Después de un terremoto, una tragedia, un accidente grave, la pérdida de un ser querido u otra experiencia que genere miedo o inseguridad, niños y adolescentes pueden presentar cambios emocionales y de comportamiento.
El miedo vivido durante un terremoto, la preocupación por los padres o familiares, la pérdida de la vivienda o de las pertenencias y los cambios repentinos en la vida cotidiana pueden generar estrés en los niños y adolescentes. Algunos pueden llorar más, tener miedo, buscar constantemente a sus padres, presentar dificultades para dormir o volver a comportarse como cuando eran más pequeños. Otros pueden mostrarse irritables, agresivos, retraídos o perder temporalmente el interés por actividades que antes disfrutaban.
Estas reacciones no significan necesariamente que exista un problema psicológico. Después de vivir un terremoto o una situación difícil, muchas de estas manifestaciones son respuestas normales al estrés y pueden disminuir progresivamente cuando el niño recupera la sensación de seguridad, recibe acompañamiento y vuelve a sus rutinas.
Sin embargo, es importante que padres, madres y cuidadores sepan reconocer estas señales y observar cómo evolucionan con el paso de los días. ¿Cuándo son parte de una reacción esperable y cuándo pueden indicar que un niño o adolescente necesita mayor apoyo?
En LaFamilia.info te explicamos qué podemos observar según la edad y cuándo conviene buscar ayuda profesional.
¿Qué señales podemos observar según la edad?
Cada niño reacciona de manera diferente y no todos presentarán las mismas manifestaciones. La edad también influye en la forma en que expresan lo que sienten.
De 0 a 3 años
En los más pequeños, el malestar emocional suele expresarse principalmente a través del comportamiento y de cambios en sus rutinas.
Podemos observar:
- Mayor apego a sus padres, madres o cuidadores.
- Regresión comportamental, es decir, actuar como si tuvieran menos edad.
- Cambios en los patrones de sueño y alimentación.
- Mayor irritabilidad y llanto.
- Mayor sensibilidad frente a las reacciones de los adultos.
- Miedo frente a situaciones que antes no les asustaban.
- Menor interés por el juego o períodos de juego más cortos.
- Juegos o comportamientos repetitivos.
- Mayor inquietud o actividad.
- Mayor agresividad en la interacción con los demás.
- Más oposición, exigencia o rabietas.
Estas respuestas pueden aparecer como consecuencia del estrés y, en muchos casos, disminuir progresivamente cuando el niño recupera la sensación de seguridad.
De 4 a 6 años
A esta edad pueden aparecer nuevamente conductas que ya habían superado, así como cambios en el juego, el lenguaje y las rutinas.
Es posible observar:
- Mayor apego a los padres, madres u otros adultos de confianza.
- Regresión comportamental, como volver a chuparse el dedo.
- Reducción del habla o dificultad para expresar lo que sienten.
- Inactividad o, por el contrario, hiperactividad.
- Abandono del juego o repetición de determinados juegos.
- Ansiedad y preocupación por cosas malas que podrían suceder.
- Alteraciones del sueño, como pesadillas.
- Cambios en los patrones de alimentación.
- Intentos de asumir roles propios de los adultos.
- Irritabilidad y cambios de humor.
- Mayor temor o inseguridad.
De 7 a 12 años
A medida que los niños crecen, pueden expresar con mayor claridad sus pensamientos y preocupaciones, aunque también pueden manifestar el estrés mediante cambios en su comportamiento.
Algunas señales son:
- Cambios importantes en el nivel de actividad física.
- Confusión o temor respecto a lo que sienten y hacen.
- Evitación del contacto social o aislamiento.
- Repetición frecuente del relato de lo ocurrido.
- Resistencia o temor a regresar al colegio.
- Disminución de la memoria, la concentración o la atención.
- Alteraciones del sueño y del apetito.
- Agresividad, irritabilidad o inquietud.
- Dolores de cabeza, malestar estomacal u otras molestias físicas relacionadas con el estrés.
- Sentimientos de culpa o autorreproche.
- Preocupación excesiva por familiares u otras personas afectadas.
En adolescentes
Los adolescentes pueden expresar el malestar de maneras más complejas. Algunos hablan de lo que sienten, mientras que otros pueden aislarse, mostrarse irritables o adoptar conductas de riesgo.
Pueden aparecer:
- Tristeza o dolor emocional intenso.
- Culpa o vergüenza por no haber podido ayudar a personas heridas o afectadas.
- Preocupación excesiva por familiares y otras personas.
- Cambios importantes en sus relaciones.
- Aislamiento o retraimiento.
- Cambios marcados en el estado de ánimo.
- Agresividad o irritabilidad.
- Desesperanza o una visión negativa del futuro.
- Alteraciones del sueño o del apetito.
- Dificultades importantes para concentrarse.
- Conductas de riesgo, evasivas o autodestructivas.
- Cambios importantes en su manera de ver el mundo o de relacionarse con la autoridad.
- Consumo de alcohol u otras sustancias.
¿Cuándo debemos buscar ayuda profesional?
Es importante recordar que una reacción emocional después de una tragedia o situación difícil no significa automáticamente que un niño necesite atención psicológica.
Lo que debemos observar es la intensidad de las reacciones, cuánto tiempo permanecen y cuánto afectan su vida cotidiana.
Conviene consultar con un profesional cuando:
- Las reacciones son muy intensas.
- Persisten durante un tiempo prolongado o, en lugar de mejorar, empeoran.
- Interfieren de manera importante con el sueño, la alimentación, el colegio, el juego o las relaciones familiares.
- El niño deja de realizar actividades que antes disfrutaba.
- Se aísla cada vez más.
- Presenta pesadillas frecuentes o recuerdos que le generan mucho miedo.
- Evita persistentemente lugares, personas o situaciones que le recuerdan lo ocurrido.
- Los cambios de comportamiento son muy diferentes de lo habitual en él.
- Las molestias físicas aparecen de manera frecuente y no tienen una causa médica clara.
En los adolescentes es especialmente importante buscar ayuda profesional ante conductas autodestructivas, autolesiones, pensamientos de muerte o suicidio, consumo de sustancias, conductas de riesgo o cambios drásticos que afecten significativamente su vida cotidiana.
Si existe un riesgo inmediato de que el niño o adolescente se haga daño o haga daño a otra persona, es necesario acudir inmediatamente a un servicio de urgencias.
¿Qué podemos hacer como padres?
Después de una experiencia difícil, los niños necesitan sobre todo recuperar la sensación de seguridad.
Podemos ayudarlos:
Escuchándolos. Permitir que expresen lo que sienten sin presionarlos para hablar.
Acompañándolos. Nuestra presencia, cercanía y afecto pueden ayudarles a sentirse protegidos.
Manteniendo las rutinas. En la medida de lo posible, recuperar horarios de sueño, alimentación, estudio, juego y otras actividades cotidianas.
Respondiendo sus preguntas con honestidad y de acuerdo con su edad. No necesitan conocer todos los detalles, pero sí recibir información clara que les ayude a comprender lo que está sucediendo.
Dándoles tiempo. Cada niño procesa una experiencia difícil a su propio ritmo.
Observando los cambios. Más que buscar una reacción “normal”, preguntémonos si el comportamiento es diferente a lo habitual y si está mejorando o empeorando con el paso del tiempo.
Y algo muy importante: no debemos obligar a un niño a hablar de lo ocurrido ni interpretar cada cambio como una señal de trauma.
Muchas reacciones disminuyen cuando el niño vuelve a sentirse seguro, acompañado y protegido.
👉Te recomendamos: Cómo acompañarnos en familia después de una tragedia
No necesitan padres perfectos, necesitan sentirse acompañados
Después de una tragedia o situación difícil, es posible que no encontremos las palabras perfectas para explicar lo ocurrido.
Pero podemos ofrecer algo fundamental: nuestra presencia, nuestro cariño y la seguridad de que no están solos.
Observar, escuchar y acompañar con paciencia también es una forma de cuidar su salud emocional.
Y si algo nos preocupa o sentimos que nuestro hijo no está logrando recuperarse, pedir ayuda profesional no significa que hayamos fallado como padres. Significa que estamos buscando para él el apoyo que necesita.
*Redacción LaFamilia.info
Fuentes consultadas:
- UNICEF. Cómo reconocer las señales de estrés en los niños y niñas. Esta guía presenta las principales reacciones de estrés que pueden observarse en niños de diferentes edades después de situaciones difíciles.
- Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC). Entrenando en Primeros Auxilios Psicológicos para las Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Módulo 3: PAP para niños y niñas. 2018.
- Save the Children. Manual de capacitación sobre primeros auxilios psicológicos para profesionales de la niñez. 2013.
- IFRC. Es mejor prevenir… Primeros Auxilios Psicológicos.
- Norwegian Refugee Council (NRC). Enseñar en la emergencia. Cartilla para docentes en contextos de emergencias. 2021.
- Grupo Regional de Educación América Latina y el Caribe. Brindando apoyo en diferentes niveles. Creando Aula. 2021.
- Organización Mundial de la Salud (OMS). Materiales sobre salud mental y apoyo psicosocial de niños y adolescentes en situaciones humanitarias.
- UNICEF Colombia. Manual de salud mental y apoyo psicosocial de adolescentes y jóvenes (SMAPS).



