Padres Fernando Castro y Jaime Molina
15.06.2008

La familia está llamada a edificar el Reino de Dios y a participar activamente en la vida y misión de la Iglesia. Los miembros de la familia, enseñados por la Palabra de Dios, confortados con los sacramentos y los auxilios de la gracia, e irradiando el espíritu del Evangelio, vienen a ser una pequeña porción viva de la Iglesia.

¿Qué relación tiene la familia con la fe?
La Iglesia siempre ha enseñado que la familia cristiana es una comunidad creyente y evangelizadora, que testimonia la presencia salvadora de Cristo en el mundo a través de la unidad y fidelidad de los esposos, y la conservación y transmisión de la fe a los hijos.

¿Por qué se dice que la familia es evangelizadora?
En la familia los padres deben comunicar el Evangelio a los hijos, pero también pueden recibirlo de ellos. La familia debe transmitir la fe a otras familias y a los ambientes donde se desenvuelve su vida ordinaria.

¿Cómo se puede concretar la evangelización en la familia?
Los padres deben dar ejemplo con naturalidad de cómo vivir la vida y las tradiciones cristianas. Los hijos deben saber que sus padres tratan a Dios todos los días, que procuran recibir los sacramentos con frecuencia y asistir a la Santa Misa los domingos y otras fiestas. Que veneran al Papa y a la jerarquía de la Iglesia. También evangelizarán con su ejemplo y su palabra, transmitiendo los valores humanos y cristianos: el amor al trabajo, el sentido de responsabilidad, el respeto a los mayores y al buen nombre de los demás; el amor a la verdad, la sinceridad, la vida sencilla, austera y limpia; el saber compartir con los demás los bienes que tenemos, el ser agradecidos con Dios por todo, etc.: porque todas esas virtudes las vivió Jesucristo.

¿Cómo pueden las familias contribuir socialmente a la evangelización?
Las familias son testimonio y fermento de vida cristiana en la sociedad en la medida en que los esposos viven bien las exigencias de su vocación matrimonial. Ese clima de amor y generosidad cristiana facilitará prestar ayuda espiritual o material a otras familias que lo necesiten. También pueden hacerse presentes en las actividades propias de la pastoral evangelizadora de la Iglesia a través de las parroquias o movimientos apostólicos.

¿Debe aprenderse el Catecismo en la familia?
Los padres son los primeros iniciadores de la fe en sus hijos. Deben enseñarlos a rezar y comenzar a explicarles las principales verdades contenidas en el Catecismo. La parroquia o la escuela perfeccionará más tarde esa enseñanza. Lo que los padres enseñan en la infancia, tiene una gran importancia para la vida futura de los hijos.

¿Es necesario orar en familia?
Jesucristo nos enseñó que "cuando hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 17,19). Alabar a Dios, darle gracias y pedirle sus dones forma parte esencial de la vida de una familia cristiana.

¿Qué motivos tenemos para oraren familia?
Los motivos son las mismas circunstancias ordinarias de la vida que debemos y podemos referir a Dios: estar juntos en alegrías y dolores; esperanzas y tristezas; nacimientos y cumpleaños; aniversarios de bodas; viajes, alejamientos y regresos; momentos importantes; fallecimiento de personas queridas, etc.

¿Quiénes deben iniciar a los hijos en la vida de oración?
Los padres son los principales educadores en la oración. Deben enseñar a sus hijos a orar y a tratar a Dios en ocasiones ordinarias de la vida: al acostarse y al levantarse; antes y después de las comidas; a dar gracias por los beneficios; en la asistencia a la Misa dominical; a celebrar los misterios cristianos: Navidad, Semana Santa, etc.; la celebración de las fiestas de Jesucristo, de la Virgen y de algunos Santos; a orar por las necesidades espirituales y materiales de los demás; etc. La principal educación para la oración será siempre el testimonio de los padres.

¿Qué otras oraciones pueden ejercitarse en la familia?
El rezo y la meditación del Santo Rosario, principalmente en familia, han sido especialmente recomendados como una de las más excelentes oraciones para conservar su unidad.

¿Qué otras devociones se pueden practicar en las familias?
La presencia de imágenes piadosas en los principales sitios de la vivienda: el crucifijo, imágenes de la Virgen; la imposición del escapulario. En Venezuela hay una costumbre muy cristiana, que es la bendición que piden los hijos a los padres. A la petición de la bendición por los hijos, los padres contestan: "que Dios te bendiga". Es una costumbre que muestra la devoción por los padres y parientes mayores, y que tiene una honda raíz cristiana. Debemos mantenerla y propagarla.

Gracia de Dios y sacramentos

¿El sacramento del matrimonio confiere la gracia de Dios para toda la vida matrimonial?
El sacramento del matrimonio, recibido con las debidas disposiciones, confiere la gracia de Jesucristo que ayudará a los esposos a santificarse en todas las circunstancias de su vida conyugal, porque Dios no nos abandona nunca en nuestra vocación, y el matrimonio es una vocación, un camino hacia la santidad.

¿Qué relación existe entre Eucaristía y Matrimonio?
En la Eucaristía el mismo Jesucristo se entrega como alimento, vivificando espiritualmente a los esposos y asemejándolos a Él. La Eucaristía es el sacrificio de la Nueva Alianza, alianza que encarnan los esposos entre sí en la vivencia cristiana de su matrimonio. Además, la Eucaristía es fuente de caridad y vínculo de unidad, virtudes muy necesarias para la estabilidad y armonía de toda la familia.

¿Qué relación hay entre el sacramento de la Penitencia y el Matrimonio?
Los esposos y los demás miembros de la familia deben recibir el sacramento de la Penitencia cuando en sus vidas esté presente el pecado o cuando quieran crecer en el fervor y en el amor de Dios. La Confesión es fuente de purificación y de fortaleza, necesaria para afrontar las dificultades de la vida conyugal.

La preparación para el matrimonio

¿Por qué es necesaria una preparación para el matrimonio?
En otros tiempos la preparación para el matrimonio no era tan necesaria porque las jóvenes parejas se hallaban como protegidas por un ambiente naturalmente cristiano, que las defendía. En nuestro tiempo se ha dado un cambio cultural fuertemente opuesto al matrimonio y a los valores familiares, y es necesario que los jóvenes aprendan a defender y asumir con responsabilidad su compromiso matrimonial. La verdadera preparación al matrimonio se inicia en la propia familia, que es la primera formadora de los valores humanos y cristianos. Allí se inicia el conocimiento y el respeto de la dignidad del hombre y de la mujer y la grandeza del matrimonio y la familia. Durante el noviazgo debe continuar esa formación que permita a los novios cultivar el conocimiento mutuo y la aceptación y el respeto a las ideas, sentimientos y modos de ser del futuro cónyuge.

¿Qué otros aspectos abarca la preparación para el matrimonio?
Esa preparación requiere un camino suficientemente largo para que los novios lleguen a la boda con la requerida disposición para la entrega total del uno al otro, que se perfeccionará después durante la vida conyugal. Si el noviazgo no persigue ese objetivo, las expresiones de intimidad que serían propias de los esposos, en el noviazgo son sólo debilidades. Parte importante de la preparación para el amor conyugal y el matrimonio está en el respeto que los novios deben tenerse mutuamente. Ese respeto en el noviazgo abarca: las ideas, los modos de ser, la intimidad, los cuerpos y los sentimientos. Ese respeto es una señal de verdadero amor, destinado a crecer y fortalecerse en el matrimonio.

¿Exige la Iglesia a los novios cierta preparación para recibir el sacramento del matrimonio?
En muchos sitios la iglesia pide a los novios que van a contraer matrimonio, que participen de un "curso prematrimonial". En él se deben tratar los aspectos humanos, doctrinales y espirituales que cualquier matrimonio cristiano debe conocer. Los novios deben ver en este curso prematrimonial no sólo un requisito para su boda, sino una ayuda que les facilita recibir digna y provechosamente el sacramento.

¿Qué se debe decir a quienes afirman que las parejas deben, tener relaciones íntimas previas al matrimonio?
Esas relaciones sexuales, llamadas prematrimoniales, no son una preparación para el matrimonio, sino un pecado grave y un abuso de la sexualidad. Muchas veces esas relaciones son efecto de la debilidad, de un enamoramiento romántico, o sentimental, que está muy lejos del verdadero amor. Los novios, como aún no son esposos y no se pertenecen, no tienen derecho a esa intimidad que puede afectar gravemente su amor y también los derechos de otras personas, y en concreto los del hijo que fruto de esas relaciones puedan concebir. Por otea parte es muy sabido que las relaciones prematrimoniales con frecuencia destruyen el noviazgo y otras muchas veces preparan la infidelidad extraconyugal.

La preparación para el matrimonio que proporciona la iglesia ¿tiene otros motivos?
A veces se acude al matrimonio con falta de libertad, o forzando una situación que requeriría un tiempo de prudente espera, que la preparación previa puede ayudar a discernir. El embarazo, como fruto de relaciones prematrimoniales, puede ser una de las causas que apresuré irresponsablemente la boda en parejas que aún no están preparadas ni física, ni emocional, ni espiritualmente para ello. Las estadísticas demuestran que los matrimonios de adolescentes suelen terminar en divorcios muy pronto: tanto más pronto cuanto más jóvenes se casaron.

¿Que hacer para evitar esas situaciones?
Los novios deben evitar las ocasiones en que puedan darse relaciones prematrimoniales -permanecer solos mucho tiempo, o en lugares aislados-, así como las manifestaciones de ternura que serían propias de los esposos, pues no sólo deben evitar las relaciones íntimas, sino que tampoco deben iniciarlas. Deben saber resistir las presiones del ambiente que impulsan a los novios a vivir como si fueran personas casadas. Y saber que el esfuerzo por vivir limpiamente su amor tendrá la garantía de su duración. Además, siempre hay que pensar que Dios no pide imposibles, y que el noviazgo se puede vivir limpiamente con la ayuda de su gracia, frecuentando los sacramentos y siendo amigos de Dios.

La celebración del matrimonio

¿Qué características debe tener la celebración del matrimonio?
El matrimonio cristiano requiere una celebración litúrgica que exprese ante la Iglesia, representada ante unos testigos, la naturaleza sacramental de la alianza conyugal que establece. Los esposos deben saber que expresan las promesas de su alianza ante el mismo Jesucristo representado por el ministro de la Iglesia y los testigos que asisten al matrimonio. La ceremonia de la boda se lleva a cabo una vez aclarado que no existen impedimentos, que dicho acuerdo se realiza responsable y libremente, que se expresa con claridad el consentimiento que realiza la alianza conyugal, y que se observan las formas establecidas por la Iglesia con una ceremonia sencilla y digna.

¿Qué manifiesta la celebración del matrimonio cristiano?
El matrimonio cristiano manifiesta de modo público que los esposos -aquel hombre y aquella mujer- han sido llamados por Dios para establecer libremente una comunidad de vida y de amor que debe ser un camino hacia la santidad. En él, se ceden mutuamente el derecho sobre sus cuerpos para realizar los actos propios de la generación y educación de sus hijos. Este derecho es perpetuo y sólo exclusivo de ellos.

Situaciones irregulares y difíciles en las familias

¿Cuales son las principales situaciones irregulares en la familia?
Las principales situaciones irregulares que contradicen el plan de Dios sobre la familia son: el llamado "matrimonio a prueba"; las uniones libres; los católicos unidos sólo por el matrimonio civil; las personas separadas o divorciadas no casadas de nuevo; las personas divorciadas y vueltas a casar; los privados de familia.

¿Qué es el "matrimonio a prueba"?
Se llama así a la cohabitación de una pareja que prueba su compatibilidad durante un tiempo, pensando en la posibilidad de contraer- posteriormente un enlace definitivo. Propiamente hablando, esta "prueba" no se trata de un matrimonio, porque en él se prevé la posibilidad de una futura ruptura; y esto es incompatible con el verdadero matrimonio.

¿Qué son las uniones libres?
Son uniones constituidas por un hombre y una mujer que deciden vivir juntos, sin ningún tipo de compromiso entre ellos. Estas situaciones pueden ser fruto de determinadas circunstancias económicas o culturales; de la inmadurez afectiva y sicológica de la pareja, o consecuencia de la búsqueda desordenada del placer. En todo caso estas uniones reflejan una gran inmadurez humana, porque indican que no se es capaz de asumir el compromiso de formar una familia.

¿Cómo es posible evitar esas situaciones?
Es necesario averiguar las causas en cada caso para ponerles remedio. En general, es preciso promover la educación de los jóvenes mostrando los grandes bienes de la fidelidad, del matrimonio y de la familia, y la conveniencia de construir hogares estables.

¿Cuál es la situación dentro de la Iglesia de los católicos unidos en matrimonio civil?
Hay que distinguir dos grupos de personas: los que nunca recibieron el sacramento del matrimonio; y los que lo recibieron y se divorciaron para volver a contraer matrimonio civil. Los primeros tienen una situación distinta a las uniones libres, porque aceptan de alguna manera las obligaciones del matrimonio. Sé les debe animar a que santifiquen su hogar recibiendo el sacramento del matrimonio, para que sean coherentes con la fe que profesan y el estilo de vida que llevan. En todo caso, no pueden acceder a los sacramentos de la Iglesia mientras perdure esa situación, porque entre católicos el único matrimonio válido y licito es el sacramental.

¿Puede una persona católica divorciarse cuando la convivencia con el otro cónyuge es imposible?
Si la convivencia conyugal se hace imposible por problemas de infidelidad, o de violencia, malos ejemplos para los hijos, etc., el cónyuge inocente puede pedir lícitamente la separación -pues el otro cónyuge perdió sus derechos-, pero convendrá que se aconseje previamente con un sacerdote.

¿Cuál es la situación dentro de la Iglesia de las personas divorciadas que han vuelto a contraer un matrimonio civil?
La Iglesia ruega por todos ellos y desea atenderles como a miembros especialmente necesitados de su ayuda, porque las palabras de Jesús sobre la ilicitud de su situación son claras: Yo les digo: cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio (Mt 19,9); y en otro pasaje: el que repudie a su mujer la expone a cometer adulterio, y el que se una con la repudiada comete adulterio (Mt 5,32).

Así pues, deben tratar de resolver su situación: sea investigando la posible nulidad de su primer matrimonio con intención de contraer legítimamente el actual; sea disolviendo la segunda unión civil y tratando de recomponer su primera unión matrimonial; o viviendo con su, actual cónyuge, si así lo exigen las obligaciones de justicia adquiridas por los hijos que se tengan, pero sin tener relaciones con él. Sólo en este último caso, cuando ambos viven como hermano y hermana, y quitando toda posibilidad de causar escándalo a otros fieles, podrían participar de los sacramentos. En todo caso deben recibir el consejo de un sacerdote prudente y experimentado.

¿Estas personas están separadas de la Iglesia?
De ningún modo. Pueden y deben como todos los católicos acudir a la oración, escuchar la Palabra de Dios, participar de la Misa, y procurar realizar obras de caridad y misericordia. Pueden también fomentar las iniciativas en favor de la justicia, educar a los hijos en la fe cristiana y cultivar el espíritu y las obras de penitencia. De este modo se disponen también a recibir la ayuda de Dios para regularizar su situación.

¿Cuáles son los sentimientos de la Iglesia respecto a los que no tienen familia?
Estas personas son valoradas con afecto y consideración por parte de la Iglesia. El Santo Padre, Juan Pablo II, siempre ha animado a que se les abra todavía más la puerta de la iglesia a las personas que no tienen familia, porque la Iglesia es la casa de todos, especialmente de los fatigados y necesitados.

Fuente: Catecismo de la familia y del matrimonio

Tomás Melendo Granados
06.06.2008

Entre la multitud de cuestiones abordadas en las enseñanzas del tan recordado Juan Pablo II, sin duda hay tres que pueden competir con cualquier otra en lo que a relevancia y atención por parte del Pontífice se refiere. Aludo a las realidades expresadas por los vocablos «persona», «amor» y «familia».

  1. Respecto al magisterio global de Juan Pablo II, podría afirmarse de la persona lo que él escribía en la Centesimus annus en referencia a esa misma Encíclica y a la entera doctrina social de la Iglesia: que «la correcta concepción de la persona humana y de su valor único» constituye la trama, la urdimbre íntima y más definitiva, de cuanto el pasado Papa nos dio a conocer.
  2. El amor —y, en concreto, el amor humano— es algo a lo que Juan Pablo II consagró una solicitud privilegiada desde mucho antes de ser elegido Pontífice; algo que continuó mimando durante el ciclo entrañable de Audiencias en las que comentaba los versículos del Génesis correspondientes a la creación del hombre como varón y mujer; y algo que configura la clave última de resolución —la piedra de toque decisiva— de casi todos los problemas que el Santo Padre planteó y supo resolver.
  3. ¿Y la familia? Las páginas impresas dedicadas a recoger lo que el Sumo Pontífice dijo o escribió sobre ella se cuentan —según las ediciones— por millares. Pero es que, además, Juan Pablo II la consideró más de una vez expresamente como la niña de sus ojos, como el objeto prioritario de su atención pastoral, manifestando su intención de pasar a la posteridad como «el Papa de las familias».

No puede dudarse, pues, de que este trío de realidades sobresale —junto a algunas otras— en la consideración y en el magisterio de Juan Pablo II. Pero más interesante resulta subrayar que, para él, se trataba de entidades tan íntimamente inter-penetradas, que ninguna de ellas «vive» sin el amparo de las otras dos. Sin persona no hay amor; sin amor no hay familia; sin familia no hay amor ni, por ende, persona en cuanto persona.

Cada uno de los tres elementos florece o se marchita de la mano de los restantes.

Tal vez el texto más claro al respecto sea el muy conocido de la Familiaris consortio, donde las cuestiones en juego son mostradas de forma explícita —y casi diría que solemne— en su mutua interrelación.

Escribe Juan Pablo II: «La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas; del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de persozas.

»El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas».

Relaciones mutuas

Familia, amor, persona; amor, persona, familia... ¿Cuál de estos tres elementos debería constituir el inicio lógico de cualquier reflexión al respecto? ¿O es que tal vez nos encontramos ante una suerte de relación circular, sin claro punto de arranque?

En cierta medida, sí: tenemos frente a nosotros tres realidades absolutamente primarias, a la par que emparentadas. Y la razón, que Juan Pablo II puso repetidas veces de relieve, es que en el Origen de estas «tres» entidades humanas se encuentra el Único e Indivisible Dios verdadero, que se define a sí mismo como Amor y se revela en una Trinidad de Personas que componen, como gustaba decir al Sumo Pontífice, la Familia primigenia.

Tanto da, en consecuencia, empezar por uno u otro de los elementos: siempre seremos conducidos hasta los dos que quedan.

  1. La persona se define por el amor. Hace ya bastantes años que, siguiendo sugerencias de Juan Pablo II, me animé a describir a la persona, también a la humana, como «sujeto y objeto, como principio y término... de amor». La persona es persona por encontrar en el amor su hontanar, su substancia y su destino conclusivo.
    La cuestión podría mostrarse de distintas maneras, pero, dentro del contexto que voluntariamente he escogido, me limitaré a aportar uno de los más definitivos testimonios del Romano Pontífice, también de la Familiaris consortio: «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.
    »Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano».
  2. La persona remite, pues, al amor. Este es su inicio y su fin. Pero también cabría sostener, sin apartarse en lo más mínimo del camino enrumbado, que el amor se encuentra definido por su referencia ineludible a la persona: es lo que más propiamente surge de la persona en cuanto persona y se dirige, también con propiedad absoluta, a la persona en cuanto tal.
    Ya desde Amor y responsabilidad cabe percibir la biunívoca pertenencia que, en la mente del pasado Pontífice, ligaba a ambas entidades: amor y persona. Y es que, cuando el amor se toma en su sentido más noble —como un querer el bien para otro en cuanto otro, según lo describiera Aristóteles—, se advierte de inmediato que solo las realidades personales son capaces de amar, en la acepción cabal a que acabo de referirme, y que solo ellas son dignas de ser amadas.
    El amor es la única actividad que, de manera exclusiva y bi-direccionalmente (en los dos «sentidos»), se ejerce siempre y solo entre personas. Amar es la operación más propia y estricta y exclusivamente personal. El modo de obrar que mejor expresa —y mejora expresamente— a la persona en cuanto persona.
  3. La familia, ámbito propio de amor y de personas. ¿Tiene algo que decir, en las relaciones que acabamos de considerar, la familia? ¿Representa esta el elemento indispensable que completa la tríada de la que vengo tratando?
    Aquí los textos podrían multiplicarse hasta la saciedad. Me remito, antes que nada, al número 18 de la Familiaris consortio, antes trascrito. Y a él agrego, entre los muchos posibles, otros dos.
    Primero: «El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en todo otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».
    Y este segundo, quizá todavía más claro: «¿Quién puede dejar de pedir a la familia humana que sea una auténtica familia, una auténtica comunidad donde se ama permanentemente al hombre, donde se ama siempre a cada uno por el solo motivo de que es un hombre, esa cosa única, irrepetible, que es una persona?».

Blog de José Javier Rodríguez
29.10.2012

El IV Congreso del Foro de la Familia, celebrado en Madrid el pasado 20 de octubre, sorprendió a propios y a ajenos. No era para menos. En el escenario de una crisis económica y social, en medio de una constatada decadencia de las instituciones educativas, en un país con más de cinco millones de personas sin trabajo… un grupo numeroso de personas se dedicaron a debatir sobre el matrimonio. ¿No será que lo que de verdad nos importa es nuestra felicidad como hombres y como mujeres? ¿No será que lo importante es nuestro matrimonio y nuestra familia? ¿No será que quien fracase a nivel familiar y matrimonial, es quien realmente ha perdido su norte y es un náufrago social?

Primera conclusión del congreso

Los datos sobre caída de la nupcialidad y la natalidad y el incremento de las rupturas matrimoniales en España en los últimos años, son reflejo de un fenómeno profundamente preocupante que afecta a la calidad de vida social y personal en proporciones relevantes y genera tendencias dramáticas respecto a la sucesión generacional y el mantenimiento de la solidaridad interpersonal básica que estructura a toda sociedad con futuro.

No es concebible una sociedad estable, dinámica, solidaria y con futuro sin matrimonios y familias estables, comprometidas y duraderas, jurídicamente protegidos en las mutuas relaciones entre sus miembros y socialmente valorados en positivo.

Algunos datos: el coste social del divorcio

Según el Reino Unido, único país que publica estos informes, el coste social del divorcio ronda los 42.000 millones de euros anuales [2]. Lo que se omite, por su dificultad de cálculo, es el ahorro que supone para las arcas públicas los matrimonio estables, comprometidos y con hijos. Al menos estos matrimonios son mayoría, ¡menos mal!

Sólo el en el 10% de las rupturas por divorcio son consecuencia de un motivo que hace que los hijos estén en un ambiente mejor que antes. Además, si a un matrimonio, que está a punto de divorciarse, se le ofrece una segunda oportunidad, sólo llegarán a la ruptura definitiva el 40% de esas parejas.

Según Ignacio Socías, Director General del Instituto Internacional de Estudios sobre la Familia -The Family Watch -, el compromiso matrimonial estable es el que mejor asegura la atención de los hijos: ”cuando un hijo crece en un entorno distinto de una familia estable, sus posibilidades de fracaso escolar son un 75% mayores, las de caer en la drogadicción un 70% mayores, las de alcoholismo un 50% mayores, las de no poder afrontar sus deudas futuras un 40% mayores y las de no encontrar trabajo un 35% mayores”.

Reemplazo generacional

El único país europeo que se acerca al índice de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer en edad fértil) es Francia, con un 2,09; España está en torno al 1,35. Por otra parte, Nigeria es el único país del mundo donde la curva de natalidad es ascendente. Todos los demás, en contra de las teorías maltusianas de sobrepoblación, tienen unos descensos significativos y preocupantes de la natalidad, incluidos los países de África, China y América del sur.

Según los datos vamos a llegar a una situación de colapso del modelo económico-social europeo. De ahí que, en el año 2050, en Europa o se toma la decisión de una subida desorbitada de los impuestos o se retrasa la edad de jubilación ajustándola al índice de esperanza de vida o se emplean “otros medios”, que no me atrevo a citar, para evitar que el sistema no se colapse.

Consecuencias humanas

El divorcio conlleva consecuencias negativas para aquellos que toman la decisión de ruptura. Las expectativas que pueden generar la “nueva etapa” se ven truncadas por problemas de toda índole en los hijos, complicaciones laborales en ambos cónyuges, inestabilidad personal y situaciones de precariedad. Todo ello, asimismo, acarreará problemas de salud psíquica y física en los miembros de la unidad familiar rota…

Si te planteas un divorcio, busca otra solución. En la actualidad hay muy buenos profesionales preparados y cualificados para prestar apoyo. Existen muchos orientadores familiares, especialistas en la mediación en caso de claro conflicto de intereses y centros de orientación familiar (COF) [4] que pueden ayudar. Infórmate, muy cerca de tu casa tienes uno. Por tu bien, por el bien de la persona a la que amas y por el bien de tus hijos, date una segunda oportunidad.

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Notas

[1] Conclusiones IV Congreso Foro Español de la Familia: ‘El matrimonio Sí Importa, el divorcio no es la solución’

[2] ‘When relations go wrong’, Peter Lynas, Michael Trend, John Ashcroft y Phil Caro, 2010

[3] Proyecciones probabilisticas de población mundial, PNAS & National Academy of Sciences, 5 de julio 2012. Estudio dirigido por Adrian Raftery, profesor de estadística y sociología de la Universidad de Washington, y publicado en la revista Proceedings, que predice que para 2100 el número de personas mayores de 85 años en el mundo habrá crecido todavía más de lo que se había estimado hasta ahora, con la consiguiente disminución de personas en edad activa.

[4] Centro de Orientación Familiar de la UPSA

Enciclopedia Católica
15.06.2008

Término derivado del latín famulus, sirviente, y familia, sirvientes de la casa, o casa (cf. Oscan famel, sirviente). En el período romano clásico la familia raramente incluía a los padres o los hijos. Su derivado inglés se usó frecuentemente en tiempos antiguos para describir a todas las personas del círculo doméstico, padres, hijos y sirvientes. El uso actual, sin embargo, excluye a sirvientes, y restringe la palabra familia al grupo social fundamental formado por la unión, más o menos permanente, de un hombre con una mujer, o de uno o más hombres con una o más mujeres, y sus hijos. Si la cabeza del grupo comprende sólo a un hombre y una mujer tenemos la familia monógama, como distinción de aquellas sociedades domésticas que viven en condiciones de poligamia, poliandria o promiscuidad.

Ciertos escritores antropológicos de la última mitad del siglo XIX, como Bachofen (Das Mutterrecht, Stuttgart, 1861), Morgan (La sociedad antigua, Londres, 1877), Mc'Lennan (La teoría patriarcal, Londres, 1885), Lang (La costumbre y el mito, Londres, 1885), y Lubbock (El origen de la civilización y la primitiva condición del hombre, Londres, 1889), crearon y desarrollaron la teoría que el modo original de la familia era aquel en que todas las mujeres de un grupo, horda o tribu, pertenecían promiscuamente a todos los hombres de la comunidad.

Siguiendo la primacía de Engels (El origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado, tr del alemán, Chicago, 1902), muchos escritores socialistas adoptaron esta teoría realmente como la más armoniosa con su interpretación materialista de historia. Las principales consideraciones adelantadas en su favor son: la asunción de que en los tiempos primitivos toda la propiedad era común, y que esta condición llevó naturalmente a la comunidad de mujeres; ciertas declaraciones históricas de escritores antiguos como Estrabón, Herodoto y Plinio; la práctica de la promiscuidad, en una fecha comparativamente tardía, por algunos pueblos salvajes, como los indios de California y unas tribus aborígenes de India; el sistema de trazar la descendencia y el parentesco a través de la madre, que prevaleció entre algunos pueblos primitivos; y ciertas costumbres anormales de antiguas razas, como la prostitución religiosa, el llamado jus primæ noctis, la prestación de la esposa a los visitantes, la convivencia de los sexos antes del matrimonio, etc.

En ningún momento esta teoría ha obtenido la aceptación general, incluso entre escritores no cristianos, y es completamente rechazada por algunas de las mejores autoridades, por ejemplo Westermarck (La historia del matrimonio humano, Londres, 1901) y Letourneau (La evolución del matrimonio, tr. del francés, Nueva York, 1888).

En respuesta a los argumentos antedichos, Westermarck y otros señalan que la hipótesis de un comunismo primitivo no ha sido demostrada por ningún medio, por lo menos en su formulación extrema; aquella propiedad en común de las cosas no lleva necesariamente a la comunidad de esposas, la familia y las relaciones políticas están sujetas a otros motivos más allá de los puramente económicos; que los testimonios de historiadores clásicos en la materia son inconclusos, vagos, y fragmentarios y se refieren sólo a unos pocos casos; que los modernos casos de promiscuidad son aislados y excepcionales, y pueden atribuirse a la degeneración en lugar de a supervivencias primitivas; que la práctica de seguir el parentesco a través de la madre encuentra amplia explicación en otros hechos además de la incertidumbre supuesta de la paternidad, y que nunca fue universal; que sobre las relaciones sexuales anormales citadas, es más obvia y satisfactoria su explicación por otras circunstancias, religiosas, políticas y sociales, que por la hipótesis de la primitiva promiscuidad; y, finalmente, esa evolución que vista superficialmente, parece apoyar esta hipótesis, está en la realidad contra ella, ya que las uniones entre el varón y la hembra de la mayor parte de las especies animales superiores muestran un grado de estabilidad y unicidad que tienen un gran parecido a la familia monógama.

Teorías erróneas

La máxima concesión que Letourneau hará hacia la teoría en discusión es que “esa promiscuidad se puede haber adoptado por ciertos pequeños grupos, más probablemente por ciertas asociaciones o hermandades" (op. cit., pág. 44). Westermarck no vacila en decir: "La hipótesis de promiscuidad, en lugar de la pertenencia, como piensa el profesor Giraud-Teulon, es la clase de hipótesis que son científicamente permisibles sin tener ningún fundamento real, y es esencialmente no científica" (op. cit., pág. 133).

La teoría de que el modo original de la familia era la poligamia o la poliandria incluso es menos digna de crédito o consideración. En lo fundamental, el veredicto de los escritores científicos está en armonía con la doctrina de la Escritura sobre el origen y el modo normal de la familia: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa: y serán una sola carne" (Gen., 2, 24). "De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.” (Mt. 19, 6). Desde el principio, por consiguiente, la familia supuso la unión de un hombre con una mujer.

Mientras la monogamia fue el modo prevaleciente de la familia antes de Cristo, estaba limitada de deferentes maneras por la práctica de la poligamia en muchos pueblos. Esta práctica era en general más común entre las razas semíticas que entre los arios. Era más frecuente entre los judíos, egipcios y medos, que entre las personas de India, los griegos o los romanos. Existió en mayor extensión entre las razas no civilizadas, aunque algunas de éstas estuvieron libres de ellas. Es más, incluso en esas naciones en que se practicaba la poligamia, civilizadas o primitivas, normalmente se restringió a una pequeña minoría de la población, como los reyes, los jefes, los nobles y los ricos.

La poliandria era igualmente practicada, pero con considerablemente menor frecuencia. Según Westermarck, la monogamia era de lejos el modo más común de matrimonio "entre los pueblos primitivos de los que tenemos algún conocimiento directo" (op. cit., pág. 459). Por otro lado, el divorcio estaba en boga prácticamente entre todos los pueblos en una medida mucho mayor que la poligamia.

La facilidad con que el marido y esposa podían disolver su unión constituye uno de los más grandes borrones en la civilización de la Roma clásica. Generalmente hablando, la posición de la mujer era muy baja en todas las naciones, civilizadas y primitivas, antes de la venida de Cristo. Entre los bárbaros, se convertían frecuentemente en esposas a través de su captura o compra; incluso entre los pueblos más avanzados la esposa era generalmente propiedad de su marido, su objeto, su esclava. En ninguna parte el marido fue limitado por la misma ley de fidelidad matrimonial que la esposa, y en muy pocos casos fue compelido para conceder a ella iguales derechos en materia de divorcio. El infanticidio era práctica universal y la patria potestad del padre romano le entregaba el derecho de vida y muerte incluso sobre sus hijos adultos. En una palabra, los miembros más débiles de la familia eran por todas partes inadecuadamente protegidos contra el más fuerte.

La Familia Cristiana

Cristo no sólo restauró a la familia a su tipo original como algo santo, permanente, y monógamo, sino que elevó el contrato del que se origina a la dignidad de sacramento, y así puso a la propia familia en el plano de lo sobrenatural. La familia es santa ya que es cooperadora con Dios, procreando hijos, que son destinados a ser hijos adoptivos de Dios, e instruyéndolos para su reino.

La unión entre el marido y la esposa es definitiva hasta la muerte (Mt 19, 6 ss.; Lc 16, 18; Mc 10, 11; I Cor 7, 10; ver MATRIMONIO, DIVORCIO). Que éste es el modo más alto de unión conyugal, y la mejor solución para el bienestar de la familia y de la sociedad, aparecerá ante cualquiera que compare desapasionadamente los efectos morales y materiales que surgen de ella con los de la práctica del divorcio.

Aunque el divorcio ha obtenido a un mayor o menor aceptación entre la mayoría de los pueblos desde el principio hasta ahora, "hay evidencia abundante que el matrimonio ha venido a ser más perdurable, sobretodo, a medida que la raza humana ha crecido a mayores niveles de cultura" (Westermarck, op. cit., pág. 535).

Aunque se han hecho esfuerzos para demostrar que el divorcio está en todo caso prohibido por la ley moral de la naturaleza, no han convencido por si mismos, sin mencionar nada de ciertos hechos de la historia del Antiguo Testamento, la indisolubilidad absoluta del matrimonio es no obstante el ideal a que la ley natural apunta y por consiguiente es lo que se espera en un orden que es sobrenatural. En la familia, recreada por Cristo, no existe nada semejante a la poligamia (vea las referencias dadas en este párrafo, y POLIGAMIA).

Esta condición, también está de acuerdo con el ideal de la naturaleza. De hecho, la poligamia no se condena en ningún caso por la ley natural, pero es generalmente incoherente con el bienestar razonable de la esposa y los hijos y el desarrollo moral apropiado del marido. Debido a estas cualidades de durabilidad y unidad, la familia cristiana implica una real y definitiva igualdad entre marido y esposa. Tienen los mismos derechos en materia de la primaria relación conyugal, igual llamada a la fidelidad mutua e iguales obligaciones para hacer real esta fidelidad. Son igualmente culpables cuando violan estas obligaciones y merecen igual perdón cuando se arrepienten.

Esposa, consorte y compañera

La esposa no es esclava ni propiedad de su marido, sino su consorte y compañera. La familia cristiana es sobrenatural ya que se origina en un sacramento. A través del sacramento del matrimonio, marido y esposa obtienen e incrementan la gracia santificante y el derecho a la gracia actual, necesaria para el apropiado cumplimiento de todos los deberes de la vida familiar, y la relación entre marido y esposa, padres e hijos, es sobrenaturalizada y santificada. El fin y el ideal de la familia cristiana son igualmente sobrenaturales, a saber, la salvación de padres e hijos, y la unión entre Cristo y su Iglesia. "Maridos, amad a vuestras esposas, como Cristo amó a su iglesia y se entregó por ella", dice San Pablo (Ef 25). La intimidad de la unión matrimonial, la casi identificación de marido y esposa, se ve en la cita: “Así deben los hombres amar a sus esposas, como a sus propios cuerpos. Él que así ama a su esposa, se ama a sí mismo" (Ef. 28).

De estos hechos generales de la familia cristiana, pueden deducirse rápidamente las relaciones particulares que existen entre sus miembros. Partiendo de que el hombre y la mujer, por regla general, no están normalmente completos como individuos, sino que son más bien dos partes complementarias de un organismo social en el que sus necesidades materiales, morales y espirituales reciben mutua satisfacción, un requisito primario de su unión es el amor mutuo.

Éste no incluye meramente el amor de los sentidos, que es esencialmente egoísta, ni necesariamente ese amor sentimental que los antropólogos llaman romántico, sino, sobretodo, un amor racional o afecto que procede del reconocimiento de unas cualidades de mente y corazón y que impele a cada uno a buscar el bienestar del otro. Así, la asociación íntima y prolongada de marido y esposa, necesariamente trae a la superficie sus cualidades menos nobles y amables y, como el criar de los hijos implica muchos sufrimientos, la necesidad de un amor desinteresado y la capacidad de sacrificarse, son evidentemente muy importantes.

Las obligaciones de mutua fidelidad han sido expuestas suficientemente arriba. Las funciones particulares de marido y esposa en la familia son determinadas por sus diferentes naturalezas y por su relación con el fin primario de la familia, es decir, con la procreación de los hijos. Siendo el proveedor de la familia y superior a la esposa, tanto en fuerza física como en las cualidades mentales y morales que son necesarias para el ejercicio de la autoridad, el marido es naturalmente la cabeza de la familia, incluso "la cabeza de la esposa", en el lenguaje de San Pablo. Esto no significa que la esposa sea la esclava del marido, su sirviente o su súbdita.

Ella es su igual, tanto como ser humano y como miembro de la sociedad conyugal, salvo que cuando existe una discordancia en asuntos que pertenecen al gobierno doméstico, ella, como norma, se somete. Exigir para ella una autoridad completamente igual a la del esposo es tratar a la mujer como igual al hombre en una materia en que la naturaleza los ha hecho desiguales. Por otro lado, el cuidado y dirección de los detalles de la casa pertenecen naturalmente a la esposa, porque ella está mejor capacitada para estas tareas que el marido.

Fin primario de la familia

Siendo que el fin primario de la familia es la procreación de los hijos, el marido o la esposa que esquivan este deber por cualquier motivo, sea espiritual o moral, reducen a la familia a un nivel antinatural y no cristiano. Esto es absolutamente cierto cuando la ausencia de descendencia se ha procurado por cualquiera de los métodos artificiales e inmorales tan en boga actualmente. Cuando la unión conyugal ha sido bendecida con los hijos, ambos padres adquieren, según sus respectivas funciones, el deber de sostener y educar a esos miembros inmaduros de la familia. Su formación moral y religiosa es, en su mayor parte, tarea de la madre, mientras que la tarea de atender sus necesidades físicas e intelectuales recae principalmente en el padre. Hasta qué punto las diferentes necesidades de los hijos serán cubiertas, variará según la habilidad y los recursos de los padres. Finalmente, los hijos deben, generalmente hablando, a los padres amor implícito, reverencia y obediencia, hasta que hayan alcanzado su mayoría y después, amor, reverencia y un grado razonable de ayuda y obediencia,.

Las relaciones externas más importantes de la familia son, naturalmente, aquellas que existen entre ella y el Estado. Según la concepción cristiana, la familia, en lugar del individuo, es la unidad social y la base de la sociedad civil. Decir que la familia es la unidad social no implica que es el fin para el que el individuo es un medio; el bienestar del individuo es un fin para ambos, la familia y el Estado, así como de cualquier otra organización social. Significa que el Estado está formalmente preocupado por la familia como tal y no meramente por el individuo. Esta distinción es de gran importancia práctica; allí donde el Estado ignora o descuida a la familia, con la vista puesta sólo en el bienestar del individuo, el resultado es una fuerte tendencia hacia la desintegración de éste.

La familia es la base de sociedad civil, ya que la mayoría de las personas debe pasar prácticamente toda su vida en su círculo, sea como miembro o como cabeza. Solamente en la familia el individuo puede ser debidamente criado, educado y recibir la formación de su carácter que le hará un buen hombre y un buen ciudadano.

Ya que el hombre medio no empleará toda su energía productiva si nos es bajo el estímulo de sus responsabilidades, la familia es indispensable desde un punto de vista puramente económico. Luego la familia no puede desempeñar sus funciones debidamente a menos que los padres tengan el control total sobre la crianza y la educación de los hijos, sólo sujeta a la necesaria vigilancia estatal para prevenir un grave abandono de su bienestar.

Consecuentemente, hablando generalmente y con la concesión debida para condiciones particulares, el estado excede su autoridad cuando provee las necesidades materiales del niño sustrayéndolo de la influencia paternal o especificando la escuela a la que debe asistir. La familia cristiana en la historia se ha demostrado inmensamente superior a la familia no cristiana, como consecuencia de estos conceptos e ideales. Ha mostrado la mayor fidelidad entre marido y esposa, mayor reverencia de los hijos hacia los padres, mayor protección de los miembros más débiles por los más fuertes y, en general, un reconocimiento más completo de la dignidad y derechos de todos dentro de su círculo.

Su mayor gloria es indudablemente su efecto en la posición de mujer. A pesar de las dificultades –en su mayor parte con respecto a la propiedad, educación y una prácticamente reconocida doble norma moral-- que la mujer cristiana ha sufrido, ha logrado un grado de dignidad, respeto y autoridad, que podríamos buscar en vano en la sociedad conyugal fuera de la Cristiandad. El factor principal en esta mejora han sido las enseñanzas cristianas sobre la castidad, la igualdad conyugal, la santidad de la maternidad y el fin sobrenatural de la familia, junto con el modelo cristiano e ideal de la vida familiar, la Sagrada Familia de Nazaret.

La pretensión de algunos escritores de que, aquello que la Iglesia enseña y practica sobre la virginidad y celibato, constituye una degradación y deterioro de la familia, no sólo nace de una visión falsa y perversa de estas prácticas, sino que contradice los hechos históricos. Aunque siempre ha tenido la virginidad en un honor más alto que el matrimonio, la Iglesia nunca ha confirmado la extrema visión, atribuida a algunos escritores ascéticos, de que el matrimonio es solo una concesión a la carne, una clase de indulgencia carnal tolerada.

A sus ojos el rito matrimonial ha sido siempre un sacramento, el estado de casado un estado santo, la familia una institución Divina y la vida familiar la condición normal para la gran mayoría de humanidad. De hecho, su enseñanza sobre la virginidad y la manifestación de miles de sus hijos e hijas que ejemplifican esa enseñanza, ha constituido en toda época una exaltación más eficaz de la castidad en general y, por consiguiente, de la castidad interior tanto como sin la familia. La enseñanza y el ejemplo se han combinado para convencer a los casados, no menos que a los solteros, que la pureza y la continencia son deseables y posibles en la práctica. Hoy, como siempre, precisamente es en esas comunidades dónde se honra la virginidad en las que el ideal de la familia es más alto y sus relaciones son más puras.

Peligros para la Familia

Entre éstos está la exaltación del individuo por el estado a expensas de la familia, que ha venido desde la Reforma ((cf. the Rev. Dr. Thwing, in Bliss, "Enciclopedia de la Reforma Social”), y la moderna facilidad del divorcio (vease DIVORCIO) que puede remontarse a la misma fuente. El mayor culpable en este último aspecto son los Estados Unidos, pero la tendencia parece ser la de facilitarlo en la mayoría de los países en los que se permite el divorcio.

La autorización legal y la aprobación popular de la disolución del lazo matrimonial, no sólo rompe las familias existentes, sino que anima a matrimonios precipitados y produce una visión laxa de la obligación de fidelidad conyugal. Otro peligro es la limitación deliberada del número de hijos en la familia. Esta práctica tienta a los padres a pasar por alto el fin principal de la familia y a considerar su unión solamente como un medios de satisfacción mutua. Además, lleva a una disminución de la capacidad de auto-sacrificio en todos los miembros de la familia. Estrechamente conectada con estos dos males del divorcio y la restricción artificial de nacimientos, está la general laxitud de opinión con respecto a la inmoralidad sexual.

Entre sus causas está la disminución de la influencia de la religión, la ausencia de instrucción religiosa y moral en las escuelas y el énfasis aparentemente más débil puesto sobre el grave pecado contra la castidad por aquéllos cuya instrucción moral no ha estado bajo los auspicios católicos. Sus efectos principales son la aversión a casarse, la infidelidad matrimonial, y la contracción de enfermedades que producen la infelicidad doméstica y familias estériles.

La vida ociosa y frívola de las mujeres, esposas e hijas, en muchas familias adineradas es también una amenaza. Por las posiciones que defienden, el modo de vida que llevan y los ideales que acarician, muchas de estas mujeres nos recuerdan un poco el hetæræ de la Atenas clásica . Para ello gozan de gran libertad, y ejercen gran influencia sobre sus maridos y padres, y su principal función parece ser entretenerlos, mejorar su prestigio social, atender a su vanidad, vestir bien y reinar como reinas sociales. Se han liberado de cualquier auto-sacrificio serio en beneficio del marido o de la familia, mientras el marido ha declarado igualmente su independencia de cualquier interpretación estricta del deber de fidelidad conyugal. La unión entre ellos no es suficientemente moral y espiritual, es excesivamente sensual, social y estética. Y el mal ejemplo de esta concepción de la vida familiar se extiende más allá de aquéllos que pueden ponerla en practica.

Todavía otro peligro es el declive de la autoridad familiar en todas las clases, la desobediencia y falta de respeto impuesta y exhibida por los hijos. Sus consecuencias son la imperfecta disciplina en la familia, el defectuoso carácter moral de los hijos y la infelicidad multiplicada de todos.

Finalmente, está el peligro, físico y moral, que amenaza la familia debido al firme incremento de la presencia creciente de mujeres en la industria. En 1900, el número de mujeres por encima de los dieciséis años empleadas en los Estados Unidos era de 4.833.630, más del doble del número de ocupadas en 1880 y qué constituían el 20 por ciento del número total de mujeres mayores de dieciséis años en el país, considerando que el número de trabajadores en 1880 formaba sólo el 16 por ciento de la misma franja de la población femenina.

En las ciudades de América dos mujeres de cada siete son las que mantiene la familia (ver Informe Especial del Censo americano, "Mujeres en el Trabajo"). Esta condición implica un aumento de la proporción de mujeres casadas en el trabajo como asalariadas, un aumento de la proporción de mujeres que son físicamente menos capaces de llevar a cabo las tareas de la vida familiar, una proporción más pequeña de matrimonios, un aumento en la proporción de mujeres que, debido a una idea engañosa de independencia, están poco dispuestas a casarse, y un debilitamiento de los lazos familiares y de la autoridad doméstica. "En 1890, 1 mujer casada entre 22 era la sustentadora; en 1900, 1 de 18" (ibid.).

Quizás la peor consecuencia y la más llamativa del trabajo de las mujeres casadas en la industria es el aumento de la proporción de muerte entre los niños. Entre los niños menores de un año la proporción en 1900, en todos los Estados Unidos, era del 165 por 1000, pero era del 305 en Fall River, dónde la proporción de mujeres casadas empleadas era mayor. Como causa suprema de todos estos peligros para la familia están el decaimiento de la religión y el crecimiento de una visión materialista de la vida, así el futuro de la familia dependerá del punto en que estas fuerzas puedan controlarse. Y la experiencia parece demostrar que no puede haber término medio entre el ideal materialista del divorcio, tan sencillo como que la unión matrimonial se termina por el deseo de las partes, y el ideal católico de matrimonio completamente indisoluble.

Francisca R. Quiroga - Arvo.net
14.06.2005

Jutta Burggraf es alemana, Doctora en Teología y Pedagogía, autora de numerosas publicaciones, entre las últimas la titulada "Vivir y convivir en una sociedad multicultural". Experta en la temática de la familia, contesta a las preguntas sobre los desafíos que presenta la vida en común en la sociedad actual.

Nuevas problemáticas

Con frecuencia leemos resultados de encuestas, entrevistas y sondeos, que parecen indicar que la familia está en crisis, ¿piensas que se trata de una figura social en extinción?
«A pesar de todos los pronósticos desfavorables, hoy en día la familia sigue siendo apreciada, porque satisface necesidades tan elementales en el hombre como el anhelo de sentirse protegido y de tener confianza. Pienso que su existencia no puede ser puesta en duda porque está íntimamente ligada a la felicidad del hombre».

¿Por qué hoy nos parece más difícil sacar adelante una familia que en otras épocas?
«Es verdad que actualmente se dan circunstancias que generan problemas que no se presentaban antes. Pero esto no quiere decir que antes no hubo dificultades: había otra situación con otros problemas, quizá menos manifiestos. En siglos pasados, muchas veces eran los padres quienes elegían a quienes habían de casarse con sus hijos, y lo hacían según aspectos objetivos: la clase social, la situación económica, la religión, etc. La comunidad matrimonial era considerada como una gran empresa. Todos, varones y mujeres, solían trabajar juntos en la granja, en el taller, en la tienda. Y educaban juntos a los niños, que crecían bajo los cuidados de muchos parientes».

«A partir de la industrialización, se produjo un profundo cambio en la vida familiar. El hombre se fue retirando de las obligaciones familiares a favor de actividades lucrativas fuera de casa, donde la mujer quedó sola con los hijos. Poco a poco también ella se fue integrando a la vida profesional, ganando dinero y haciéndose cada vez más autónoma. De ahí resultan nuevas cargas para el matrimonio».

¿Piensas que la autonomía de que gozamos hoy las mujeres es una causa de los actuales problemas de la familia?
«No creo que la independencia de la mujer sea el problema de hoy. Al contrario, es una suerte que exista, porque sólo quien es interiormente libre e independiente puede amar y entregarse verdaderamente a los demás».

¿Por qué entonces la situación actual es realmente difícil?
«Dos personas se casan hoy, en general, por simpatía y amor; es decir, más por motivos subjetivos que por motivos objetivos. Esto me parece muy bien. Pero hay que llegar a un acuerdo acerca de las grandes cuestiones de la existencia Creo que el amor es la única razón aceptable para contraer matrimonio, pero si faltan casi todos los motivos objetivos, la fidelidad matrimonial se hace sumamente difícil».

Para la buena marcha de la vida en común

Se habla a veces de una crisis de comunicación entre los esposos de hoy, ¿a qué se puede atribuir?
«Hoy es frecuente que los esposos tengan distintos campos de acción, ya sea en la familia, ya sea en una profesión fuera del hogar. No se ven durante muchas horas al día. Pero sí tienen contacto con muchas otras personas, hombres y mujeres; y con ellos comparten sus intereses e ilusiones profesionales. Cuando vuelven cansados a casa, ya no tienen fuerzas para dialogar o hacer planes. Así puede pasar que crezca una distancia cada vez más grande entre los esposos».

«Además, actualmente el matrimonio es mucho más largo que en otros tiempos. Muchas personas llegan a los ochenta, noventa, incluso a los cien años. Antiguamente las mujeres morían con frecuencia después de haber dado a luz muchos hijos. Hoy los ven crecer, y cuando ellos se van de casa, suelen vivir todavía treinta, cuarenta o cincuenta años».

«El hecho de que alguien me ha prometido quedarse a mi lado hasta el fin de la vida, significa para mí el grave deber de abrirme a las nuevas situaciones, y no negarme a mejorar y madurar. El matrimonio, en cierto sentido, es un proceso que se origina en la promesa de andar juntos por el camino de la vida. En cuanto tal no sólo exige el “permanecer juntos”, sino también el “caminar”. Los cónyuges se invitan mutuamente a buscar, encontrar, aprender y desarrollarse juntos. Y, en el mejor de los casos, llegan juntos a la madurez espiritual».

¿Cómo evitar la alienación conyugal?
«Es bastante normal que haya momentos duros en la vida común y, en principio, no es aconsejable que se intente a toda costa eludir cualquier conflicto. Si los cónyuges se acostumbran a callarlo todo, previa conformidad tácita, tal vez puedan presumir durante un tiempo de una aparente paz; pero pagarán finalmente un precio muy alto por ella, pues pronto se aburrirán mutuamente con sus conversaciones superficiales. Tal vez huyan de sí mismos y de su pareja hacia los hijos, el trabajo o alguna aventura».

¿Cómo superar las crisis?

¿Son estas dificultades las que llevan a algunas parejas a rechazar de lleno el matrimonio?
«Creo que en bastantes ocasiones no condenan el matrimonio , sino un tipo de matrimonio lleno de mentira y traición, escondido detrás de una imagen respetable. Lo que se desaprueba es una exageración de la importancia de la dimensión jurídica, unas exigencias morales diferentes para el hombre y para la mujer, la comodidad y la falta de apertura a los demás».

¿Qué respondes a los que sostienen que el matrimonio es un modelo de convivencia ya superado?
«El matrimonio no es anacrónico, pero esto no quiere decir que haya de vivirse de un modo que podemos llamar “burgués”, con estrechez de miras, con mentira y falsedad, mirando más bien al aspecto externo que al amor verdadero entre las personas que lo componen. Hoy en día existen muchas parejas que viven su matrimonio de una manera atractiva; que ponen de manifiesto que la fidelidad es posible, y que es garantía de felicidad para ellos mismos y para toda la familia, en la juventud, en la madurez y en la ancianidad».

¿Basta el amor entre marido y mujer para el éxito del matrimonio?
«Hay que ver lo que se entiende por amor. Un matrimonio en el que el marido y la mujer vivan pendientes sólo el uno del otro, y en sus vidas no haya lugar para nadie más, acabará por amargarse. Un matrimonio verdaderamente feliz descubre continuamente nuevos horizontes; está abierto a otras personas, también a una futura descendencia. Tiene el valor de transmitir la vida, de conservarla, de amarla y de velar por su desarrollo».

¿Ves el matrimonio exclusivamente en función de los hijos?
«El matrimonio se vive como una comunión corporal, psíquica y espiritual del ser humano y, en todos lo planos significa, para los cónyuges, una unión entrañable. El otro es aceptado en la totalidad de su persona, esto es, también en su fertilidad y en su posible paternidad o maternidad. Sin embargo, si la unión sexual se entendiera únicamente como la procreación de descendientes, se utilizaría y denigraría al cónyuge como un simple medio; se abusaría de él. Como también se degrada al otro cuando se lo considera simplemente como objeto de placer. En el amor matrimonial auténtico se encuentran integrados tanto el deseo de tener hijos como la búsqueda de la unión sexual».

Lograr una vida familiar satisfactoria

¿Cómo podrías describir una buena relación entre los esposos?
«En un matrimonio sano existe una relación activa, interés del uno por el otro, participación en la vida del otro. Una relación entre dos personas no consiste en tiranizar, exigir y mandar, sino, ante todo, en pedir, en dar, en ayudar y en responder el uno al otro. Consiste en alegrarse de todo corazón con el otro y también en poder sobrellevar juntos los momentos difíciles; aceptar al otro tal como es, así como uno se acepta a sí mismo con sus defectos y debilidades. De tal manera, los esposos tampoco llegan a exigirse demasiado mutuamente, con pretensiones egoístas o con unas expectativas infantiles de ser mimados como en los tiempos de la niñez».

«Una buena relación implica comprender que cada uno necesita más amor que “merece”; es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos».

¿Ves posible que se enfrenten con realismo y serenidad las crisis que se presentan en todos los matrimonios?
«Nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. “El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares”- suelen decir los árabes. Hay, realmente, situaciones, en las que el matrimonio y la familia pueden llegar a ser un tormento. Donde se ama, se da y la persona se abre al otro, es fácil ser herido. Pero, a pesar de eso, una crisis no es una catástrofe».

«Todo matrimonio pasa por situaciones difíciles, igual que toda persona humana, cuando crece, experimenta sus crisis de desarrollo. Es muy normal que haya momentos duros en la vida. Conflictos y divergencias de opiniones existirán siempre allí donde varias personas vivan en estrecho contacto. Uno nota monotonía, desazón, quizá la falta de una plena realización profesional; ve que los planes se derrumban y que los hijos son muy distintos de lo que se deseaba. A veces, con los años, crece el remordimiento de no haber dado al otro todo lo que se le podía haber dado... Lo decisivo es la actitud que se adopta ante estas situaciones: aprovechar la oportunidad para estrechar los lazos de unión y, superando juntos las dificultades, buscar el camino de reconciliación. A menudo, esta disposición de perdonar es la única esperanza de marchar hacia un nuevo comienzo. Toda crisis trae consigo un cambio, y puede ser un cambio hacia una madurez mayor, hacia una confianza más plena».

Hacia una mejor calidad de vida

¿Qué función ocupa el hogar en la sociedad actual?
«Hoy en día, en que la mayoría de las personas realizan su trabajo en fábricas, empresas, administraciones, oficinas y tiendas, necesitan un hogar que les espere a la vuelta. La labor más importante, y a la vez la más difícil, de un ama de casa consiste en crear ese ambiente de hogar. Para la serenidad de una familia es importante que alguien tenga tiempo, que no esté siempre agobiado y con cosas más importantes en la cabeza que el simple saber escuchar, tranquilizar, consolar o animar; hay que deshacer tensiones, amortiguar las desilusiones, compartir uno con otro los éxitos y discutir los problemas ¡Qué bien, cuando existe para todo esto un punto de apoyo!».

Pero el trabajo de la casa, ¿no es muy monótono?
«La profesión de ama de casa –porque así puede ser considerada cuando se desarrolla con competencia- no es necesariamente una ocupación monótona y aburrida. Tiene sus ventajas. Una muy agradable es que ella se puede organizar el horario y el trabajo a su manera. Toda mujer puede decidir en su casa lo que va a hacer en cada momento –aunque no siempre, sí al menos en proporción mucho mayor que en las demás profesiones. Esto confiere libertad y autonomía».

«Si el trabajo del hogar se identifica con limpiezas pesadas, con fregotear suelos o ir de cabeza por cada motita de polvo que se descubre, es lógico que se le atribuya una connotación negativa. Ciertamente el aburrimiento, la rutina y las manías acechan el trabajo del ama de casa, pero en cualquier profesión existen trabajos repetitivos. El presidente de una compañía, por ejemplo, tiene que estampar su firma cientos de veces al día; seguramente no lo envidiamos por esa tarea, pero no dejamos de pensar que su ocupación es valiosa y apetecible».

¿Piensas que las mujeres deberían volver al “dulce hogar”?
«Pienso que la tarea de compaginar el trabajo fuera de casa con las exigencias de la familia compete tanto a los hombres como a las mujeres. A todas las personas se les debe dar la posibilidad de hacer libremente lo que creen que es bueno, sin tener que estar siempre suscitando nuevas polémicas».

«Cada familia es original y única. En la situación concreta, el amor de los esposos puede originar situaciones muy distintas, y hasta contrarias. Ni hay soluciones hechas para la organización individual de la vida familiar cotidiana, ni es apropiado juzgar desde fuera sobre una situación concreta».

¿Familia o profesión? ¿Qué aconsejas a las mujeres?
«En primer lugar, no es importante lo que la persona hace sino cómo lo hace. Ni el trabajo ni la familia son soluciones en sí mismas para los problemas individuales o interpersonales, y ambos conllevan ventajas y riesgos».

«El trabajo de una mujer fuera de casa podrá, efectivamente, redundar de muy diversas maneras en beneficio de la familia, en primer lugar porque esto facilita el diálogo abierto y la comprensión con el marido y los hijos. Hoy en día, no sólo se requieren madres que sepan llevar perfectamente la casa, sino ante todo madres que sean capaces de ser amigas».

Juan Meseguer - Aceprensa
02.07.2012

¿Cómo ven los jóvenes adultos de clase trabajadora el matrimonio? Si lo aprecian, ¿por qué lo aplazan? ¿Por qué en EE.UU. la cohabitación, el divorcio y los nacimientos extramatrimoniales crecen sobre todo entre los que no completaron la secundaria? El proyecto Love and Marriage in Middle America, auspiciado por el Institute for American Values, indaga la visión del amor y del matrimonio que predomina entre los estadounidenses sin estudios universitarios.

Una de las tendencias sociales más importantes que está remodelando hoy la institución del matrimonio en EE.UU. es el surgimiento de una “desigualdad matrimonial”. A descubrirla ha contribuido el sociólogo estadounidense W. Bradford Wilcox, director del National Marriage Project y profesor de la Universidad de Virginia.

El estudio que lanzó las tesis de Wilcox a los medios analiza los cambios familiares que están experimentando los estadounidenses que solo completaron la secundaria (working class, en inglés). Representan el 58% de la población adulta con estudios, frente al 30% de los que tienen estudios universitarios (1).

Entre esos estadounidenses sin estudios universitarios, los cambios familiares son notables. En los últimos treinta años, el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio pasó del 13% al 44%; la tasa de divorcio se mantuvo elevada (37%); y el porcentaje de mujeres de 25 a 44 años que habían vivido en parejas de hecho pasaron del 39% al 68%.

En ese mismo período de tiempo, se observa un panorama muy diferente entre los universitarios. El porcentaje de hijos extramatrimoniales también sube, pero sigue en unos niveles comparativamente muy bajos (del 2% al 6%). Lo mismo cabe decir de la cohabitación, aunque aquí el porcentaje es alto (del 35% al 50%). Pero, sin duda, lo más llamativo es el descenso de la tasa de divorcio del 15% al 11%.

El matrimonio que no llega

El estudio de W. Bradford Wilcox forma parte de un proyecto más amplio llamado Love and Marriage in Middle America. Otra parte del trabajo reúne entrevistas en profundidad a un centenar de jóvenes adultos (están en la veintena o la superan por poco) de una localidad de Ohio, realizadas por los investigadores David y Amber Lapp, quienes hallaron actitudes paradójicas hacia el matrimonio. Por un lado, expresan el ideal de siempre de la clase trabajadora norteamericana: la aspiración a una vida familiar estable. Por otro, la creciente indecisión que lleva a posponer e incluso a rechazar en la práctica el matrimonio.

“La mayoría de las parejas con las que hablamos –explican los Lapp– aspiran al matrimonio, o al menos a lo que ellos tienen en mente que es el matrimonio, principalmente: amor, fidelidad, estabilidad y felicidad. Esto es coherente con las estadísticas nacionales que revelan que el 76% de los que tienen estudios de secundaria declaran que el matrimonio es ‘muy importante’ o ‘una de las cosas más importantes’ en su vida”.

El problema –añaden– es que aunque los jóvenes de clase trabajadora sueñen con el amor, el compromiso, la estabilidad y la familia, tienen una concepción del amor y del matrimonio que frustra esas aspiraciones. Y si bien es cierto que entran en juego otros factores como los económicos y sociales, esa inadecuada filosofía del amor y del matrimonio es lo que contribuye a forjar, según los Lapp, una “nueva normalidad” entre los jóvenes adultos que solo han completado la secundaria.

Compromiso sí, pero...

¿En qué consiste esta “nueva normalidad”? ¿Qué es lo que falla en la visión del matrimonio de la clase trabajadora? Para explicarlo, los Lapp recurren a los testimonios que les ofrecen las entrevistas realizadas en la localidad de Ohio.

Ricky, de 27 años, es un padre no casado. Nunca ha creído lo suficiente en el matrimonio, pero ahora tiene fecha de boda a la vista. “El matrimonio, dice, es estar al lado de otra persona cuando te necesita en momentos difíciles; alegrándole la vida cuando está triste. Mejorando juntos el uno al lado del otro”. En otras palabras: para Ricky, explican los Lapp, el matrimonio es prestarse ayuda mutua y compañía.

De modo que Ricky también cree en el compromiso. Y, al igual que todos los que fueron entrevistados por los Lapp, Ricky considera que la fidelidad en el matrimonio es innegociable.

Aquí tenemos los tres rasgos que componen la visión del matrimonio de casi todos los entrevistados: ayuda mutua, compromiso y fidelidad. Pero a medida que profundizan en sus conversaciones, los Lapp descubren que estos rasgos están condicionados a una palabra mágica: felicidad.

Brandon, también de 27 años, aprecia el compromiso matrimonial... pero con posibilidad de devolución. “Si estás casado, pero crees que el matrimonio no funciona y no vas a luchar por él, no veo ningún problema en pedir el divorcio. ¿Qué sentido tiene amargarte la vida?”.

A la espera del partido 10

Los investigadores creen que la idea –bastante extendida entre los jóvenes de clase trabajadora– de que el compromiso matrimonial se puede romper cuando ya no se experimenta satisfacción va unida a una visión del amor centrada en el mito de la pareja perfecta. Un comentario habitual es el siguiente: “Si falta felicidad probablemente es porque te casaste con la persona equivocada o porque faltó amor al principio de la relación”.

John, de 21 años, convive con su pareja. Dice que uno no sabe que ha encontrado a la persona adecuada “hasta que tienes la certeza 100% de que la otra persona será la que te hará feliz”. También Maggie, de 20 años, anda buscando al Príncipe Azul con el que aspira ser feliz toda su vida. Quizá nunca se han planteado que la pareja ideal no es un punto de partida sino de llegada.

En esa búsqueda, las “emociones fuertes” ocupan un papel central y son identificadas como la esencia del amor. Si bien muchos de los jóvenes a los que entrevistaron los Lapp “reconocen los aspectos objetivos del amor –el cuidado atento de la otra persona, la fidelidad o la amistad–, tienden a ver los aspectos subjetivos como el indicador auténtico de que existe amor conyugal”.

A los investigadores del Institute for American Values les sorprende que, en el transcurso de sus conversaciones sobre el matrimonio con estos jóvenes, apenas salen mencionados los hijos. Cuando sacan el tema, a menudo reciben respuestas como las de Ricky: “Claro que un niño necesita un padre y una madre. Pero eso no tiene nada que ver con el matrimonio”.

Con este último rasgo queda perfilada la “nueva normalidad” de la que hablan David y Amber Lapp al definir la visión del matrimonio que caracteriza a los jóvenes estadounidenses de clase trabajadora.

El matrimonio se concibe como una fuente de felicidad individual, que no está vinculada necesariamente a los hijos. Paradójicamente, la búsqueda de una pareja ideal con la que realizar este proyecto de felicidad acaba dando lugar a un período indefinido de cohabitación; un período de prueba donde, normalmente, terminan por llegar los hijos, las rupturas, las nuevas relaciones, pero no la boda.

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NOTAS

(1) W. Bradford Wilcox y Elizabeth Marquardt. The State of Our Unions 2010. When Marriage Disappears. The Retreat from Marriage in Middle America. University of Virginia-Institute for American Values. Diciembre 2010.

Tomás Melendo Granados
06.06.2008

Entre la multitud de cuestiones abordadas en las enseñanzas del tan recordado Juan Pablo II, sin duda hay tres que pueden competir con cualquier otra en lo que a relevancia y atención por parte del Pontífice se refiere. Aludo a las realidades expresadas por los vocablos «persona», «amor» y «familia».

  1. Respecto al magisterio global de Juan Pablo II, podría afirmarse de la persona lo que él escribía en la Centesimus annus en referencia a esa misma Encíclica y a la entera doctrina social de la Iglesia: que «la correcta concepción de la persona humana y de su valor único» constituye la trama, la urdimbre íntima y más definitiva, de cuanto el pasado Papa nos dio a conocer.
  2. El amor —y, en concreto, el amor humano— es algo a lo que Juan Pablo II consagró una solicitud privilegiada desde mucho antes de ser elegido Pontífice; algo que continuó mimando durante el ciclo entrañable de Audiencias en las que comentaba los versículos del Génesis correspondientes a la creación del hombre como varón y mujer; y algo que configura la clave última de resolución —la piedra de toque decisiva— de casi todos los problemas que el Santo Padre planteó y supo resolver.
  3. ¿Y la familia? Las páginas impresas dedicadas a recoger lo que el Sumo Pontífice dijo o escribió sobre ella se cuentan —según las ediciones— por millares. Pero es que, además, Juan Pablo II la consideró más de una vez expresamente como la niña de sus ojos, como el objeto prioritario de su atención pastoral, manifestando su intención de pasar a la posteridad como «el Papa de las familias».

No puede dudarse, pues, de que este trío de realidades sobresale —junto a algunas otras— en la consideración y en el magisterio de Juan Pablo II. Pero más interesante resulta subrayar que, para él, se trataba de entidades tan íntimamente inter-penetradas, que ninguna de ellas «vive» sin el amparo de las otras dos. Sin persona no hay amor; sin amor no hay familia; sin familia no hay amor ni, por ende, persona en cuanto persona.

Cada uno de los tres elementos florece o se marchita de la mano de los restantes.

Tal vez el texto más claro al respecto sea el muy conocido de la Familiaris consortio, donde las cuestiones en juego son mostradas de forma explícita —y casi diría que solemne— en su mutua interrelación.

Escribe Juan Pablo II: «La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas; del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de persozas.

»El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas».

Relaciones mutuas

Familia, amor, persona; amor, persona, familia... ¿Cuál de estos tres elementos debería constituir el inicio lógico de cualquier reflexión al respecto? ¿O es que tal vez nos encontramos ante una suerte de relación circular, sin claro punto de arranque?

En cierta medida, sí: tenemos frente a nosotros tres realidades absolutamente primarias, a la par que emparentadas. Y la razón, que Juan Pablo II puso repetidas veces de relieve, es que en el Origen de estas «tres» entidades humanas se encuentra el Único e Indivisible Dios verdadero, que se define a sí mismo como Amor y se revela en una Trinidad de Personas que componen, como gustaba decir al Sumo Pontífice, la Familia primigenia.

Tanto da, en consecuencia, empezar por uno u otro de los elementos: siempre seremos conducidos hasta los dos que quedan.

  1. La persona se define por el amor. Hace ya bastantes años que, siguiendo sugerencias de Juan Pablo II, me animé a describir a la persona, también a la humana, como «sujeto y objeto, como principio y término... de amor». La persona es persona por encontrar en el amor su hontanar, su substancia y su destino conclusivo.
    La cuestión podría mostrarse de distintas maneras, pero, dentro del contexto que voluntariamente he escogido, me limitaré a aportar uno de los más definitivos testimonios del Romano Pontífice, también de la Familiaris consortio: «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.
    »Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano».
  2. La persona remite, pues, al amor. Este es su inicio y su fin. Pero también cabría sostener, sin apartarse en lo más mínimo del camino enrumbado, que el amor se encuentra definido por su referencia ineludible a la persona: es lo que más propiamente surge de la persona en cuanto persona y se dirige, también con propiedad absoluta, a la persona en cuanto tal.
    Ya desde Amor y responsabilidad cabe percibir la biunívoca pertenencia que, en la mente del pasado Pontífice, ligaba a ambas entidades: amor y persona. Y es que, cuando el amor se toma en su sentido más noble —como un querer el bien para otro en cuanto otro, según lo describiera Aristóteles—, se advierte de inmediato que solo las realidades personales son capaces de amar, en la acepción cabal a que acabo de referirme, y que solo ellas son dignas de ser amadas.
    El amor es la única actividad que, de manera exclusiva y bi-direccionalmente (en los dos «sentidos»), se ejerce siempre y solo entre personas. Amar es la operación más propia y estricta y exclusivamente personal. El modo de obrar que mejor expresa —y mejora expresamente— a la persona en cuanto persona.
  3. La familia, ámbito propio de amor y de personas. ¿Tiene algo que decir, en las relaciones que acabamos de considerar, la familia? ¿Representa esta el elemento indispensable que completa la tríada de la que vengo tratando?
    Aquí los textos podrían multiplicarse hasta la saciedad. Me remito, antes que nada, al número 18 de la Familiaris consortio, antes trascrito. Y a él agrego, entre los muchos posibles, otros dos.
    Primero: «El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en todo otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».
    Y este segundo, quizá todavía más claro: «¿Quién puede dejar de pedir a la familia humana que sea una auténtica familia, una auténtica comunidad donde se ama permanentemente al hombre, donde se ama siempre a cada uno por el solo motivo de que es un hombre, esa cosa única, irrepetible, que es una persona?».

Colaboración FamilyandMedia.eu
21.07.2014

Es un grito casi desesperado. Un aviso demoledor. Una visión terrible de una realidad a la que muchos son condenados. Este es el objetivo al que mira el documental de investigación Divorce Corp, dirigido por Joseph Sorge.

El negocio del divorcio, o en torno al divorcio, es el tema de esta pieza hiperrealista que compone un retablo de personajes posmodernos, a veces sin sentido y, en casi todos los casos, lastrados por unas circunstancias para las que no estaban preparados. Divorce Corp trata sobre cómo los estadounidenses deben formalizar un proceso de divorcio. La legislación de los EE.UU tiene instituidas las llamadas family courts -juzgados de familia- que son las instancias competentes en la materia. Nacieron en los felices años cincuenta. Lo hicieron en una época de esplendor económico y bienestar social con el fin de preservar el derecho al divorcio. Hasta esos años la tasa de ruptura de matrimonios era insignificante. Los divorcios eran vistos más como un crimen social que como un proceso legal para ejercer la disolución de un matrimonio.

En esa época fue cuando legisladores, jueces, psicólogos y autoridades religiosas se pusieron de acuerdo para simplificar y dulcificar el procedimiento. Nacieron como sencillos códigos jurídicos que debían servir para resolver de forma amistosa y sincera el deseo de dos esposos de romper su vínculo conyugal.

Entre 1969 y 1980 la tasa de divorcios se triplicó en los EE.UU. El código de familia fue llenándose de preceptos y normativas. Pasó de tener unas cuantas páginas a ser, como sucede en el actualidad, un compendio de más de dos mil folios repletos de articulado. En cada estado se desarrollaron además legislaciones diversas. Como resultado de esta modernización legislativa surgió un incremento exponencial del coste de un proceso de divorcio. Luego las cortes de familia se desplomaron ante la llegada de las tácticas jurídicas agresivas. Los grandes despachos de abogados entraron en el negocio. Fue en ese momento en el que se produjo el nacimiento de una nueva industria. Esta es la raíz del documental y el origen de su llamada de atención.

El documental habla de dinero. De mucho dinero. En los EE.UU se calcula que, cada año, los divorcios mueven cincuenta mil millones de dólares. El divorcio es ya la tercera causa de la quiebra de las familias en el país, en un momento en el que la mitad de los matrimonios acaban en ruptura. Es un gran negocio. En muchas de las principales ciudades las minutas de los casos de divorcio son más elevadas que las del resto de pleitos civiles sumados todos en conjunto. Se da la paradoja de que los procesos de divorcio duran más tiempo que los matrimonios que los originaron. Se han convertido en extenuantes y complejos y en ellos han de intervenir expertos de todo tipo con suculentos honorarios. Exámenes realizados por psicólogos, investigaciones financieras de los cónyuges, plazos interminables, requisitos complejos. Se gastan enormes recursos en exhaustivos informes para determinar cuál de los dos cónyuges es el más idóneo para custodiar a los hijos. Informes que cuestan varios miles de dólares y que será necesario repetir en varias ocasiones. De todo el dinero en juego, por supuesto, los profesionales que intervengan obtendrán un porcentaje de beneficios. Le digo a la gente que se están gastando en abogados el dinero que podrían usar para la educación de sus hijos explica en las imágenes el presidente de la Corte de Familia de New Jersey, Thomas Zampino.

El documental disecciona el funcionamiento en nuestros días de los juzgados de familia. Se expone cómo el noventa y cinco por ciento de las parejas que llegan a las escalinatas de estas instancias judiciales no están en conflicto ni en desacuerdo. El sistema, que se basa en la victoria de uno de los cónyuges, los pondrá a litigar por sus derechos y a luchar por la custodia de los hijos o por la pensión alimenticia. En el mosaico de testimonios aparecerán personas de toda clase social y condición económica. La batalla en una corte de familia es como el Armaggedon –el fin del mundo bíblico-, dirá un veterano juez de familia. Como expone el documental, en los juzgados penales podemos ver a gente mala ofreciendo su mejor comportamiento, mientras que en una corte de familia se observan buenas personas en sus peores momentos.

Por Divorce Corp aparecerán padres que acaban en la cárcel por no poder pagar la pensión a sus ex mujeres, a las que deben mantener en las mismas condiciones económicas que tenían antes de su ruptura. O segundas esposas que deben trabajar para mantener a las primeras esposas. También las imposiciones draconianas de los jueces que decretan la ropa que deben llevar los niños y las vacaciones de las que deben disfrutar aunque los padres divorciados no dispongan del dinero necesario. Se muestra a jueces millonarios, a psicólogos millonarios y a abogados millonarios en sus mansiones de Malibú o Bel Air. A personas ahogadas en sus propias deudas y a jóvenes esposos que no podrán recuperar su sonrisa tras perderlo todo. A gentes de toda edad que vagan buscando una respuesta. Aparecen niños tomados como rehenes por una de las dos partes con el fin de obtener mayores pensiones y detectives privados que trabajan para uno de los dos ex esposos con el objeto de escudriñar el estilo de vida del otro y así conseguir mayores indemnizaciones.

La cinta es, por una parte, un viaje en coche de lujo a mansiones en Los Ángeles o Boston que son propiedad de jueces y abogados. Es un retrato de la corrupción de aquellos que trabajan para una misma empresa: la dilatación de los procesos. Por el contrario es, al mismo tiempo, un itinerario hacia la desesperación de las familias destruidas y de hombres y mujeres demacrados por una realidad que no entienden pero a la que, en todo caso, deben hacer frente con su dinero.

Lo mejor de Divorce Corp es lo que pretende conseguir: ofrece soluciones. Quiere mover el sistema para mejorarlo. Se trataría, en definitiva, de buscar el bien y el sentido común evitando que la custodia de los niños fuera decidida por un juez. Se afirma que se podrían resolver la mayor parte de los casos sin necesidad de esas cortes de familia. Por ello el documental pide poner en marcha una justicia colaborativa, basada en la mediación, como una de las mejores alternativas. Divorce Corp va más allá de un documental. Su director quiere impulsar un movimiento para reformar unas instituciones ineficaces que suministran a la sociedad, según sus palabras, un remedio peor que la enfermedad. Sorge es un empresario del sector de la biotecnología que se vio atrapado en el sistema legal estadounidense. Con él pasamos de ser meros espectadores a convertirnos en personas directamente implicadas en cambiar las cosas.

En realidad, Divorce Corp es un canto a los valores perdidos del matrimonio. Como sucede en la actual narrativa de las más aclamadas series norteamericanas, su iconología es el deseo sincero de volver a la familia perdida. Una familia que ha sido sometida a los intereses de una industria para no sólo destruir sus valores sino también los de los individuos que la integran.

Divorce Corp puede ser visto como una pieza audiovisual de teología negativa. A partir de él afirmamos valores en negativo que resaltan lo bueno, lo bello y lo verdadero de un matrimonio. Es una llamada de atención a quienes se ven en la necesidad de iniciar un divorcio y una señal de alerta para otros países y sociedades que se han incorporado más tarde a la explosión de las rupturas matrimoniales. Nos da pistas de la perversión de un sistema bondadoso pero inhumano pues se funda en la ignorancia de lo que es una familia. Pero es también una visión de cómo los intereses, el dinero y la codicia se afanan por destruir la familia, ese último reducto de la paz y el bien. Porque quien deshace la familia no sabe lo que hace porque no sabe lo que deshace, como siempre defendió el gran escritor británico G.K. Chesterton.

Ficha de la película

Título original: Divorce Corp
Año: 2014
Género: Documental
Director: Joseph Sorge
Producción: Joseph Sorge/ Philip Sternberg
Candor Entertainment
www.divorcecorp.com

 

Colaboración de www.FamilyandMedia.eu para LaFamilia.info. Derechos reservados.

Aceprensa
18.06.2012

En el Encuentro Mundial de las Familias, celebrado a principios de este mes en Milán, Benedicto XVI fue un verdadero realista: presentó el ideal de amor y fidelidad en el matrimonio, señaló caminos para alcanzarlo, pero no olvidó que también puede haber dificultades y fracasos.

El ideal de familia

“Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida”.

Precisamente en su igualdad esencial y en su distinción, explicó el Papa, el hombre y la mujer, al unirse en matrimonio, reflejan y encarnan la comunidad de amor en el seno de la Trinidad divina. “La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada –al igual que la Iglesia– a ser imagen del Dios Único en Tres Personas”. Esto implica que todos, en la Iglesia y en la familia, “estamos llamados a acoger y transmitir de modo concorde las verdades de la fe; a vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo gozos y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón”.

De ahí se sigue el llamamiento que a continuación el Papa a los esposos. “Viviendo el matrimonio –les dijo– no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera”. La mutua entrega conyugal tiene así una fecundidad triple. “Vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación”.

El Papa volvió enseguida sobre el segundo aspecto: “Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en la debilidad”. Y pidió correspondencia a los hijos: “Procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor”.

Amor para siempre

Pero surge la duda de si ese ideal de amor y entrega es verdaderamente realizable. De eso también habló Benedicto XVI, quien explicó que el matrimonio ya no está basado sobre el acuerdo entre familias, sino en la propia elección: el enamoramiento lleva al noviazgo y de ahí al matrimonio. Se pensó que el amor garantizaba el “para siempre”, porque el amor es absoluto. Pero la realidad es que “el enamoramiento es bello, pero quizá no siempre perpetuo, como ocurre con el sentimiento: no permanece para siempre”.

El sentimiento del amor “debe ser purificado, debe recorrer un camino de discernimiento, deben entrar en juego también la razón y la voluntad”. “En el rito del matrimonio –recordó el Papa– la Iglesia no dice: ¿Estás enamorado?, sino ¿Quieres?, ¿Estás decidido?. Es decir, el enamoramiento debe convertirse en verdadero amor involucrando a la voluntad y a la razón en un camino, que es el del noviazgo, de purificación, de mayor profundidad, de modo que realmente todo el hombre, con todas sus capacidades, con el discernimiento de la razón, con la fuerza de voluntad, dice: Sí, esta es mi vida”.

Benedicto XVI evocó luego las bodas de Caná. “El primer vino que se sirve es estupendo: es el enamoramiento. Pero no dura hasta el final: debe venir un segundo vino, es decir, debe fermentar y crecer, madurar. Un amor definitivo que llega a ser el segundo vino es más bello, mejor que el primero. Y es esto lo que debemos buscar”.

Y aquí es importante también que la pareja no permanezca aislada. En la comunión de vida con otros, con familias que se apoyan unas a otras, en la parroquia, con los amigos, con Dios mismo, se elabora “un vino que dura para siempre”.

Realismo

El Papa, pues, fue realista: presentó el ideal y subrayó que es realizable, y de hecho se ve realizado en muchas familias; pero no olvidó que también puede haber, y de hecho hay, dificultades y fracasos. Invitó a mirar a la meta: “El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a sacramento. Queridos esposos, Cristo, con un don especial del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total”.

Ciertamente, “vuestra vocación –prosiguió diciendo el Papa a los esposos– no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el cosmos, el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil”.

Finalmente, Benedicto XVI dedicó una atención particular a quienes sufren la separación o la ruptura de su matrimonio. “Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía”.

Trabajo

Tras la creación del hombre y la mujer, el Génesis dice que Dios los hizo colaboradores suyos y les confió la tarea de “transformar el mundo, a través del trabajo, la ciencia y la técnica”; este fue el segundo tema de la homilía. “El hombre y la mujer son imagen de Dios también en esta obra preciosa, que han de cumplir con el mismo amor del Creador”.

El plan original de la creación está, también en este aspecto, en peligro de ser degradado. “En las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias. Es más, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social”.

Fiesta

El tercer aspecto que Benedicto XVI tomó del Génesis es la institución del reposo semanal. “El hombre, en cuanto imagen de Dios, está también llamado al descanso y a la fiesta”.

Este valor humano recibe un relieve especial en el cristianismo: “Para nosotros, cristianos, el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal. Es el día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, como estamos haciendo hoy, para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor”.

Eso, insistió el Papa, no anula sino refuerza el sentido y la dignidad original, humana, de la fiesta. El domingo “es el día del hombre y de sus valores: convivencia, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte. Es el día de la familia, en el que se vive en común el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación en la santa Misa”.

Así, Benedicto XVI se refirió a la conciliación de vida familiar y vida laboral, sugiriendo la actitud de fondo desde la que se puede hallar el equilibrio. “Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la paternidad y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano. A este respecto, privilegiad siempre la lógica del ser respecto a la del tener: la primera construye, la segunda termina por destruir”.

Por eso, concluyó: “Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios”.