Elogio a la paciencia

Regino Navarro

Es normal que queramos que los objetivos previstos se logren cuanto antes, que los males que se padece terminen enseguida y que todo transcurra como lo hemos pensado.

Pero no suele ser así, sino que la vida es un proceso que transcurre a un tiempo determinado y que al forzar los ritmos de las personas y de las actividades lo único que se consigue es aumentar el estrés, y entonces la vida se llena de emociones negativas: la incertidumbre corroe, la impaciencia causa desazón e irritación que pueden llevar a manifestaciones de descontrol. Lo peor de todo es no saber contra quién descargar la furia, a quien achacar el problema. Lo peor es no ver soluciones a la vista…y el problema sigue ahí.

No existe el gen de la paciencia, las personas no nacen pacientes o impacientes. La paciencia se adquiere.

Conviene ser conscientes, por otra parte, de que actuar con paciencia o impaciencia depende de cada uno, en mayor o menor grado. No existe el gen de la paciencia, las personas no nacen pacientes o impacientes. La paciencia se adquiere. Las circunstancias externas influyen en la conducta del ser humano, pero éste siempre tendrá la capacidad de asumir la actitud y el comportamiento que quiera ante los acontecimientos, por adversos que sean. Es la libertad interior de elegir la conducta o por lo menos a actitud, la cual no se pierde mientras se conserven las facultades humanas. Por lo tanto, la paciencia está en manos de cada uno. La naturaleza nos sirve de modelo de paciencia. Todo a su tiempo, sin acelerar ni retrasar los ciclos biológicos. También el aprendizaje humano es un ejemplo de paciencia. Cada estudiante tiene su ritmo y su manera de aprender, y si se fuerzan las consecuencias pueden ser negativas en el futuro. Es necesario calmar las lógicas ansias de ser efectivos.

Otro tema en el que la paciencia juega un papel importante es cuando existe la necesidad de atender dos o más ocupaciones al tiempo, como estar pendiente, por ejemplo, de las exigencias del trabajo y un problema familiar imprevisto, especialmente para aquellas personas que no son “multitareas”. Acaba siendo un pequeño martirio. Este malestar lleva a protestar de modo continuo, o a renegar de la vida, sin entender que el problema y la solución está en uno mismo. La impaciencia hace daño y en cambio la paciencia puede ayudar a solucionar muchas cosas de la vida.

Para ser paciente hay que declararle la guerra a la prisa, a tener todo controlado, a querer que las cosas salgan al propio gusto, a que los demás actúen como uno quiere. La paciencia es más fácil cuando se vive en la realidad, no en el deseo, ni en el pasado ni en el futuro. Lo único que es manejable es el presente, el hoy. El pasado ya pasó, y el futuro presenta demasiadas incógnitas y variables como se comprobó durante la pasada pandemia. Por lo tanto, nos queda el presente para tomar decisiones y vivirlo lo mejor que se pueda.

Otra trampa es el hecho de pretender tratar de solucionar las dificultades todas juntas. Cuando la paciencia está presente se trabaja en la solución de cada dificultad una a una, con ritmo, pero sin prisas, aceptando que no hay recetas prefabricadas, que cada persona es distinta, que las circunstancias hacen distinto el problema, etc. La paciencia actúa como soporte de la calma, la serenidad, la capacidad de controlar los impulsos y de vivir el instante presente con plenitud. La paciencia es una buena solución. La famosa poesía de Santa Teresa de Jesús vende bien esta cualidad humana. Así comienza: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta”.

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Regino Navarro Ribera

Fundador y Director de LaFamilia.info. Español de nacimiento pero colombiano de adopción. Coach profesional, especialista en Ciencias del Comportamiento, estudios en Orientación y Consejería, profesor, conferencista y autor de varios libros.



 

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