El enemigo de la familia

Infocatolica.com – 28.06.2023


G. K. Chesterton

“Conviene repetir a tiempo y a destiempo que quien ha destruido la familia en el mundo moderno ha sido el capitalismo. Sin duda, podría haberlo hecho el comunismo, si hubiera tenido la oportunidad de hacerlo, fuera del desierto cuasimongol en el que florece actualmente.

No obstante, en lo que nos concierne a nosotros, quien ha quebrado los hogares, fomenta los divorcios y trata las viejas virtudes domésticas cada vez con más desprecio es la época y el poder del capitalismo. Ha sido el capitalismo quien ha impuesto una lucha moral y una competencia comercial entre los sexos, quien ha arrancado a los hombres de sus hogares para que busquen trabajo, quien les ha obligado a vivir cerca de sus fábricas o empresas en vez de cerca de sus familias, y, sobre todo, quien ha fomentado, por motivos comerciales, un desfile de publicidad y de estridentes novedades que, por su propia naturaleza, acarrean la muerte de todo lo que componía la dignidad y la modestia de nuestras madres y nuestros padres. No ha sido el bolchevique, sino el jefe, el publicista, el vendedor y el anunciante quienes, como una horda desenfrenada de bárbaros, han derribado y pisoteado la antigua estatua romana de Verecundia [es decir, de la modestia]”.

G. K. Chesterton, The Well and the Shallows, 1935

“El enemigo está dentro. Tirad sobre nosotros”, transmitieron por radio desde el cuartel de Simancas, en Gijón, al comienzo de la guerra civil. Algo similar deberíamos retransmitir nosotros desde nuestras casas, porque, como señalaba Chesterton con su habitual clarividencia, el enemigo está en ellas. Ni siquiera hemos opuesto una resistencia numantina, como los valientes defensores del cuartel, sino que hemos dejado entrar al enemigo por nuestra propia voluntad.

Si el adversario se hubiera presentado con la espada, exigiéndonos que le sacrificáramos a nuestros hijos y a nuestras hijas, quizá habríamos combatido, quizá habríamos muerto heroicamente. Pero, ay, se presentó con comodidades, vacaciones, buenos puestos de trabajo, televisores, teléfonos inteligentes y dinerito en el banco… y le dejamos entrar en nuestras casas y hemos terminado sacrificándole nuestros hijos y nuestras hijas.

No exagero en lo más mínimo. Unos por acción y otros por cobarde omisión hemos destruido el futuro de nuestros hijos, despilfarrando su herencia, que no consistía en riquezas materiales, sino en la tradición de virtud, decencia y nobleza que nos transmitieron nuestros propios padres y, sobre todo, de la fe que vale más que el oro. Les hemos dejado en la calle, permitiendo que se derrumbase la casa en la que vivieron sus antepasados, que es la casa común de la cultura cristiana, el hogar natural de las familias grandes y unidas hasta la muerte y la morada eterna de la Iglesia de Cristo.

¿Qué les hemos legado? Lo malo, la ganga y la escoria, lo que no tiene verdadero valor: el dinero y el bienestar que no se podrán llevar a la tumba, un liberalismo que no libera sino que esclaviza, un conservadurismo que no conserva nada, un progresismo que progresa a marchas forzadas hacia el suicidio, un relativismo que apenas encubre la idolatría del dinero y del vientre, la idea de que el fin justifica los medios, la desesperanza de amores que no duran y familias que se rompen, la libertad de acabar con viejos e inocentes, el cinismo de creer que no existe la verdad o, si existe, nadie la conoce, la confusión sobre las realidades más básicas y, en suma, la inconsolable tristeza de haber conocido al Dios verdadero y haberlo perdido.

Esta es la realidad del antiguo occidente cristiano: éramos libres y hemos retornado voluntariamente a la esclavitud de los ídolos. Jerusalem desolata est. Si alguno sigue pensando que el enemigo es Podemos o los socialistas o Biden o el PP se engaña miserablemente. El peor enemigo está dentro. Creímos que podíamos servir a Dios y al dinero y sucedió lo que tenía que suceder, lo que ya nos advirtió nuestro Señor: aborrecemos a Uno y amamos al otro. Por eso, hasta que no entendamos aquello de bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos, no entenderemos nada.

*Publicado en Infocatolica.com 

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