Cuando era niño, el final de cada año era para mí un tiempo especialmente emocionante. Desde que tengo memoria, lo vivía con una alegría profunda que entonces no sabía nombrar, pero que con los años comprendí que era esperanza.
Recuerdo incluso que, en algunas ocasiones, recibía el Año Nuevo con lágrimas en los ojos. Eran, quizá, nostalgias por lo vivido, por lo que se iba quedando atrás. Pero casi de inmediato llegaba esa alegría súbita provocada por la expectativa de lo que podía traer el nuevo año.
Con el paso del tiempo, ese optimismo infantil fue opacándose. Las dificultades propias de la vida adulta, la incertidumbre laboral, la ausencia de seres queridos que ya no están por el natural curso de la vida, fueron marcando el camino y poniendo a prueba la esperanza.
En ese proceso, redescubrir la fe fue decisivo. Esa fe que comenzó a sembrarse en mi infancia gracias a mi madre y que fue fortalecida por una religiosa durante la catequesis de mi Primera Comunión, se convirtió en un verdadero salvavidas interior. Ella me ayudó a comprender que no se trata solo de cambiar de calendario, sino de asumir un verdadero cambio de vida.
Por eso es importante trazar propósitos realistas, alcanzables y que exijan una pequeña cuota de esfuerzo. Como bien dice la sabiduría popular: “El que mucho abarca, poco aprieta”.
De lo contrario, podemos parecer ese vehículo que arranca con todas las revoluciones, pero que se queda sin combustible antes de llegar a su destino.
Entonces surge una pregunta fundamental:
¿Qué debemos priorizar? ¿Lo material, lo afectivo, lo espiritual?
Aquí el Evangelio nos ofrece una brújula segura. Jesús nos dice: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).
Este pasaje no desprecia las demás dimensiones de la vida; al contrario, las ordena. Nos señala lo esencial, lo prioritario, aquello que da sentido y armonía a todo lo demás.
Resuena también la confesión de Pedro en un momento decisivo del seguimiento: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
Más que un cambio de calendario, estamos llamados a un cambio de vida.
Ánimo. Cuando hacemos de Dios nuestro compañero de camino —nuestro verdadero socio—, todo lo demás encuentra su justo lugar, y el alma aprende a vivir en paz y en alegría.
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Jesús Morales Pérez
Ayudo a jóvenes, adultos y familias a transformar sus desafíos emocionales en crecimiento personal. Psicólogo clínico, orientador familiar y conferencista. Autor del libro La fuerza de lo sencillo


