«El que tiene a Dios en su corazón, desborda de alegría. La tristeza, el abatimiento, conducen a la pereza, al desgano» Santa Madre Teresa de Calcuta.
Muchos países celebran el Día del Niño en este mes, destacando con ello la virtud que va de la mano de ese corazón sano e inocente, como es la alegría. Esta actitud permanente de regocijo, júbilo, gozo y satisfacción, que rompe las barreras del pesimismo, la tristeza, la desesperación y el desconsuelo y que, además, facilita muchas acciones en nuestra vida.
Hablar de alegría es contagiarse de positivismo, de un gran sentido de gusto por emprender nuevas tareas, de iniciar un trayecto y tener la esperanza de que cada día será mejor; de que a pesar de las diferentes circunstancias que se presentan en la cotidianidad, todo va a pasar y al final del camino estará esa luz radiante que nos hará sentir que valió la pena la lucha, la espera, el afán por ser mejores.
Cada despertar requiere de nosotros un agradecimiento infinito a nuestro creador y una de las actitudes para ser agradecidos es vivir con esperanza, lo que significa tener confianza en lo que recibiremos por ser personas de bien, que actúan con endereza, con fortaleza y, ante todo, con magnanimidad. La grandeza del alma está en enfocar toda nuestra disposición y esfuerzos por hacer siempre lo mejor en cada una de nuestras obras, trascendiendo para hacer el bien, cara a Dios.
Y es que el hacer bien nuestras tareas, deberes, responsabilidades y compromisos, trae como consecuencia el vivir la alegría, intrínseca, exclusiva de quien lo hace, porque trae satisfacción íntima, personal, que rebosa y se transmite a los demás. Como lo mencionaba San Josemaría Escrivá de Balaguer en su libro Surco “la alegría de un hombre de Dios, de una mujer de Dios, ha de ser desbordante: serena, contagiosa, con gancho…; en pocas palabras, ha de ser tan sobrenatural, tan pegadiza y tan natural, que arrastre a otros por los caminos cristianos”.
Por eso, cada cual debe descubrir qué le da más satisfacción, mirando su quehacer y sus frutos, de manera sobrenatural, es decir, obrar haciendo extensión de lo bueno, para santificarse y poder lograr la plenitud y la perfección en cada acto. Por ejemplo, existen personas que enfocan su profesión en ayudar a los demás, otras orientan su sabiduría y experiencia para enseñar o para dar buenos consejos; muchas, buscan dar una mano amiga desde el trabajo que desempeñan. Pero lo importante siempre será buscar el bienestar de los demás, ser + indispensables en la vida (aunque siempre escuchemos que nadie lo es), porque ver a los demás crecer, mejorar y alcanzar metas (y más aún, cuando nosotros los hemos motivado a ello) da regocijo, da satisfacción, da mucha alegría.
El deber cumplido a cabalidad genera también internamente satisfacción a pesar de que muchas veces no seamos reconocidos por los demás. Pero esto nos debe enseñar que nuestras obligaciones se deben cumplir no por el reconocimiento sino por el deber ser.
Cuando somos buenos padres y buenas madres, nuestros hijos no van a estar expresando “mis papás son los mejores” o la mayoría no lo van a agradecer; pero la mejor recompensa de esos padres abnegados será siempre ver crecer a sus hijos y que se conduzcan por el camino del bien. Esa es la verdadera alegría de la cual debemos embargarnos, porque no se debe buscar gloria personal ni triunfos efímeros. Ir más allá significa trascender, extender esa luz de esperanza para el que está abatido, esa fortaleza para el que está derrotado, ese ánimo para el que ha perdido la ilusión de seguir luchando. San Juan Pablo II lo precisó muy bien cuando unió la alegría con el servicio a los demás, “servir es el camino de la felicidad y de la santidad: nuestra vida se transforma, pues, es una forma de amor hacia Dios y hacia nuestros hermanos” .
Vivir con alegría es un gran paso para alcanzar la felicidad, pues siendo agradecidos con lo que hemos logrado (sin basarnos sólo en lo material), con lo que hemos construido o formado (familia, amistades, relaciones laborales sanas), con lo que hemos enseñamos y sembrado, mediremos nuestro sentido de humanidad. No estamos solos, estamos rodeados de muchas personas que requieren de nuestra atención y dedicación. Nos tenemos a nosotros mismos, y muchas veces ni nos damos el verdadero valor que nos merecemos. Nos menospreciamos y así, difícilmente vamos a vivir con alegría y mucho menos, transmitiremos esta virtud tan indispensable a los demás.
Con la alegría disfrutamos de las pequeñas cosas de la vida: de un amanecer, del trinar de los pájaros, de la frescura del agua, de la brisa que acaricia nuestro rostro, de la sonrisa de un niño, y demás circunstancias que por el día a día vamos haciendo a un lado y que se vuelven tan comunes o que muchas veces se vuelven imperceptibles.
No debe pasar de moda el decir a los demás cuánta falta nos hacen, cuán importantes son en nuestra vida; el resaltar sus fortalezas y el consolidar más aun los lazos de amor y de amistad. La razón de vivir está encaminada a ser felices y alcanzar esta felicidad es nuestra gran responsabilidad.
Los invito a partir de este día a gozar de la alegría en cada pequeña circunstancia de la vida como un hábito; con seguridad van a experimentar dicha, satisfacción, ganas de seguir viviendo y luchando por cada uno de ustedes y por sus seres queridos.
***

Vivian Forero Besil
Especialista en Pedagogía e Investigación en el aula, Gerencia de Instituciones Educativas. Licenciada en Educación Básica. Con amplia experiencia en docencia y formación. Felizmente casada y madre de un adolescente. Creadora de contenido en las redes sociales con mensajes positivos y motivadores a través de Tiktok e Instagram: @Santa_Pureza. vivian_forero@hotmail.com



