Por Diego Santos / ElTiempo.com - 06.07.2022


foto: freepik

Hace unos años, la periodista y columnista Paola Ochoa comentaba en Blu Radio que le preocupaba la pornografía que estaban consumiendo los adolescentes en internet.

Si mal no recuerdo, mencionó a sus hijos, pero no estoy seguro. País de mojigatos como somos, la válida preocupación terminó difuminándose entre chistes. Y es una lástima, porque lo manifestado por Ochoa debería estar como prioridad en la agenda educativa de papás y colegios.

Según un estudio reciente de la Universidad de Indiana (Estados Unidos), el 80 por ciento de los adolescentes de ese país consumen pornografía por internet. Además, señalan los investigadores, muchos de esos niños ya habían consumido ese tipo de contenido antes de cumplir los 10 años. En Colombia no hay estudios al respecto, pero las cifras seguramente son altas entre quienes tienen internet.

No hace falta ser muy cuerdo, ni alarmista, para deducir que el contenido pornográfico en menores de edad puede llegar a ser muy nocivo para ellos, ya que aún se encuentran en una importante fase de desarrollo físico y mental. Estudios muestran que el cerebro de un niño, o de una niña, es más proclive a caer en una adicción de placer que un adulto, ya que la liberación de la dopamina, el neurotransmisor de sensaciones placenteras y de relajación, alcanza picos más altos entre estos.

El desmedido consumo de pornografía en un menor puede generarle un daño considerable en sus futuras relaciones de pareja; se puede generar una conducta sexual problemática, con expectativas irreales, con comportamientos violentos y agresivos e inclusive una distorsión de los roles de género y cosificación de la mujer.

Los menores adictos –señalan expertos– ven afectado su desarrollo neuropsicológico, su funcionamiento sexual, y esto puede desencadenar trastornos complejos de salud mental. ‘The Wall Street Journal’ publicó este fin de semana un detallado artículo sobre el efecto de la pornografía en el cerebro de los menores y da cuenta de cómo abordar el tema con los hijos. Y no, no es macartizándolos o prohibiéndoles la entrada a páginas que ofrecen ese material. El tema es disuadirlos, o que si lo van a hacer, lo hagan de manera responsable.

Es importante que los papás le perdamos el pudor a hablar con nuestros hijos. Para empezar, debemos saber que muy seguramente ya han visto pornografía, sobre todo los que tienen celular. Volver el asunto un tabú es una irresponsabilidad. Una vez superado ese incómodo obstáculo, y digo incómodo porque realmente lo es, no debemos avergonzarlos. En la medida en que podamos sostener discusiones adultas con ellos, captarán mejor los riesgos.

No prohibirles el consumo de porno no quiere decir que no utilicemos las herramientas que la tecnología nos ofrece para bloquearles el acceso, sobre todo entre los menores de 15. Los papás podemos instalar ‘routers’ en la casa que no permitan la entrada a páginas porno. Existen aplicaciones como Canopy o Bark, que cumplen funciones similares. En la configuración de dispositivos móviles también se pueden habilitar restricciones que solo se pueden cambiar con una contraseña.

Mientras escribo esta columna, leo en ‘El Espectador’ un especial que habla sobre el sexo en los colegios, “un tabú que plantea un reto más allá de la educación”. Conversar de sexo con nuestros hijos es precisamente eso, un tabú, y ese pudor se extrapola al colegio.

Es hora de empezar a tener debates incómodos entre nosotros. Nadie quiere que sus hijos consuman porno. Pero lo consumen. ¿Entonces qué es mejor, mirar hacia otro lado y seguir haciendo chistes para no alterar nuestra comodidad o empezar a documentarnos y a estudiar este asunto para brindarles herramientas a nuestros hijos que les permitan cuidar de manera más adecuada su desarrollo mental?

DIEGO SANTOS
Analista digital EL TIEMPO 
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