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Lo que nadie cuenta del servicio a los demás

En una ocasión me encontraba participando en la Santa Misa en una parroquia de una importante ciudad de la costa Caribe colombiana. Era la solemnidad de la Inmaculada Concepción, una de las celebraciones marianas más queridas por la Cristiandad Católica.

La iglesia estaba abarrotada de fieles devotos de esta advocación de la Virgen María. En medio del ambiente de oración, mientras se proclamaban las lecturas propias de la solemnidad, algo llamó poderosamente mi atención.

Una señora de mediana edad, de ojos claros y cabello oscuro, vestida con ropa deportiva sencilla y unos tenis cuyas suelas ya mostraban el desgaste del tiempo, caminaba con agilidad entre las personas que llegaban un poco retrasadas a la celebración. Con gestos amables y discretos les señalaba dónde podían ubicarse para no interrumpir demasiado la Misa.

Su actitud transmitía una mezcla de atención, diligencia y serenidad. Parecía anticiparse a las necesidades de los demás, como si pudiera leer en los rostros las preguntas antes de que fueran formuladas.

En medio de la homilía, mi hija de siete años me pidió agua. Pensé en salir un momento a comprarle algo para beber. Me acerqué entonces a aquella señora para preguntarle si sabía dónde quedaba alguna tienda cercana.

Su respuesta me sorprendió por su sencillez y generosidad:

—“Yo voy y se la compro”.

Por un instante sentí que aquella mujer quería hacerse cargo de mi necesidad para que yo no me perdiera ni un momento de la celebración. Con sinceridad me dio pena aceptar, así que le agradecí y decliné su ofrecimiento. Sin embargo, con la misma delicadeza me indicó dónde quedaba la tienda, que por fortuna estaba muy cerca.

Al terminar la Misa me quedé pensando en aquel pequeño gesto.

Era un servicio sencillo, casi invisible, pero profundamente auténtico. Un servicio honesto, generoso y de recta intención.

En nuestra sociedad, muchas veces el servicio es mal entendido. En algunos ambientes se percibe como algo menor, reservado para personas consideradas “inferiores”, como si servir fuera indigno o humillante.

En otros ámbitos —especialmente en el político— el servicio suele ser deformado por el interés personal. Se habla de servir, pero en realidad se busca el beneficio propio, el reconocimiento o el poder. En esos casos, quien recibe el servicio termina siendo objeto de condicionamientos, abusos o malos tratos.

Se sirve para mantener un puesto, para cumplir promesas o para sostener una imagen. Y aquello que debería aliviar el alma termina generando cansancio, frustración y pérdida de la paz.

Frente a esa lógica distorsionada, el Evangelio propone algo completamente distinto.

Jesús nos dice con claridad: “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos” (Mc 9,35).

Esta enseñanza no empequeñece al ser humano; al contrario, lo engrandece. El verdadero servicio ahoga el egoísmo, ese enemigo silencioso que tantas veces daña nuestras relaciones y nos aleja del otro.

También lo recuerda San Pablo cuando afirma: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35).

Mientras el servicio nacido del interés produce desgaste interior, el servicio que brota del Evangelio produce algo muy distinto: alegría.

De ese tipo de servicio nacen la empatía, la solidaridad, el buen trato y la capacidad de reconocer al otro como un hermano.

Tal vez aquella mujer que ayudaba discretamente a las personas a encontrar su lugar en la iglesia nunca imaginó que su gesto se convertiría en una pequeña lección de Evangelio vivida.

Y eso es precisamente lo que muchas veces nadie cuenta del servicio a los demás: que los gestos más sencillos, cuando nacen de un corazón disponible, pueden convertirse en verdaderos signos del amor de Dios.

Aprovechemos el tiempo que aún nos queda de la Cuaresma para recomenzar. Es un buen momento para hacer un examen personal de conciencia y preguntarnos con sinceridad cómo estamos viviendo el servicio en nuestra vida cotidiana.

Porque, al final, servir como Cristo nos enseña no nos hace más pequeños.

Nos hace verdaderamente grandes.

***

Jesús Morales Pérez

Ayudo a jóvenes, adultos y familias a transformar sus desafíos emocionales en crecimiento personal. Psicólogo clínico, orientador familiar y conferencista. Autor del libro La fuerza de lo sencillo

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