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En la entrega pasada hablamos de la crisis de los 40 en los hombres, esta vez expondremos cómo puede afectar el matrimonio. Un análisis elaborado por el Foro de la Familia enumera los principales motivos que pueden dar origen a esta crisis de pareja.

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05.12.2011
 

Uno de los más grandes desafíos que tienen los cónyuges es entender al otro desde su naturaleza masculina o femenina, en especial las formas de comunicación que cada uno utiliza para expresarse: en términos generales, él prefiere el silencio y ella el habla, aunque desde luego hay excepciones. Pero esta diversidad puede convertirse en complementariedad; de esto de trata el arte de entender al cónyuge.

 

Él prefiere el silencio, Ella prefiere expresar

“Para el hombre su mayor reto es saber interpretar correctamente y apoyar a la mujer cuando habla de sus sentimientos. Y para las mujeres es interpretar correctamente y apoyar al hombre cuando no habla, cuando está en silencio.”

Hombres y mujeres piensan y procesan información de forma muy diferente. Ellos antes de hablar, se toman su tiempo para pensar, para encontrar la mejor respuesta, para tener claridad en su mente, y todo esto, luego de un proceso racional que puede tardar unos minutos u horas, o incluso pueden llegar a no responder. Pero este silencio es algunas veces incomprensible para las mujeres.

“Ellas necesitan entender que cuando él está en silencio, está diciendo: `Todavía no sé qué decir, pero estoy pensando en ello´. En lugar de eso, ellas escuchan: `No te estoy respondiendo porque tú no me importas y yo voy a ignorarte. Lo que me has dicho no es importante y por lo tanto no responderé´.

Cuando un hombre está en silencio, una mujer puede fácilmente imaginar lo peor, porque las únicas veces en que una mujer permanece en silencio es cuando lo que tiene que decir resulta perjudicial o cuando no quiere hablar con una persona porque ya no confía en ella y no quiere tener nada más que ver con ella. ¡No sorprende entonces que una mujer se torne insegura cuando un hombre se vuelve repentinamente silencioso!” expresa el autor Rafael Sanz Carrera en su blog.

Las mujeres en cambio disfrutan comunicándose, y más que un gusto es una necesidad. Ellas piden que se les validen sus sentimientos y ello supone que las escuchen. Pero los hombres no son muy buenos en esto.

Esta disparidad da lugar a situaciones de conflicto. Por ejemplo en las noches cuando la pareja por fin llega a casa tras una extenuante jornada laboral y múltiples ocupaciones más, la mujer quiere utilizar ese valioso momento para conversar con su marido sobre las cosas que le ocurrieron en el día a ambos… Mientras que los hombres llegan a casa y lo último que quieren hacer es hablar y menos de los problemas con los que tuvo que lidiar. Él quiere desconectarse de todo en su tiempo de descanso y tiene la capacidad para hacerlo.

Antonio Vásquez Vega, autor del libro “Puedo entender a mi marido”, explica al respecto: “A la mujer, hablar le descansa, al hombre, no. La mujer necesita expresar lo que le preocupa y eso ya le hace sentirse mejor aunque el tema no esté resuelto.” Y además aclara: “La mujer cuenta las cosas del día, pequeñas y grandes, como un gesto de amor. Pero se encuentra con un hombre que de inmediato siente la necesidad de dar soluciones a los problemas y cuestiones que la mujer plantea.”

Vemos entonces que por regla general somos distintos, pero a la vez complementarios; el hombre necesita salir de su aislamiento, aprender a escuchar, y la mujer necesita saber interpretar los silencios del hombre y propiciar el diálogo sin presionarlo. En eso se basa la complementariedad, en buscar el equilibrio para llegar a la armonía. Pero la complementariedad exige renuncia, ceder para poseer, escuchar para entender, querer para comprender.

*Lectura complementaria: “Puedo entender a mi marido”. Antonio Vásquez Vega. Colección Hacer Familia. Ediciones Palabra, 2007.

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22.08.2011
 

Por desgracia, algunos estudios hacen más énfasis en los altos índices de divorcios que en los matrimonios que se conservan unidos y felices a través de los años; los cuales seguramente, son una parte representativa.

Lo cierto es que una de las mayores riquezas que puede tener el ser humano, es la compañía de la persona amada hasta la eternidad. Para ello, traemos a colación los consejos que Francisco Gras, autor de Micumbre.com, brinda a los cónyuges:

 

1. Educación personal y social, en algunos sitios llamadas normas de educación o maneras
Es muy importante conocer las reglas de educación que se deben usar en la convivencia entre las personas. Cuanto más trato se tenga con las personas queridas, más educados hay que ser. No se puede bajar la guardia y argumentar la excesiva confianza para no cumplir con las reglas de educación. Ceder los sitios privilegiados, hablar correctamente sin palabras soeces.

De la misma forma que queremos comportarnos cuando estamos delante de personas que consideramos importantes o a las que les debemos respeto, así debemos tratar a la esposa/o públicamente y en la intimidad.

Si cada día se va cediendo un poco en la normas de educación, llega un momento en que la familia se convierte en una selva, donde gana el que más grita, el más ladino o el más descarado.

2. Dirimir las diferencias culturales, sociales, religiosas o políticas que aportamos al matrimonio
Sobre todo en los matrimonios multirraciales, multiculturales. Cada uno de los cónyuges, normalmente se ha criado de una forma diferente, tanto en el terreno familiar, como social y desconoce la impresión que causará en la esposa/o las costumbres y educación que aporta cuando llega la convivencia. Este aspecto debe quedar bien claro en el noviazgo, donde se deben poner a debate las diferencias para intentar conocerlas, aceptarlas o negociarlas.

Dar espacio personal para poder mantener las creencias religiosas. Si se pudieran compartir diariamente sería lo aconsejable ya que los matrimonios necesitan de la energía que aportan las creencias religiosas. Las parejas que rezan juntas, normalmente permanecen juntas.

3. Negociar y ceder
Cuando tengan diferencias ostensibles tienen que negociar cuáles se van a quedar, de qué forma se van a quedar y cuáles deben desaparecer. La negociación no es de quien gana más y quien pierde más. Es la de saber cómo van a vivir mejor los dos y los futuros componentes de la familia.

Las diferencias pueden ser fuertes en la forma de manejar las finanzas, las relaciones con los familiares directos o políticos, la dedicación profesional, las relaciones con los amigos, la forma de educar a los posibles hijos, horarios, nivel de vida aparente, y un sinnúmero de conceptos. En cada caso particular una vez puestas sobre la mesa las diferencias y las soluciones a las que están dispuestos cada persona a llegar, llega el momento de las cesiones y de los acuerdos.

Habrá algunas colas que no sean negociables por lo que es conveniente conocerlas antes de adquirir compromisos duraderos y tomar decisiones claras referente a las relaciones futuras. Después de conocer las que son innegociables suele ser demasiado tarde para llegar a acuerdos.

4. Tener objetivos claros y realistas
Antes de nada analizar profundamente si los motivos del matrimonio son para formar y hacer crecer una familia, como siempre lo han pensado o simplemente son para convivir con una determinada persona.

Dependerá del examen de esos motivos la realidad de lo que se va a realizar y los objetivos que se van a proponer para que los compartan como pareja. Los objetivos serán en el orden familiar, espiritual, profesional, social, económico, etc. Estos objetivos tienen que ser muy claros, realistas y asequibles.

5. Poner los medios necesarios para conseguirlos
Además hay que definir los medios a emplear para conseguirlos y el método para medir los avances o retrocesos. El esfuerzo aunado de dos personas hacen una cifra mayor que por separado. En estos casos, uno más uno, pueden sumar hasta tres o más.

Los medios a emplear para cumplir los objetivos también deben ser realistas y adaptarse a las capacidades del matrimonio. Si no son realistas pueden resaltar frustrantes y promover el abandono de los propósitos.

6. Ser austeros
La austeridad con moderación es una virtud que puede hacer hasta disfrutar a los que la practican. Es lo contrario del despilfarro al que están acostumbradas muchas sociedades.

Siendo austeros darán un buen ejemplo a los hijos porque aprenderán lo que cuesta ganar el dinero y otras virtudes humanas.

El llenar de regalos a la esposa/o o comprar cosas innecesarias hace unas costumbres que en los tiempos malos son muy difíciles de evitar y suelen llevar a que algunos matrimonios, que ya aportaban esa mala costumbre, se decidan a endeudarse con intereses escandalosos y que cada vez les resulta más difícil el salir del bache económico.

Asimismo, tener cuentas bancarias comunes, mejor una sola cuenta que refleje todos los gastos e ingresos, y analizar mensualmente todo lo gastado, los ingresos y hacer un presupuesto para los meses sucesivos, son sugerencias prácticas que los matrimonios pueden aplicar en su beneficio.

7. Ser ordenados
El orden empieza por el aspecto personal, pasando por la casa, las finanzas y las relaciones familiares y sociales. Demostrar orden en la casa es fundamental para evitar situaciones que algunas veces rayan en la servidumbre de una persona hacia la otra.

Las tareas a realizar deben estar bien definidas de acuerdo a la mejor habilidad, tiempo o posibilidades de cada uno. Ninguna tarea familiar es humillante para quien la hace con cariño, entrega y gusto. Hacer las tareas de la mejor forma posible es una forma de expresar el cariño a los demás y una enseñanza formidable para los hijos.

8. Perdonar las diferencias
Al cabo del día puede haber cosas que no se han hecho a gusto de la otra persona. La gran fuerza se demuestra perdonando, pero sin herir.

Hay un sabio consejo que dice que nunca empieces a dormir sin haber perdonado cualquier cosa que haya hecho tu esposa/o. Una simple palabra al acostarse puede ser el milagro que borre las diferencia habidas y que si no se borran pudieran incrementarse.

9. Encontrar las expectativas de la otra persona para intentar cumplirlas
Aunque algunas veces sea una tarea difícil el sonsacar a la esposa/o las expectativas que tiene con el matrimonio, es totalmente necesario el conocerlas y evaluarlas. Después llegará el momento de hablarlas con tranquilidad y negociarlas para poder cumplirlas.

Una esposa/o que no ve cumplidas sus expectativas, es una persona frustrada. Muchas veces ocurre porque no ha podido ni hablar de sus expectativas. Si las habla sinceramente hay muchas probabilidades de que entre los dos puedan llegar a cumplirlas.

10. Sacrificarse por la otra persona cuando sea necesario
El sacrificio total y desinteresado hacia la esposa/o, hijos o familiares representa la culminación del matrimonio. Si se quiere a la familia como no sacrificarse incondicionalmente por ella, puesto que han formado un solo cuerpo.

Todos los sacrificios que hagamos por nuestra familia son un ejemplo extraordinario para todos los miembros de la misma y para la sociedad.

Estos son algunos de los consejos que si los ponen en práctica les llevaran a tener matrimonios duraderos, felices y fructíferos.

 

Fuente: Escuela para padres - Micumbre.com

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Una cita semanal a solas con el cónyuge fortalece el matrimonio. Este consejo que miles de parejas lo han comprobado, lo reafirma un estudio de la Universidad de Virginia, el cual dice que los matrimonios que tienen como regla de oro, tener una cita a solas aunque sea una vez a la semana, mejora el matrimonio, y por tanto ven reducido el riesgo de divorcio casi por la mitad.

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En la relación matrimonial existen varias situaciones que en lugar de contribuir, lesionan a los cónyuges, dando opción a que se formen pequeñas heridas que en un principio pueden parecer insignificantes, pero con el tiempo, pueden llegar a volverse muy nocivas.

Padre Nicolás Schwizer
18.07.2011
 

Para que el diálogo sea enriquecedor y fecundo, hay que cumplir determinados requisitos. Cada pareja, al poseer una identidad propia, tendrá que encontrar su manera peculiar. Existen, no obstante, determinadas reglas básicas. ¿Cuáles son estas reglas del diálogo conyugal? Se pueden resumir así: el diálogo conyugal, para que sea eficaz y creador, debe ser: humilde, paciente, simpático, cálido, oportuno, constante y renovado.

1. Humilde. La primera cualidad del diálogo es la humildad. No se debe avanzar hacia el otro hinchado por su propia perfección, seguro de lo definitivo de sus razones. No existe el cónyuge ideal, ni tampoco nadie es dueño de toda la verdad. Semejante actitud imposibilita el intercambio desde el origen.

El peligro de todo diálogo conyugal es que, frecuentemente, se vuelva una acusación: se tortura, se ataca, se acusa recíprocamente, y se sale de esta situación más apartado que nunca. Por eso conviene que los esposos, a la hora de iniciar el diálogo, tengan la prudencia de ejercer la autocrítica.

Es algo básico. Hay que tener un gran cuidado -a la hora de las recriminaciones, críticas, preguntas embarazosas- para examinarse a sí mismo y verificar hasta qué punto puede uno mismo ser sujeto de censura. No es tan raro que uno proyecte sus fallas y limitaciones en el otro. Con una actitud de humildad y autocrítica, la conversación se desarrollará en un clima de lucidez, calma y comprensión.

2. Paciente. En un solo día no se conseguirá la comprensión del cónyuge. Como todo, la vida de dos juntos requiere un largo aprendizaje, una permanente educación.

Y toda educación descansa sobre la paciencia. Sabemos que consiste, antes que nada, en repetición incansable, en incesante recomenzar. Así ocurre entre marido y mujer. A veces, será necesario repetir durante toda una vida la misma observación, formular la misma petición.

No es que el otro tenga mala voluntad; sucede que simplemente se le olvida o no logra crear el hábito, que sólo nace con la repetición. Lo importante, pues, es saber repetir con una paciencia que, además, es atributo de la fortaleza. En el caso de la vida matrimonial, esta paciencia es aún más importante, ya que la mayor parte de las veces, están en juego solamente detalles. Pero estas pequeñeces sin importancia, al multiplicarse, se hacen irritantes. La impaciencia crece y amenaza con manifestarse en los momentos de charla. Y es eso lo que hay que evitar. La paciencia dará al diálogo un clima de calma, de serenidad, sin tensiones e irritación.

3. Simpático. Para que el diálogo conyugal sea un instrumento de aproximación, no debe llevarse a cabo en términos agresivos, sino por el contrario, de la forma más simpática. De otro modo, no podrán menos que defenderse y volver a atacar.

En el momento en que los dos se encuentran cara a cara para iniciar un análisis de la situación conyugal, importa mucho el sentirse amado. Los roces inevitables de la vida en común crean, al multiplicarse, una antipatía reprimida que, tarde o temprano, hará explosión. Si triunfa la antipatía por encima de la simpatía, el clima del diálogo se hace denso y llega a sofocar. Y entonces las personas se cierran en seguida, se recogen en sí mismas o se irritan. La conversación se hace entonces imposible, inútil. En tales condiciones se da un extraño diálogo de sordos en el que nadie quiere escuchar a nadie. Sólo la simpatía presente en cada momento, asegura un intercambio fructífero.

4. Cálido. Hay que insistir siempre en que el diálogo sea cálido, porque la frialdad es un peligro que amenaza a todos los cónyuges. Una vez que se han acumulado algunas incomprensiones consecutivas, la irritación contenida se traduce en un marcado enfriamiento de las relaciones de la pareja. No se es propiamente hostil al otro; se es simplemente indiferente a él, con una indiferencia helada. Evidentemente, esto es algo que aumenta la incomunicabilidad y cierra toda salida. No se llegará jamás al encuentro interior en tales condiciones.

5. Oportuno. Es un arte saber escoger lo que debe decirse y lo que debe callarse. El proverbio lo enseña: “No toda verdad es para ser dicha”. Existen algunas que es mejor callar, porque diciéndolas solo lograríamos herir; sin provecho alguno para un mejor entendimiento. Existen silencios que deben ser respetados, secretos que son inviolables. No todo ha de decirse ni tampoco puede preguntarse todo. Para poder escucharse, la pareja debe respetarse, una de las formas de respeto consiste en saber no preguntar o no insistir cuando no conviene; otra forma es no decir al cónyuge una verdad demasiado dolorosa. La discreción, en el sentido profundo de la palabra, es la clave de los diálogos conyugales. Es decir, deben discernir qué puede comunicarse y qué debe callarse, en todos los casos.

Esto se aplica también al momento escogido para manifestarse. La verdad no puede ser dicha en cualquier momento. No habría que hablar jamás cuando se está en determinados estados de espíritu. Por ejemplo, cuando se está dominado por la cólera, los celos, la tristeza profunda o una excepcional euforia.

No son las emociones las que deban animar al diálogo, sino exclusivamente la razón. Se juzgará, a nivel de la inteligencia, no de las pasiones, cuando es el momento oportuno para decir tal o cual verdad, o pedir determinada explicación. Escoger en forma acertada el momento del diálogo es asegurar su éxito.

6. Constante. Tenemos que imprimir un ritmo seguro al diálogo, una periodicidad regular, para evitar que aumenten las incomprensiones y se acumulen los problemas.

Aquí podríamos decir también algunas palabras sobre las interrupciones del diálogo. Pasa todavía bastante frecuentemente que después de una pelea o un enojo suspendemos ese diálogo que tendría que ser permanente, y hasta lo suspendemos por tiempo indefinido. Y después viene la pregunta: ¿quién de los dos inicia de nuevo el diálogo?

Mucho depende del temperamento: el colérico es demasiado orgulloso para iniciarlo él; el melancólico está demasiado hundido por lo que pasó; al flemático probablemente no le importa mucho; el más indicado sería entonces el sanguíneo que no aguanta la situación por mucho tiempo. Ahora, si a mí me preguntan, yo suelo decir: es evidente que el más maduro debe reiniciar el diálogo.

7. Renovado. La constancia en el diálogo exige, en compensación, un esfuerzo de renovación. Porque es necesario, a pesar de todo, tener algo que decirse para poder hablar. Por lo contrario, reinará la monotonía en nuestros diálogos.

Si la esposa sólo sabe hablar de la moda o del servicio doméstico, y por su lado, el marido sólo sabe hablar de negocios o de política, es evidente que la conversación será a la larga aburrida. La palabra está en función del pensamiento. Es urgente, por lo tanto, cultivarlo como un deber. Pero la cultura sería, en el sentido de abrir cada vez más su espíritu y su horizonte con el propósito de aprender a vivir mejor y de saber responder a las preguntas que todo ser inteligente se plantea. Muy actual entonces el tema de nuestras lecturas, de nuestras realizaciones artísticas, de nuestra cultura religiosa...

 

Cortesía del Padre Nicolás Schwizer para LaFamilia.info

 

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La mayoría de las personas le temen demasiado a una crisis matrimonial pues creen que ésta podría ser el fin de todo. Sin embargo, hay mucho por hacer antes de “tirar la toalla”. Estos son cinco pasos que ayudarán a afrontar las crisis de la mejor manera.  

 

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¿Alguna vez se han preguntado si ustedes como pareja son un buen modelo para los hijos? ¿Qué podrían mejorar para llegar a serlo? ¿Qué recordarán del matrimonio de sus padres cuando sean grandes? El matrimonio de los padres es un factor que interviene en vía directa con el bienestar de los hijos.

 

La convivencia armoniosa entre los esposos, provee estabilidad y seguridad a los hijos. Pero ellos no sólo necesitan que sus padres vivan bajo un mismo techo, sino que tengan un vínculo basado en el respeto mutuo y en el amor conyugal.

 

Si bien es cierto que la relación entre los hijos y cada uno de los padres es determinante, también lo es la relación existente entre padre y madre. Los hijos son sumamente perceptivos y observadores del matrimonio de sus padres, prestan especial atención a la forma en que se tratan, se hablan, se miran… y por lo general, esta actitud vigilante es invisible a los ojos de los adultos.

Se ha comprobado que muchas de las debilidades personales que se manifiestan en la etapa adulta, tienen su origen en la niñez y en la adolescencia, cuando se convive en familia teniendo a los padres como referentes de imitación y por consiguiente, de educación.

Una relación estable y unida entre padre y madre, sienta las bases para que los hijos crezcan en un contexto de seguridad y protección, que a su vez les brinda el alimento espiritual que necesitan para crecer sanamente. Como explica la Dra. Judith P. Siegel, autora del libro Lo que los niños aprenden del matrimonio de sus padres: “la relación de los padres es para los hijos el modelo de todas sus relaciones de intimidad. Los hijos reciben seguridad cuando ven a sus padres y madres respetarse y ser respetadas por su cónyuge, o por el contrario, se llenen de miedo y desconfianza ante el amor cuando conviven con padres que no logran amarse y respetarse”.

Lo que enseña el matrimonio de los padres

La experiencia vivida en casa, puede servir como modelo de inspiración para el propio matrimonio. Cuando en el hogar hay ejemplo de amor entre los esposos con todo y sus conflictos propios de cualquier pareja, pero que logran negociar sus diferencias en un ámbito de respeto; es muy probable que los hijos quieran seguir ese mismo modelo, y por lo general, no se muestren temerosos frente al compromiso ni a las responsabilidades de conformar una familia.

Entre tanto, es frecuente encontrar que algunas de las personas que sienten algún rechazo frente la unión matrimonial, se debe a que su pasado estuvo envuelto en un ambiente familiar donde los padres sostenían una relación con más tintes de hostilidad que de amor, en donde se agredían, se referían displicentemente entre sí, o lo que es peor, sobrellevaban una vida de maltrato físico y/o sicológico.

De modo que el matrimonio de los padres, sirve a los hijos como ilustración de un proyecto de vida, además puede influir en la elección de la pareja y en las expectativas que se centran en ella. Sin duda será determinante en el bienestar emocional y en las habilidades sociales que los hijos promoverán en su futuro.

Otra manera de entender la forma en que los hijos se ven afectados por el matrimonio de sus padres, es mediante el proceso psicológico de identificación. La Dra Judith P. Siegel señala que los hijos imitan a sus padres y “toman prestada” una manera de hablar, un gesto, una forma de caminar… Pero a diferencia de un juego de roles, estos comportamientos no son imitaciones temporales, sino que luego se convierten en características o atributos que el niño toma como parte de sí mismo. Por lo tanto, si los hijos observan malas palabras, gritos o discordia entre sus padres, ¿qué imitarán después?

Un antídoto contra todo mal

Diversas investigaciones señalan que los niños que crecen bajo un hogar conformado por padre y madre, que a su vez gozan de una convivencia sana, disminuye las probabilidades de que tengan dificultades en los estudios, presenten comportamientos violentos, elijan amistades desfavorables o incluso caigan en algunas adicciones como el alcohol y las drogas. Lo que resulta sensato, pues un joven que esté rodeado de buen ejemplo, de un clima pacífico de amor y regocijo por parte de sus padres, no tendría motivos para buscar carencias en ambientes externos.

Queda claro entonces que los hijos se merecen que sus padres hagan un esfuerzo por construir una relación armoniosa y amorosa entre ellos, la cual busque crecer y mejorar cada día su matrimonio.

 

Lectura complementaria: Libro “Lo que los hijos aprenden del matrimonio de sus padres”. Judith P. Siegel. Traducción Ángela García, Ed. Norma, 2006.

Por LaFamilia.info
30.05.2011

 

 

20113005m

 

Cada vez son más las mujeres que se adhieren a la fuerza laboral para poder contribuir a la economía familiar, incluso muchas de ellas alcanzan cargos superiores, y por consiguiente, mejores sueldos que sus esposos, pero ¿afecta esto la relación matrimonial?

Hasta hace poco era normal que el hombre asumiera el rol de proveedor de recursos para el hogar, y la mujer el cuidado de los hijos y el hogar. Pero los tiempos han cambiado, y ahora son numerosas las mujeres, que por decisión propia o necesidad, han tenido que compaginar el papel de madres con el de ejecutivas, llegando a ser exitosas y muy profesionales en sus quehaceres. Sin embrago, esta situación puede ser motivo de conflicto; bien porque las parejas no logran afrontar adecuadamente la situación, o bien porque la cultura del rol varonil está fuertemente marcada y resulta impensable que sea la mujer quien suministre mayores recursos al hogar.

No está demás aclarar, que por fortuna existen matrimonios que viven bajo estas circunstancias, las cuales no comprometen su estabilidad, puesto que las asumen como una oportunidad para fortalecer la economía familiar y además tienen muy presente que la valía personal no está sujeta a los ingresos (lo que implica un alto grado de madurez).

¿Qué ocurre entonces en los matrimonios donde sí hay conflicto por este motivo?

Actitudes que ponen en juego a las parejas

Los problemas suelen comenzar con un detonante distinto al tema dinero, pero después se descubrirá que es éste el causante de las continuas discusiones.

Por lo general, el hombre comienza a mostrar comportamientos que denotan un nivel bajo de autoestima, inseguridad, frustración e incluso algunos síntomas de depresión. “Estos sentimientos se dan a partir de ideas o reglas que ya se tienen como que `la persona que gana un mejor sueldo es porque es más inteligente y puede lograr mejores oportunidades´. Todo esto es producto de la relación de equivalencia que se ha hecho entre sueldo-poder, sueldo-éxito, éxito-admiración.” Puntualiza la psicóloga Claudia Zabala*. 

Y es que el hecho de que estos paradigmas estén tan incrustados en las personas, no es gratis. Desde los inicios de la evolución humana, el hombre ha sido el líder de su grupo familiar, su posición jerárquica se ha caracterizado por ser dominante y aunque la esposa ha mostrado ser su acompañante incondicional, ha debido estar también bajo su sombra. Así que cuando este modelo se transforma, es cuando se abren las puertas para el campo de batalla.

Por otro lado, es común encontrar que las mujeres comienzan a manifestar ciertos vientos de superioridad, emiten comparaciones indeseables por el hecho de estar mejor remuneradas que sus esposos y otras actitudes algo humillantes que obviamente provocan enfados. Además pueden sentir que sus decisiones deben tener más peso dentro de la familia y así quitarle valor a la opinión de sus cónyuges. De esta manera, ellas pueden descubrir facetas hasta el momento desconocidas de sus maridos, lo que puede llevarlas al desencanto.

¿Cuáles son las consecuencias?

Los especialistas resaltan diversas secuelas de este tipo de situaciones, como puede ser el deterioro de la relación precedido de comportamientos hostiles, el detrimento del auto-concepto de los involucrados, la búsqueda de actividades satisfactorias fuera del hogar y en los casos más extremos, el divorcio.

¿Cómo manejar esta situación?

La recomendación entonces, comienza por dar mayor importancia a los logros, esfuerzos, desempeño del cónyuge, sin tener de por medio el factor dinero. Requiere cambiar la idea de que el poder y el dinero están vinculados. En el matrimonio existe algo llamado “comunión”: todo es de todos, decisiones, bienes, dificultades, tristezas, alegrías…

Los aportes que cada quien hace al hogar, deben ser igualmente valorados sin percatarse si son monetarios o no. Se debe tener claro que dedicar tiempo a la educación de los hijos, el cuidado de la casa, etc. también son aportes supremamente significativos.

Algo clave en este tema, es nunca perder la admiración por el cónyuge. Cuando se deja de admirar a quien se ama, sus fortalezas y esfuerzos serán pisoteados. Haga lo que haga, (siempre y cuando no vaya en contra de las leyes y la integridad humana) se debe apoyar al esposo/a, lo que implica también ayudarle a ser cada vez mejor en su actividad profesional.

Cuando ambos trabajan...

La autora Sylvia Villarreal de Lozano expone algunos consejos para los matrimonios donde ambos trabajan:

No compitan. No se trata de una competencia. Cada quien debe sentirse orgulloso de su puesto, sea cual sea, y debe ocurrir lo mismo con el de la pareja.

Reconozcan sus logros. Por pequeños que puedan parecer, es importante motivar a la pareja en todo lo que realice, y de igual manera también el otro debe apoyarle a llevar a cabo las metas.

Piensen en un beneficio mutuo. Se trata de apoyarse en todo momento. No hay que enojarse cuando se requiera que uno de los dos responda económicamente por más cosas. El hecho de que ser hombre, no quiere decir que tenga que ser el único sustento y que siempre será autosuficiente.

Administren el tiempo. Distribuyan los quehaceres y las tareas del hogar. Cuando ambos trabajan, es imposible que sólo uno se encargue de todo. Lo mejor es que platiquen y lleguen a un acuerdo en donde ambos resulten recompensados de igual manera.

No permitan que se acaben los detalles. El hecho de que ahora la esposa también trabaje no quiere decir que es menos mujer, menos femenina, o que deje de ser una dama y su esposo un caballero. Recuerden, ¡la caballerosidad y la femineidad jamás pasarán de moda!

Y no olviden... Para que un matrimonio funcione se requiere de dos; que ambos se ayuden, se tengan confianza, se comuniquen, se valoren, se den libertad y sobre todo, que se amen y se lo hagan saber a cada instante.

Fuentes: *finanzaspersonales.com, masalto.com

 

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