La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en el cuidado de la salud se está planteando como un dilema entre la innovación tecnológica y el trato humano, pero los datos demoscópicos muestran que la sociedad ya ha trazado una frontera muy precisa entre ambos mundos.
Así lo confirman los diferentes estudios realizados por Ipsos que abarcan 33 países y suman 24.132 entrevistas: la quinta edición del Monitor de IA 2026 (realizado a 23.532 adultos en 32 países, incluido el informe específico de España), el estudio internacional Global Campaign: Thank you, Doctor (con 1.600 entrevistas en ocho países de cuatro continentes elaborado para la Pontificia Academia para la Vida y la Fundación Dr. Ramón Tallaj) y el análisis sobre los médicos de la Generación Z.
La conclusión transversal que une a ciudadanos, pacientes y jóvenes facultativos es rotunda: la IA se acepta como una herramienta que gestiona y asiste bajo supervisión médica, pero se rechaza como un sujeto autónomo que diagnostica o decide.
El primer hallazgo de los informes es que la IA ya forma parte de la rutina sanitaria de la población conectada. En los ocho países analizados en Thank you, Doctor (Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos, Italia, China, México, Chile, Sudáfrica y República Dominicana), el 90% de los encuestados ha utilizado la IA; dentro de ese grupo, un 40% la consulta con frecuencia sobre salud y un 15% acude a ella siempre que tiene un problema médico. Además, la población conoce de media 3,9 tecnologías de bienestar, lideradas por las aplicaciones móviles de salud y los relojes inteligentes de medición de signos vitales (81% cada uno), las recetas e historiales digitales (69%) y la telemedicina (54%).
Sin embargo, usar la tecnología no implica confiar ciegamente en ella. El Monitor de IA en España 2026 resume esta paradoja bajo el lema «No confío, pero la uso»: el 60% de los españoles —y el 63% a nivel global— utiliza herramientas de IA de forma cotidiana, aunque no se fíe siempre de ellas, por lo que el 62% revisa los resultados que genera. Asimismo, aunque el 74% afirma saber qué es la IA, solo el 48% sabe identificar qué servicios diarios la utilizan, una cifra que desciende al 44% en las mujeres y al 40% en los mayores de 50 años.
En la consulta de atención primaria, la ciudadanía aprueba con holgura que la IA asuma tareas burocráticas y preventivas, pero marca una línea roja ante el juicio clínico. Los pacientes se sienten cómodos si su médico emplea IA para recordar la medicación (77%), gestionar citas (68%), dar recomendaciones preventivas (61%), hacer seguimiento continuo (58%), realizar el triaje en urgencias (55%) o analizar pruebas previas (55%).
Por el contrario, la comodidad cae al 45% en la selección de tratamientos y al 44% en el diagnóstico de enfermedades (y en España, cuando se plantea que la IA realice estas tareas sin mencionar la mediación del médico, la incomodidad alcanza el 51% y el 50%, respectivamente).
De hecho, lo que los pacientes consideran que jamás debe sustituir la IA es diagnosticar (59%), analizar pruebas previas (53%) y elegir tratamientos (48%). Para la mayoría, su rol ideal es ayudar al médico (39%) o al paciente (37%), y ante una segunda opinión médica, el 31% la usaría solo como orientación subordinada al doctor y otro 31% como filtro para acudir a un segundo especialista humano; apenas el 11% confiaría más en el algoritmo que en el médico.
La confianza en el médico sigue descansando en factores humanos y científicos: explicaciones claras (47%), competencia y actualización médica (44%), escucha activa (44%), honestidad (41%), empatía (36%) y tiempo en consulta (33%), dejando en último lugar el uso de tecnología avanzada e IA (24%). Mientras un 28% teme que la IA vuelva la consulta más fría, un 27% confía en que mejorará la empatía al liberar al doctor de burocracia para escuchar más al paciente.
En la comparativa internacional, la frontera no está en usar o no la IA, sino en cuánta autonomía se le concede. El bloque más entusiasta lo integran China (0% de rechazo, 86% convencido de que democratizará la salud y 75% dispuesto a ceder sus datos), Emiratos Árabes Unidos (líder en uso frecuente en salud con un 50%) y México (63% dispuesto a compartir su historial, aunque líder mundial en preocupación por sesgos discriminatorios con un 61%).
En un punto intermedio se sitúan Chile (líder en telemedicina con 90% y en exigir transparencia con 81%, pero con un 38% de rechazo al diagnóstico autónomo), Sudáfrica (donde un 25% da igual credibilidad a la IA que al especialista, pero con máxima alerta por ciberseguridad) y República Dominicana (líder junto a EE. UU. en expectativas de medicina preventiva con 60%, pero donde el 42% exige que la IA sea un mero complemento del médico).
El bloque más escéptico lo encabezan Estados Unidos —donde el 25% rechaza usar IA en decisiones de salud, el 49% se opone a que elija tratamientos, solo el 42% cedería datos y la escucha activa (26%) aplasta a la tecnología (4%) como base de confianza— e Italia, donde solo el 33% cree que democratizará la sanidad y apenas el 6% acepta sustituir tareas clínicas.
Los principales temores globales ante la IA médica son la falta de claridad sobre quién asume la responsabilidad legal si comete un error (71%) y los fallos de diagnóstico (70%), seguidos por la deshumanización (63%) y la fuga de datos (62%). Por ello, la sociedad exige tres garantías: supervisión médica humana innegociable que valide toda decisión (reclamada por el 80% global, y hasta por el 89% en China, 85% en México, 83% en EE. UU. y 81% en Italia); transparencia explícita cada vez que se use IA (82% de los pacientes y 72% en España); y responsabilidad ética en manos de colegios médicos (35%, subiendo al 53% en EE. UU.) y gobiernos (34%), por delante de las tecnológicas (20%). Con estas condiciones, el 55% cedería su historial para prevenir enfermedades y el 56% cree que democratizará la medicina, proyectando su papel a cinco años en la prevención personalizada (52%), dolencias simples (50%), asistencia clínica (46%) y gestión administrativa (45%).
Esta aspiración de que la IA absorba la burocracia para devolver tiempo al facultativo conecta de lleno con los médicos de la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012). Ellos ya no quieren ser «médicos», quieren ser personas que ejercen la medicina: conciben su labor como un compromiso social de ayuda al paciente compatible con su calidad de vida, priorizando la salud mental, el trabajo horizontal, la transparencia científica sin marketing y herramientas que optimicen la consulta.
En suma, pacientes y jóvenes médicos coinciden en poner el algoritmo a trabajar en segundo plano para preservar intactos el juicio clínico, la escucha y la humanidad de la medicina. Esto nos recuerda que SOMOS ha adelantado mucho de esta labor humanista y que, con su campaña Thank you Doctor, ha buscado volver a poner en el centro la relación de tú a tú que ha caracterizado siempre a los médicos y los pacientes. El trabajo ya no es únicamente la protección y sanación del cuerpo, sino el cuidado y el acompañamiento integral de la persona.



