Pascua: fiesta principal y más antigua del cristianismo

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Llamada «Fiesta de Fiestas», la Pascua es la fiesta principal del calendario litúrgico, por la alegría que nos causa a los cristianos el cumplimiento de las promesas de Dios al enviarnos al Salvador que rescató a la humanidad entera del pecado.

La pascua se celebra por 50 días. Comienza el Domingo de Resurrección y termina en Pentecostés. Es la fiesta principal y más antigua de los cristianos y el corazón del año litúrgico. León I la llamó la fiesta mayor (festum festorum), explicando que la Navidad se celebra en preparación para la Pascua (Sermón XVII en Exodum). Los primeros ocho días de la pascua constituyen la octava y se celebran como solemnidades del Señor.

Su historia

El registro bíblico dice que la noche anterior a su muerte, Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la Pascua judía. Posteriormente, instituyó lo que se conoce como la «Cena del Señor», y dijo a sus apóstoles «Sigan haciendo esto, en memoria de mi» (Lucas 22:19). La Cena del Señor debía celebrarse una vez al año y con ella se conmemoraba la muerte de Cristo.

La Nueva Enciclopedia Británica cuenta que los primeros cristianos celebraban la Pascua del Señor al mismo tiempo que los judíos, durante la noche de la primera luna llena pascual. A mediados del siglo II, la mayoría de las iglesias habían trasladado esta celebración al domingo posterior a la festividad Judía. El Viernes Santo y el día de la Pascua Florida no empezaron a celebrarse como conmemoraciones separadas en Jerusalén, hasta finales del siglo IV.

La razón por la que la Pascua cambia de fecha cada año, es la conexión entre la pascua judía y la cristiana. La Iglesia determina la fecha de la Pascua cada año según el calendario judío, que es diferente al nuestro (el judío se basa en las fases de la luna y tiene 354 días) mientras que el nuestro es solar y tiene 365 días.

La Resurrección del Señor

La Resurrección es una verdad fundamental del cristianismo. La presencia de Jesús resucitado no se trata de alucinaciones por parte de los Apóstoles. Cuando se dice «Cristo vive» no significa que vive solo en nuestro recuerdo. La cruz, muerte y resurrección de Cristo son hechos históricos que sacudieron el mundo de su época y transformaron la historia de todos los siglos. Cristo vive para siempre con el mismo cuerpo con que murió, pero este ha sido transformado y glorificado (Cf. Cor.15:20, 35-45) de manera que goza de un nuevo orden de vida como jamás vivió un ser humano.

Jesucristo pagó el precio por nuestros pecados con su muerte en la cruz. Conquistó así a todos sus enemigos. El último enemigo en ser destruido, al final del tiempo, será la muerte (Cf. I Cor. 15:26). Por eso, la muerte no es el final, tampoco nos encierra en un ciclo como piensan los proponentes de la reencarnación. Vivimos y morimos una sola vez. Durante nuestra vida mortal decidimos nuestra eternidad. Recibimos la gracia y la misericordia de Dios que nos abre las puertas del cielo. Al final del tiempo se establecerá plenamente el reino del Señor.

El huevo, mayor símbolo de la Pascua

Sin duda, de todos los símbolos pascuales, el más popular es el de los huevos de Pascua. Durante mucho tiempo, estuvo prohibido comer en Cuaresma carne y huevos. Por eso, el día de Pascua la gente corría a bendecir grandes cantidades de ellos, para comerlos en familia y distribuirlos como regalo, a vecinos y amigos.

Durante la Edad Media, en Semana Santa, era común que los censos feudales se pagaran con huevos. Y se estipulaba que el día de pago fuese el domingo de Pascua. En Francia, por ejemplo, los estudiantes organizaban la «Procesión de los Huevos». Se reunían en parques y plazas y de allí partían hasta la iglesia principal. Durante el trayecto, golpeaban las puertas de las casas, para que cada familia les regalara huevos, que después serían bendecidos por un  párroco.

En esa época renacía el espíritu festivo. De las iglesias colgaban cientos de banderas y panderetas. Y cada joven llevaba colgado de su cuello un cesto de mimbre lleno de huevos. Los más adinerados se hacían acompañar por jóvenes pajes, vestidos con telas multicolores de razo o de seda. La mayor parte de la colecta se destinaba para los hospitales de leprosos, o para los indigentes.

El ayuno era obligatorio. Por esta razón, se adopta la costumbre de cocer huevos y almacenarlos. Recién en la época del rey Luís XIV, se introdujo la idea de pintarlos, para después venderlos.

 

Fuentes: corazones.org, aciprensa, almargen.com.ar

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