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Hábitos que sí caben en la vida de una mamá

Cada cierto tiempo decidimos que ahora sí… Vamos a hacer ejercicio cinco días a la semana, comer mejor, leer todas las noches, levantarnos más temprano, tomar más agua, rezar con calma, dejar el celular, organizar la casa y, de paso, dormir ocho horas.

El plan se ve maravilloso, hasta que aparece la realidad. Un hijo se enferma, dormimos mal, surge una reunión inesperada, cambia el horario del colegio o simplemente llegamos al final del día sin energía.

Entonces abandonamos lo que habíamos empezado y aparece una conclusión bastante injusta: “Me falta disciplina”. Pero muchas veces no falta disciplina, sobran expectativas.

Un buen hábito tiene que sobrevivir a un día normal

Es fácil mantener una rutina cuando todo sale como estaba planeado. El verdadero reto es crear hábitos que puedan convivir con la realidad. Especialmente con la maternidad. Porque una mamá no controla completamente su agenda. Puede organizar su día perfectamente y, en cuestión de minutos, tener que reorganizarlo todo.

Por eso quizá necesitamos dejar de pensar en la rutina ideal y empezar a preguntarnos:

¿Qué puedo sostener incluso en una semana complicada?

La respuesta probablemente será mucho más pequeña de lo que imaginamos. Y eso está bien.

Caminar 20 minutos tres veces por semana puede ser mejor que proponerse entrenar 1 hora todos los días y abandonar a las 2 semanas.

Leer 5 páginas puede convertirse con el tiempo en varios libros al año.

5 minutos de oración en silencio pueden ser más reales que esperar ese momento perfecto de media hora que nunca aparece.

Preparar algunas comidas con anticipación puede ayudar más que intentar cambiar toda la alimentación de la familia de un día para otro.

Los hábitos no necesitan impresionarnos. Necesitan poder repetirse.

Tu cerebro prefiere lo conocido

La neurocientífica Ana Ibáñez explica algo interesante: nuestro cerebro automatiza aquello que hace repetidamente porque así ahorra energía. Incluso puede acostumbrarse a formas de funcionar que no necesariamente nos hacen bien, simplemente porque son conocidas. Esto ayuda a entender por qué cambiar cuesta.

No significa que seamos incapaces ni que tengamos poca fuerza de voluntad. Estamos intentando enseñarle al cerebro una nueva forma de hacer algo. Y eso necesita repetición.

Si todas las noches, después de acostar a los niños, tomamos el celular y pasamos cuarenta minutos mirando redes sociales, nuestro cerebro ya conoce perfectamente esa secuencia.

Cambiarla por leer, rezar, preparar el día siguiente o acostarnos antes requiere crear una ruta diferente. Al principio tendremos que pensarlo. Después de repetirlo suficientes veces, empieza a sentirse más natural.

Ahí está una de las claves: hacer que el comportamiento que queremos incorporar sea fácil de repetir.

Empieza más pequeño de lo que crees

Imagina que quieres volver a hacer ejercicio. Puedes decir: “A partir del lunes entrenaré una hora todos los días”.

O puedes empezar con algo mucho más sencillo: “Los lunes, miércoles y viernes caminaré veinte minutos después de dejar a los niños”. La segunda opción parece menos ambiciosa. Precisamente por eso puede funcionar mejor. Tiene un momento definido, una acción concreta y una meta posible.

Lo mismo sucede con otros propósitos:

En lugar de “quiero leer más”, puedes decidir leer cinco páginas antes de dormir.

En vez de “quiero tener más vida espiritual”, reservar cinco minutos después del café de la mañana para rezar.

En lugar de “quiero comer mejor”, comenzar preparando con anticipación una comida que normalmente terminas improvisando.

Un cambio pequeño no significa pensar en pequeño. Significa construir una base.

No necesitas empezar de cero cada lunes

Hay una trampa en la que podemos caer fácilmente: pensar que si rompimos la rutina, la perdimos. No hiciste ejercicio durante tres días. Comiste diferente a lo planeado. Dejaste de leer. Te acostaste tarde toda la semana. Y aparece ese pensamiento conocido: “Ya dañé todo. El lunes vuelvo a empezar”.

Pero un hábito saludable también necesita flexibilidad.

La pregunta útil no es: “¿Por qué fallé?”. Es: ¿Cómo regreso?

Esa pregunta cambia completamente la manera de relacionarnos con nuestros hábitos. Porque dejamos de buscar perfección y empezamos a desarrollar constancia.

Hazte una pregunta antes de agregar algo más.

Quiero proponerte un ejercicio muy sencillo. Antes de decidir cuál será tu próximo hábito, no preguntes primero qué deberías empezar a hacer. Pregúntate:

¿Qué necesito en esta etapa de mi vida?

  • Tal vez necesitas más energía.
  • Más descanso.
  • Más movimiento.
  • Más orden.
  • Más silencio.
  • Más oración.
  • Más tiempo con tu pareja.
  • Más espacio personal.

Después pregúntate: ¿Cuál es la acción más pequeña que puedo repetir para acercarme a eso?

Ahí puede estar tu próximo hábito. En lo que necesitas hoy. Porque nuestros hábitos también tienen temporadas.

Hay rutinas que funcionaron cuando nuestros hijos eran bebés y ya no tienen sentido cuando están en el colegio. Otras aparecerán cuando sean adolescentes. El trabajo cambia, la familia cambia y nosotras también.

Adaptar nuestros hábitos no significa ser inconstantes. Significa construirlos alrededor de nuestra vida real.

Que tus hábitos te ayuden a vivir, no que se conviertan en otra exigencia

A veces convertimos el desarrollo personal en una nueva fuente de presión.

Queremos levantarnos más temprano, entrenar más, leer más, producir más y aprovechar mejor cada minuto.

Pero un buen hábito no debería hacernos sentir que estamos corriendo otra carrera. Debería ayudarnos a vivir mejor. Quizás por eso no necesitas incorporar cinco hábitos nuevos. Elige uno. Hazlo pequeño. Repítelo. Y cuando un día no puedas hacerlo, vuelve al siguiente sin convertirlo en un juicio sobre ti misma.

Si quieres profundizar en este tema, te recomiendo la conversación de Ana Ibáñez en Aprendemos Juntos, ¿Cómo enseñar al cerebro que algo es posible?. Explica de una manera muy sencilla cómo nuestro cerebro se acostumbra a determinados patrones y cómo podemos entrenarlo para incorporar nuevas formas de actuar.

Porque cambiar nuestra vida rara vez ocurre de un día para otro. Muchas veces comienza con algo mucho menos espectacular: una pequeña decisión que repetimos suficientes veces hasta que empieza a formar parte de nosotras.

Así que, en lugar de preguntarte cuántos hábitos nuevos deberías incorporar, prueba con una pregunta más sencilla ¿Qué pequeña acción, si la repito con constancia, podría hacerme la vida un poco mejor?

***

Marcela Londoño Jaramillo

Life Coach, mentora y consultora del Instituto Latinoamericano de Liderazgo.
Esposa, Mamá de 3, administradora.
@marcela.lifecoach

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