cuando en ocasiones no responda a sus expectativas. Los hijos no son “propiedad” de quienes los han engendrado, que no pueden disponer de ellos a su antojo: su verdad más radical no es ser hijos nuestros, sino hijos de Dios, con toda la grandeza, autonomía y libertad que eso les confiere.

b) Han de respetar la libertad de los chicos y, más todavía, fomentarla y hacerla crecer, pero a la vez guiarles y corregirles.

c) Han de saber comprender, pero también exigir, sin ceder inoportunamente ante lo que redunde en mal de sus hijos, por más que estos insistan.

d) Han de ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción y el incremento de la autoestima que el realizarlas lleva consigo: por eso, lo que un hijo puede razonablemente hacer por sí mismo, nunca debería ser hecho por sus padres o por otras personas.

1.2. Necesidad de aprender a ser padres

En consecuencia, los padres han de aprender por sí mismos a serlo y desde muy pronto.

En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alto riesgo: no ocurre así ni en la albañilería, la mecánica, las artes gráficas o el diseño; tampoco en medicina, en la arquitectura, en la ingeniería, en el derecho, en la carrera militar, la política, la administración o en el seno de una empresa…

¿Por qué en el “oficio de padres” debería ser de otra forma? ¿Tal vez porque su responsabilidad es menor que la de quienes trabajan en una profesión “convencional”?

Da la impresión de que no. Al contrario, como vengo repitiendo desde hace años, tras las huellas de Juan Pablo II, “según es la familia, tal es la sociedad, porque así es el hombre”, la persona humana: el futuro de la civilización se juega en el seno de cada hogar, incluso de cada matrimonio.

¿Acaso, entonces, porque se trata más de un arte que de una ciencia?

Aunque se pudiera estar de acuerdo en este punto, en ningún arte bastan la inspiración y la intuición. Es menester también instruirse, formarse, ejercitarse, como confirman justamente los artistas que dan la impresión de trabajar sin apenas esfuerzo. Cuanto más “natural” parece la obra maestra, más trabajo ha llevado consigo: un empeño, la mayor parte de las veces previo, sedimentado a modo de habilidades.

1.3. No “recetas”, pero sí “principios”

Por otro lado, aprender el “oficio” de padre y educador no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Ni tampoco de un racimo de técnicas infalibles.

Tales recetas y tales técnicas no existen.

Hay, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida, para con ellos, y casi sin necesidad de deliberaciones, encarar la práctica diaria.

Y tampoco se trata de una tarea sencilla.

Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré dos o tres de los principales criterios y sugerencias sobre “el arte de las artes”, como ha sido llamada la educación. O, mejor, como se verá de inmediato, intentaré señalar el fundamento último de toda acción educativa.

2. En la confluencia de tres amores

Planteando el asunto del modo más hondo y radical posible, las claves de la educación y de todas las tareas que lleva consigo se encierran en un solo término —amar— y en los dos corolarios que de ahí se siguen:

a) El primero, la necesidad constante de aprender a amar, sin dar nunca por supuesto que uno ya sabe hacerlo, en contra de lo que a menudo nos ocurre. Vale la pena reflexionar sobre lo que pretendía sugerir Benavente al afirmar, sin excepciones, que «el amor tiene que ir a la escuela».

b) Además, conviene fomentar el convencimiento de que no se aprende a amar y a educar como por arte de magia, sino haciendo cuanto esté en las propias manos para querer cada vez mejor. Aprender a amar es “la gran asignatura de la vida”, aquello para lo que hemos venido a este mundo; por eso sostenía San Juan de la Cruz que al atardecer de nuestra existencia se nos examinaría del amor… y de ninguna otra cosa.

Veamos cómo se concreta lo que acabo de sugerir.

3. Amor a los hijos

3.1. Amor auténtico y real

Lo primero que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos.

Según escribe un autor francés, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor». Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sensatez, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para lograr seguros resultados. Todo ello sería insuficiente sin el elemento indispensable de un amor auténtico y cabal.

¿Por qué? Por muchísimos motivos, la mayoría de ellos conocidos por intuición.

a) El primero, tan obvio que a menudo ni lo advertimos, es que si no amamos a nuestros hijos, ni siquiera les haremos caso… excepto cuando “nos” creen problemas.

b) Además, porque “cada niño —justo por su condición de persona— es una realidad absolutamente irrepetible”, distinta de todas los demás. No se trata de un caso entre otros muchos. De ahí que ningún manual sea capaz de explicar y resolver ese presunto “caso” concreto: hay que aprender a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los hijos.

c) Por consiguiente, cada uno debe ser tratado del modo que les corresponde, no todos por igual, como a veces pretendemos, incluso convencidos de que eso es lo correcto: ya advertía Aristóteles que tratar de igual modo a los desiguales resulta tan injusto —y tan poco eficaz— como tratar desigualmente a los iguales.

d) Pero para tratar a cada hijo como merece y necesita es indispensable conocerlo bien; y solo el amor permite conocer a cada uno de ellos tal como es hoy y ahora —y como está llamado a ser en el futuro— y actuar en función de ese conocimiento. Aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que “el amor es ciego”, resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura, adentrarnos hasta lo más hondo de su ser… y obrar en consecuencia.

e) Por otro lado, especialmente hoy, habría que distinguir entre el auténtico amor, que busca el bien real del amado, que efectivamente lo ayuda a mejorar, y sus múltiples sucedáneos: el amor propio más o menos disfrazado de compasión o de ternura, la pasión, el capricho, la sensiblería, etc. Sobre este punto me detendré en otro artículo.

3.2. Amor clarividente

El verdadero amor nunca es ciego, sino todo lo contrario: sagaz y penetrante.

De hecho, será ese amor el que enseñe a los padres:

a) A descubrir las cualidades que deben potenciar en sus hijos, en lugar de fijarse e insistir monótona y exclusivamente en la corrección de sus defectos. Se trata de una cuestión clave a la que dedicaré más adelante todo un escrito.

b) A advertir el momento más adecuado para “estar” y para “desaparecer”, para hablar y para callar; cuestión que adquiere especial relevancia en la adolescencia… “pensada por Dios principalmente para los padres”, como suelo explicar y también veremos más despacio en un nuevo trabajo.

c) A encontrar el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas, sin someterlos a un interrogatorio, y el de respetar su necesidad de estar a solas.

d) A distinguir las ocasiones en que conviene “soltar un poco de cuerda” y “no darse por enterados”, frente a aquellas otras en las que procede intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza y una pizca de agresividad fingida…

Y, según apuntaba, en todo este difícil arte los padres resultan irreemplazables; hay ayudas más o menos eficaces, pero lo definitivo son siempre ellos, en plural: el padre y la madre.

Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo. Una dependiente inteligente les explicó: “lo siento, pero no vendemos padres”.

4. Amor mutuo

La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí.

4.1. Condición indispensable

“Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…”.

Expresiones como ésta se encuentran a menudo en boca de tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes y vitaminas, juegos más y más sofisticados, vestidos y demás prendas de marca, vacaciones junto al mar o en la nieve, diversiones sin tasa ni de tiempo ni de precio…—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén bien unidos.

El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese mismo amor —el de los padres entre sí— debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado.

El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas —el amor de los padres— que engendraron al hijo.

Hace ya bastantes siglos que se dijo que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro “útero” y otro “líquido”, sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.

4.2. Condición suficiente

Queda claro que el amor mutuo es condición indispensable en toda labor de educación. Pero, si se toman los términos en serio —auténtico amor de los padres entre sí— podría decirse que es también “condición suficiente”.

Por eso, cada uno de los esposos debe, antes que nada, cultivar el amor hacia el otro cónyuge: no me cansaré de repetir que esta es la clave de las claves de toda la vida familiar.

Después, como fruto natural de su amor recíproco, los cónyuges deberán:

a) engrandecer la imagen del otro ante los hijos, enseñándoles a quererlo y respetarlo;

b) y evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia su cónyuge.

Con palabras más concretas, desde que los críos son muy pequeños, además de manifestar prudente pero claramente —con gestos y palabras— el afecto que los une, los padres han de prestar atención:

a) a no hacerse reproches mutuos ni comentarios irónicos delante de los hijos;

b) a no permitir uno lo que el otro prohíbe… aunque luego deban hablar a solas para ponerse de acuerdo;

c) a evitar de plano ciertas recomendaciones, que llevarían al niño o a la niña a desconfiar del otro cónyuge: “esto no se lo digas a papá o a mamá”, etc.

Todo lo anterior podría resumirse en un solo principio, que merece un artículo aparte.

Los hijos, todos y cada uno, gozan de un solo derecho. De un derecho único, pero tan fundamental que a nadie le está permitido atentar contra él.

Se trata del derecho a la persona de sus padres: a su intimidad, a su tiempo, a su autoridad, a su comprensión, a su delicadeza… Lo estudiaré, como acabo de sugerir, en otro documento.

5. Enseñar a querer

5.1. Principio y fin

Como acabamos de ver:

a) El principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como consecuencia de ese amor, que quieran de veras y eficazmente a sus hijos.

b) El fin o la meta de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar: pues esa es la única actividad que perfecciona al ser humano en cuanto persona y, como consecuencia, la única capaz de hacerlo feliz.

Según explica Caldera, «la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido»… e incluso, si no se encamina al amor, pudiera resultar perjudicial.

Por consiguiente, aunque suene paradójico, si educar es amar, amar es a su vez enseñar a amar, pues no es otro el destino del ser humano ni la clave de su perfección y de su dicha.

En resumen, educar equivale a promover la capacidad de amar de aquellos a quienes pretendemos formar.

5.2. Pendientes de los otros

Concreto lo visto hasta ahora en una sola frase: el entero quehacer educativo de los padres ha de dirigirse, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y —sería la otra cara de la misma moneda— a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.

Se educa a los hijos cuando se les impulsa y enseña —con los hechos, mejor que con la palabra— a estar más pendientes de los demás que de sí mismos.

Y esto, no solo con vistas al futuro, como cuando se les incita a estudiar o formarse para “llegar a ser hombres de provecho”. Sino ya en el presente.

a) Enseñándoles, por ejemplo, a aprovechar el tiempo disponible para ya ahora ayudar a sus amigos con más dificultades en el estudio o necesitados de cualquier otro apoyo.

b) Preguntándoles más y antes “cómo se encuentran sus amigos” que si ellos, nuestros hijos, lo pasaron bien o mal en aquella actividad recreativa.

c) Cuando, con los hechos, con las preguntas con que los recibimos al volver de la escuela, concedemos más relevancia a lo que realmente hacen por los demás que a sus propias calificaciones.

c) O cuando, a la hora de elegir carrera o profesión, se les anima a tener en cuenta no sólo ni principalmente las “salidas” profesionales —que en el fondo equivalen a las “entradas” económicas—, sino en qué trabajo pueden ser más útiles a quienes los rodean, hacer más felices a los demás.

5.3. Para que sean felices

Y todo lo anterior, por un motivo muy claro: porque sólo si enseñamos a nuestros hijos a amar bien contribuiremos eficazmente a hacerlos felices y, como consecuencia, dichosos.

Pues, según muestran desde los mejores filósofos clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos, la felicidad y la dicha no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorarla progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón y acrisolando nuestros amores.

Con otras palabras: quien pretenda educar debe tener claro que la felicidad es directa y exclusivamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras:

a) quien ama mucho, es muy feliz;

b) quien tiene un amor mediocre, nunca alcanzará una dicha completa;

c) y quien no sabe o no puede o no quiere amar, por más que triunfe en los restantes aspectos de la existencia humana, será un auténtico desgraciado, aunque a veces pretenda encubrirlo o desconocerlo o incluso aunque esté convencido de lo contrario.

De ahí que San Juan de la Cruz pudiera sostener la conocida frase, ya antes mencionada: «en el atardecer de nuestra existencia se nos examinará del amor»… ¡y de nada más!, repito con plena conciencia.

6. Resumen

Cualquier acción educativa tendrá validez en la medida en que el motor de lo que se aconseja poner por obra o evitar, de lo que uno hace u omite, sea un amor auténtico hacia la persona que se pretende formar o, con otras palabras, el bien real de esa persona, que siempre habrá de prevalecer sobre el bien propio, y que no es otro que el desarrollo y la perfección de su propia capacidad de amar.

El amor es, pues, la clave —el principio, medio y fin— de todo quehacer educativo.

Se educa desde el amor, por medio del amor y para enseñar a amar.

Cortesía de Tomás Melendo para LaFamilia.info

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Roberto Carlos Cuenca Jiménez
25.10.2010

 

 

 

La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se puede aprender los valores morales, comenzar a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad. Al mismo tiempo, la familia es educadora en la fe, en los valores y virtudes; escuela del amor y del compromiso. “La familia transmite la fe cuando cree, ama y espera”. “La familia, como la mejor escuela de oración y de vida”.

 

Al respecto López Quintás, Alfonso. (2006), mencionaba: que para dar primacía voluntariamente a unos valores sobre otros, necesitamos suscitar en nuestro ánimo desde niños el sentimiento de asombro ante todo lo que encierra un valor: el clima hogareño de amor incondicional y ternura, un bello paisaje, un pueblo acogedor, una obra artística o literaria de calidad, un juego vivido con espíritu creativo, una conversación ingeniosa, un día espléndido, una acción noble, una fiesta popular o litúrgica vivida con autenticidad... Esta capacidad de emocionamos al ver la alta calidad de seres y sucesos cotidianos nos da energía interior suficiente para vencer la tendencia a las ganancias inmediatas y consagrarnos a la fundación de modos de unión más exigentes.

 

Los valores, las buenas costumbres, los principios éticos, se entienden y asimilan mejor cuando se basan en la práctica diaria y en el trato con otras personas, especialmente en el ambiente hogareño. Es decir, la influencia de los padres de manera directa en sus hijos y los abuelos indirectamente puede ayudar a la tarea de educar a los nietos.

 

Patiño Jaramillo, Sor Carmen. (2006), menciona dos aspectos importantes en relación al fortalecimiento de la enseñanza de los valores desde el hogar; lo cual ayudaría a fortalecer las relaciones humanas entre los miembros de la familia, para una mejor convivencia, así tenemos:

 

a) El ambiente que debe haber dentro de la familia

 

  • Una participación adecuada, una relación basada en el amor y cariño.
  • El saber escuchar, que permita un ambiente cálido promoviendo el crecimiento personal de cada integrante.
  • Contar con todos a la hora de tomar decisiones.
  • Formarse en el buen uso de los medios de comunicación.

b) La Comunicación entre todos

 

  • Necesidad de conversación diaria entre padres e hijos.
  • La casa no es solo un lugar de descanso sino también el hogar es el centro de alivio de tensiones y un lugar de encuentro.
  • Es importante conversar con los niños desde pequeños, escucharles, expresar lo que sentimos por ellos y de manera especial educar con el ejemplo.

¿Por qué educar en valores esenciales a los niños y jóvenes durante el desarrollo desde el mismo ámbito familiar?

 

Es verdad que los educadores tienen la responsabilidad de formar al ser humano, pero no lo es todo, porque necesita primero del apoyo primordial y fundamental de la familia, que tiene la tarea de orientar, educar, formar e impartir su propio ejemplo desde el amor y desde la vivencia de valores y virtudes; es decir, la función primordial de la familia, es la de ayudar a los hijos integralmente, a ser verdaderas personas de bien. De esta manera, surge el interés de educar en valores primordiales como:

 

Educar la voluntad

  • Hacerlos responsables de sus propios actos. Concienciarlos para que luchen por unos fines nobles, incluso dejarles que fracasen de vez en cuando.
  • Deben aprender a resolver sus problemas.
  • Responsabilizarlos de determinadas tareas. (Poner la mesa, ordenar la habitación, limpiar el baño, cuidar a los hermanos menores, regar las plantas).
  • Hacerles comprender que deben aceptar y respetar las normas familiares.

Es importante sugerir que recursos puede utilizar la familia para la consecución de la educación de la voluntad.

  • Esfuerzo motivado:
    • Estimular y premiar.
    • El esfuerzo prolongado merece premiarse.
    • Se debe motivar y recompensar por el esfuerzo más que por los resultados.
    • Tampoco se debe abusar de las recompensas materiales. (Juguetes, dulces, dinero).
  • Disciplina.
  • Educar desde un ámbito más personalizado.

Educar en el esfuerzo

  • En el momento actual la comodidad, el bienestar, el placer eliminan el esfuerzo.
  • La familia debe potenciar el esfuerzo.
  • Inculcar en los hijos que pocas cosas de valor se consiguen sin esfuerzo.

Educar en el orden

  • Desde muy pequeños se les debe acostumbrar a colocar las cosas en su sitio.
  • Los padres deben tener paciencia para dar a sus hijos el tiempo que necesitan para ordenar sus juguetes, habitaciones, etc.

Educar en la sinceridad

  • Se debe enseñar a los niños desde pequeños a decir la verdad siempre, aunque esto traiga contratiempos.
  • Ayudarles a que se conozcan más a sí mismos. (Que reflexionen interiormente).
  • Enseñarles a discernir entre lo principal y lo secundario.

Educar en el amor hacia los demás

  • En nuestra sociedad es difícil porque cada uno busca su comodidad, dinero, buena vida.
  • Hay que enseñarles a salir de sí mismos y hacerles comprender que fuera de ellos hay mucha gente que sufre. (Niños, ancianos, enfermos). Es necesario prepararlos para la generosidad.

Educar en la tolerancia

  • Valor clave en la convivencia familiar.
  • Consiste en el reconocimiento de las diferencias y la diversidad de los demás.
  • Potenciar el diálogo y el consenso.

Educar en la trascendencia

  • Enseñarles a los niños la bondad, el perdón, la belleza espiritual, en la generosidad frente a los demás.
  • Formar en la amabilidad, en la alegría y en la humildad, de manera especial que aprenda amar en libertad.

En la educación de los valores, la familia está llamada a recuperar su tiempo y espacio para cumplir con la responsabilidad de padres, educadores y compartir cada uno de los momentos que les ayude a crecer juntos. Les invito a hacer de su hogar un nido de amor, donde cada miembro done lo mejor de sí mismo, para convertir sus vidas en una ofrenda de amor y esperanza.

 

 

Sobre el autor
Roberto Carlos Cuenca Jiménez es Máster, docente investigador de UTPL (Universidad Técnica Particular de Loja), mediador de conflictos, y pertenece al grupo de Proyectos ILFAM (Instituto Latinoamericano de la Familia)
E-mails: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Ecuador

Roberto O´Farril - ConoZe
27.01.2009

En un momento histórico en el que la humanidad reconoce la urgencia de retomar los valores para recuperar la paz y el bien, el pasado Encuentro Mundial de las Familias propuesto por el Papa, nos recuerda cuáles son esos valores formativos:

La Dignidad se aprende en el hogar cuando los padres se tratan mutuamente con respeto. El Bien trae paz interior, gozo y madurez. Honestidad es actuar conforme a la voluntad divina y a la propia conciencia. Responsabilidad es cumplir con las obligaciones sin presiones inmediatas. La Verdad es la adecuación de la realidad y el pensamiento. Servir es la grandeza del amor paternal que convierte a los padres en servidores de sus hijos. Fidelidad es tener fe, y confiar en Dios, pero también en los demás. Justicia es dar a cada quien lo que se le debe dar. La Generosidad es dar lo que todavía se desea. Paciencia es tranquilidad de espera en situaciones difíciles. Bondad es el esfuerzo por la felicidad propia y de los demás. Lealtad es actuar de acuerdo con la ley de la amistad y de las instituciones. La Gratitud es gratuita y reconoce a quien hace un bien sin estar obligado a hacerlo. Honradez es respeto por los bienes ajenos y esfuerzo por conseguir los propios. Perdón es ignorar la culpa pues nace del amor que se tiene a quien la cometió. Amistad es afecto que se tiene hacia otro y que hace procurar su bien. Alegría es manifestación del gozo ante un bien y expresión de la felicidad. Solidaridad consiste en hacerse «sólido» con los demás para satisfacer juntos las necesidades mutuas. La Coherencia es actuar de acuerdo con los principios buscando la verdad. Prudencia es pensar antes de emprender una acción. Fortaleza es constancia en la búsqueda del bien. Templanza es equilibrio en el uso de los placeres y ayuda a vencer el abuso. Respeto es reconocer la dignidad propia de los demás. Tolerancia es dar la importancia debida al que la tiene, por su dignidad, no por sus circunstancias. Misericordia es la consecuencia de tener un corazón compasivo. Sinceridad es actuar con verdad, limpiamente, sin hipocresías. Abnegación es sacrificio voluntario de los propios intereses en servicio de Dios o del prójimo. Escuchar es la disposición para atender y entender a los demás. Obediencia es hacer la voluntad del que manda. Pudor es el respeto a la dignidad del cuerpo y derecho a la intimidad. Amabilidad es disponibilidad al trato benévolo con los demás. Confianza es la seguridad que se tiene de la rectitud de los demás. La Unidad nace del amor a la comunidad con quienes se convive. Libertad es la autodeterminación ante el bien o el mal. El Bien común es la búsqueda de la felicidad de todos. Igualdad es un trato libre de impunidad y corrupción. Compasión es amar al que padece y padecer con él. Religiosidad es la práctica de las obligaciones hacia Dios. La Esperanza hace anhelar, sin desaliento, la felicidad. Voluntad es la facultad de entender y desear lo que debe hacerse. Hospitalidad es acoger a quien esta en desgracia. La Paternidad es procurar el bien de los hijos y Saber ser hijo consiste en honrar a los padres y cuidar de ellos en la vejez.

Joaquina Prades - El País
07.03.2011

Lo tienen todo menos lo imprescindible. Casas confortables, padres con profesiones de éxito, toda la tecnología casera disponible en el mercado, ropa de marca, dinero para gastos, caprichos... Pero les falta algo. Los adolescentes urbanos procedentes de familias de clase media y media alta empiezan a llenar las consultas de psicólogos y pediatras sociales aquejados del mal de la soledad. Han crecido casi por su cuenta, a cargo de cuidadoras ajenas a la familia, y sus padres, ocupados a tiempo completo en mantener el estatus social, carecen del tiempo que ellos demandan. Las consecuencias suelen ser perversas: trastornos de conducta, agresividad, enfrentamientos constantes con los padres... Y también una tendencia al aislamiento preocupante. Tanto, que algunos adolescentes han empezado ya a ser catalogados en situación de riesgo y enviados temporalmente a pisos tutelados por la Administración.

Es una circunstancia insólita, porque este tipo de centros -con capacidad para alrededor de media docena de chicos y chicas adolescentes, asistidos por psicólogos y trabajadores sociales- han estado habitados hasta ahora exclusivamente por jóvenes de familias desestructuradas, aquellas en las que los progenitores están en prisión, o enfermos sin medios de subsistencia, parados sin futuro y toxicómanos en el amplio sentido de la palabra, la mayoría alcohólicos. Ahora, sin embargo, empiezan a compartir habitación con adolescentes ricos a quienes nadie hubiera imaginado bajo la tutela de los servicios sociales de las comunidades autónomas. El nexo entre unos y otros es el desamparo.

En algunos casos los padres delegan el problema en la Administración; en otros, se sigue optando por el internado, dependiendo de su pertenencia a la escala baja o alta de la clase media. Según los expertos, ambas fórmulas de alejamiento del menor conflictivo del hogar se da cada vez con más frecuencia y aflora a edades más tempranas.

Estas conductas antisociales ¿obedecen a una venganza de los adolescentes contra los progenitores por haberles sometido a un semiabandono de hecho? ¿O es su manera de protegerse del desvalimiento propio de los años más confusos de la existencia? ¿Se recuperan socialmente estos chicos difíciles y solitarios?

"La víctima siempre es el menor", asegura Blanca Betes, responsable de la clínica madrileña Psiceduca, especializada en trastornos de la adolescencia. "Son situaciones difíciles que se pueden tratar con bastantes garantías de éxito si aún no han entrado en la adolescencia. Después es peor. Cuanto más se aplaza el problema menos solución hay. Son terapias largas, con un coste económico en ocasiones elevado y que requieren tiempo. Lo primero no es problema, casi siempre llegan a la consulta familias bien situadas. Lo difícil es el tiempo. Viajan mucho, están liadísimos. Alegan que no pueden y les creemos, porque llevamos un tren de vida frenético del que es muy difícil bajarse".

Pero se paga un precio alto por ello. El menor se enmaraña aún más en la espiral del conflicto y la desesperanza. Los padres se muestran derrotados y lamentan la desgracia de tener un hijo así.

El primer contacto con los profesionales proviene habitualmente de la madre. Aunque ambos progenitores trabajen, sigue siendo ella la que busca tiempo para recurrir a la ayuda de los expertos. El lamento inicial tiene un patrón común, según Blanca Betes: "Mi hijo es un desastre, no va a clase, suspende todo. Está agresivo, nos insulta y hasta nos pega. Vivimos en el infierno". Los padres siempre echan la culpa a los hijos. Se sienten víctimas de una injusticia: han dado todo por ellos y solo reciben disgustos. A medida que avanza la terapia, asoma el sentimiento de culpa. Al final, asumen que, efectivamente, le han dado todo, excepto su tiempo. Y no es un detalle menor.

Con más de una década de experiencia, Blanca Betes ha aprendido a traducir el lenguaje de los adolescentes: "Iros a la mierda", dirigido a los padres significa "estoy muy solo. No me queréis. No me cuidáis. Tenedme en cuenta; incluidme en vuestras vidas".

"Muy a mi pesar", añade la directora de Psiceduca, "en ocasiones los chicos están dispuestos a cambiar si sus padres también lo hacen, porque se sienten muy desgraciados. Pero la falta de tiempo de los mayores lo estropea todo. Un caso reciente mío concluyó con el internamiento del chaval en un colegio de élite de Suiza, porque a sus padres les resultaba imposible acudir a terapia".

A partir del alejamiento, bien sea en un piso tutelado o en un internado de lujo, el vínculo emocional corre serio peligro, según los expertos. "El internado es percibido por el menor como 'no solo me has abandonado, sino que me alejas de tu vida". La reacción típica es cerrarse aún más en su grupo de amigos y mostrarse insultante y agresivo con la familia.

Algunos profesionales califican el desinterés de hecho de los padres como malos tratos. Lo denominan "negligencia por omisión del deber" y es causa de privación de la patria potestad. En España hay 35.000 menores tutelados por las Administraciones, aunque no es posible obtener datos sobre cuántos de ellos corresponden a la omisión del deber paterno. Arturo Canalda, defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, apunta la causa principal de la ausencia de estadísticas fiables: "Cada autonomía dispone de un sistema propio de calificación del abandono, y lo que en algunas es desamparo en otras es riesgo, y viceversa. Ninguna tiene la obligación de actualizar y especificar los datos, así que trabajamos un poco a ciegas, fiándonos del instinto y la experiencia".

El pediatra social del hospital Infantil Niño Jesús de Madrid Jesús García alertó a los senadores que consensuaron las líneas maestras de la futura reforma de la ley de adopción nacional de que "un padre sociópata no es solo quien abandona, maltrata o abusa sexualmente de sus hijos, sino quien hace omisión del deber de paternidad". Y reveló que la negligencia es la segunda causa de maltrato de la Comunidad de Madrid. Fruto de esta actitud, señala, "son los trastornos emocionales graves derivados de un abandono de hecho".

Cuenta este pediatra, que además preside la Asociación Madrileña para la Prevención del Maltrato Infantil: "Una madre, una profesional de mucho éxito, vino a mi consulta en demanda de ansiolíticos para su hijo porque mandaba 1.000 mensajes de móvil diarios. Sí, 1.000. Fui a ver su casa y su habitación era la cabina del Voyager: home cinema, mp3, iPhone, Mp4, Wii, consolas... todo. Sin embargo, era uno de los niños más desamparados que he visto. Sus trastornos eran una llamada desesperada de atención dirigida a los padres, a los que prácticamente no veía". Tras una terapia dura y prolongada, el caso empieza a arreglarse y el muchacho se está también recuperando de lo que los pediatras denominan ya "la sordera del MP3", que daña la capacidad auditiva, y la "artritis metacarpofalángica" de su mano derecha, resentida por tanto sms.

Otra pareja que pasó recientemente por su departamento en el Niño Jesús no pudo resolver el problema y perdió definitivamente la custodia por omisión del deber paterno. Eran dos ejecutivos veganos [vegetarianos estrictos] cuyo hijo presentaba encefalopatía grave por carencia de vitamina B12 y ácido fólico, "con unos retrasos mentales tremendos".

Este y los otros menores que han pasado por la misma causa a disposición de los servicios de protección de la Comunidad de Madrid padecen "encefalopatía hipóxico isquémica", lo que les convierte en dependientes de por vida. "A veces, el peor problema de los niños son los padres", concluye el pediatra, que combate con energía la teoría que surgió en los años sesenta -y aún sigue vigente en determinados ambientes- de que es mejor dedicar a los niños "tiempo cualitativo", es decir, poco tiempo pero proveniente de progenitores realizados, como se denominaba antes, que "tiempo cuantitativo": muchas horas, pero de madres presuntamente amargadas por su condición obligada de amas de casa. "Ni cuantitativo ni cualitativo", ataja el doctor García. "Los niños necesitan tiempo a secas".

En este contexto, ¿no se estará estigmatizando a este tipo de padres señalándoles con el dedo acusador? ¿No remueve esta situación el incómodo sentimiento de que triunfar en el trabajo implica descuidar a la familia? O su reverso: niños esmeradamente cuidados, ascensos imposibles, sobre todo en el caso de la mujer. ¿Siguen los estereotipos vigentes?

"Como en todo, hay que buscar el equilibrio. Pero en las actuales circunstancias no es fácil", comenta Jesús Poveda, psiquiatra de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en patologías de la adolescencia. "Los dos son a la vez culpables y víctimas. La educación de los hijos es su responsabilidad, pero si no se sabe o no se puede hacer mejor, el conflicto está asegurado". Muchos de estos padres son víctimas, a su vez, de la educación errónea que ellos mismos recibieron, y reproducen modelos difíciles de digerir para los jóvenes de la era digital.

"Antes los adolescentes tenían más fácil vivir lo que los psiquiatras llamamos 'factor de pertenencia' a través de la familia extensa y los amigos del barrio. Pero hoy eso rara vez lo tienen, y como el mundo real les resulta hostil buscan su pertenencia en el virtual. Vemos que tienen 500 amigos en Tuenti y ninguno en el barrio. No sirve".

A los padres, señala este psiquiatra, hay que ayudarles a distinguir lo necesario de lo urgente. "Cuando suena la alarma de la extrema gravedad -por ejemplo, un intento de suicidio por parte del menor- se apresuran a cambiar el horario laboral o buscan otro trabajo que les permita estar por la tarde con los hijos. Le han visto las orejas al lobo".

Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla, no culpa ni exime a nadie. Solo destaca que "hay una curva ascendente de padres de clase media alta cuyos trabajos resultan tan absorbentes que no han prestado la atención debida a los hijos. Cuando eso se junta a los problemas de la adolescencia, ya han perdido el control de la situación familiar". En tales circunstancias, primero intentan que los educadores y los psicólogos remedien el problema. "Al final, ellos mismos piden a la Administración que se haga cargo de los hijos", añade Palacios.

El juez de menores de Granada Emilio Calatayud asegura: "El perfil del adolescente que agrede a sus padres o delinque a través de Internet o del móvil es de clase social acomodada, que lo ha tenido todo en el aspecto material y ha crecido solo, sin nadie con autoridad para marcar límites".

Este juez se hizo popular por dictar sentencias en las que colocaba al menor en el lugar de la víctima o su entorno. Si un chico apedreaba los cristales del instituto, la pena consistía en limpiarlos durante unos meses; si agredía a un compañero más débil, le obligaba a convivir con discapacitados; si había conducido borracho, a ayudar a los tetrapléjicos. Así ha conseguido éxitos en la reinserción de menores, pero ahora asegura sentirse algo desbordado por chavales agresivos con el entorno familiar y ciberdelincuentes reincidentes. Chicos que son separados temporalmente de sus padres y enviados a pisos tutelados. Al mismo tiempo, y si se cuenta con medios, se intenta que los progenitores cambien sus prioridades: sus hijos por delante del éxito profesional. "Más no podemos hacer".

Juan Meseguer Velasco - Aceprensa
14.06.2010

La perplejidad ante los nuevos problemas que afectan hoy a niñas y niños está provocando que muchos padres jóvenes recurran a los consejos de los expertos. José Miguel Cubillo, psicólogo, arquitecto y presidente de Aula Familiar, ofrece algunas claves para entender esta tendencia.

El que unos padres acudan a un especialista en matrimonio y familia es algo muy recomendable, siempre y cuando eso no les paralice ni les meta el miedo a educar de acuerdo con sus propias experiencias y su sentido común.

La función del orientador familiar, explica Cubillo, es despertar la iniciativa de los padres para que sean ellos quienes definan su propio estilo de vida familiar. Además, el orientador ofrece conocimientos, criterios de orientación y técnicas educativas. Pero, al final, son los padres los que han de decidir lo que conviene a sus hijos en cada caso.

Este es uno de los principios que guía a Aula Familiar (www.aulafamiliar.org), un centro de orientación familiar fundado en 1973 con el asesoramiento del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Navarra.

Padres inseguros

– Hoy cada vez es más frecuente que se recurra a la ayuda de expertos para educar a los hijos. ¿A qué atribuye esta tendencia?

En parte se explica por la influencia que están teniendo una serie de ideas en la cultura actual. Quizá la más extendida es que los padres no están suficientemente capacitados para educar a sus hijos; razón por la cual tendrían que acudir a pedagogos, psicólogos, profesores o trabajadores sociales.

En este ambiente, uno puede llegar a creerse –sobre todo, si se deja llevar por la comodidad– que la educación de los hijos corresponde a los expertos. De esta manera, se va generando en los padres una especie de falta de autoestima; los padres se sienten cada vez más inseguros. Y, como consecuencia de ello, el papel de la familia como agente educativo se va difuminando.

Para contrarrestar este modo de pensar, nosotros procuramos que las familias sean conscientes de la misión insustituible que les corresponde. Damos a los padres conocimientos y técnicas para que sean ellos quienes se decidan a buscar y aplicar soluciones. Cada familia es soberana.

– En los últimos años, varias cadenas de televisión han lanzado programas para ayudar a los padres en su tarea educativa: “Supernanny”, “SOS Adolescentes”, “Padres, hijos y escuela” o “Generación Ni-Ni”. A juzgar por el éxito de estos programas, da la impresión de que estamos ante una auténtica demanda social.

Efectivamente, la demanda va en aumento, al igual que algunos problemas sociales serios: agresiones de hijos a padres, agresiones de alumnos a profesores... Si unos padres renuncian a ejercer su autoridad para educar a sus hijos, es probable que surjan problemas de convivencia familiar. Y entonces, cuando se ven superados, acuden a los expertos como si ellos tuvieran soluciones mágicas.

Algunos programas de los que has citado pueden fomentar implícitamente la pasividad de los padres. Dado que el experto del programa tiene éxito al resolver los problemas planteados en la televisión, puede parecer que basta con aplicar un puñado de técnicas para que todo salga bien. Existe el riesgo de que los padres pasen por alto que cada problema es único.

Es muy positivo conocer los avances de la psicología, la pedagogía y de otras disciplinas. Pero debemos evitar el error de pensar que la ciencia produce por sí misma la virtud. En realidad, nos hacemos buenos y enseñamos a nuestros hijos a hacerse buenos obrando el bien.

– A diferencia de la mediación familiar, centrada en la resolución de conflictos que ya se han producido, la orientación familiar trata de prevenirlos. Pero, ¿no le parece que las personas reaccionamos de manera distinta en tiempo de crisis que en tiempos de calma?

Es cierto que ponerse a resolver problemas en medio de una tempestad es mucho más costoso y difícil que hacerlo con buen tiempo. Por eso es tan importante tener iniciativa y saber adelantarse. En general, los problemas familiares son muy parecidos. La diferencia básica entre una familia y otra está en la forma en que cada una vive las temporadas de calma y en el modo en que afrontan los problemas cuando llegan.

El primer aspecto es decisivo. Muchas familias dejan pasar oportunidades de mejora cuando no hay problemas acuciantes; se vive de un modo pasivo, sin fijarse metas concretas y sin actuar para alcanzarlas. Otras familias, en cambio, se caracterizan por almacenar recursos para las temporadas de escasez. Tienen metas definidas y las persiguen de forma activa. Cuando llegan los problemas, similares a los de las demás familias, se encuentran en muy buenas condiciones para resolverlos.

LaFamilia.info
20.01.2009

Queridos hermanos y hermanas:

1.- Les saludo a todos ustedes con afecto al término de esta solemne celebración Eucarística con la cual se esta concluyendo el VI Encuentro Mundial de las Familias en la Ciudad de México. Doy gracias a Dios por tantas familias que, sin ahorrar esfuerzos, se han congregado en torno al altar del Señor.

Saludo de modo especial al Señor Cardenal Secretario de Estado, Tarcisio Bertone, que ha presidido esta celebración como mi Legado. Quiero expresar mi afecto y gratitud al Señor Cardenal Ennio Antonelli, así como a los miembros del Consejo Pontificio para la Familia, que él preside, al Señor Cardenal Arzobispo Primado de México, Norberto Rivera Carrera, y a la Comisión Central que se ha ocupado de la organización de este VI Encuentro Mundial. Mi reconocimiento se extiende a todos los que con su abnegada dedicación y entrega han hecho posible su realización. Saludo también a los Señores Cardenales y Obispos presentes en la celebración, en particular a los miembros de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y a la Autoridades de esta querida Nación, que generosamente han acogido y hecho posible este importante acontecimiento.

Los mexicanos saben bien que están muy cerca del corazón del Papa. Pienso en ellos y presento a Dios Padre sus alegrías y sus esperanzas, sus proyectos y sus preocupaciones.

En México el Evangelio ha arraigado profundamente, forjando sus tradiciones, su cultura y la identidad de sus nobles gentes. Se ha de cuidare ese rico patrimonio para que siga siendo manantial de energías morales y espirituales para afrontar con valentía y creatividad los desafíos de hoy y ofrecerlo como don precioso a las nuevas generaciones.

He participado con alegría e interés en este Encuentro Mundial, sobre todo con mi oración, dando orientaciones específicas y siguiendo atentamente su preparación y desarrollo. Hoy, a través de los medios de comunicación, he peregrinado espiritualmente hasta ese Santuario Mariano, corazón de México y de toda América, para confiar a Nuestra Señora de Guadalupe a todas las familias del mundo.

2.- Este Encuentro Mundial de las Familias ha querido alentar a los hogares cristianos a que sus miembros sean personas libres y ricas en valores humanos y evangélicos, en camino hacia la santidad, que es el mejor servicio que los cristianos podemos brindar a la sociedad actual. La respuesta cristiana ante los desafíos que debe afrontar la familia y la vida humana en general consiste en reforzar la confianza en el Señor y el vigor que brota de la propia fe, la cual se nutre de la escucha atenta de la Palabra de Dios. Qué bello es reunirse en familia para dejar que Dios hable al corazón de sus miembros a través de su Palabra viva u eficaz. En la oración, especialmente con el rezo del Rosario, como se hizo ayer, la familia contempla los misterios de la vida de Jesús, interioriza los valores que medita y se siente llamada a encararlos en su vida.

3.- La familia es un fundamento indispensable en la sociedad y los pueblos, así como un bien insustituible para los hijos, dignos de venir a la vida como fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Como puso de manifiesto Jesús honrando a la Virgen María y a San José, la familia ocupa un lugar primario en la educación de la persona. Es una verdadera escuela de humanidad y valores perennes. Nadie se ha dado el ser a sí mismo. Hemos recibido de otros la vida, que se desarrolla y madura con las verdades y valores que aprendemos en la relación y comunión con los demás. En este sentido, la familia fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral. (Cf. Homilía en la Santa Misa del V Encuentro Mundial de las Familias, Valencia, 9 de julio de 2006).

Sin embargo, esta labor educativa se ve dificultada por un engañoso concepto de libertad, en el que el capricho y los impulsos subjetivos del individuo se exaltan hasta el punto de dejar encerrado a cada uno en la prisión del propio yo. La verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, y por ello debe ejercerse con responsabilidad, optando siempre por el bien verdadero para que se convierta en amor, en don de sí mismo. Para eso, más que teorías, se necesita la cercanía y el amor característicos de la comunidad familiar. En el hogar es donde se aprende a vivir verdaderamente, a valorar la vida y la salud, la libertad y la paz, la justicia y la verdad, el trabajo, la concordia y el respeto.

4. Hoy más que nunca se necesita el testimonio y el compromiso público de todos los bautizados para reafirmar la dignidad y el valor único e insustituible de la familia fundada en el matrimonio de un hombre con una mujer y abierto a la vida, así como el de la vida humana en todas sus etapas. Se han de promover también medidas legislativas y administrativas que sostengan a las familias en sus derechos inalienables, necesarios para llevar adelante su extraordinaria misión. Los testimonios presentados en la celebración de ayer muestran que también hoy la familia puede mantenerse firme en el amor de Dios y renovar la humanidad en el nuevo milenio.

5. Deseo expresar mi cercanía y asegurar mi oración por todas las familias que dan testimonio de fidelidad en circunstancias especialmente arduas. Aliento a las familias numerosas que, viviendo a veces en medio de contrariedades e incomprensiones, dan un ejemplo de generosidad y confianza en Dios, deseando que no les falten las ayudas necesarias. Pienso también en las familias que sufren por la pobreza, la enfermedad, la marginación o la emigración. Y muy especialmente en las familias cristianas que son perseguidas a causa de su fe. El Papa esta muy cerca de todos ustedes y les acompaña en su esfuerzo cada día.

6. Antes de concluir este encuentro, me complace anunciar que el VII Encuentro Mundial de las Familias tendrá lugar, Dios mediante, en Italia, en la ciudad de Milán, en el año 2012, con el tema: “La familia, el trabajo y la fiesta”. Agradezco sinceramente al Señor Cardenal Dionigi Tettamanzi, Arzobispo de Milán, su amabilidad al aceptar este importante compromiso.

7. Confío a todas las familias del mundo a la protección de la Virgen Santísima, tan venerada en la noble tierra mexicana bajo la devoción de Guadalupe. A Ella, que nos recuerda siempre que nuestra felicidad está en hacer la voluntad de Cristo (Cf. Jn 2,5), le digo ahora:

Madre Santísima de Guadalupe,
Que has mostrado tu amor y tu ternura
A los pueblos del continente americano,
Colma de alegría y esperanza a todos los pueblos
Y a todas las familias del mundo.
A Ti, que precedes y guías nuestro camino de fe
Hacia la patria eterna,
Te encomendamos las alegrías, los proyectos,
Las preocupaciones y los anhelos de todas las familias.
Oh María,
A Tí recurrimos confiando en tu ternura de Madre.
No desoigas las plegarias que te dirigimos
Por las familias de todo el mundo
En este crucial periodo de la historia,
Antes bien, acógenos a todos en tu corazón de Madre
Y acompáñanos en nuestro camino hacia la patria celestial.
Amén

Domingo, Enero 18, 2009 - EMF 2009