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Después de un terremoto o una tragedia: señales de estrés en niños y adolescentes que debemos observar

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Foto: magnific.com

Después de un terremoto, una tragedia, un accidente grave, la pérdida de un ser querido u otra experiencia que genere miedo o inseguridad, niños y adolescentes pueden presentar cambios emocionales y de comportamiento.

El miedo vivido durante un terremoto, la preocupación por los padres o familiares, la pérdida de la vivienda o de las pertenencias y los cambios repentinos en la vida cotidiana pueden generar estrés en los niños y adolescentes. Algunos pueden llorar más, tener miedo, buscar constantemente a sus padres, presentar dificultades para dormir o volver a comportarse como cuando eran más pequeños. Otros pueden mostrarse irritables, agresivos, retraídos o perder temporalmente el interés por actividades que antes disfrutaban.

Estas reacciones no significan necesariamente que exista un problema psicológico. Después de vivir un terremoto o una situación difícil, muchas de estas manifestaciones son respuestas normales al estrés y pueden disminuir progresivamente cuando el niño recupera la sensación de seguridad, recibe acompañamiento y vuelve a sus rutinas.

Sin embargo, es importante que padres, madres y cuidadores sepan reconocer estas señales y observar cómo evolucionan con el paso de los días. ¿Cuándo son parte de una reacción esperable y cuándo pueden indicar que un niño o adolescente necesita mayor apoyo?

En LaFamilia.info te explicamos qué podemos observar según la edad y cuándo conviene buscar ayuda profesional.

¿Qué señales podemos observar según la edad?

Cada niño reacciona de manera diferente y no todos presentarán las mismas manifestaciones. La edad también influye en la forma en que expresan lo que sienten.

De 0 a 3 años

En los más pequeños, el malestar emocional suele expresarse principalmente a través del comportamiento y de cambios en sus rutinas.

Podemos observar:

  • Mayor apego a sus padres, madres o cuidadores.
  • Regresión comportamental, es decir, actuar como si tuvieran menos edad.
  • Cambios en los patrones de sueño y alimentación.
  • Mayor irritabilidad y llanto.
  • Mayor sensibilidad frente a las reacciones de los adultos.
  • Miedo frente a situaciones que antes no les asustaban.
  • Menor interés por el juego o períodos de juego más cortos.
  • Juegos o comportamientos repetitivos.
  • Mayor inquietud o actividad.
  • Mayor agresividad en la interacción con los demás.
  • Más oposición, exigencia o rabietas.

Estas respuestas pueden aparecer como consecuencia del estrés y, en muchos casos, disminuir progresivamente cuando el niño recupera la sensación de seguridad.

De 4 a 6 años

A esta edad pueden aparecer nuevamente conductas que ya habían superado, así como cambios en el juego, el lenguaje y las rutinas.

Es posible observar:

  • Mayor apego a los padres, madres u otros adultos de confianza.
  • Regresión comportamental, como volver a chuparse el dedo.
  • Reducción del habla o dificultad para expresar lo que sienten.
  • Inactividad o, por el contrario, hiperactividad.
  • Abandono del juego o repetición de determinados juegos.
  • Ansiedad y preocupación por cosas malas que podrían suceder.
  • Alteraciones del sueño, como pesadillas.
  • Cambios en los patrones de alimentación.
  • Intentos de asumir roles propios de los adultos.
  • Irritabilidad y cambios de humor.
  • Mayor temor o inseguridad.

De 7 a 12 años

A medida que los niños crecen, pueden expresar con mayor claridad sus pensamientos y preocupaciones, aunque también pueden manifestar el estrés mediante cambios en su comportamiento.

Algunas señales son:

  • Cambios importantes en el nivel de actividad física.
  • Confusión o temor respecto a lo que sienten y hacen.
  • Evitación del contacto social o aislamiento.
  • Repetición frecuente del relato de lo ocurrido.
  • Resistencia o temor a regresar al colegio.
  • Disminución de la memoria, la concentración o la atención.
  • Alteraciones del sueño y del apetito.
  • Agresividad, irritabilidad o inquietud.
  • Dolores de cabeza, malestar estomacal u otras molestias físicas relacionadas con el estrés.
  • Sentimientos de culpa o autorreproche.
  • Preocupación excesiva por familiares u otras personas afectadas.

En adolescentes

Los adolescentes pueden expresar el malestar de maneras más complejas. Algunos hablan de lo que sienten, mientras que otros pueden aislarse, mostrarse irritables o adoptar conductas de riesgo.

Pueden aparecer:

  • Tristeza o dolor emocional intenso.
  • Culpa o vergüenza por no haber podido ayudar a personas heridas o afectadas.
  • Preocupación excesiva por familiares y otras personas.
  • Cambios importantes en sus relaciones.
  • Aislamiento o retraimiento.
  • Cambios marcados en el estado de ánimo.
  • Agresividad o irritabilidad.
  • Desesperanza o una visión negativa del futuro.
  • Alteraciones del sueño o del apetito.
  • Dificultades importantes para concentrarse.
  • Conductas de riesgo, evasivas o autodestructivas.
  • Cambios importantes en su manera de ver el mundo o de relacionarse con la autoridad.
  • Consumo de alcohol u otras sustancias.

¿Cuándo debemos buscar ayuda profesional?

Es importante recordar que una reacción emocional después de una tragedia o situación difícil no significa automáticamente que un niño necesite atención psicológica.

Lo que debemos observar es la intensidad de las reacciones, cuánto tiempo permanecen y cuánto afectan su vida cotidiana.

Conviene consultar con un profesional cuando:

  • Las reacciones son muy intensas.
  • Persisten durante un tiempo prolongado o, en lugar de mejorar, empeoran.
  • Interfieren de manera importante con el sueño, la alimentación, el colegio, el juego o las relaciones familiares.
  • El niño deja de realizar actividades que antes disfrutaba.
  • Se aísla cada vez más.
  • Presenta pesadillas frecuentes o recuerdos que le generan mucho miedo.
  • Evita persistentemente lugares, personas o situaciones que le recuerdan lo ocurrido.
  • Los cambios de comportamiento son muy diferentes de lo habitual en él.
  • Las molestias físicas aparecen de manera frecuente y no tienen una causa médica clara.

En los adolescentes es especialmente importante buscar ayuda profesional ante conductas autodestructivas, autolesiones, pensamientos de muerte o suicidio, consumo de sustancias, conductas de riesgo o cambios drásticos que afecten significativamente su vida cotidiana.

Si existe un riesgo inmediato de que el niño o adolescente se haga daño o haga daño a otra persona, es necesario acudir inmediatamente a un servicio de urgencias.

¿Qué podemos hacer como padres?

Después de una experiencia difícil, los niños necesitan sobre todo recuperar la sensación de seguridad.

Podemos ayudarlos:

Escuchándolos. Permitir que expresen lo que sienten sin presionarlos para hablar.

Acompañándolos. Nuestra presencia, cercanía y afecto pueden ayudarles a sentirse protegidos.

Manteniendo las rutinas. En la medida de lo posible, recuperar horarios de sueño, alimentación, estudio, juego y otras actividades cotidianas.

Respondiendo sus preguntas con honestidad y de acuerdo con su edad. No necesitan conocer todos los detalles, pero sí recibir información clara que les ayude a comprender lo que está sucediendo.

Dándoles tiempo. Cada niño procesa una experiencia difícil a su propio ritmo.

Observando los cambios. Más que buscar una reacción “normal”, preguntémonos si el comportamiento es diferente a lo habitual y si está mejorando o empeorando con el paso del tiempo.

Y algo muy importante: no debemos obligar a un niño a hablar de lo ocurrido ni interpretar cada cambio como una señal de trauma.

Muchas reacciones disminuyen cuando el niño vuelve a sentirse seguro, acompañado y protegido.

👉Te recomendamos: Cómo acompañarnos en familia después de una tragedia

No necesitan padres perfectos, necesitan sentirse acompañados

Después de una tragedia o situación difícil, es posible que no encontremos las palabras perfectas para explicar lo ocurrido.

Pero podemos ofrecer algo fundamental: nuestra presencia, nuestro cariño y la seguridad de que no están solos.

Observar, escuchar y acompañar con paciencia también es una forma de cuidar su salud emocional.

Y si algo nos preocupa o sentimos que nuestro hijo no está logrando recuperarse, pedir ayuda profesional no significa que hayamos fallado como padres. Significa que estamos buscando para él el apoyo que necesita.

*Redacción LaFamilia.info

Fuentes consultadas:

  • UNICEF. Cómo reconocer las señales de estrés en los niños y niñas. Esta guía presenta las principales reacciones de estrés que pueden observarse en niños de diferentes edades después de situaciones difíciles.
  • Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC). Entrenando en Primeros Auxilios Psicológicos para las Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Módulo 3: PAP para niños y niñas. 2018.
  • Save the Children. Manual de capacitación sobre primeros auxilios psicológicos para profesionales de la niñez. 2013.
  • IFRC. Es mejor prevenir… Primeros Auxilios Psicológicos.
  • Norwegian Refugee Council (NRC). Enseñar en la emergencia. Cartilla para docentes en contextos de emergencias. 2021.
  • Grupo Regional de Educación América Latina y el Caribe. Brindando apoyo en diferentes niveles. Creando Aula. 2021.
  • Organización Mundial de la Salud (OMS). Materiales sobre salud mental y apoyo psicosocial de niños y adolescentes en situaciones humanitarias.
  • UNICEF Colombia. Manual de salud mental y apoyo psicosocial de adolescentes y jóvenes (SMAPS).

 

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