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Los pensamientos que no hacen ruido

Hay pensamientos que no hacen ruido, pero nos desgastan profundamente.

No siempre aparecen como grandes tentaciones ni como decisiones claramente equivocadas. Muchas veces llegan disfrazados de frases cotidianas, razonables, incluso inocentes.

Se instalan poco a poco y, sin darnos cuenta, comienzan a moldear nuestra manera de actuar, de vincularnos y de decidir.

Hace siglos, los Padres del Desierto hablaban de algo que sigue teniendo una enorme actualidad: los ocho malos pensamientos, o logismoi. San Juan Casiano los describió como ocho grandes movimientos interiores que pueden alejarnos del bien: la gula, la lujuria, la avaricia, la ira, la tristeza, la acedia, la vanagloria y la soberbia.

No se trata simplemente de conductas externas. Lo interesante es que ellos ponían la mirada en lo que sucede primero dentro de nosotros: ese pensamiento, deseo, justificación o diálogo interno que, si lo dejamos crecer, puede terminar convirtiéndose en una acción.

Y quizás por eso esta antigua enseñanza tiene tanto que decirnos hoy.

1. “Necesito esto para estar bien”

La gula no se refiere únicamente a comer en exceso. En un sentido más amplio, puede ayudarnos a reconocer esa tendencia a buscar satisfacción inmediata: llenar un vacío, anestesiar una incomodidad, buscar constantemente estímulos o recompensas.

“Me lo merezco.” “Después de todo lo que hice hoy…” “Necesito desconectar.”

El problema no está en disfrutar de las cosas buenas. El problema aparece cuando necesitamos consumir, acumular o experimentar algo para sentirnos bien.

La pregunta puede ser: ¿Estoy eligiendo libremente o estoy intentando llenar algún vacío?

2. “Esto me hará sentir mejor”

La lujuria, entendida por los Padres del Desierto como un deseo desordenado que busca apropiarse del otro o reducirlo a objeto de satisfacción, también puede ayudarnos en esta reflexión. Vivimos rodeados de mensajes que nos dicen que nuestros deseos deben ser satisfechos inmediatamente.

Pero desear no significa necesariamente que debamos tener aquello que deseamos. La libertad no consiste en hacer todo lo que sentimos. Consiste también en poder preguntarnos qué hacemos con aquello que sentimos.

3. “Necesito más”

La avaricia no se limita al dinero.

Puede aparecer como necesidad de tener más reconocimiento, más seguridad, más control, más cosas, más éxito.
“Cuando tenga esto, voy a estar tranquilo.” “Cuando consiga aquello, recién entonces voy a poder disfrutar.” Y así podemos pasar gran parte de la vida persiguiendo algo que siempre parece estar un poco más adelante.

¿Cuánto es suficiente? ¿Para qué?

4. “Tengo derecho a estar enojado”

La ira tiene una particularidad: muchas veces encuentra una justificación rápidamente.

“Después de lo que me hizo…” “Yo tengo razón.” “Que venga y me pida perdón.”

Quizás la otra persona realmente haya actuado mal. Reconocer una injusticia no significa negar lo que sucedió.

Pero una cosa es reconocer el mal y poner límites, y otra muy distinta es permitir que el resentimiento ocupe nuestro interior.

La ira puede comenzar defendiendo algo justo y terminar gobernándonos. Por eso vale la pena preguntarnos:
¿Estoy buscando reparar una situación o estoy alimentando mi necesidad de tener razón?

5. “Los hay peores”

Los Padres del Desierto hablaban también de la tristeza o abatimiento. No se referían simplemente a la tristeza humana —que es parte de nuestra vida—, sino a ese estado interior que puede encerrarnos en nosotros mismos.

Y aquí aparecen pensamientos muy actuales: “Mi situación no es tan grave.” “Los hay peores.” “¿De qué me voy a quejar?” “Así son las cosas.”

Compararnos puede hacernos minimizar lo que realmente nos pasa. No todo sufrimiento tiene que ser el más grande para ser verdadero.

Podemos agradecer lo que tenemos y, al mismo tiempo, reconocer aquello que necesita ser atendido.

6. “Después lo hago”

Quizás uno de los más actuales sea la acedia: esa especie de desgano interior, cansancio del bien, pérdida de sentido o resistencia a aquello que sabemos que debemos hacer.

Hoy muchas veces la llamamos procrastinación: “Después.” “Mañana empiezo.” “Ahora no es el momento.” “Cuando tenga más tiempo.”

Postergar puede traer alivio inmediato, pero muchas veces transforma una pequeña incomodidad en una carga mucho mayor.

Lo que evitamos hoy puede terminar pesándonos mañana.

La perseverancia no significa hacerlo todo perfectamente. Significa aprender a dar el siguiente paso, incluso cuando no tenemos ganas.

7. “No me reconocen lo bueno que hago”

La vanagloria es especialmente sutil. No necesariamente queremos ser admirados de manera evidente. A veces simplemente necesitamos que los demás reconozcan nuestro esfuerzo.

“Después de todo lo que hago por ellos…” “Nadie valora lo que hago.” “Si me reconocieran un poco más…”

Ser valorados es una necesidad humana legítima. Pero cuando nuestra paz depende de la aprobación externa, nos volvemos vulnerables a la mirada de los demás.

Nuestro valor no debería depender de cuántos aplausos recibimos.

8. “Yo sé cómo tienen que ser las cosas”

Y llegamos a la soberbia. Quizás el pensamiento más difícil de reconocer porque muchas veces se presenta como seguridad, conocimiento o incluso buenas intenciones: “Yo sé.” “Si me hicieran caso…” “Yo lo habría hecho de otra manera.” “¿Cómo no se dan cuenta?”

La soberbia no consiste solamente en creernos superiores. También puede aparecer cuando nos cuesta reconocer nuestros límites, aceptar que podemos equivocarnos o abrirnos a una verdad que no coincide con la nuestra. El remedio es darle paso a la Virtud de la humildad. Es reconocernos en nuestra verdad: con capacidades, límites, aciertos, errores y necesidad de los demás.

El verdadero desafío: reconocer el pensamiento antes de que se convierta en acción

Quizás esto sea lo más interesante de esta antigua enseñanza. Los Padres del Desierto no se limitaban a mirar la conducta final. Prestaban atención a lo que ocurría en el interior (cabeza y corazón) antes de actuar.

Porque muchas veces la acción comienza mucho antes de que la realicemos: comienza con un pensamiento, después aparece una justificación, luego una decisión y finalmente una conducta que puede convertirse en hábito.

Por eso, el trabajo interior no consiste en intentar no tener pensamientos difíciles. Consiste en aprender a reconocerlos, cuestionarlos y discernir qué hacemos con ello.

A veces necesitamos detenernos y preguntarnos:

¿Qué me estoy diciendo?
¿Es verdad?
¿Me hace más libre?
¿Me acerca a la persona que quiero ser?
¿Me ayuda a amar mejor?
¿Me acerca a Dios o me encierra más en mí mismo?

Quizás la vida interior comienza precisamente ahí: en ese pequeño espacio entre lo que pienso, lo que siento y lo que finalmente decido hacer. Y es allí donde recuperamos algo profundamente humano: la libertad interior.

***

María Fabiana Casteigts

Coach profesional, Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Magister en Matrimonio y Familia, con más de 20 años de experiencia en liderazgo, comunicación y acompañamiento de personas y equipos. Ha desarrollado programas de formación para padres y acompaña procesos de crecimiento personal, familiar y espiritual desde una visión integral de la persona. Linkedin

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