¿Orgulloso yo? Formas prácticas de alejarnos del orgullo

foto: benzoix

«El orgullo tiene cuatro especies: la jactancia, la ostentación, la hipocresía y la ambición» explica el el profesor emérito de la Universidad de St. Jerome, Donald DeMarco.

El profesor explica además que cuando vemos estas cuatro características exhibidos en otros, las encontramos menos atractivas. Sin embargo, persistimos en adoptarlas para nosotros mismos. «Esta es la gran paradoja del orgullo. Lo que encontramos repugnante en los demás, lo elegimos para nosotros mismos», señala.

Entonces, ¿cómo podemos deshacernos de este vicio impropio? Hay, afortunadamente, formas prácticas de apartar cada una de estas cuatro especies de orgullo. Así lo explica este profesor:

Jactancia

La tentación de presumir de logros propios es muy fuerte. Un antídoto práctico del elogio a uno mismo es elogiar a los demás. No importa lo bien que se haga algo, siempre habrá alguien que lo haga mejor. Es mucho más razonable alabar a los demás que envidiarlos. La envidia trae infelicidad y no lleva a ninguna parte.

Es bueno regocijarse por los logros de los demás y estar agradecidos por poder compartir sus dones. Cuando se elogia a los demás, en lugar de a uno mismo, se vence la necesidad de jactarse. Esto da una libertad maravillosa de la tarea fútil de tratar de convencer a los demás de que uno es mejor de lo que en realidad es.

Ostentación

La ostentación es asumir el papel del pavo real o, para decirlo de manera más simple, ser un “presumido”. La jactancia involucra palabras, la ostentación involucra posesiones.

La persona codiciosa trata de impresionar a los demás con su atuendo, su riqueza, su estatus e incluso su coche. La competencia para superar a los demás puede ser muy frustrante. La preocupación por las posesiones puede interferir con el crecimiento. “Mantener las apariencias” puede ser un juego perdido. Si se apuesta por cultivar más el interior (sin coste económico), las ganas de hacer alarde de lo que uno tiene empiezan a desaparecer.

Hipocresía

Todos tratamos de convencer a los demás de que somos mejores de lo que sabemos que somos, explica el autor. Para complicar aún más las cosas, se nos insta, como dice el refrán, a “dar lo mejor de nosotros”. Pero no es fácil practicar lo que uno predica. La cura obvia para la hipocresía es ser honesto con uno mismo y admitir que no debemos “darnos aires” que falsifican cómo se vive.

Más bien, se debe vivir de tal manera que se pueda respaldar lo que uno predica al ponerlo en práctica. La integridad, por lo tanto, es la respuesta a la hipocresía. La gente admira la integridad y detesta la hipocresía. Pero la integridad es a la vez difícil de alcanzar y precaria cuando se logra. La persona íntegra se da cuenta de que debe permanecer seguir siendo humilde si quiere conservar dicha integridad.

Ambición

Nuestras ambiciones pueden ir en contra del destino que Dios asigna a cada uno. El hombre no puede leer el futuro. Por lo tanto, las ambiciones a menudo se basan en la ignorancia. Además, se inventan pensando únicamente en uno mismo, y no en el plan que Dios tiene en mente.

En Enrique VIII de Shakespeare, un cardenal Wolsey ambicioso, pero amargado, se da cuenta de la futilidad de sus ambiciones. En un estado de ánimo desesperado, dice: “Si hubiera servido a mi Dios con la mitad del celo que serví a mi rey, a mi edad no me habría dejado desnudo ante mis enemigos”. Su pecado trajo a su conciencia uno de significado más primordial. Se vuelve hacia Cromwell y dice: «Te ordeno que deseches la ambición: por ese pecado cayeron los ángeles».

Cuando sé es fiel a Dios, el destino se hace evidente. Cualquiera que sean las ambiciones que uno tenga, son meramente provisionales. Dios tiene nuestro destino planeado de antemano.

En resumen, podemos dejar de lado el orgullo así:

1. Elogiar a los demás en lugar de a uno mismo.

2. Estar más atentos a nuestro desarrollo espiritual que a nuestra acumulación de bienes.

3. Asegurarnos de que practicamos lo que predicamos.

4. Permitir que Dios manifieste nuestro destino.

“Estas son cuatro formas prácticas en las que podemos disipar el orgullo y permitir que el realismo de la humildad ocupe su lugar. Ser humilde es ser quienes somos. Ser orgulloso es el intento desesperado de vivir una existencia ficticia”, concluye Donald.

*Publicado orginalmente en CatholicExchange

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