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Cómo desarmar moralmente a una juventud violenta

Imagen de Airam Dato-on en Pexels

Una generación está creciendo sin directrices porque muchos no las reciben ni en la escuela e incluso ni en el hogar, y la corrección política les anima a no tenerlas. Y eso produce, en muchos casos, violencia.

La única herramienta capaz de educar a esa generación es descubrir el valor de los límites y de la integración social.

Al menos así lo entiende y explica Massimo Polledrineuropsiquiatra infantil, en Il Timone:

Desarmar a una juventud violenta

¿Descubres que tu hijo, un joven adulto, es un anarquista? ¿Que no conoce las normas? En realidad, lo más probable es que ya fuera así desde pequeño, debido a la educación que recibió.

En los años sesenta se popularizó el lemaProhibido prohibir, inspirado en el mito de Rousseau: la idea fundamental era que el individuo, si se le dejaba libre para desarrollarse, podía convertirse en el hombre nuevo. En consecuencia, las normas familiares y sociales se consideraban obstáculos.

Un ejemplo del fracaso del mito del “buen salvaje” lo encontramos en el experimento de José Stalin en la isla de Nazino: en 1933 se deportaron 6.000 prisioneros, con la idea de que los seres humanos podían autorregularse y colaborar espontáneamente. Sin embargo, en solo tres meses desaparecieron 4.000 personas y se cometieron atrocidades indescriptibles.

Del mismo modo, actualmente también se tiende a reducir al mínimo las normas y el padre se convierte en un amigo dispuesto a comprender y proteger al hijo de cualquiera que quiera “reprimirlo”, ya sean profesores, jefes, entrenadores o amigos.

A menudo los adultos evitamos imponer límites por miedo a las reacciones y al conflicto, pero nos equivocamos: los adolescentes perciben la ausencia de normas como desinterés. Los jóvenes necesitan los “noes” para comprender que nos preocupamos por ellos, para ponernos a prueba, para transgredir y para afirmarse. Para los niños, además, los “noes” son aún más importantes: sirven como puntos de referencia y la frustración es indispensable para el crecimiento.

¿Cómo podemos esperar que los adolescentes sean capaces de controlarse y no recurrir a la violencia o a algo peor ante la frustración, si no les enseñamos a controlarse desde pequeños? “La libertad”, decía el filósofo Gustave Thibon, “no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno debe hacer”.

Aprender a gestionar los conflictos

Cuando la relación entre padres e hijos se vuelve tensa, la tentación de evitar el enfrentamiento o de reaccionar de forma impulsiva es fuerte. Sin embargo, aprender a gestionar los conflictos puede convertir una crisis en una oportunidad de crecimiento, tanto para los jóvenes como para los adultos. No se trata de eliminar las diferencias, sino de abordarlas con respeto y apertura.

La comunicación no violenta, propuesta por el psicólogo Marshall Rosenberg, ofrece un enfoque concreto y sorprendentemente eficaz. En la práctica, significa aprender a observar lo que ocurre sin juzgar, a expresar los propios sentimientos sin acusar, a reconocer las necesidades de todos y a formular peticiones claras y respetuosas.

  • Por ejemplo, en lugar de decir: “Eres un maleducado”, se puede simplemente observar: “He notado que has dado un portazo”. Este pequeño cambio de perspectiva reduce la tensión e invita al diálogo. Si además se añade un sentimiento (“Me siento preocupado cuando gritas”) y se expresa una necesidad (“Necesito tranquilidad en casa”), el hijo percibe que detrás de la reprimenda hay un deseo de comprensión, no de control.
  • O bien: “Cuando dejas la ropa tirada por el suelo, me siento frustrado porque me gustaría que la casa estuviera ordenada”. De este modo, el padre o la madre comunica su estado de ánimo sin culpar a nadie, lo cual favorece la empatía. En lugar de decir: “Siempre estás distraído y nunca escuchas”, se puede intentar decir: “He visto que hoy no me has contestado cuando te he llamado”. Esto permite que el hijo se sienta menos culpabilizado y más comprendido.
  • Por último, formular una petición clara como “me gustaría que me hablaras cuando estás enfadado, en lugar de gritar” allana el camino hacia una colaboración auténtica.

Estos ejemplos ayudan a concretar los principios de la comunicación no violenta, mostrando cómo pequeños cambios en la forma de hablar pueden mejorar el ambiente familiar y transformar el conflicto en una oportunidad de crecimiento.

Recuperar las raíces

Vivimos en una época en la que el desarraigo -la pérdida de los vínculos con la tierra, la familia, la comunidad y la memoria colectiva- hace que las personas sean más frágiles y manipulables, tal y como han señalado Gustave Thibon y Simone Weil.

Para contrarrestar esta tendencia, es necesario que tanto las instituciones como las familias se comprometan a devolver las raíces, ofreciendo a los jóvenes puntos de referencia sólidos y un sentido de pertenencia real.

Y esto se puede hacer de muchas maneras.

  • Las instituciones podrían promover proyectos escolares que involucren a los estudiantes en el descubrimiento de la historia local, las tradiciones y las historias familiares, apoyar iniciativas de voluntariado y ciudadanía activa que permitan a los jóvenes sentirse parte de una comunidad viva, responsable y acogedora.
  • Favorecer la continuidad entre generaciones, por ejemplo, creando espacios de encuentro entre jóvenes y mayores, donde se puedan compartir experiencias, relatos, oficios y valores…
  • El apoyo a los oratorios y a todo lo que une, quizá con un pacto entre las administraciones locales y las parroquias, también sería importante. Porque la miseria de los tiempos de Don Bosco clama ante Dios como la soledad de nuestros jóvenes, que no tienen un momento para estar con sus compañeros con la mediación de un adulto que les haga tener un (¡solo uno!) razonamiento y un intercambio que no llegue de un móvil. Y si además rezaran juntos una oración, el Niño Jesús los escucharía, de eso podéis estar seguros.

Historias familiares

Las familias, por su parte, podrían cultivar la tradición de contar sus raíces: compartir con los hijos historias familiares, fotografías, tradiciones, celebraciones, recetas y objetos que tengan un valor simbólico.

Crear rituales familiares, aunque sean sencillos, que marquen el paso del tiempo y refuercen el sentido de continuidad; ofrecer a los hijos la posibilidad de conocer y relacionarse con parientes, amigos de la familia y vecinos, para ampliar la red de relaciones significativas. Y luego -¿por qué no?- volver al rosario, tal vez, o a la oración de las buenas noches, recitada juntos con el padre y la madre.

Devolver las raíces significa ayudar a los jóvenes a sentirse parte de una historia más grande, a reconocer el valor de la memoria y de la comunidad, a encontrar en la familia y en las instituciones esos puntos de referencia que los hacen libres y capaces de elegir.

Luchar contra las adicciones

En nuestra época existe, además, otro gran problema: el de las adicciones. Pensar que la adicción al móvil, a la marihuana o a la cocaína son fenómenos distintos es un error: el principio es el mismo. Todas estas adicciones actúan sobre el núcleo de la gratificación (nucleo accumbens) provocando una descarga dopaminérgica que, con el tiempo, requiere estímulos cada vez más fuertes y anula el interés por todo lo demás.

Así es como muchos jóvenes se vuelven apáticos, poco interesados en las relaciones, incluso en el sexo. El estímulo que ofrecen los videojuegos o el scrolling por las redes sociales es hasta cien veces superior a la gratificación que pueden proporcionar la comida o el sexo.

Exponer a los niños a videos o videojuegos en los primeros años de vida los pone en riesgo de sufrir trastornos de hiperactividad, dificultades de atención y concentración.

Durante los tres primeros años, el móvil debe mantenerse alejado: unos pocos minutos de dibujos animados, nada más. No se debe mirar el teléfono mientras se amamanta, ni permitir que los hijos (o hacerlo nosotros mismos) usen el teléfono en la mesa. Si estamos en un restaurante y queremos que los niños estén tranquilos, es mejor un libro para colorear o aprender a levantar la voz, en lugar de sentarlos frente a una pantalla.

👉Te recomendamos: Cómo las pantallas afectan el lenguaje en niños menores de 5 años

Cuando los hijos crecen, los padres deberían activar el control parental en los móviles y acordar con ellos “adónde pueden ir”, incluso en las redes sociales y en internet. Nunca dejaríamos a un hijo a las dos de la madrugada en un barrio peligroso… pues bien, en internet se corren los mismos riesgos. Incluso los adultos que quieren manipular a los jóvenes utilizan la inteligencia artificial y los chatbox para comunicarse de igual a igual.

Además, nunca hay que subestimar la cuestión de la marihuana: hoy en día, el contenido de THC [Tetrahidrocannabinol] es veinte veces superior al de antaño. Aproximadamente uno de cada cuatro adolescentes, de entre 17 y 19 años, prueba y consume porros, sin contar otras sustancias. Y si de joven se ve dominado por las drogas, que le alteran el cerebro, arruina su vida y la de sus padres y la única salida posible es llevarlo -más o menos a la fuerza- a ingresar en una comunidad para que reciba ayuda.

Juventud armada

Los resultados del estudio Espad-Italia 2024 [Espad: European School Survey Project on Alcohol and other Drugs], coordinado por el Instituto de Fisiología Clínica del Consejo Nacional de Investigaciones, fruto de una investigación realizada entre 20.000 estudiantes y unas 250 escuelas italianas, ofrecen un panorama preocupante: el 40,6% de los jóvenes de entre 15 y 19 años ha participado al menos una vez en peleas o altercados, una cifra que, extrapolada a la población escolar, equivaldría a alrededor de un millón de adolescentes implicados.

Además, el 10,9% ha presenciado escenas de violencia grabadas con un móvil, lo que indica que estos episodios no solo se ven, sino que a menudo se comparten y se amplifican digitalmente, contribuyendo a una especie de “normalización” de la violencia.

Según los datos recopilados, se desprende que el 3,4% de los jóvenes ha llevado consigo armas, como cuchillos o puños americanos, al colegio. Este fenómeno parece estar cada vez más relacionado también con el consumo de sustancias psicoactivas y la influencia de las redes sociales, y representa hoy en día una señal de alarma para todo el sistema educativo y sanitario.

*Publicado por ReL

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