Características psicológicas de los niños de 6 a 7 años

LaFamilia.info / 25.06.2007

Hacia los 6 años y 7 años el niño desea ya la compañía de otros niños. En el juego y en sus compañeros halla sus propias experiencias, que unidas a la enseñanza y ejemplo de los mayores lo ayudarán a alcanzar un mayor equilibrio y madurez psicológica.

Un cambio de personalidad

Ha adquirido ya un considerable número de conocimientos que van agrandando y variando constantemente las nociones que tiene del mundo. Cuanto más rico se hace en nociones, menos lo es en intuiciones. Comprende más cosas y adivina menos. Es más inteligente y menos intuitivo (aunque lo es mucho).

El cambio es menos notorio en los niños que han vivido una vida de relación reducida, que se han localizado menos. Y aún es menos acentuado en los que han vivido en un hogar truncado. El niño que no tiene madre entra mucho más tarde en la vida sentimental, y el que no tiene padre tarda más en esbozar su carácter.

El cambio que sea manifestado con esta etapa es debido también a la educación. Si día tras día han sido frenados los impulsos excesivos, enderezadas las desviaciones que hubiere, algo tiene que haber ocurrido en la personalidad del niño.

Iniciación del carácter

El carácter no es un elemento más de la personalidad. Es la síntesis de los elementos de la personalidad. El carácter no estará completamente formado, o, mejor dicho, esta reacción secundaria no será permanente hasta la edad adulta. Pero en estos años empieza a formarse y sobre todo se define ya en un sentido determinado.

La presencia del carácter es lo que da a los padres la sensación de un gran cambio. Claro que ha habido un cambio: el que conduce del temperamento al carácter. El lenguaje corriente encierra un profundo sentido cuando de un individuo o de una ciudad con poca personalidad, dicen que no tiene carácter.

El niño en esta etapa, se proyecta hacia el mundo porque empieza a tener carácter, porque empieza a ser psicológicamente una persona.

La afectividad

Cuanto más rica en emociones sea la vida afectiva, más rica podrá ser en sentimientos. Cuanto más inteligente, más pronto podrá transformar sus emociones en sentimientos. Pero los sentimientos, al igual que las emociones, necesitan algo externo para elaborarse y dar un tono afectivo a toda la personalidad; necesitan un estímulo.

Ávido de comunicaciones afectivas, su necesidad fundamental es sentirse amado. Por eso, solo en ese ambiente de seguridad afectiva puede sentirse bien. Este estimulo, nacido en el exterior o en la propia interioridad del alma, será más fácil en una vida en la que la relación con el mundo sea dilatada, en la que la inteligencia sea activada en la que haya una educación constante. El niño por sí solo podrá llegar también a poseer todos los sentimientos.

Ningún niño en una u otra forma deja de tener todos los sentimientos ni ningún educador podrá crear nunca sentimiento alguno. Pero el niño aislado, el de escasa inteligencia, el que ha sufrido una educación desviada, es pobre en su vida afectiva, sus sentimientos están diferenciados, no se manifiestan claramente, el niño en esas condiciones no pasa casi del placer y del dolor y de los sentimientos egoístas.

En el niño de dos a cuatro años, los sentimientos ya son abundantes. En el de cuatro a siete años, ya están casi todos esbozados y si bien no se puede decir que sean más numerosos que las emociones, porque el concurso de éstas viene determinado por un número de estímulos que las provocan, se puede asegurar que toda la vida afectiva del niño comienza a ser dirigida ya, tanto por los sentimientos como por las emociones.

Sentimiento estético

Durante este período de la vida empiezan a aparecer los sentimientos más importantes como el estético y el religioso. El sentimiento estético generalmente no aparece antes de los seis años, porque la emoción estética también se produce tardíamente.

La emoción necesita de un órgano sensorial que reciba la sensación del elemento exterior que la produce y necesita que esta sensación se convierta en percepción. El niño de un año, por ejemplo, ve los colores, pero no los distingue. Igualmente ocurre con los sonidos y con las formas, los siente y las ve, pero no los distingue hasta después de mucho oírlos y verlos. Sin este aprendizaje no sería capaz de apreciar la armonía y el ritmo de las formas y de los colores, la armonía y el ritmo de los sonidos y no podría por tanto sentir la emoción estética. Cuando ésta ha aparecido y se multiplica con el ejercicio, se produce el sentimiento estético que no alcanza muchas veces su plenitud hasta la adolescencia o la juventud.

Su idea de Dios

La idea de Dios la lleva en potencia por el mero hecho de estar dotado de una naturaleza humana, y puede llegar a poseerla actualmente, no ya por investigación propia sino por la influencia del medio. El niño irá indagando, pregunta tras pregunta, hasta agotar las posibilidades de causalismo. Para él todo tiene causa, toda acción su porqué y no descansa hasta saberlo o hasta que cree que lo sabe y su positivismo no se detiene aquí. Toda cosa tiene su causa, pero además, tiene su fin, su utilidad. Al “porqué”, añade el “para qué” y todo el día está preguntando.

Va llegando así a la idea de la necesidad de un autor de las cosas. La familia y el colegio son los que han de dar un sentido cristiano a sus preguntas; hacerles ver a Dios como autor de todas las cosas y como Padre. Es esencial este sentimiento de Filiación Divina como base de una educación religiosa sólida y firme. No deben olvidar tanto padres como profesores que esta edad es importantísima para lograr una educación religiosa y que esta educación no consiste en enseñar sino procurar “transmitir” una vida de piedad viva y sincera. La enseñanza de una práctica religiosa puramente mecánicas, sin alma, no sirven de nada.

Voluntad y carácter

Durante esta etapa, el niño va mostrándonos cada día más nuevas manifestaciones del carácter; en sus reacciones a nuestra actuación o a la actuación de los demás niños, podemos ver claramente que su inteligencia y sus sentimientos van transformando la primitiva reacción, rápida, inconsciente, temporal, en una reacción medida, consciente, con carácter. Nos damos cuenta de que el niño tiene una manera propia de sentir, de pensar y de querer. Podemos decir que, el núcleo central del carácter es la voluntad.

El niño en este período es quien lo dice más claramente. Cuando desea hacer una cosa y duda en hacerla y llega a creer que no es capaz de hacerla y por fin se vence a sí mismo, la hace y queda satisfecho, es decir cuando pasa de un sentimiento de incapacidad, a uno de capacidad, ha tenido voluntad.

En el lenguaje corriente sería conveniente saber distinguir el verbo querer, del verbo desear. Tal vez para querer es preciso el deseo, como para éste es necesario el impulso. Querer, equivale a desear una cosa y creer en la posibilidad y conveniencia de realizarla.

El niño cuando tiene carácter casi siempre sabe qué es lo que quiere, lo que tiene que hacer. Ante cada estímulo, ante cada nueva situación se produce de una manera segura en un sentido u otro. No duda. La duda es la negación del carácter, o por decirlo de otra manera; el carácter es la energía personal que resuelve nuestra duda. Y si no duda, tampoco se precipita; entre el pensamiento y la ejecución, entre el deseo y la consecución, hay un intervalo; en este intervalo se inserta el acto de la voluntad. Voluntad que no produce ni los deseos, ni los sentimientos, ni los pensamientos, ni siquiera los impulsos. No los produce, pero los escoge, los delimita, los frena, los excita.

Lo que realmente establece una diferencia profunda entre el niño temperamental y el niño de carácter, es que el primero no sabe que es lo que hace, pero el segundo sí.

En líneas generales hay que tener en cuenta la falta de seguridad en sí mismo y como consecuencia siente fuertemente la necesidad de protección y ayuda. Los padres deben estar vigilantes para no darle hecho lo que el niño puede hacer por sí solo. A sí mismo, deben insistir en lo importante que es hacer, que aprendan haciendo, aunque suponga un mayor esfuerzo, una aparente pérdida de tiempo y lo que es más costoso para una madre, no hacerse la imprescindible para el hijo. Llevarlos de la mano, en un clima de espontaneidad orientada.

La obediencia

Hay que tener en cuenta también que las órdenes que el niño recibe, las obedece o desobedece, las cumple o no las cumple. Hay niños que obedecen más que otros. Algunos, sienten una tendencia casi irresistible a desobedecer. Sin embargo, sería un error creer que siempre que el niño obedece es bueno y que siempre que desobedece es malo. Porque, en la obediencia, hay un factor que no depende del niño sino de la manera como los padres educan. Muchas cosas son obedecidas porque han sido bien ordenadas, pero muchas veces queda sin cumplir, porque han sido inoportunas e impertinentes.

El hábito de obediencia puede ser, ciertamente, la revelación, de una personalidad patológica, pero muchas veces es la revelación de que las órdenes han sido dadas sin tener en cuenta la ineludible libertad del niño.

Sociabilidad

El menor de seis años va sintiendo que es un elemento de la familia, uno más, ya es “alguien”. Momento este decisivo, porque si lo ignoran los padres, pueden truncarse la mejor de las ambiciones: ser algo. Puede decirse que el niño pasa por un período de selección profesional, en el que, buscando el modo de realizar un papel en la vida insinúa de una manera vaga e imprecisa las posibilidades de su futura actuación.

Desgraciadamente esto pasa muchas veces desapercibido de los padres y hasta del propio niño, porque en él hay una característica que en aquél momento se acentúa y seguirá acentuándose hasta la pubertad, a saber: una invencible vergüenza a ser descubierto tal cual es, como si escondiese su personalidad y ocultara sus sentimientos, pensamientos, deseos, no por temor a que los consideren malos, sino por vergüenza de que los conozcan, sean como sean. Vergüenza en la que va implícita una manifestación del sentimiento de pudor.

Su espíritu es precario, no tiene aún auto reflexión para hacer consciente su propio yo independiente. Tiene compañeros, pero no amigos.

A veces son muestra individualista, le interesan sus logros, que presentan a todos en espera de estima. Suele ser adaptable y extrovertido, su capacidad de adaptación le hace apto para la asimilación de hábitos de conducta, fundamentales para ir consiguiendo una mayor educación de su voluntad.

El afán de saber

El niño no desea que sepan como es, poro quiere saber como son las cosas, de aquí el porqué y el para qué hemos señalado. Este por qué y este para qué tienen su motor en uno de los instintos más específicamente infantiles que es el epistemológico, en el que se reúnen todas sus ansias de saber y de progresión.

Sería muy conveniente tenerlo siempre presente y ante todo sería muy conveniente saberlo comprender en sus varias manifestaciones. Porque en él, a más del por qué y del para qué, se esconden otros dos fenómenos instintivos que pueden parecernos independientes y constituyen, en estas etapas, buena parte del instinto epistemológico. Nos referimos al afán de destrucción y al espíritu de contradicción.

Pocas veces el niño destruye con los dientes apretados, sino que lo hace con una cierta sonrisa en los labios; la sonrisa del que está descubriendo o espera descubrir algo. Porque el niño destruye las cosas para saber cómo son por dentro, para saber cómo están hechas.

Y si bien el niño nos contradice muchas veces porque nosotros lo hemos contradicho antes, obligándole a ponerse unos zapatos cuando él deseaba salir con otros, o estar sentado en una silla cuando él quería estar sentado en el suelo, muchas otras nos contradice buscando en su contradicción una reafirmación para saber realmente si las cosas son como le decimos que son

Durante esta etapa, habremos de esforzarnos en comprender de una parte la vergüenza del niño a ser descubierto tal como es y de otra el afán de destrucción y contradicción, que están en el mismo meollo de este instinto epistemológico que le procura la satisfacción de sus ansias de saber y de progresión.

El juego

El niño empieza a jugar muy pronto y hasta la adolescencia será el juego su ocupación preferida y la que representará su manifestación más clara. Durante esta etapa el juego cumple un papel determinante, por medio de esta actividad el niño se descubrirá a sí mismo y al mundo que le rodea. 

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