En las últimas semanas, el término therians se ha vuelto viral en redes sociales. Videos de jóvenes que adoptan comportamientos inspirados en animales han generado curiosidad, críticas y preocupación entre padres y expertos.
Pero más allá de la polémica, el fenómeno nos invita a mirar algo más profundo. No se trata solo de entender qué son los therians. Se trata de preguntarnos qué está buscando el corazón adolescente en esta era digital.
Las modas cambian. La necesidad de identidad y pertenencia no. Y si queremos acompañar bien a nuestros hijos, debemos comprender primero el proceso que están viviendo.
Adolescencia: una etapa de construcción profunda
La adolescencia no es una etapa de confusión sin sentido. Es una etapa de transformación. Es el momento en que una persona intenta responder, a veces de forma intensa y contradictoria, a una pregunta fundamental: ¿Quién soy?
Durante estos años se combinan varios procesos:
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Búsqueda de identidad
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Cambios emocionales intensos
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Necesidad profunda de pertenecer
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Maduración cerebral en proceso
El cerebro adolescente aún se está desarrollando. La corteza prefrontal —encargada del juicio, la regulación emocional y la toma de decisiones— no ha terminado de madurar. Esto hace que el adolescente sea más impulsivo, más sensible al rechazo y más influenciable por el grupo.
No están “perdidos”. Están construyéndose. Y en esa construcción, la pertenencia juega un papel determinante.
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La pertenencia no es superficial: es biológica
Para un adolescente, sentirse parte de un grupo no es un capricho. Es una necesidad profundamente humana.
El cerebro social en esta etapa es especialmente sensible a la aceptación y al rechazo. La validación del grupo tiene un impacto emocional enorme. Cuando un joven siente que “encaja”, experimenta seguridad. Cuando se siente excluido, puede vivirlo como una amenaza real.
Por eso, cualquier espacio que ofrezca pertenencia inmediata resulta tan atractivo. Hoy ese espacio está, muchas veces, en las redes sociales.
Lo que las redes les están ofreciendo (y por qué es tan potente)
Las redes sociales no solo ofrecen entretenimiento. Ofrecen identidad. En cuestión de segundos, un adolescente puede encontrar:
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Comunidad inmediata.
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Validación constante.
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Personas que piensan y sienten igual.
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Narrativas que le explican quién es.
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Mundos paralelos donde “encajar”.
Fenómenos como el de los therians se expanden con rapidez porque ofrecen algo muy poderoso: un grupo donde sentirse parte de algo. Los algoritmos refuerzan intereses, consolidan discursos y crean burbujas donde todo parece confirmar lo que el joven ya siente.
Cuando un adolescente encuentra un grupo online que le dice: “Aquí encajas. Aquí te entendemos”, el impacto emocional es profundo. Y si en casa no se siente escuchado o comprendido, esa comunidad digital puede convertirse en su principal referente.
No porque internet sea “el enemigo”, sino porque puede estar ocupando un espacio que no siempre estamos fortaleciendo desde la familia.
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¿Qué nos revela esto como sociedad?
Antes de alarmarnos por cualquier tendencia juvenil, conviene hacernos una pregunta más incómoda: ¿Nuestros hijos tienen en casa el espacio seguro que buscan afuera?
Vivimos en una época donde muchos padres están físicamente presentes, pero emocionalmente agotados. Donde las conversaciones profundas han sido reemplazadas por mensajes rápidos. Donde el tiempo compartido compite constantemente con las pantallas. Y cuando no encuentran acompañamiento suficiente, experimentan con identidades, discursos o comunidades que les den sentido.
La exploración es parte natural del crecimiento. La soledad en medio de esa exploración es lo que puede volverla riesgosa.
El rol urgente de los padres
No podemos controlar todas las tendencias digitales. Tampoco podemos aislar a nuestros hijos del mundo online. Pero sí podemos fortalecer el lugar donde construyen su identidad más profunda: la familia. Acompañar en esta etapa implica al menos cuatro pilares fundamentales.
1. Conexión real
Los adolescentes necesitan sentirse vistos. No basta con saber dónde están o qué notas sacan. Necesitan sentir que alguien se interesa genuinamente por lo que piensan y sienten.
Conexión real implica:
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Tiempo sin pantallas.
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Escuchar sin burlas.
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Validar emociones (sin necesariamente validar toda conducta).
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Estar disponibles cuando quieren hablar.
Cuando un hijo se siente escuchado, disminuye la necesidad de buscar validación desesperada afuera.
2. Comunicación abierta
Muchos jóvenes dejan de contar lo que viven porque anticipan juicio o ridiculización. Si reaccionamos con sarcasmo, dramatismo o descalificación, el mensaje que reciben es claro: “Aquí no puedo hablar”.
La comunicación abierta no significa aprobar todo. Significa crear un espacio donde puedan expresar dudas, ideas o inquietudes sin miedo.
Cuando un hijo siente que será juzgado, deja de contar. Y cuando deja de contar, empieza a aislarse.

3. Límites digitales firmes
La presencia amorosa también incluye límites. Y en el caso de las redes sociales, los límites no son opcionales.
Diversos estudios han mostrado que el uso de redes sociales en la adolescencia se asocia con mayores niveles de ansiedad, depresión, comparación social y problemas de autoestima en niños y adolescentes.
Las redes sociales no están diseñadas para cuidar la salud mental de nuestros hijos, sino en captar y retener su atención. Aquí explicamos por qué es importante retrasar su uso y cómo acompañarlos mejor en el mundo digital:👉 Impacto de las pantallas en la preadolescencia y adolescencia.
El cerebro adolescente —aún en desarrollo— es especialmente sensible a la validación social y a los estímulos constantes. Por eso, la exposición temprana y sin acompañamiento puede afectar su bienestar.
Así que limitar el acceso, retrasar la apertura de redes sociales y supervisar activamente su uso es una decisión de protección, no de exageración.
Por tanto, los adolescentes necesitan:
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Horarios claros de uso de pantallas.
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Espacios comunes para dispositivos.
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Acompañamiento en lo que consumen.
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Conversaciones frecuentes sobre lo que ven y siguen.
4. Presencia emocional constante
Acompañar no es controlar cada paso. Es estar disponibles. Implica notar cambios de humor prolongados, aislamiento excesivo o alteraciones significativas en el comportamiento. Implica hacer preguntas incómodas con serenidad. Implica sostener conversaciones difíciles sin huir.
Nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan referentes firmes, cercanos y coherentes.
Más hogar en la era digital
Las etiquetas cambiarán. Las modas pasarán. Las redes seguirán transformándose. Pero hay algo que permanece en la etapa de la adolescencia:
La necesidad de pertenecer.
La necesidad de ser vistos.
La necesidad de saber quién se es.
Y el primer lugar donde un hijo debería aprender eso sigue siendo su hogar. Por eso, hoy necesitamos más presencia, más conversación, más límites con las pantallas, más hogar.
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Por LaFamilia.info



